NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO II El hombre que no perdonó #3
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CAPÍTULO II El hombre que no perdonó #3

—Hay grietas en el muro norte —dijo él, abriendo la carpeta—. Nada grave si se corrige pronto. La cubierta necesita revisión. El problema principal es la humedad del subsuelo.

—Hablas como si estuviéramos en cualquier sitio.

Gabriel se detuvo.

—Estamos trabajando.

—No sabía que podías hacerlo tan bien.

—¿Trabajar?

—Fingir.

Él cerró la carpeta lentamente.

—Ten cuidado, Clara.

—¿Con qué?

—Con abrir puertas que luego quizá no quieras cruzar.

—Ya crucé demasiadas sin querer.

Gabriel la miró de frente.

La luz estrecha de la ventana le marcaba un lado del rostro.

Clara advirtió arrugas leves junto a sus ojos, una dureza nueva en la boca, una serenidad que no era paz sino disciplina.

Gabriel había envejecido bien, pensó con rabia.

Había envejecido hacia dentro. Como los hombres que no hablan de lo que les ha dolido y por eso acaban pareciendo más fuertes de lo que están.

—No he venido aquí para hablar del pasado —dijo él.

—No. Has venido para medir paredes.

—Exactamente.

—¿Y te basta?

—Para hoy, sí.

—A mí no.

Gabriel dejó la carpeta sobre una barrica vacía.

—Entonces habla.

Clara no esperaba que cediera tan pronto. La palabra quedó ante ella como un espacio abierto.

—Ayer, cuando me viste, pudiste acercarte.

—¿Para qué?

—Para saludar.

—Te he saludado esta mañana.

—Delante de mi madre y de un abogado.

—Era lo adecuado.

—No siempre lo adecuado es lo decente.

Gabriel sonrió apenas, sin alegría.

—Curioso que me hables de decencia.

Clara bajó la mirada un instante. Luego la levantó.

—Supongo que tenías derecho a decir eso.

—No necesito tu permiso para tener derechos sobre mi propio recuerdo.

—No he dicho eso.

—No. Tú nunca dices todo. Esa fue una de tus habilidades.

La acusación cayó limpia.

Clara apretó los dedos alrededor del asa del bolso.

—No voy a defenderme.

—Eso también lo recuerdo. Tu silencio siempre llegaba envuelto en dignidad.

—No sabes lo que mi silencio envolvía.

—No. No lo sé. Y durante mucho tiempo me importó. Mucho más de lo que habría querido. Me importó hasta humillarme. Hasta esperar una carta. Una explicación. Una frase. Un recado. Algo. Después dejó de importarme.

Clara lo miró.

—No es verdad.

Gabriel dio un paso hacia ella.

—No me digas lo que es verdad.

—No puedes hablar así si dejó de importarte.

—Puedo hablar así porque un día importó demasiado.

—Gabriel...

—No. No pronuncies mi nombre como antes.

La frase la detuvo.

Él respiró hondo, como si también hubiera ido más lejos de lo previsto.

—Tienes razón en algo —dijo después—. Ayer pude acercarme. Pude abrir la puerta del taxi, ayudarte a bajar, preguntarte cómo estabas, hacer de hombre civilizado. Pero no quise. No porque no supiera hacerlo. Porque no me dio la gana regalarte una escena que no merecías.

Clara sintió que el dolor le subía despacio, como una marea.

—¿Qué escena merecía?

—No lo sé. Quizá ninguna. Quizá eso fue lo único justo.

—Justo.

—Sí.

—¿Te pareció justo dejarme pasar como si fuera una desconocida?

—Tú decidiste serlo.

—No sabes lo que decidí.

—Sé lo que hiciste.

—No es lo mismo.

—Para quien se queda, sí.

Clara guardó silencio.

Gabriel continuó, y ahora su voz tenía una calma peor que la ira.

—Te esperé aquella noche. ¿Lo recuerdas?

Claro que lo recuerdas. Todos lo recuerdan.

En la iglesia primero. Después en la casa.

Después en la puerta, como un idiota, mientras tu padre decía que habría una explicación y tu madre fingía estar al borde del desmayo.

Te esperé hasta que entendí que la explicación era precisamente tu ausencia.

No hubo una carta. No hubo una llamada. No hubo una frase dirigida a mí.

Nada. Solo rumores, compasión, miradas, gente que se acercaba para tocarme el hombro como si se me hubiera muerto alguien.

Y se me había muerto alguien, Clara. Pero no podía enterrarla porque seguía viva en otra ciudad.

Ella cerró los ojos un instante.

—Yo dejé una carta.

Gabriel se quedó inmóvil.

—No.

—Sí.

—No hagas eso.

—La dejé.

—No hagas eso ahora.

—¿Crees que inventaría algo así?

—No sé lo que inventarías.

Clara dio un paso atrás.

—Eso ha sido cruel.

—No. Cruel fue desaparecer la noche antes de casarnos.

—No desaparecí.

—¿Ah, no?

—Me fui.

—Gracias por el matiz.

—Me fui por una razón.

—Siempre hay razones. Incluso las cobardías tienen una.

Clara palideció.

Durante años había imaginado el encuentro.

En algunas versiones, él la escuchaba. En otras, la despreciaba.

En las peores, ella no encontraba palabras.

Pero ninguna versión había previsto esa mezcla de dolor y desprecio que convertía cada frase de Gabriel en un juicio del que ella no podía defenderse sin traicionar todavía algo más.

—No sabes nada —dijo.

—Eso sí lo sé. No supe nada. Esa fue exactamente tu obra maestra.

—No fue así.

—Entonces explícame cómo fue.

La invitación llegó como un golpe.

Clara abrió la boca. Podía decirlo. Podía empezar.

