NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO IV Una carta sin destinatario #2
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CAPÍTULO IV Una carta sin destinatario #2

—Tu padre estaba fuera de sí.

—Mi padre estaba perfectamente lúcido cuando me explicó por qué debía marcharme.

Elena se volvió con rapidez.

—No sabes lo que dices.

—Sí. Cada vez más.

—Julián no quiso hacerte daño.

—Entonces lo hizo con una precisión admirable.

—Quiso evitar una desgracia mayor.

—¿Cuál? ¿Mi boda? ¿Mi vida con Gabriel? ¿La ruina de los Alcázar? ¿La vergüenza de los Belmonte? Elige una mentira, madre. No puedes esconderte en todas a la vez.

Elena cerró los ojos.

—Gabriel no era conveniente para ti.

La frase salió al fin.

No nueva. No sorprendente. Pero ahora sonó de otro modo, porque ya no era opinión: era justificación.

—¿Y por eso le robaste una carta?

—No he dicho eso.

—Lo has dicho todo menos eso.

—No robé nada.

—¿Interceptaste?

—Clara.

—¿Quemaste? ¿Guardaste? ¿Se la diste a papá? ¿La leyó Leonardo? ¿La guardasteis para decidir qué hacer con ella como decidíais con las tierras?

Elena golpeó la mesa con la palma abierta. No con fuerza, pero sí con una violencia impropia de ella.

—¡Basta!

Clara no retrocedió.

—No.

—Yo hice lo necesario.

La frase quedó desnuda.

Clara sintió que se le helaba el cuerpo.

—Repítelo.

Elena respiraba con dificultad.

—Hice lo necesario para salvarte.

—¿De Gabriel?

—De una unión inconveniente.

—No uses esa palabra otra vez.

—La usaré porque es verdad. Esa unión era inconveniente.

Para ti, para él, para todos. Era una boda levantada sobre una deuda, sobre orgullo, sobre familias que se vigilaban mientras sonreían.

Tú estabas enamorada y no querías ver nada.

Gabriel estaba enamorado y tampoco. Tu padre creyó poder manejarlo todo.

Esteban Alcázar creyó que podía imponer condiciones. Y yo vi lo que ninguno quería ver.

—¿Qué viste?

—Que tú ibas a pagar por todos.

—No. Me hiciste pagar por todos.

Elena negó con la cabeza.

—Eras demasiado joven.

—Tenía veinticinco años.

—Eras demasiado inocente para tu padre y demasiado orgullosa para dejarte guiar.

—Guiar no significa mentir.

—A veces una madre no tiene tiempo de explicar una catástrofe.

—Pero sí de fabricar otra.

Elena se acercó a la mesa y señaló la copia sin tocarla.

—¿Crees que una carta habría arreglado algo?

¿Crees que Gabriel habría leído esas frases y se habría retirado noblemente, dejándote marchar porque tú lo amabas demasiado?

No, Clara. Habría venido. Habría gritado.

Habría exigido explicaciones. Se habría enfrentado a tu padre.

Esteban habría intervenido. La deuda habría estallado en mitad de la boda.

El pueblo habría hablado durante años. Todo habría sido más cruel.

—Más cruel que siete años de silencio.

—Sí.

Clara la miró como si no pudiera reconocerla.

—¿De verdad lo crees?

—Lo creí entonces.

—¿Y ahora?

Elena no contestó.

—¿Ahora? —insistió Clara.

—Ahora solo sé que no puedo volver atrás.

—Eso no es arrepentimiento.

—El arrepentimiento es un lujo cuando todavía hay que evitar derrumbes.

—No. Es la primera forma de dejar de provocar otros.

Elena tomó la copia de la carta. Clara dio un paso rápido y la recuperó antes de que pudiera doblarla.

—No vuelvas a tocarla.

—Es solo un papel.

—No. Es la prueba de que no todo ocurrió como tú permitiste que ocurriera.

—No es prueba de nada completo.

—Porque alguien arrancó lo completo.

