NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO II El hombre que no perdonó #4
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CAPÍTULO II El hombre que no perdonó #4

—Porque en esta familia lo que no se entiende suele haberse preparado para que alguien lo firme sin preguntar.

Clara lo miró con sorpresa.

—Hablas de los Belmonte con mucho conocimiento.

—Aprendí tarde, pero aprendí.

—¿Qué aprendiste?

—Que tu padre nunca hace una sola cosa cuando puede hacer tres a la vez. Que tu madre nunca niega de frente si puede envolver la negativa en educación. Y que tú...

Se detuvo.

—Sigue.

—No.

—Ya has empezado.

—Y tú te marchaste antes de que yo pudiera terminar muchas frases. No me pidas ahora que termine todas.

Clara bajó la mirada.

—Tienes derecho a odiarme.

Gabriel respondió demasiado rápido.

—No te odio.

Ella levantó los ojos.

Él pareció arrepentirse de la rapidez, pero no rectificó.

—Entonces ¿qué sientes?

—Eso no es asunto tuyo.

—Lo fue.

—Lo fue todo. Ese es el problema.

Clara sintió que aquella frase la dejaba sin defensa.

Gabriel tomó la carpeta de nuevo y se acercó al muro norte.

—La grieta principal está aquí.

—No cambies de tema.

—El tema me está cambiando a mí, y no pienso permitírselo.

—¿Así has vivido estos años?

—Bastante bien, hasta ayer.

Clara cerró los ojos.

—Lo siento.

—No.

—¿No qué?

—No digas lo siento como si hubieras roto una copa.

—No sé decirlo de otra manera sin decir demasiado.

—Entonces cállate.

La palabra fue dura.

Ella asintió lentamente.

—Eso sí sé hacerlo.

Gabriel se quedó inmóvil.

Había querido herirla. Lo había conseguido. Pero el efecto no le produjo satisfacción. Clara lo vio en su rostro, en el pequeño descenso de sus hombros, en la mirada que se apartó.

—Clara...

—No. Está bien.

—No está bien.

—Nada lo está.

El silencio volvió, pero ahora no era vacío. Era una tregua precaria.

Gabriel revisó la pared, tomó algunas notas, midió la distancia hasta la ventana y caminó hacia la parte posterior de la bodega.

Clara lo siguió sin hablar. Cada paso levantaba un poco de polvo.

En el fondo había una puerta pequeña que comunicaba con un patio cubierto por maleza.

Gabriel la abrió empujando con el hombro.

La luz entró de golpe.

Clara recordó aquel patio cubierto de madreselva.

Recordó una tarde en que Gabriel le dijo allí, con una seriedad casi torpe, que no sabía ser amable con todo el mundo, pero que con ella quería aprender.

Recordó su propia respuesta, una broma nerviosa para ocultar la emoción.

Recordó, con una precisión dolorosa, que él la besó después sin pedirle promesas porque ya las tenían todas.

Gabriel también recordaba. Lo supo por la forma en que se detuvo.

—Deberíamos volver —dijo él.

—Sí.

Pero ninguno se movió.

Clara miró las piedras del patio.

—¿Fuiste feliz alguna vez conmigo?

Gabriel cerró la puerta despacio.

—No hagas preguntas de las que no quieras oír respuesta.

—Quiero oírla.

—No.

—Por favor.

Él se volvió.

—Sí.

La palabra fue sobria, casi seca.

Clara sintió que le dolía más que un reproche.

—Yo también.

—No lo parece.

—Lo sé.

—Ese fue siempre tu problema. Algunas verdades tuyas no parecían verdades cuando más falta hacía creerlas.

Clara se llevó las manos al bolso. Necesitaba sostener algo.

—¿Alguna vez pensaste que quizá no me fui porque dejara de quererte?

Gabriel se quedó mirándola.

—Sí.

Ella apenas respiró.

—¿Cuándo?

