NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO II El hombre que no perdonó
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CAPÍTULO II El hombre que no perdonó

Clara no durmió.

No exactamente.

Hubo momentos en que el cuerpo se le venció contra la almohada y la conciencia se retiró a una zona turbia, sin descanso verdadero, donde los pensamientos no desaparecían sino que cambiaban de forma.

En uno de esos intervalos soñó que caminaba por la finca de los Alcázar con un vestido de novia manchado de barro.

En otro, que su padre la llamaba desde una habitación sin puerta.

En otro más, que Gabriel la miraba desde el otro lado de una mesa cubierta de documentos y le decía, con una cortesía impecable, que firmara donde correspondía.

Despertó antes del amanecer.

El cuarto estaba en penumbra. La línea gris de la mañana empezaba a insinuarse detrás de las cortinas, pero la casa seguía en silencio.

Clara permaneció boca arriba, con los ojos abiertos, escuchando los pequeños ruidos que anunciaban el despertar de Villa Belmonte: una tubería, un paso lejano, el crujido de la madera, el viento suave contra los cristales.

Nada había cambiado en aquella habitación y, sin embargo, ella no encontraba dentro de sí a la muchacha que la había ocupado.

Se levantó despacio.

En el espejo ovalado vio una mujer pálida, con el cabello suelto sobre los hombros y los ojos más oscuros de lo habitual.

No parecía derrotada. Esa fue la palabra que le vino primero, y la rechazó.

No estaba derrotada. Tampoco estaba fuerte.

La fortaleza, pensó, era a veces una palabra demasiado limpia para nombrar la simple obligación de seguir respirando.

Se vistió con un traje claro, sobrio, casi severo. Eligió pendientes pequeños, recogió el cabello en la nuca y se miró otra vez. No quería parecer vulnerable ante su madre. No quería parecer desafiante ante el abogado. No quería parecer nada ante Gabriel.

Esa fue la primera mentira del día.

Cuando bajó, Teresa disponía el desayuno en el comedor pequeño. La mesa estaba puesta para una persona. Café, pan tostado, mantequilla, mermelada de naranja, fruta cortada. Todo demasiado correcto.

—Buenos días, señorita Clara.

—Buenos días, Teresa.

—Su madre ha desayunado temprano. Está con don Julián.

Clara se detuvo.

—¿Puedo verlo?

Teresa no respondió enseguida.

—El médico vendrá antes de la reunión.

—No he preguntado por el médico.

—Lo sé.

—¿Mi madre ha dejado orden de que no suba?

Teresa bajó la vista hacia la cafetera.

—Su madre ha dicho que conviene esperar.

Clara sonrió apenas.

—Naturalmente.

Se sentó, pero no tocó el pan. El café estaba caliente, fuerte, como siempre lo había preferido su padre. La taza era antigua, de porcelana fina, con un borde dorado ligeramente gastado. Clara la sostuvo entre las manos sin beber.

—¿A qué hora llega Gabriel? —preguntó.

Teresa se inmovilizó un segundo.

—No lo sé con seguridad. Su madre dijo que a mediodía.

—¿Y el abogado?

—A las once.

—Entonces todavía tengo tiempo para ver a mi padre.

—Señorita...

Clara dejó la taza sobre el plato.

—No voy a hacerle daño, Teresa.

—No es usted quien me preocupa.

La frase la hizo levantar la mirada.

—¿Qué quieres decir?

Teresa tomó una servilleta que no necesitaba doblar y empezó a alisarla entre los dedos.

—Don Julián está muy cambiado.

—Todos cambiamos.

—No así.

Clara sintió que la irritación cedía un poco, no por obediencia, sino por temor.

Había pasado tantos años juzgando a su padre desde lejos que no había preparado el ánimo para verlo disminuido.

Don Julián Belmonte, el hombre que hablaba como si las habitaciones le pertenecieran por derecho natural, el hombre que convertía sus opiniones en órdenes y sus órdenes en destino, reducido ahora a una cama, a un médico, a la vigilancia de su mujer.

—¿Sufre? —preguntó en voz más baja.

—A ratos. Más por dentro que por fuera.

—Eso no se sabe, Teresa.

—En esta casa sí.

Clara no insistió. Bebió un poco de café. Estaba amargo.

A las diez, Elena bajó.

Venía vestida de azul marino, con un collar de perlas y el cabello perfectamente recogido.

La noche anterior parecía agotada; aquella mañana había reconstruido su imagen con una precisión casi militar.

Clara comprendió que su madre nunca se arreglaba para embellecerse. Se arreglaba para no ser atravesada.

—Buenos días —dijo Elena.

—Buenos días.

—¿Has descansado?

—No.

—Era previsible.

—Hay cosas que lo son mucho antes de que ocurran.

Elena ignoró la frase y se sentó frente a ella.

—Andrés Santos llegará en una hora. Conviene que desayunes.

—He tomado café.

—Eso no es desayunar.

—Hoy basta.

—No te conviene llegar a la reunión con los nervios alterados.

Clara la miró.

—¿Llegar a la reunión? Estamos en nuestra casa.

—No empieces.

—No he empezado. Solo me llama la atención que incluso dentro de esta casa parezca que debo pedir permiso para ocupar una habitación.

Elena hizo un gesto a Teresa para que sirviera más café. La mujer obedeció y salió discretamente.

—He hablado con tu padre —dijo Elena.

