CAPÍTULO IV Una carta sin destinatario #4
—¡Era lo único que tenía!
La voz de Gabriel llenó la estancia.
Clara sintió que algo dentro de ella se quebraba, no por sí misma, sino por él. Por el hombre que acababa de confesar, casi sin querer, que su rencor no era una elección de orgullo sino un andamio. Una estructura levantada para no caer.
—Gabriel...
—No me compadezcas.
—No lo hago.
—Sí. Me miras como si acabaras de descubrir que también fui víctima de algo.
—Lo fuiste.
—No quiero serlo.
—Nadie quiere.
—Yo no fui una víctima, Clara. Fui un hombre abandonado por la mujer a la que amaba.
Eso era terrible, pero al menos era claro.
Podía odiarte. Podía despreciarte. Podía decirme que te habías ido porque tu valor no estaba a la altura de tus promesas.
Podía seguir adelante. Pero ahora vienes con esta carta y me pides que acepte que quizá no fuiste solo cruel.
Que quizá también te atraparon. Que quizá yo pasé siete años odiando una versión incompleta. ¿Tienes idea de lo que me pides?
—Sí.
—No. No la tienes.
—Sí la tengo —dijo ella con firmeza—, porque yo pasé siete años culpándome de una decisión que quizá no fue enteramente mía. Eso tampoco se soporta sin romper algo por dentro.
Gabriel la miró.
La rabia seguía allí. Pero algo había cambiado. No cedido. No suavizado. Cambiado. Como una grieta en una pared demasiado seca.
—¿Qué te dijo tu padre aquella noche?
Clara bajó la mirada.
—Que si me casaba contigo, vuestra familia quedaría arrastrada por una deuda que yo no comprendía.
Gabriel se quedó inmóvil.
—¿Qué deuda?
—No lo sé completo. He visto documentos. Avales. Acuerdos entre tu padre y el mío. Tierras, agua, la finca del molino. Mi boda aparecía en borradores como si pudiera modificar obligaciones económicas.
—Eso no tiene sentido.
—Quizá sí lo tiene para quienes manejaban esos papeles.
Gabriel caminó hasta la ventana y le dio la espalda.
—Mi padre nunca me habló de eso.
—El mío tampoco. Hasta aquella noche.
—¿Y le creíste?
Clara cerró los ojos.
—Sí.
—¿Sin preguntarme?
—Me dijo que si te lo contaba te enfrentarías a él, a tu padre, a todos. Que podía arruinarte. Que acabarías odiándome por haberte llevado a una guerra familiar antes de casarnos.
Gabriel se volvió lentamente.
—¿Y decidiste por mí?
—Sí.
La respuesta fue un acto de desnudez.
Gabriel no esperaba esa aceptación directa. Lo desconcertó más que cualquier defensa.
—Sí —repitió Clara—. Decidí por ti. Creí que te protegía. Creí que si me odiabas a mí, al menos quedarías libre de lo demás. Creí muchas cosas porque tenía miedo y porque esa casa entera me empujó hacia la única salida que me dejaron ver. Pero sí. Decidí por ti. Y eso también fue injusto.
Gabriel la miró con una mezcla de dolor y furia.
—¿Por qué no viniste a mí?
—Porque me dijeron que tu padre ya lo sabía.
—¿Mi padre?
—Sí.
—¿Quién te lo dijo?
Clara no contestó.
—¿Tu padre?
—Sí.
Gabriel apoyó ambas manos en el alféizar de la ventana.
—Esteban Alcázar no habría permitido eso.
—Yo no lo sabía.
—Mi padre era orgulloso, duro, imposible a veces. Pero no habría dejado que me casara sin hablarme de una deuda que podía arrastrarme.
—Quizá mi padre mintió.
—Quizá.
—O quizá tu padre también calló.
Gabriel se volvió con violencia.
—Cuidado.
—No estoy acusándolo.
—Sí lo haces.
—No. Estoy intentando entender lo que pasó.
—Mi padre está muerto.
—Lo sé.
—No puede defenderse.
—Tampoco mi carta pudo hacerlo.
Gabriel se quedó en silencio.
La frase, involuntaria, había encontrado su lugar.
Clara se acercó a la mesa, tomó la copia y la extendió de nuevo.
—Mira el corte. No falta cualquier cosa. Falta justo la explicación. La parte donde yo nombraba lo que me dijeron. La parte que podía demostrar quién me empujó. La parte que podía permitirte decidir si me creías o no. Alguien quiso conservar mi amor escrito, pero no mi razón.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Gabriel miró el papel.
—Quizá para usarlo algún día.
—¿Contra quién?
—Contra todos.
—¿Mi padre?
—Tu padre guardaba documentos como otros guardan armas.
—Mi madre lo vio.
—¿Ella tiene el resto?
—Lo niega.
—Entonces quizá sí.
Clara lo miró.
—¿Me crees?
Gabriel levantó la vista.
La pregunta había llegado demasiado pronto y demasiado tarde al mismo tiempo.
—Creo que escribiste algo.
Clara tragó saliva.
—Eso ya es más de lo que tenía ayer.
—No confundas.
—No confundo.
—Creer que escribiste no significa creer toda tu explicación.
—Lo sé.
—Y no significa perdonar.
—También lo sé.
Gabriel se apartó de la mesa.
—¿Qué vas a hacer?
—Buscar el resto.
—¿Dónde?
—En Villa Belmonte. En los papeles de mi padre. En los de mi madre. En los documentos de Santos. Donde sea.
—Tu madre intentará detenerte.
