CAPÍTULO V El compromiso conveniente #2
Gabriel miró a Clara. Había algo en sus ojos que no era triunfo.
Era dolor. Dolor al verla en medio de esa red, dolor al comprobar quizá que Leonardo podía hablar por ella con una familiaridad que él ya no tenía.
Y también, Clara lo percibió, una confirmación amarga: ella seguía perteneciendo a aquel mundo, al mundo de las carpetas, de los abogados, de las madres que callan y de los hombres correctos que deciden qué conviene.
Marina fue la primera en romper el silencio.
—Gabriel, vámonos.
Él no se movió.
—Aún no he terminado.
—Aquí nadie termina nada. Solo lo aplazan hasta que lo aplazado se convierte en leyenda familiar.
Santos recogió algunas hojas.
—Propongo suspender la reunión hasta obtener la copia notarial completa.
—Me parece sensato —dijo Leonardo.
—A mí también —añadió Elena.
Clara no dijo nada.
Gabriel dejó la copia sobre la mesa.
—Cuando la tengan, quiero verla.
Leonardo respondió:
—Si procede legalmente.
Gabriel lo miró.
—Procederá.
—Eso lo determinará el abogado.
Santos intervino, incómodo:
—Si el documento afecta a derechos o antecedentes de la familia Alcázar, habrá base suficiente para facilitar acceso al menos parcial.
Leonardo no replicó, pero su rostro se endureció apenas.
Gabriel se volvió hacia Clara.
—¿Vas a permitirme ver la carta?
—Sí.
Elena dio un paso.
—Clara.
—Sí —repitió ella, sin mirar a su madre.
—Entonces avísame cuando quieras hacerlo —dijo Gabriel.
Leonardo habló antes de que ella pudiera contestar.
—Quizá no sea recomendable que Clara vuelva a verlo a solas.
La habitación quedó inmóvil.
Gabriel giró lentamente hacia él.
—¿Eso es una opinión profesional?
—Es una observación prudente.
—¿Sobre Clara o sobre mí?
—Sobre la situación.
—No. Sobre Clara o sobre mí.
Leonardo sostuvo su mirada.
—Sobre ambos.
Gabriel sonrió con una dureza helada.
—Al menos tiene usted el valor de admitir que se considera con derecho a vigilarla.
—No vigilo a nadie.
—No. Solo recomienda cuándo una mujer adulta puede hablar con quien usted considera inconveniente.
Clara sintió que aquella palabra volvía, cargada de historia.
Inconveniente.
Gabriel también debió de recordarla, porque miró a Elena.
—Veo que algunas palabras sobreviven muy bien en esta casa.
Elena palideció.
—Gabriel, no tengo intención de discutir contigo.
—Lo sé. Su especialidad siempre fue evitar las discusiones que podían aclarar algo.
Marina tocó el brazo de su hermano.
—Vámonos.
Esta vez Gabriel obedeció.
Antes de salir, volvió a mirar a Clara. No había reproche en su rostro. Había algo peor: una distancia naciendo otra vez.
—Avísame cuando puedas hablar sin permiso —dijo.
Clara recibió la frase como un golpe.
Gabriel salió con Marina.
La puerta se cerró.
Leonardo fue el primero en hablar.
—Eso ha sido innecesario.
Clara se volvió hacia él.
—No, Leonardo. Innecesario fue que hablaras como si mi voluntad necesitara autorización.
—Intenté protegerte.
—Deja de repetirlo.
—No puedo dejar de repetir lo que es verdad.
—Tu protección empieza a parecerse demasiado a la de mi madre.
La frase lo alcanzó.
Elena intervino, todavía alterada:
—No compares.
—Sí comparo. Y cada vez encuentro más semejanzas.
—Estás siendo injusta con Leonardo —dijo Elena—. Es el único que ha permanecido a tu lado estos años.
—Eso no le da derecho a ocupar el sitio de mi conciencia.
Leonardo cerró la carpeta azul que había llevado consigo.
—Clara, creo que necesitamos hablar a solas.
—No.
—Por favor.
La palabra fue dicha sin teatralidad. Clara lo miró. Por primera vez en todo el día, Leonardo parecía afectado no solo en su estrategia, sino en algo más personal. Tal vez era sincero. Tal vez su sinceridad formaba parte del problema.
—En el jardín —dijo ella—. No en esta casa.
Salieron por la terraza lateral.
La tarde caía con una luz dorada sobre los setos. Caminaron hasta el sendero de los naranjos, el mismo donde Clara había hablado con Marina. Leonardo no dijo nada hasta que estuvieron lejos de las ventanas.
—Te estás alejando de todos los que pueden ayudarte —dijo.
—No. Me estoy alejando de quienes quieren ayudarme sin preguntarme.
—Eso no es justo conmigo.
—Quizá no.
—No, Clara. Esta vez no acepto el quizá.
He estado contigo en Madrid cuando no querías contestar llamadas de tu madre.
Te acompañé al médico aquella vez que pasaste tres días sin dormir.
Leí las primeras cartas de tu padre porque tú no podías abrirlas.
Te he visto rehacerte, trabajar, volver a reír algunas tardes, soportar aniversarios que jamás nombrabas.
No soy un intruso aparecido ahora para dirigir tu vida.
Clara guardó silencio.
Leonardo continuó, más bajo:
—Y sí, quizá soy ordenado. Quizá pienso demasiado. Quizá intento preverlo todo porque he visto lo que ocurre cuando nadie prevé nada. Pero no me coloques en el mismo lugar que quienes te hicieron daño.
—No quería...
—Sí querías. Porque ahora todo lo que no se incline ante tu necesidad de volver a Gabriel te parece una forma de opresión.
