CAPÍTULO IV Una carta sin destinatario #3
—Quiero hablar con él.
—Lo sé.
—¿Me ayudarás?
Marina la miró con dureza.
—No confundas que yo quiera la verdad con que esté de tu lado.
—No lo confundo.
—Bien. Porque si le haces daño con esto para luego volver a esconderte detrás de otro “no puedo decirlo todavía”, seré yo quien te saque de aquí.
—No voy a esconderme.
—Eso dijiste de otro modo hace siete años.
Clara aceptó la frase.
—Esta vez traigo algo.
Marina miró la carta.
—Traes un papel roto.
—Es más de lo que él tuvo.
Aquello hizo callar a Marina.
Después señaló hacia un edificio bajo, de piedra clara, situado más allá de un patio donde se apilaban aperos y cajas de madera.
—Está allí. Pero Clara...
—Dime.
—No esperes que te crea porque te tiemble la voz.
—No espero nada.
—Eso también es mentira. Esperas que, en algún lugar de él, siga existiendo el hombre que confiaba en ti.
Clara guardó la carta.
—Sí.
Marina sostuvo su mirada.
—Entonces prepárate para descubrir cuánto daño le hizo perderlo.
Clara siguió hacia la casa de labor.
La puerta estaba abierta. Desde fuera se veía una habitación amplia, con una mesa central cubierta de planos, herramientas de medición, muestras de tierra en pequeños recipientes, dos sillas y una estantería con carpetas.
Gabriel estaba inclinado sobre la mesa, escribiendo algo. No la oyó entrar al principio.
Clara se detuvo en el umbral.
Durante un instante pudo mirarlo sin que él se defendiera.
Llevaba camisa clara, las mangas arremangadas, el cabello ligeramente revuelto.
No parecía el hombre severo de la reunión ni el herido de la bodega.
Parecía alguien ocupado en sostener una vida concreta, hecha de trabajo, tierra, decisiones diarias.
Esa imagen le dolió de un modo inesperado.
Gabriel había seguido viviendo. No intacto, no feliz quizá, pero viviendo.
Ella llegaba ahora a tocar ese equilibrio con una carta mutilada.
Él levantó la vista.
Su expresión se cerró.
—Clara.
—Necesito hablar contigo.
—No es buen momento.
—No voy a quitarte mucho tiempo.
—Eso no puedes saberlo.
Ella entró.
Gabriel dejó la pluma sobre la mesa.
—¿Ha ocurrido algo con los documentos?
—Sí.
—Entonces habla con Santos.
—No son esos documentos.
—¿Leonardo te ha enviado?
—No.
La simple mención del nombre cambió algo en su rostro.
—¿Tu madre?
—Tampoco.
—Entonces ¿qué haces aquí?
Clara sacó la copia del bolso.
—Encontré esto anoche.
Gabriel miró el papel sin tomarlo.
—¿Qué es?
—La carta.
Durante un segundo no hubo reacción visible.
Después su rostro se endureció.
—No empieces.
—Gabriel...
—No.
—Mírala al menos.
—No necesito mirar nada.
—Sí necesitas.
—No me digas lo que necesito.
Clara dejó la copia sobre la mesa, entre los planos.
Gabriel bajó los ojos.
Vio su nombre.
No tocó el papel.
Pero lo vio.
Clara lo supo por la forma en que se quedó inmóvil.
—Es una copia incompleta —dijo ella—. La encontré en el archivo de mi padre. Falta una parte. No sé dónde está el original. No sé quién la cortó. Pero existe. Yo escribí. Te escribí aquella noche.
Gabriel levantó la mirada lentamente.
—¿Y esperas que crea esto?
Clara sintió el golpe, aunque lo esperaba.
—Espero que lo leas.
—No has contestado.
—No sé qué espero.
—Yo sí. Esperas que un papel aparecido mágicamente en tu casa siete años después convierta tu silencio en sacrificio.
—No.
—Claro que sí.
—No.