Clara se tensó.

—¿Y?

—Sabe que estás aquí.

—Eso ya lo sabía ayer.

—No exactamente.

—¿Qué significa ahora no exactamente?

Elena tomó aire.

—Ayer estaba confuso. Esta mañana ha preguntado por ti con claridad.

—Quiero verlo.

—Después de la reunión.

—Antes.

—Clara, por favor.

—No. No voy a aceptar que me hayáis traído para hablar de terrenos antes de dejarme hablar con mi padre.

—Tu padre no está en condiciones de sostener una conversación larga.

—No necesito una conversación larga.

—Tú no sabes limitarte cuando estás herida.

La frase cayó con demasiada precisión.

Clara sostuvo la mirada de su madre.

—Eso es verdad. Por eso llevo siete años sin hablar con casi nadie de lo que pasó.

Elena bajó los ojos hacia su taza.

—No utilices cada momento para volver a lo mismo.

—Lo mismo vuelve sin que yo lo llame. Ayer estaba en el camino. Hoy vendrá al mediodía con una carpeta.

—Gabriel viene por asuntos profesionales.

—Gabriel viene porque vosotros lo habéis colocado en mitad de mi regreso.

—No seas injusta. Él aceptó por decisión propia.

—¿Por qué?

—Porque es su trabajo.

—Gabriel no necesita trabajar para nosotros.

—Necesita trabajar para quien lo contrata.

—No hables de él como si no lo conocieras.

Elena dejó la taza.

—Quizá ese sea tu problema. Crees que todavía lo conoces.

Clara no respondió.

Esa posibilidad le había rozado la conciencia desde que lo vio junto a la acequia.

El Gabriel que ella recordaba habría avanzado hacia el taxi, aunque fuera para preguntar con dureza qué hacía allí.

El hombre de ayer no se había movido. Había mirado, reconocido y apartado la vista.

No por falta de emoción, sino por dominio.

Y el dominio, en un hombre herido, podía ser más peligroso que la ira.

A las once menos diez, el sonido de un coche deteniéndose ante la entrada interrumpió la conversación.

Elena se levantó.

—Será Santos.

—Y empieza la función.

—No conviertas esto en algo grotesco.

—No hace falta. Ya tiene todos los elementos.

Andrés Santos entró en el salón azul con una cartera de piel, traje gris y expresión diplomática.

Había sido abogado de la familia desde que Clara recordaba.

Era un hombre de unos sesenta años, delgado, de manos limpias, con esa voz baja de quienes dicen cosas graves como si estuvieran comentando el tiempo.

—Clara —saludó—. Me alegra verte.

—Me alegra que alguien lo diga con tanta facilidad.

El abogado sonrió con prudencia.

—Lamento las circunstancias.

—Eso se acerca más.

Elena lanzó a su hija una mirada de advertencia. Clara no la recogió.

Se sentaron alrededor de la mesa baja. Santos abrió su cartera, extrajo varios documentos y los dispuso en pequeñas pilas. Clara observó el método. En aquella casa, los papeles siempre parecían más respetables que las personas.

—No vamos a firmar nada hoy —dijo el abogado, antes de que Clara preguntara—. Esta reunión es informativa.

—Me tranquiliza que empiece por ahí.

—Conozco tu carácter.

—No. Conoce la versión familiar de mi carácter.

Santos aceptó la corrección con una leve inclinación de cabeza.

—Entonces diré que conozco tu prudencia cuando se te ofrece información suficiente.

—Eso es mejor.

Elena se sentó en silencio.

Durante casi una hora, Santos explicó la situación patrimonial de los Belmonte con una claridad que, por contraste, hacía más evidente el modo en que su madre había evitado hacerlo la noche anterior.

Había créditos vencidos. Había garantías cruzadas.

Había una antigua línea de financiación sustentada sobre el valor de terrenos que ya no valían lo que se había supuesto.

Había un proyecto turístico paralizado. Había acreedores discretos y bancos menos discretos.

Había, sobre todo, una necesidad urgente de reorganizar propiedades para evitar embargos parciales.

Clara escuchó sin interrumpir demasiado.

Cuando Santos terminó, ella hizo la pregunta que importaba.

—¿Y qué tiene que ver Gabriel Alcázar en todo esto?

El abogado no pareció sorprendido.

—Su intervención es técnica. La finca del molino y la franja de riego comparten servidumbres y aprovechamientos históricos con tierras de la familia Alcázar.

Gabriel conoce la zona, los expedientes de agua, los planos antiguos y los accesos reales.

Además, ha participado en proyectos de reorganización agraria en otras propiedades.

—Podrían haber contratado a otro.

—Sí.

—Entonces reformulo. ¿Por qué él?

Santos miró a Elena, pero fue lo bastante inteligente como para no esperar auxilio.

—Porque cualquier reorganización que afecte a esas tierras terminaría pasando de un modo u otro por su criterio, ya fuera como técnico o como propietario colindante. Era más práctico incorporarlo desde el principio.

—Práctico.

—Sí.

Clara sonrió sin alegría.

—La palabra del día.

—Clara —intervino Elena—, deja trabajar a Andrés.

—Estoy dejándolo. Incluso le estoy haciendo preguntas.

Santos cruzó las manos.

—Comprendo que para ti la presencia de Gabriel resulte incómoda.

—No. Incómoda es una silla mal colocada. Esto es otra cosa.

El abogado guardó silencio.