CAPÍTULO V El compromiso conveniente
Santos llegó a las seis de la tarde con una carpeta negra y una expresión que no anunciaba buenas noticias.
Clara lo vio bajar del coche desde la ventana del salón azul.
Había pasado las horas anteriores en una espera áspera, incapaz de leer, incapaz de ordenar los documentos que ella misma había exigido, incapaz de olvidar la forma en que Gabriel sostuvo la copia incompleta de la carta sin decidirse del todo a creerla.
La casa permanecía tranquila, como si nada esencial se hubiera movido bajo sus cimientos.
Teresa iba y venía con una discreción casi triste.
Elena había subido a la habitación de don Julián.
Leonardo había desaparecido durante un rato en el despacho, según dijo, para hacer unas llamadas. Nadie hablaba de la carta.
Eso era lo peor.
En Villa Belmonte, las cosas graves no producían ruido. Eran absorbidas. Dejaban de ser acontecimiento para convertirse en materia de administración.
Cuando Santos entró, Clara ya estaba de pie.
—¿Tiene los documentos? —preguntó antes de saludar.
El abogado cerró la puerta tras de sí y dejó la cartera sobre la mesa.
—Buenas tardes, Clara.
—Buenas tardes. ¿Tiene los documentos?
Santos miró hacia Leonardo, que acababa de entrar por la puerta opuesta.
—Traigo copia de parte de lo solicitado. No de todo.
—¿Por qué?
—Porque algunos documentos no están en el archivo principal.
—¿Han desaparecido?
—No usaría esa palabra todavía.
—Entonces use una mejor.
Santos se quitó las gafas con un gesto lento.
—Hay referencias a documentos que no he localizado físicamente. Eso no significa necesariamente desaparición. Puede haber traslados, anexos no incorporados, copias en notaría, correspondencia privada.
—O alguien pudo retirarlos.
—También.
Clara agradeció, al menos, que no lo negara.
Leonardo se acercó a la mesa.
—¿Qué ha encontrado exactamente?
Clara lo miró.
—Le he preguntado yo.
Leonardo inclinó la cabeza.
—Por supuesto.
Santos abrió la carpeta negra y extrajo varias hojas.
—He encontrado una referencia notarial a un acuerdo marco entre don Julián Belmonte y don Esteban Alcázar, fechado dos meses antes de la boda prevista entre Clara y Gabriel. No tengo aún copia íntegra. La notaría conserva índice, pero el protocolo requiere solicitud formal. Puedo gestionarla.
—¿Qué decía ese acuerdo? —preguntó Clara.
—Solo tengo el resumen registral. Habla de reconocimiento parcial de deuda, revisión de garantías, aprovechamientos hídricos y posible compensación patrimonial mediante derechos sobre la finca del molino.
Clara sintió que las piezas se acercaban, pero no encajaban aún.
—¿Y mi boda?
Santos evitó mirarla durante un segundo.
—Aparece mencionada de forma indirecta.
—No me sirven las formas indirectas.
—El resumen indica que, de producirse “vínculo matrimonial entre descendientes directos de las partes”, deberían revisarse determinadas obligaciones para evitar conflicto patrimonial.
Leonardo cruzó los brazos.
—Eso no prueba una maniobra contra Clara.
—No he dicho que la pruebe —respondió Santos—. Pero sí demuestra que la boda tenía consecuencias económicas conocidas por los padres de ambos.
Clara cerró los ojos un instante.
—Gabriel debe estar aquí.
Leonardo se tensó.
—No es necesario.
—Sí lo es.
—Clara, esto no es una reunión sentimental.
Ella lo miró.
—Precisamente por eso. Su padre aparece en esos documentos.
Santos intervino:
—Ya lo he avisado.
Clara se volvió hacia él.
—¿A Gabriel?
—Sí.
—¿Sin consultarme?
—Entendí que era tu voluntad después de lo hablado.
Leonardo no ocultó del todo su disgusto.
—¿Y vendrá?
—Ha dicho que sí. Con Marina.
Elena apareció en la puerta en ese momento. Debió de oír la última frase, porque su rostro se endureció.
—Marina no tiene por qué entrar en esta casa.
Clara se volvió.
—Tampoco mi carta tenía por qué salir de ella, y salió peor.
Elena recibió la frase en silencio.
Santos, incómodo, ordenó las hojas sobre la mesa. Leonardo permanecía inmóvil, midiendo la situación. Clara advirtió que él no miraba los documentos con la inquietud de quien teme una verdad familiar, sino con la concentración de quien calcula los efectos de cada verdad sobre el futuro inmediato.
—Antes de que lleguen —dijo Leonardo— conviene establecer límites.
Clara se volvió hacia él lentamente.
—¿Límites?
—Sí. Qué se comparte, qué no, qué pertenece al expediente patrimonial y qué forma parte de asuntos privados.
—Gabriel formó parte de esos asuntos privados.
—Eso no le da derecho a entrar en todos los papeles de tu familia.
—Pero sí en aquellos que pudieron usarse para destruir su vida.
Elena dio un paso hacia el centro del salón.
—No exageres.
Clara la miró con cansancio.
—Madre, ya no puedes dar órdenes desde una habitación que se está llenando de pruebas.
—¿Pruebas? ¿Una carta incompleta? ¿Un resumen notarial? ¿Notas antiguas? No tienes pruebas. Tienes fragmentos.
