NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO II El hombre que no perdonó #2
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CAPÍTULO II El hombre que no perdonó #2

—¿Gabriel sabe el alcance de la deuda? —preguntó Clara.

—Lo necesario para su informe.

—¿Sabe que mi firma será necesaria?

—Sí.

—¿Sabe que tendré que tratar con él?

—Lo supone.

—¿Y aun así aceptó?

—Sí.

Clara miró hacia la ventana. Afuera, la mañana se había vuelto más clara, casi hiriente.

—Entiendo.

Pero, de nuevo, no entendía.

O quizá cada respuesta le añadía un modo distinto de no entender.

A las doce en punto, el timbre de la entrada sonó con una sobriedad que pareció deliberada. Nadie se movió durante un segundo. Después Teresa cruzó el vestíbulo.

Elena se levantó.

—Será Gabriel.

Clara permaneció sentada.

Santos empezó a ordenar algunos planos. Su madre se alisó la falda con un gesto rápido. En aquel mínimo movimiento, Clara vio la misma tensión de la víspera. Elena no quería a Gabriel allí. Lo necesitaba allí. Y esa diferencia, en una mujer como ella, era casi una humillación.

La puerta del salón se abrió.

Gabriel entró sin prisa.

No llevaba botas de campo, sino zapatos oscuros. Su traje era sencillo, bien cortado, sin ostentación. En la mano izquierda traía un tubo con planos; en la derecha, una carpeta. Saludó primero a Elena, luego a Santos. Finalmente miró a Clara.

—Buenos días, Clara.

No dijo señorita Belmonte. No dijo señora. No dijo has vuelto. Dijo su nombre como si fuera una palabra que había decidido no evitar.

Clara se levantó.

—Buenos días, Gabriel.

Durante un instante nada más existió en la habitación.

Ni Elena.

Ni Santos.

Ni los planos.

Ni las deudas.

Solo el hecho brutal de que dos personas que una vez habían hablado de una vida entera se saludaban ahora como invitados en una reunión administrativa.

Gabriel apartó la vista primero.

—Traigo los planos de las servidumbres antiguas —dijo—. También una propuesta provisional sobre el acceso a la franja del río. No es definitiva. Hay que contrastarla con los documentos de propiedad.

Santos recuperó el tono profesional.

—Perfecto. Podemos extenderlos sobre la mesa grande.

Pasaron al despacho de don Julián.

Clara no había entrado allí desde la noche anterior a su marcha.

Le sorprendió descubrir que, pese a todo, el lugar seguía casi igual: estanterías de madera oscura, mesa maciza, lámpara verde, sillones de cuero, olor a papel, tabaco antiguo y poder envejecido.

Sobre una pared colgaba un mapa catastral de la zona, con anotaciones a lápiz.

En el centro, Gabriel desplegó los planos.

Sus manos eran las mismas.

Esa fue una de las crueldades del reencuentro.

No todo cambiaba. Había detalles que permanecían para demostrar que el tiempo no era suficiente.

Las manos de Gabriel seguían siendo firmes, morenas, de dedos largos.

Clara las recordó cerrándose sobre las suyas, apartándole un mechón de la frente, sosteniendo una copa, escribiendo una dirección, sujetando su cintura una tarde de feria cuando ella tropezó con una piedra.

Ahora esas manos señalaban líneas de riego.

—Aquí está el antiguo camino de servicio —explicó Gabriel—. Jurídicamente aparece como paso agrícola, pero en la práctica se ha usado también para maquinaria, transporte y acceso ocasional a la casa del molino. Si la segregación se hace sin corregir eso, habrá conflicto.

—¿Con quién? —preguntó Clara.

Gabriel levantó la vista.

—Con cualquiera que compre o herede una parte sin conocer las cargas reales.

—No he preguntado en abstracto.

—Con los Alcázar, entre otros.

—Gracias.

El tono fue formal, pero algo en la habitación se tensó.

Elena intervino.

—Gabriel, quizá convenga explicar solo las líneas generales.

—Estoy explicando las líneas generales.

—Sin entrar en cuestiones que puedan confundir.

Él miró a Elena con una frialdad educada.

—Las cuestiones que se ocultan son las que luego confunden, señora Belmonte.

Clara bajó los ojos hacia el plano para no mirarlo. Había en aquella frase algo que no pertenecía solo al expediente.

Santos carraspeó suavemente.

—Sigamos. ¿Qué propone sobre el acceso?

Gabriel señaló una franja marcada en rojo.

—Mantener el camino de servicio como servidumbre expresa, con anchura suficiente para maquinaria ligera, y desplazar el acceso principal hacia la linde sur. Es menos cómodo para Villa Belmonte, pero evita litigios.

—¿Menos cómodo para nosotros? —preguntó Clara.

—Para la propiedad Belmonte.

—Yo formo parte de la propiedad Belmonte, según parece.

Gabriel sostuvo su mirada.

—Según los documentos, sí.

—¿Y según usted?

Santos movió apenas un papel. Elena se quedó inmóvil.

Gabriel tardó un segundo.

—Según yo, este no es el lugar para responder a eso.

La frase fue correcta. Demasiado correcta.

Clara sintió que se le encendía el rostro, pero no bajó la mirada.

—Tiene razón.

—Intento tenerla en lo técnico.

—¿Solo en lo técnico?

Gabriel cerró la carpeta con calma.

—Si vamos a hablar de otra cosa, quizá convenga hacerlo fuera de esta reunión.

Elena intervino de inmediato.

—No hay necesidad de hablar de otra cosa.