—¿Entonces qué? ¿Quieres que te diga que todo cambia? ¿Que ahora comprendo? ¿Que pobre Clara, víctima de una familia perversa, no pudo hacer otra cosa que dejarme plantado sin una palabra?
—La palabra existió.
—No llegó.
—Porque alguien la impidió.
—¿Quién?
Clara se detuvo.
Gabriel sonrió con dureza.
—Ahí está otra vez.
—Estoy averiguándolo.
—No, Clara. Estás dosificando.
—No.
—Sí. Una carta incompleta. Una verdad incompleta. Una culpa incompleta. Todo en ti llega a medias, excepto el daño.
Ella palideció.
—No he venido para que me absuelvas.
—Entonces te equivocas de lugar.
—He venido porque tenías derecho a saber que no me fui sin intentar hablarte.
Gabriel tomó al fin el papel.
Lo leyó.
No todo. O quizá sí. Su mirada bajó por las líneas con una rapidez al principio defensiva, luego más lenta, luego casi detenida en alguna frase. Clara no respiró. Lo vio leer “No pienses que no te amo”. Lo vio detenerse en “puede caer sobre ti si yo...”. Lo vio girar la hoja y leer la línea final.
“Algún día, si la verdad consigue salir de esta casa, sabrás que me fui queriéndote.”
Cuando terminó, dejó la copia sobre la mesa como si quemara.
—Muy bien escrita.
Clara recibió la crueldad de pie.
—Era mi letra.
—No he dicho que no lo sea.
—¿Entonces?
—Entonces pudo ser un borrador que nunca dejaste.
—No.
—Pudo ser una carta que escribiste después.
—Sabes que no.
—No sé nada.
—Sí sabes. Reconoces mi letra de entonces.
Gabriel se acercó a ella con una calma peligrosa.
—Reconozco muchas cosas de entonces. Eso no las hace verdaderas ahora.
—¿Crees que he fabricado esto?
—Creo que eres capaz de llegar tarde con una verdad y pedir que se le conceda el valor que habría tenido a tiempo.
—Eso es distinto.
—No para mí.
Clara apoyó una mano en el respaldo de una silla.
—La dejé en el escritorio de la puerta lateral.
Gabriel no respondió.
—En un sobre con tu nombre. Antes de subir al coche. Teresa recuerda que mi madre bajó después. Mi madre ya ha admitido que la vio. Que mi padre la leyó. Que decidió que no llegara a tus manos.
Gabriel la miró fijamente.
—¿Tu madre ha dicho eso?
—Sí.
—¿Con esas palabras?
—No. Con las suyas. Con esas medias verdades que parecen disculpas hasta que una las escucha bien.
—¿Y tu padre?
—No he podido hablar todavía con él de esto.
—Claro.
—Está enfermo.
—También lo estaba mi padre cuando murió sin saber toda la verdad de muchas cosas.
Clara guardó silencio.
Gabriel tomó la copia otra vez.
—“Puede caer sobre ti si yo...” —leyó—. Justo ahí se corta.
—Sí.
—Qué oportuno.
—No lo hice yo.
—No he dicho que lo hicieras.
—Lo estás pensando.
—Estoy pensando demasiadas cosas.
—Entonces piensa también que quizá hubo algo real detrás de mi marcha.
Gabriel levantó la vista.
—¿Algo real? Lo real fue la iglesia. Lo real fueron los invitados.
Lo real fue mi madre llorando en una habitación porque no sabía cómo consolarme sin nombrarte.
Lo real fue Marina enfrentándose a cualquiera que insinuara que yo había sido un idiota por confiar en una Belmonte.
Lo real fue mi padre encerrado dos días en su despacho, no sé si por orgullo, por rabia o por vergüenza.
Lo real fue que tú no estabas. Y ahora vienes con una carta rota a decirme que también hubo otra realidad.
Muy bien. Quizá la hubo. Pero no pretendas que sustituya a la mía.
Clara sostuvo el golpe.