—Los primeros meses. Después los primeros años, algunos días. Luego menos. Después casi nunca.

—Casi.

—No te agarres a esa palabra.

—No puedo evitarlo.

—Pues deberías.

—¿Por qué?

—Porque lo que no murió del todo no significa que pueda vivir.

Clara sintió que los ojos se le llenaban otra vez.

—Gabriel, yo...

Él la interrumpió con una voz más baja, más peligrosa por su contención.

—¿Me amaste?

La pregunta, al fin, apareció.

No envuelta en ironía. No disfrazada de expediente técnico. No lanzada en una frase casual. Apareció entera, desnuda, inevitable.

Clara abrió los labios, pero no contestó de inmediato.

Gabriel dio un paso hacia ella.

—No te pregunto por qué te fuiste. Ya ves.

Soy menos ambicioso que antes. No te pregunto qué dijo tu padre, qué sabía tu madre, qué carta dejaste o dices haber dejado, qué sacrificio secreto te convirtió en víctima de tu propio silencio.

Te pregunto algo más sencillo. Algo que quizá puedas responder sin destruir ninguna finca, ningún apellido, ninguna deuda. ¿Me amaste?

Clara sintió que la bodega entera se detenía.

—Sí.

Gabriel no parpadeó.

—¿Cuándo?

La pregunta la hirió más que la primera.

—Entonces.

—Entonces es una palabra grande.

—Cuando te conocí. Cuando me esperabas junto al embarcadero aunque fingieras que pasabas por casualidad.

Cuando me enseñaste a distinguir el olor de la tierra antes de la lluvia.

Cuando discutíamos porque yo defendía a mi padre y tú ya veías lo que yo no quería mirar.

Cuando me pediste que no nos casáramos en la iglesia grande, porque decías que allí todos mirarían más a los Belmonte que a nosotros.

Cuando hablamos de vivir lejos de esta casa.

Cuando dijiste que preferías una mesa pequeña con verdad a un comedor enorme lleno de mentiras. Entonces. Todos esos entonces.

Gabriel permaneció muy quieto.

—Qué hermoso.

Ella comprendió el veneno de la frase.

—No lo digas así.

—¿Cómo quieres que lo diga?

—Como si te importara.

—Ese es el problema. Importa. Y llega tarde.

—No llega tarde para ser verdad.

—Llega tarde para servir.

Clara negó con la cabeza.

—No todo lo que sirve salva.

—Y no todo lo verdadero merece perdón.

Ella recibió la frase sin moverse.

—No te estoy pidiendo perdón.

—Me alegra.

—Mentira.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Deja de llamarme mentiroso.

—Entonces deja de fingir que no te duele.

—¿Y si me duele? ¿Qué cambia? ¿Te quedas? ¿Hablas? ¿Explicas? ¿Rompes por fin el pacto que sea que todavía te ata a esta casa? ¿O solo quieres comprobar que no me he curado para sentirte menos sola?

Clara retrocedió un paso.

—Eso es injusto.

—Puede ser. El dolor no siempre es preciso.

—Yo no he venido a disfrutar de tu herida.

—Pero la necesitas.

—No.

—Sí. Necesitas saber que significaste algo. Que no fuiste solamente la mujer que se fue. Que todavía hay un lugar en mí donde tu nombre hace daño. Pues ya lo sabes. ¿Te basta?

Clara lo miró con una tristeza limpia, sin defensa.

—No me basta. Me destruye.

Gabriel apartó la vista.

Aquel gesto, más que cualquier palabra, reveló que la había creído.

Durante un instante, el pasado estuvo tan cerca que parecía posible tocarlo. No recuperarlo. Solo tocarlo, como se toca una fotografía antigua que ya no tiene poder para devolver la vida, pero sí para demostrar que la vida existió.

Entonces se oyó un coche en el exterior.

