CAPÍTULO IV Una carta sin destinatario #5
—A devolverle una parte de la verdad que le quitasteis.
—No hables en plural.
—¿Prefieres que hable en singular?
Elena no contestó.
Leonardo entró detrás de Clara, pero permaneció cerca de la puerta.
—Santos llegará esta tarde —dijo—. Ha localizado una referencia a una copia protocolizada de un acuerdo anterior entre Julián Belmonte y Esteban Alcázar. Puede ser relevante.
Clara miró a su madre.
—¿Lo sabías?
—No sé a qué acuerdo se refiere.
—Eso es casi una respuesta.
—Clara, no todo lo que ocurrió entre tu padre y Esteban Alcázar pasó por mí.
—Pero mi carta sí.
Elena bajó la vista.
Leonardo intervino:
—La prioridad ahora es localizar el documento completo.
—¿Qué documento? ¿El acuerdo o la carta?
—Ambos, si existen.
Clara lo miró. Había algo nuevo en su tono. Menos paternal. Más profesional. Tal vez había comprendido que no podía detenerla, y empezaba a colocarse en el lado de la investigación para no quedar fuera de ella.
—Quiero estar presente cuando Santos llegue.
—Por supuesto —dijo Leonardo.
—Y Gabriel también.
Elena levantó la cabeza.
—No.
—Sí.
—No tiene derecho a entrar en asuntos familiares.
—Su apellido está en los documentos. Su padre aparece en las cartas. Y mi carta iba dirigida a él.
Leonardo la observó con atención.
—Puede ser útil que esté —dijo al fin.
Elena lo miró, sorprendida por la aparente traición.
—¿Útil?
—Si queremos evitar que Gabriel reciba información por fragmentos y actúe desde la sospecha, quizá convenga incluirlo en lo estrictamente necesario.
Clara entendió la jugada. Leonardo no cedía por generosidad. Cedería en aquello que no pudiera impedir para controlar el modo de la cesión.
—Lo llamaré yo —dijo.
—Puedo hacerlo yo —ofreció Leonardo.
—No.
Elena se sentó.
—Esto se está yendo de las manos.
Clara la miró.
—No, madre. Por primera vez está saliendo de las vuestras.
No esperó respuesta.
Subió a su habitación y cerró la puerta.
No llamó a Gabriel enseguida. Se sentó en la cama con el teléfono en la mano, mirando el nombre que aún conservaba en la memoria aunque lo hubiera borrado de la agenda hacía años.
No tenía su número actual. Podía pedirlo a Marina.
Podía enviar un mensaje a través de Santos. Podía ir de nuevo.
No hizo nada.
La conversación de la casa de labor seguía demasiado viva.
“¿De verdad prefieres odiarme antes que arriesgarte a creerme?”
“No me fui porque dejara de quererte.”
Había pronunciado esas frases y ya no podía retirarlas.
Mientras tanto, en la finca de los Alcázar, Gabriel permanecía solo en la casa de labor.
No había vuelto a los planos.
La copia de la carta seguía sobre la mesa, aunque Clara se había llevado el original de aquella copia. En realidad, no seguía allí el papel. Seguía la imagen de las frases. Las veía aunque cerrara los ojos.
“No pienses que no te amo.”
“Puede caer sobre ti si yo...”
“Me fui queriéndote.”
Gabriel se acercó a la ventana. Desde allí se veía el camino por el que Clara había regresado a Villa Belmonte.
Durante años había imaginado muchas formas de reencuentro.
En casi todas, él vencía. No con crueldad vulgar, sino con indiferencia.
Se veía a sí mismo educado, distante, dueño de una serenidad que la obligaría a comprender lo que había perdido.
Pero la realidad estaba siendo más humillante: no había indiferencia.
La serenidad se rompía en cuanto Clara pronunciaba su nombre.
El odio, que él había creído sólido, empezaba a mostrar fisuras.
Y detrás de esas fisuras no había perdón.
Eso habría sido más sencillo. Había duda.
La duda era peor.
La duda obligaba a revisar.
Y revisar el dolor era vivirlo dos veces.
Marina entró sin llamar.
—¿La has leído?
Gabriel no se volvió.
—Sí.
—¿La crees?
—Creo que la escribió.
—No te he preguntado eso.
—Es la única respuesta que tengo.
Marina se acercó a la mesa.
—Es su letra.
—Lo sé.
—Y no parece falsa.
—También lo sé.
—Entonces...
Gabriel se volvió.
—Entonces nada. Una carta que no llega no cambia lo que ocurrió.
—No. Pero cambia por qué pudo ocurrir.
—No empieces tú también.
Marina lo miró con esa dureza fraterna que nunca había necesitado ternura para ser leal.
—Gabriel, durante siete años dijiste que lo peor fue que no escribiera. Ahora sabes que quizá escribió.
—Quizá.
—No te escondas ahí.
—No me escondo. Me defiendo.
—¿De ella?
—De todo.
Marina guardó silencio.
—Ha dicho algo al irse —añadió Gabriel.
—¿Qué?
Él tardó en responder.
—Que no se fue porque dejara de quererme.
Marina no dijo nada.
Gabriel soltó una risa seca, casi inaudible.
—Qué frase tan perfecta, ¿verdad? Justo la frase que uno no debe conservar.
—Pero la has conservado.
Él miró de nuevo hacia el camino.
—Sí.
La palabra fue apenas un murmullo.
Y ese murmullo, más que cualquier promesa, empezó a destruir la única certeza que lo había mantenido a salvo: la certeza de que Clara Belmonte se había marchado porque no lo amaba lo suficiente.
Ahora esa certeza ya no estaba entera.
Solo quedaba el orgullo intentando sostener sus ruinas.