Elena apartó la mirada.

Clara lo vio.

—Fuiste tú.

—No.

—Mírame.

—No fui yo quien la rompió.

La respuesta abrió otra puerta.

—¿Pero la viste?

Silencio.

—¿La viste?

Elena cerró los ojos.

—Sí.

Clara sintió que el suelo se volvía líquido bajo sus pies.

—¿La leyó Gabriel?

—No.

—Eso ya lo sé.

—Entonces no me preguntes lo que sabes.

—Te pregunto quién decidió que no la leyera.

Elena se llevó una mano al cuello, como si las perlas la ahogaran.

—Tu padre.

Clara no se movió.

—¿Papá la vio?

—Sí.

—¿La leyó?

—Sí.

—¿Y tú?

—También.

—¿Y después?

—Después... después Julián dijo que no podía llegar a manos de Gabriel.

—¿Por qué?

—Porque lo arruinaría todo.

—¿Qué era todo?

—La salida.

—¿Mi salida?

—La única salida posible aquella noche.

Clara sintió que la rabia le temblaba en la voz.

—Tú sabías que esa carta era para él.

—Sí.

—Sabías que yo quería explicarle que lo amaba.

—Sí.

—Sabías que él pensaría que me fui sin una palabra.

Elena bajó la mirada.

—Sí.

La tercera afirmación fue más insoportable que cualquier negación.

Clara retrocedió hasta la silla. No se sentó. Se apoyó en el respaldo.

—¿Cómo pudiste?

Elena no respondió con lágrimas. Habrían sido más fáciles de odiar. Respondió con cansancio.

—Porque creí que, si Gabriel conocía tu duda, no te dejaría marchar.

—No era duda. Era amor.

—Precisamente.

—No tenías derecho.

—No.

La palabra sorprendió a Clara.

Elena levantó los ojos.

—No tenía derecho. Pero lo hice.

Por un momento pareció que algo humano, verdadero, iba a abrirse entre ellas. Pero Elena volvió a cerrar el rostro.

—Y volvería a impedir una escena pública si creyera que con eso evitaba que mi hija quedara atrapada en una guerra entre dos familias.

Clara recogió la carta.

—No me salvaste de una guerra. Me convertiste en su campo de batalla.

—No exageres.

—No empequeñezcas.

Elena se sentó, de pronto envejecida.

—No puedes enseñarle esa carta a Gabriel.

Clara la miró despacio.

—Ahí está.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque está incompleta.

—Eso no me detendrá.

—Porque no prueba lo que tú quieres.

—Prueba que escribí.

—También prueba que estabas confundida.

—No.

—Gabriel la usará contra ti.

—¿Contra mí o contra vosotros?

—Contra todos.

—Madre, por una vez di la verdad sin protegerte detrás de una palabra plural.

Elena guardó silencio.

—Tienes miedo de que Gabriel sepa que no lo abandoné como le hicisteis creer.

—Tengo miedo de que Gabriel vuelva a destruirte.

Clara negó con una tristeza profunda.

—Gabriel no me destruyó.

—Él representa todo lo que te hizo huir.

—No. Representa todo aquello de lo que me hicisteis huir.

La puerta se abrió.

Leonardo apareció.

No llamó. No fingió no haber oído nada. Su rostro estaba serio, pero no sorprendido.

—Clara —dijo—, no tomes una decisión en caliente.

Ella soltó una risa breve.

—Qué oportuna es siempre tu entrada.

—He oído voces.

—En esta casa todos oyen voces cuando la verdad empieza a subir de volumen.

Leonardo miró la copia de la carta en la mano de Clara.

—¿Eso es lo que encontraste?

Elena intervino con rapidez.

—Leonardo, por favor.

—No —dijo Clara—. Que hable. Ya que todos sabíais, hablemos todos.

Leonardo se acercó con cautela.

—Yo no vi esa carta.

—¿Pero sabías que existió?

—No.

—¿Nunca?

—No.