—Ya lo hizo.
—Leonardo también.
—Leonardo dice que quiere protegerme.
—Leonardo quiere alejarte de mí.
Clara no respondió.
Gabriel sonrió con amargura.
—Al menos eso no lo niegas.
—No lo sé.
—Yo sí.
—Gabriel...
—Ese hombre te mira como quien ya ha decidido qué lugar ocuparás en su vida.
—Leonardo me ha ayudado.
—No lo dudo.
—Ha estado cuando nadie más estaba.
—Eso tampoco lo dudo.
—No le debo mi vida.
—Pero él quizá cree que sí.
Clara miró hacia la puerta.
—No he venido a hablar de Leonardo.
—Él forma parte de esto desde que apareció en la bodega como si viniera a recoger algo que le pertenecía.
—Yo no le pertenezco.
—Entonces díselo de forma que lo entienda.
—Lo he hecho.
—No lo suficiente.
La frase la molestó porque no sonaba a celos simples, sino a advertencia.
—No tienes derecho a hablarme así.
—No. Ya no.
—Entonces no lo hagas.
—Lo intento.
Silencio.
Era un silencio nuevo. No pacífico, pero tampoco enteramente enemigo.
Clara tomó la carta y la dobló.
—Quería que lo supieras.
—Ya lo sé.
—No esperaba que me creyeras de golpe.
—Mejor.
—Pero necesitaba darte lo único que tengo.
Gabriel la miró.
—No es lo único que tienes.
—¿Qué más tengo?
—Lo que todavía no dices.
Clara bajó la mirada.
—Cuando lo sepa entero, lo diré.
—No tardes otros siete años.
Ella recibió el golpe sin protestar.
—No.
Se dirigió hacia la puerta.
Gabriel no la detuvo.
Antes de salir, Clara se volvió.
—Te haré una pregunta y después me iré.
Él no respondió, pero la miró.
—¿De verdad prefieres odiarme antes que arriesgarte a creerme?
Gabriel se quedó completamente quieto.
La pregunta no era reproche. Era más grave. Era una súplica sin humillación, una acusación sin violencia, una verdad ofrecida sin garantías.
—No sabes lo que estás preguntando —dijo él.
—Sí. Lo sé. Te pregunto si tu odio te parece más seguro que la posibilidad de que yo también haya sido destruida por lo mismo que te destruyó a ti.
Gabriel no contestó.
Clara abrió la puerta.
En el umbral, añadió con voz más baja:
—No me fui porque dejara de quererte.
La frase quedó suspendida.
Gabriel no se movió.
Clara salió.
Marina la esperaba junto al patio, pero no se acercó. Debió de ver en su rostro que no había nada que preguntar todavía. Clara le devolvió la copia a su bolso y cruzó el patio sin mirar atrás.
Caminó de regreso a Villa Belmonte más despacio que al venir.
No se sentía aliviada. Había imaginado que entregar la carta produciría alguna clase de liberación, aunque fuera amarga.
No fue así. La verdad parcial no libera.
Solo traslada el peso. Ahora Gabriel sabía.
Pero no sabía bastante. Ella había hablado.
Pero no todo. La carta existía. Pero rota.
Elena había admitido. Pero a medias. La investigación sentimental acababa de empezar, y ya ninguno de los dos podía volver al lugar anterior.
Cuando llegó a la casa, Leonardo estaba en la escalinata.
No preguntó dónde había estado. Lo sabía.
—Has ido a verlo.
Clara subió los primeros escalones.
—Sí.
—¿Le enseñaste la carta?
Ella se detuvo.
—¿Qué carta?
Leonardo la miró con una calma triste.
—No conviertas en costumbre lo que tanto reprochas.
Clara sostuvo su mirada.
—Sí. Se la enseñé.
—¿Y?
—La leyó.
—¿Te creyó?
—Lo suficiente para sufrir.
Leonardo bajó los ojos un instante.
—Eso no es bueno.
—No todo lo bueno parece bueno al principio.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
La pregunta sonó sincera. Clara, precisamente por eso, respondió con cuidado.
—Cansada.
—Déjame ayudarte.
—No ahora.
—Clara...
—No ahora, Leonardo.
Él se apartó para dejarla pasar.
—Tu madre está en el salón. Santos ha llamado. Hay novedades con una copia notarial.
Clara se detuvo.
—¿Sobre qué?
—Sobre los documentos Alcázar-Belmonte.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde hace media hora.
—¿Y pensabas decírmelo?
—Estoy diciéndotelo.
—Después de esperarme en la puerta para saber si fui a ver a Gabriel.
Leonardo no respondió.
Clara entró en la casa.
En el salón azul, Elena estaba de pie junto a la ventana. Parecía haber llorado, aunque se había recompuesto. Al ver a su hija, no preguntó. Quizá porque ya conocía la respuesta. Quizá porque en Villa Belmonte las noticias viajaban siempre por corredores invisibles.
—Fuiste —dijo.
—Sí.
—No debiste.
—Esa frase ha perdido autoridad.
Elena apretó los labios.
—¿Qué le dijiste?
—Que escribí.
—¿Y qué respondió?
—Que le llegaba tarde.
Elena cerró los ojos.
—Tiene razón.
Clara la miró con sorpresa.
—Qué generosa eres con el dolor ajeno cuando no te compromete.
—No empieces.
—No he terminado nunca.
Elena se volvió.
—Gabriel no va a perdonarte porque aparezca una carta.
—No fui a pedir perdón.
—Entonces ¿a qué?