Clara se volvió hacia ella.

—¿No?

—No.

Gabriel miró a Elena, luego a Clara. En su expresión no había triunfo. Había cansancio.

—Por mi parte, puedo volver cuando lo estimen oportuno.

—No —dijo Santos—. Aún queda revisar la bodega antigua y el acceso posterior. La tasación depende de su estado.

Clara miró al abogado.

—¿Qué bodega antigua?

—La del molino —explicó Santos—. Está cerrada desde hace años. Gabriel necesita comprobar la estructura.

Clara notó un golpe de memoria.

La bodega del molino.

Allí había ido con Gabriel muchas veces.

No era una bodega importante, apenas un edificio bajo, fresco, con muros gruesos y olor a madera húmeda.

De jóvenes la llamaban “la bodega vieja”, y a Clara le gustaba porque quedaba lejos de la casa principal.

Allí se habían refugiado una tarde de lluvia.

Allí Gabriel le había dicho por primera vez que, si algún día se casaban, no quería vivir bajo el techo de su padre.

Allí ella había respondido que tampoco quería seguir siendo hija dentro de su propia vida.

—Puedo ir yo —dijo Santos—. Si Clara prefiere quedarse.

Gabriel no dijo nada.

Eso la decidió.

—No. Iré.

Elena se levantó.

—No es necesario.

—Lo es si afecta a propiedades en las que debo firmar.

—Puede acompañarte Santos.

—Gabriel es quien debe revisar la estructura, ¿no?

—Sí —dijo Gabriel.

Clara tomó su bolso.

—Entonces vamos.

El camino hasta la bodega vieja se hizo en el coche de Gabriel, porque la pista estaba en mal estado y Elena se negó a que Clara caminara bajo el sol de mediodía.

Santos quedó en la casa revisando papeles con la excusa de preparar una nota.

Elena intentó acompañarlos. Clara se opuso con una serenidad que no admitió réplica.

—Si es una visita técnica, no hace falta público.

Gabriel no comentó nada.

El coche avanzó por el camino lateral de Villa Belmonte, descendiendo hacia la zona del molino. Clara iba sentada junto a la ventanilla, con el bolso sobre las rodillas. Gabriel conducía sin mirar más de lo necesario. Entre ambos había una distancia de menos de un metro y siete años.

Durante los primeros minutos no hablaron.

El paisaje, en cambio, parecía empeñado en recordar por los dos.

Los almendros junto al camino, la curva donde una vez el coche de Gabriel se quedó atascado después de una tormenta, la tapia baja por la que Clara saltó de joven para evitar una cena familiar, la acequia donde él la vio llorar el día que su padre la llamó ingrata por negarse a estudiar Derecho.

Cada rincón tenía una escena. Cada escena, una versión de ellos que ya no existía.

—No sabía que habías vuelto a vivir aquí —dijo Clara al fin.

Gabriel mantuvo los ojos en el camino.

—No he vuelto. Nunca me fui del todo.

—Creí que estabas en Sevilla.

—Estuve.

—¿Y regresaste?

—Cuando murió mi padre.

Clara giró la cabeza hacia él.

—No lo supe.

—No tenías por qué.

La respuesta fue lisa, sin reproche aparente. Precisamente por eso dolió.

—Lo siento.

—Han pasado cinco años.

—Aun así.

Gabriel redujo la velocidad para esquivar un bache.

—Gracias.

Volvió el silencio.

Clara miró sus manos sobre el volante.

—Ayer te vi en el camino.

—Yo también te vi.

—No saludaste.

—Estabas en un taxi.

—No parecía impedimento suficiente.

Gabriel tardó en responder.

—No quise incomodarte.

Clara soltó una risa breve.

—Qué considerado.

—La consideración llega tarde, pero a veces llega.

—¿Eso iba por mí?

—No. Iba por los dos.

Ella volvió a mirar por la ventanilla.

—No sabía que trabajarías en esto.

—Eso ya lo imaginé.

—Podrías haberte negado.

—Podría.

—¿Por qué no lo hiciste?

Gabriel detuvo el coche frente a la bodega vieja, apagó el motor y solo entonces la miró.

—Porque esta tierra no tiene la culpa de lo que hiciste.

Clara sintió la frase como una bofetada.

No por injusta. Por incompleta.

—Entiendo.

—No. No entiendes.

—Quizá no.

Gabriel bajó del coche.

Clara tardó unos segundos en hacerlo. Necesitaba recomponerse antes de pisar aquel lugar. La bodega estaba casi igual: muros encalados, puerta de madera oscura, tejas viejas, dos cipreses inclinados por el viento. Una cadena cerraba la entrada. Gabriel sacó una llave.

—¿La tienes tú? —preguntó Clara.

—Tu padre me la dio.

—Mi padre ha repartido muchas llaves últimamente.

Gabriel abrió el candado.

—Algunas puertas llevaban años cerradas.

—No todas por falta de llave.

Él no respondió. Empujó la puerta. La madera protestó con un sonido largo, áspero. Al entrar, el aire frío de la bodega los envolvió.

Clara se quedó en el umbral.

Dentro olía a humedad, piedra, barricas vacías y tiempo detenido.

La luz entraba por una ventana alta, estrecha, y dibujaba una línea pálida sobre el suelo.

Había polvo en los bancos, telarañas en las vigas, hojas secas junto a la pared.

Gabriel avanzó con naturalidad, como si aquel espacio no le dijera nada.

Pero Clara vio que no miraba hacia el rincón donde una vez estuvieron sentados durante la tormenta.