Clara se detuvo.
—No quiero volver a Gabriel.
Leonardo la miró.
—¿No?
—No lo sé.
—Esa es una respuesta más honrada.
—No he venido aquí para recuperarlo.
—Pero desde que lo viste, todo gira alrededor de él.
—Porque él está en el centro de lo que ocurrió.
—No. Clara. Gabriel está en el centro de tu herida. No necesariamente de la verdad.
Ella sintió otra vez la precisión de sus frases, esa forma de inteligencia que no atacaba frontalmente sino que rodeaba.
—¿Y tú dónde estás? —preguntó.
Leonardo tardó en contestar.
—Donde me has dejado estar.
—Eso no responde.
—Estoy a tu lado.
—¿Como amigo? ¿Como abogado? ¿Como salvador? ¿Como futuro marido que nadie ha nombrado pero todos esperan?
La palabra marido quedó entre ellos.
Leonardo no se sorprendió.
Eso, más que cualquier respuesta, confirmó lo que Clara temía.
—Tu madre me ha preguntado hoy si mis intenciones contigo son serias —dijo él.
Clara cerró los ojos.
—Mi madre no pierde el tiempo.
—Le dije que sí.
—¿Sin preguntarme?
—Me preguntó por mis intenciones, no por tu respuesta.
—Y supongo que mis padres han recibido eso como una garantía.
—Tu madre cree que una unión conmigo podría darte estabilidad.
—Qué expresión tan hermosa para no decir matrimonio conveniente.
Leonardo respiró hondo.
—No lo reduzcas.
—¿A qué? ¿A su nombre exacto?
—No sería conveniente en el sentido mezquino que imaginas.
—Entonces dime en qué sentido sería conveniente.
Él la miró con seriedad.
—En todos los que ahora importan.
Clara sintió frío, pese a la tarde suave.
—Explícate.
Leonardo caminó unos pasos antes de hablar. No parecía nervioso. Parecía decidido.
—Necesitas estabilidad jurídica. Tu padre está enfermo y puede haber impugnaciones, acreedores, decisiones urgentes.
Necesitas a alguien que conozca el funcionamiento de esta familia, sus debilidades, sus riesgos.
Necesitas proteger tu patrimonio sin quedar atrapada en Villa Belmonte.
Necesitas distancia de Gabriel, al menos hasta que la verdad deje de ser una herida abierta.
Necesitas preservar tu reputación si empiezan a circular versiones sobre cartas, deudas y una boda cancelada.
Necesitas futuro, Clara. No solo verdad.
Ella lo escuchó sin interrumpir.
—¿Has terminado?
—No.
—Sigue.
Leonardo se acercó un poco.
—También necesitas no volver a quedarte sola cuando todo esto termine.
En Madrid has construido una vida digna, sí, pero incompleta.
No porque te falte Gabriel. Porque te falta permitir que alguien entre sin pedir perdón por cuidarte.
Yo puedo darte una casa sin fantasmas, una relación sin sobresaltos, una posición clara, una protección real.
No te pido que olvides en un día lo que ocurrió aquí.
No soy tan ingenuo. Pero puedo ofrecerte una vida donde el pasado no decida cada mañana por ti.
Clara lo miró largamente.
—¿Eso es una propuesta?
—Sí.
No hubo emoción en la palabra. O, si la hubo, estaba tan disciplinada que no pudo alcanzar el rostro.
—¿Me estás pidiendo que me case contigo?
—Te estoy pidiendo que formalicemos lo que desde hace tiempo existe entre nosotros de una manera tácita.
Clara sonrió con tristeza.
—Qué manera tan tuya de pedir matrimonio.
—No quería convertirlo en una escena teatral.
—No. Lo has convertido en un expediente razonado.
Leonardo recibió la frase, pero no retrocedió.
—Porque no somos adolescentes. Porque tú no necesitas promesas encendidas, sino certezas. Porque la pasión ya te costó demasiado.
—¿Eso crees?
—Creo que amar a Gabriel te dejó sin defensa.
—No fue amarlo lo que me dejó sin defensa.
—Quizá. Pero el resultado fue el mismo.
Clara dio un paso atrás.
—Leonardo, ¿me amas?
La pregunta pareció incomodarlo más que todas las anteriores.
—Sí.
—Entonces dilo sin rodearlo de herencias, acreedores, reputación y estabilidad.
Él la miró.
—Te amo.
La frase fue correcta. Limpia. No falsa. Pero no tembló.
Clara sintió una tristeza enorme.
—Lo dices como quien firma al pie de una declaración.
—Porque respeto demasiado esas palabras para usarlas como adorno.
—No te estoy pidiendo adornos.
—¿Qué me pides?
—No lo sé. Quizá que, por una vez, no me expliques por qué debo ser amada de una forma que te resulta práctica.
Leonardo bajó la mirada. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido algo de control.
—Te equivocas si crees que esto me resulta práctico.
—¿No?
—No. Lo práctico habría sido seguir a tu lado sin exigirte nada, esperar a que esta tormenta pasara y conservar mi lugar sin arriesgarlo.
Lo práctico habría sido no decirte que quiero casarme contigo precisamente cuando estás mirando hacia un hombre que todavía puede hacerte tambalear.
Lo práctico habría sido fingir generosidad y dejar que Gabriel volviera a herirte para recogerte después. Pero no quiero eso.
Clara sintió que algo en ella vacilaba.
—Entonces ¿qué quieres?
—Quiero que me elijas antes de que esta casa, Gabriel y la culpa te arrastren otra vez a una decisión tomada desde el dolor.
—Quieres que te elija desde el cansancio.