—Exactamente. Y cada fragmento apunta al mismo lugar.
—A tu deseo de justificarte.
La frase vino de Elena, pero Leonardo bajó la mirada, como si hubiera pensado algo parecido.
Clara sintió una punzada de soledad. No de debilidad.
De lucidez. Estaban todos allí, rodeándola con sus distintos lenguajes: el jurídico, el maternal, el práctico, el patrimonial.
Todos parecían querer salvar algo. La casa, la herencia, el nombre, el expediente, la tranquilidad.
Nadie le preguntaba qué quedaba de ella entre tantas salvaciones.
El timbre sonó.
Teresa abrió.
El silencio que precedió a la entrada de Gabriel y Marina fue más expresivo que cualquier anuncio.
Gabriel entró primero. Vestía de oscuro y llevaba una carpeta en la mano.
Marina iba a su lado, con el mismo gesto directo del día anterior.
Saludaron con la mínima cortesía. Elena respondió apenas.
Leonardo se adelantó lo justo para marcar su presencia, no lo suficiente para parecer dueño de la escena.
—Gracias por venir —dijo Santos.
Gabriel miró a Clara antes de contestar.
—He venido por los documentos.
—Por supuesto —dijo Leonardo.
Marina lo miró con una sonrisa seca.
—Qué alivio. Ya tenemos supervisor de intenciones.
Leonardo no respondió. Elena apretó los labios.
Santos colocó las copias sobre la mesa.
—Intentaré ser breve. Hemos localizado indicios de un acuerdo económico entre don Julián Belmonte y don Esteban Alcázar anterior a la boda no celebrada. No tenemos todavía el documento completo. Sí un resumen notarial y referencias cruzadas en los archivos de la familia Belmonte.
Gabriel tomó una de las hojas.
Sus ojos se movieron con rapidez.
—Mi padre nunca me habló de esto.
—Tampoco el mío a mí —dijo Clara.
Elena intervino:
—No era asunto vuestro en aquel momento.
Marina se volvió hacia ella.
—¿Una deuda entre nuestras familias y una boda entre sus hijos no era asunto suyo?
—No he dicho eso.
—Ha dicho exactamente eso, solo con otra falda.
—Marina —advirtió Gabriel.
—No, Gabriel. Estoy cansada de que en esta casa las frases entren vestidas de misa para hacer el trabajo de una navaja.
Elena palideció, pero no contestó.
Leonardo tomó una de las copias y la leyó.
—Incluso si el acuerdo existió, hay que ser prudentes. Una cosa es que la boda tuviera efectos patrimoniales y otra que alguien la utilizara deliberadamente para presionar a Clara.
Gabriel levantó la mirada.
—¿Por qué defiende usted siempre la hipótesis que menos compromete a los Belmonte?
Leonardo sostuvo su mirada.
—Porque las hipótesis que comprometen a los muertos y a los enfermos deben manejarse con cuidado.
—Mi padre está muerto.
—Lo sé.
—Y no por eso voy a permitir que lo conviertan en coartada de nadie.
Leonardo inclinó la cabeza.
—Tampoco yo lo pretendo.
—Me alegra.
La tensión entre ambos era cada vez menos velada.
Clara los observaba con una mezcla de angustia y agotamiento.
Gabriel estaba allí por la verdad, pero su presencia arrastraba inevitablemente todo lo que no podía resolverse con papeles.
Leonardo estaba allí por protección, pero su protección empezaba a parecer una arquitectura de control.
Entre los dos, ella se sentía dividida no entre dos hombres, sino entre dos formas de peligro: el amor que podía herirla de nuevo y la seguridad que podía borrarla sin levantar la voz.
Santos continuó:
—Lo procedente es solicitar copia completa del protocolo. También convendría revisar la correspondencia de don Julián de aquellos meses.
—La correspondencia está incompleta —dijo Clara.
Elena la miró.
—No puedes saberlo.
—Sí puedo. Hay referencias a documentos que no aparecen. Y hay una copia de mi carta a Gabriel mutilada.
Gabriel bajó los ojos.
Marina se tensó.
Leonardo intervino de inmediato:
—Creo que no conviene mezclar asuntos.
Clara se volvió hacia él.
—La carta es el centro de todo.
—La carta es un elemento emocional.
—Era una explicación interceptada.
—Era una carta incompleta.
—Porque alguien la mutiló.
Leonardo guardó silencio.
Gabriel habló entonces, con voz contenida:
—Quiero verla otra vez.
Clara lo miró.
—La tengo arriba.
—No ahora —dijo Leonardo.
La frase salió demasiado rápida.
Todos lo miraron.
Leonardo recompuso el tono.
—Quiero decir que no parece conveniente hacer de esta reunión una escena personal. Estamos ante documentos patrimoniales. La carta debería tratarse aparte.
Gabriel sonrió sin alegría.
—Qué habilidad para separar lo que otros unieron antes.
—Alguien tiene que mantener un poco de orden.
—¿Orden o control?
Leonardo no contestó de inmediato.
—Llámelo como quiera, señor Alcázar. Pero una familia en crisis, un padre enfermo, una herencia amenazada y una mujer emocionalmente afectada no son el mejor escenario para improvisar ajustes de cuentas.
Clara sintió que la frase la exponía delante de todos.
—No hables de mí como si no estuviera.
Leonardo se volvió hacia ella.
—No era mi intención.
—Nunca lo es. Ese es el problema.