Gabriel reaccionó primero. Tomó la carpeta, recuperó su tono de trabajo y caminó hacia la puerta principal. Clara se quedó un momento inmóvil antes de seguirlo.

Al salir, vio un automóvil oscuro detenido junto al de Gabriel.

Leonardo Valcárcel bajó del coche.

Llevaba traje azul impecable, camisa clara y gafas de sol que se quitó con un gesto tranquilo al verla.

Su presencia tenía siempre algo de entrada calculada: nunca parecía llegar por azar ni con prisa.

Alto, elegante, de rasgos regulares, Leonardo pertenecía a esa clase de hombres que no necesitaban levantar la voz porque estaban acostumbrados a que las habitaciones se adaptaran a ellos.

—Clara —dijo, acercándose—. No esperaba encontrarte aquí.

Ella tampoco lo esperaba. Y precisamente por eso comprendió que no era una casualidad.

—Leonardo.

Él le tomó las manos y besó una de ellas con naturalidad. No fue un gesto apasionado. Fue un gesto de posesión social, de familiaridad exhibida. Gabriel lo vio. Clara también vio que Gabriel lo veía.

—Tu madre me dijo que quizá estarías con los planos —añadió Leonardo—. Me preocupó que vinieras sola.

Clara retiró las manos con suavidad.

—No estoy sola.

Leonardo miró entonces a Gabriel, como si acabara de reparar en él, aunque era evidente que no.

—Gabriel Alcázar, supongo.

—Supone bien.

Se dieron la mano.

El apretón fue breve, correcto, sin cordialidad.

—Leonardo Valcárcel —se presentó—. Abogado.

—Lo sé.

Leonardo sonrió.

—Espero que por buenas referencias.

—Por referencias suficientes.

Clara sintió la tensión entre ambos como una cuerda invisible.

—Leonardo, ¿qué haces aquí?

—Tu madre me avisó de que habías llegado. Tenía asuntos en la provincia y he preferido adelantar el viaje.

—No me dijiste que vendrías hoy.

—No quería inquietarte.

Gabriel bajó la mirada hacia los planos, pero Clara percibió el efecto de la frase. No quería inquietarte. Como si Leonardo tuviera algún derecho a decidir qué debía saber ella.

—Podrías haber llamado —dijo Clara.

—Lo intenté. Tendrías el teléfono sin cobertura.

Era posible. También era conveniente.

Leonardo miró la bodega.

—¿Todo en orden?

Gabriel respondió antes que Clara.

—No. Hay grietas, humedad y una cubierta que revisar.

Leonardo lo observó un segundo.

—Me refería a Clara.

Gabriel sostuvo su mirada.

—Clara puede responder por sí misma.

La frase no fue alta. No hizo falta.

Leonardo sonrió de nuevo, pero sus ojos no sonrieron.

—Sin duda.

Clara intervino.

—Estoy bien.

—Tu madre estaba preocupada.

—Mi madre confunde preocupación con vigilancia.

—A veces quien nos quiere ve riesgos que nosotros no vemos.

Gabriel recogió el tubo de planos.

—Entonces está usted en una familia muy previsora.

Leonardo volvió a mirarlo.

—Y usted en una posición profesional delicada.

—Estoy en una posición profesional clara.

—Me alegra. La claridad evita malentendidos.

—No siempre. A veces los malentendidos nacen precisamente de quienes administran demasiada claridad ajena.

Clara sintió que la conversación podía volverse peligrosa en cualquier momento.

—Gabriel, ¿ha terminado la revisión?

Él la miró. Había entendido el cambio de tono.

—Por hoy, sí.

—Entonces volvamos.

Leonardo dio un paso hacia Clara.

—Puedes venir conmigo.

—He venido con Gabriel.

—No hay necesidad de que regreses con él.

—No la había de que vinieras tú, y aquí estás.

Leonardo recibió la frase con una calma que no ocultaba del todo el disgusto.

—Clara, solo intento ayudarte.