Clara observó su rostro. Quería creer que mentía. Habría sido más sencillo. Pero no estaba segura. Leonardo podía ignorar la carta concreta y, sin embargo, saber lo suficiente de la historia para usarla.

—Mi madre dice que no puedo enseñársela a Gabriel.

—Tu madre tiene razón en algo.

—Naturalmente.

—Está incompleta. Si se la muestras así, abrirás una herida sin poder cerrarla.

—La herida ya está abierta.

—La abrirás de otro modo.

—Quizá el modo verdadero.

—O el modo más inútil. Gabriel puede creer que fabricaste esa copia ahora.

—¿Tú lo creerías?

Leonardo sostuvo su mirada.

—No.

—Entonces él también puede no creerlo.

—Gabriel no me parece dispuesto a concederte ese margen.

—No sabes qué está dispuesto a concederme.

—Ayer lo vi mirarte.

—¿Y qué viste?

—A un hombre que todavía puede hacerte mucho daño.

—Eso no responde.

—Vi a un hombre que no ha perdonado y que quizá necesita no perdonar para seguir en pie.

Clara se quedó inmóvil.

Era una frase exacta. Demasiado exacta. Incluso en defensa de sus propios intereses, Leonardo podía rozar una verdad honda.

—Entonces tendrá que decidir si prefiere seguir en pie sobre una mentira —dijo ella.

Leonardo bajó la voz.

—No vayas a verlo hoy.

—Voy a verlo ahora.

Elena se levantó.

—No.

—No te corresponde decidir.

—Soy tu madre.

—Y por eso empezamos este capítulo de nuestras vidas con una carta robada.

Elena recibió la frase como un golpe.

Leonardo intentó acercarse.

—Clara, déjame acompañarte.

—No.

—Al menos espera a Santos.

—No.

—Al menos haz una copia completa del contexto.

—No hay contexto completo. Alguien lo arrancó.

—Precisamente por eso debes ser prudente.

Clara guardó la carta en el bolso.

—La prudencia ha sido la coartada de todos vuestros abusos.

Salió del comedor.

Nadie la siguió.

O quizá sí. Quizá la siguieron las miradas, los miedos, las versiones. Pero nadie la detuvo.

Clara salió por la puerta lateral y caminó hacia la vega.

No pidió el coche. No quería llegar en el coche de su madre, ni en el de Leonardo, ni en ninguna comodidad que pudiera convertir su decisión en una visita social.

El camino hasta la finca de los Alcázar no era corto, pero tampoco imposible.

Descendía por una pendiente suave, bordeaba la tapia baja de Villa Belmonte, cruzaba un tramo de almendros y seguía después junto a la acequia hasta las primeras tierras de Gabriel.

El sol estaba alto, aunque no era todavía mediodía.

El aire olía a tomillo, a tierra caliente y a agua estancada.

Clara caminó sin prisa, pero sin detenerse.

Cada paso la alejaba de la casa y la acercaba al único hombre que podía destruir la utilidad de aquella prueba con una sola palabra: no te creo.

La encontró Marina antes que Gabriel.

Estaba junto a un cobertizo, hablando con un trabajador. Al ver a Clara sola por el camino, interrumpió la conversación y fue hacia ella.

—¿Qué haces aquí?

—Necesito ver a Gabriel.

Marina miró su rostro.

—¿Qué ha pasado?

Clara abrió el bolso y sacó la copia. No se la entregó todavía.

—La encontré.

Marina no preguntó qué.

—¿La carta?

—Una copia. Incompleta.

Marina extendió la mano. Clara dudó un segundo y se la dio.

La hermana de Gabriel leyó las primeras líneas en silencio. Su expresión cambió lentamente. No se ablandó. Se volvió más grave.

—Es tu letra.

—Sí.

—¿Falta parte?

—La parte decisiva.

Marina le devolvió el papel.

—Siempre falta la parte decisiva cuando los culpables guardan documentos.

Clara sintió una gratitud amarga.

—¿Dónde está Gabriel?

—En la casa de labor. Con unos planos.