—No quiero sustituirla.
—Sí quieres. Quieres que tu carta entre en mi memoria como una llave y abra una puerta que yo cerré a golpes durante años.
—No cerraste nada.
Gabriel dio un paso hacia ella.
—No juegues con eso.
—No cerraste nada, Gabriel. Lo cubriste de rabia. Es distinto.
—¿Y quién te da derecho a diagnosticar mi rabia?
—La conozco.
—No me conoces.
—Conozco al hombre que se esconde detrás de ella.
Él soltó una risa amarga.
—Ese hombre quizá tuvo la decencia de morir.
—No lo creo.
—Porque te conviene no creerlo.
—Porque ayer me preguntó si lo amé.
Gabriel se quedó inmóvil.
—No uses eso.
—Lo preguntaste.
—Y tú contestaste demasiado tarde.
—Sí.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No. No estamos de acuerdo. Porque tú quieres que todo lo que llega tarde sea inútil. Y quizá algunas verdades llegan tarde, pero todavía pueden impedir que una mentira siga mandando.
Gabriel golpeó la mesa con la mano abierta. Los planos se movieron.
—¡La mentira mandó porque tú te fuiste!
Clara no retrocedió.
—La mentira mandó porque tú no recibiste mi carta.
—¡Porque tú la dejaste en una casa de mentirosos!
La frase cayó entre los dos.
Gabriel se dio cuenta antes que ella.
Clara palideció lentamente.
—Eso —dijo con voz baja— es lo primero verdadero que has dicho hoy.
Él apartó la mirada.
—No quería...
—Sí querías. Y tenías razón. La dejé en una casa de mentirosos. Pero aquella noche yo todavía no sabía cuántos eran, ni hasta dónde llegaban, ni cuánto habían decidido antes de que yo creyera decidir algo.
Gabriel respiró con fuerza.
—Entonces dime qué decidieron.
Clara guardó silencio.
—Dímelo.
—No lo sé completo.
—Otra vez.
—No lo sé completo —repitió ella—. Y si te doy solo fragmentos, haré exactamente lo que ellos hicieron: usar pedazos de verdad para fabricar una dirección.
—No necesito filosofía.
—No es filosofía. Es miedo.
—Al fin.
—Sí. Tengo miedo.
—¿De qué? ¿De quedar mal? ¿De que tu padre caiga de su pedestal? ¿De que tu madre no pueda seguir fingiendo? ¿De que Leonardo descubra que todavía me miras como si...?
Se detuvo.
Clara lo miró.
—¿Como si qué?
—Nada.
—Dilo.
—No.
—Dilo.
Gabriel se acercó tanto que la mesa quedó a un lado, inútil.
—Como si quisieras que te creyera para poder perdonarte sin obligarte a contarlo todo.
Clara sintió que la frase la hería porque tocaba una parte de verdad.
—Quizá quiero que me creas antes de que pueda merecerlo.
—Eso no se pide.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Creer en alguien que te destruyó no es generosidad. Es peligro.
—Entonces no me creas por generosidad.
—¿Por qué, entonces?
Clara levantó la cara.
—Porque sabes que no soy capaz de inventar esa carta.
Gabriel la miró con furia.
—No me obligues a recordar lo que eras.
—No puedo defenderme con lo que soy ahora. No me conoces. Solo puedo pedirte que recuerdes lo que sabías de mí entonces.
—Lo que sabía de ti entonces fue lo que más me humilló.
—¿Por qué?
—Porque aposté por ello delante de todos.
—Y yo te fallé.
—Sí.
—Pero no de la forma que te hicieron creer.
Gabriel cerró los ojos un segundo, como si aquella frase le produjera un cansancio insoportable.
—¿Sabes qué es lo peor? Que una parte de mí quiere creerlo.
Clara no se movió.
—Entonces créela.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si la creo, todo lo que he construido para sobrevivir empieza a caerse.
—Quizá estaba construido sobre una mentira.