Podía contarle que aquella noche su padre la llamó al despacho.

Que había papeles. Que había una amenaza formulada con voz tranquila.

Que le hablaron de ruina, de la familia Alcázar, de deudas antiguas, de una responsabilidad que ella no comprendía del todo.

Que le hicieron creer que, si se casaba con Gabriel, la vida de él quedaría atada a una vergüenza económica que podía destruirlo.

Que le dijeron que Gabriel acabaría odiándola.

Que le ofrecieron una salida infame vestida de sacrificio.

Que escribió una carta. Que la dejó donde debía.

Que se marchó creyendo que él sabría al menos una parte.

Podía decirlo.

Pero no podía todavía.

No sin pruebas.

No sin saber cuánto había sido cierto y cuánto manipulado.

No sin arrastrar de nuevo a Gabriel hacia una historia que quizá su padre, su madre y otros habían contaminado de un modo que ella aún no alcanzaba a medir.

—No puedo explicártelo ahora —dijo.

Gabriel la miró como si esa frase cerrara definitivamente algo.

—Por supuesto.

—No me mires así.

—¿Cómo quieres que te mire? ¿Con gratitud por la promesa de una explicación aplazada siete años más?

—No es eso.

—Es exactamente eso.

—Gabriel, si hablo ahora sin saberlo todo, puedo hacer más daño.

—Qué considerado.

—No uses mis palabras contra mí.

—Uso las tuyas porque las mías se gastaron esperándote.

Clara sintió que los ojos se le humedecían. Se obligó a no llorar.

—No voy a pedirte perdón por algo que todavía no puedo contarte entero.

—No te preocupes. Hace años que dejé de esperar disculpas.

—También eso es mentira.

Él se acercó más.

—¿Quieres saber qué es mentira? Mentira fue la promesa que hiciste en esta misma bodega cuando dijiste que no dejarías que nadie decidiera por ti.

Mentira fue la manera en que me mirabas como si yo fuera tu única verdad.

Mentira fue cada plan, cada carta, cada tarde en que hablamos de una casa pequeña lejos de Villa Belmonte.

Mentira fue tu valentía. Mentira fue tu amor.

Clara sintió que algo se rompía dentro de ella, pero no gritó.

—Mi amor no fue mentira.

Gabriel sostuvo su mirada.

—Entonces fue inútil.

—No.

—¿No? ¿Para qué sirvió? Dime. ¿Para qué sirve un amor que abandona? ¿Para qué sirve un amor que calla? ¿Para qué sirve un amor que deja a un hombre solo delante de todos mientras él todavía está defendiendo tu nombre?

Clara se estremeció.

—¿Defendiendo mi nombre?

—Sí. Qué ridículo, ¿verdad? Mientras algunos decían que habías cambiado de opinión, que te habías asustado, que seguramente había otro, yo decía que no. Que Clara no hacía las cosas así. Que habría una razón. Que volverías. Que escribirías. Que alguien se equivocaba.

Ella dio un paso hacia él.

—Gabriel...

—Y el equivocado era yo.

—No.

—Sí.

—No.

—¿Entonces?

Clara respiró con dificultad.

—Entonces alguien se encargó de que lo creyeras.

Gabriel se quedó quieto.

La frase había salido más lejos de lo que ella quería.

—¿Quién?

—No puedo.

—¿Quién, Clara?

—No puedo decírtelo todavía.

Gabriel rio sin alegría.

—Ahí está. Otra vez la puerta entreabierta. Otra vez la promesa de una verdad que no llega.

—Estoy intentando entenderlo.

—Yo lo entendí hace años.

—No. Tú construiste una explicación porque no tenías otra.

—La única explicación que necesitaba era tu ausencia.

Clara se llevó una mano al pecho, como si pudiera contener algo físico.

—Me estás castigando por haber sobrevivido como pude.

—No. Te estoy hablando como tú me dejaste: sin esperanza.

La frase cayó sobre ambos.

Durante unos segundos solo se oyó el goteo lento de algún punto húmedo en la bodega. Clara miró hacia la ventana alta. La luz había cambiado. Una nube debía de haber cruzado el sol.

Gabriel se volvió hacia los planos.

—Será mejor terminar la revisión.

—No.

Él no se giró.

—No he terminado mi trabajo.

—Mírame.

—No.

—Gabriel.

Él se volvió de golpe.

—¿Qué quieres de mí?

La pregunta llenó la bodega.

Clara no supo responder.

¿Qué quería? ¿Perdón? ¿Tiempo? ¿Que la creyera sin pruebas?

¿Que el hombre que había sido herido por su silencio aceptara ahora otro silencio más refinado?

¿Quería consuelo? No tenía derecho. ¿Quería castigo?

Ya lo tenía. ¿Quería recuperar un amor que quizá había muerto no por falta de raíz, sino por exceso de intemperie?

—No lo sé —dijo al fin.

Gabriel la miró con dureza.

—Al menos eso parece sincero.

—¿Y tú? ¿Qué quieres?

—Nada.

—No es verdad.

—Quiero terminar este informe, cobrar mi trabajo y volver a mi vida.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Mírame y dilo.

Gabriel la miró.

—Quiero terminar este informe, cobrar mi trabajo y volver a mi vida.

La frase fue correcta. Pero sus ojos no la acompañaron.

Clara sintió una mezcla absurda de dolor y alivio. Aún había algo. No sabía si amor, resentimiento, orgullo, memoria o simple ceniza caliente. Pero había algo. Y eso lo hacía todo más difícil.

—Yo no volví por ti —dijo.

Gabriel asintió.

—Lo imaginaba.

—Volví por mi padre.

—También eso lo imaginaba.

—Y por unos documentos que no entiendo del todo.

—Eso ya es más peligroso.

—¿Por qué?