NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO I La casa a la que no quería volver #5
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CAPÍTULO I La casa a la que no quería volver #5

—Hazlo sencillo.

—No pertenecía a tu mundo.

Clara sonrió con tristeza.

—Gabriel tenía tierras, educación, trabajo, apellido conocido. No me hables de mundos. Habla de control.

—No era suficiente para ti.

—¿Para mí o para vosotros?

—Para lo que tú podías tener.

—Yo quería tenerlo a él.

—Eso se dice a los veinticinco años.

—Y a los treinta y dos, si una no se ha vendido por comodidad.

Elena la miró con dureza.

—Ten cuidado.

—¿Con qué? ¿Con decir que me habéis preferido segura antes que viva?

—Preferimos verte protegida.

—Por Leonardo, supongo.

Elena no respondió.

Clara rio suavemente.

—Ah. Ya estamos llegando.

—Leonardo es un hombre excelente.

—Leonardo es un hombre útil.

—También.

—Gracias otra vez.

—No pronuncies su nombre con desprecio. Ha ayudado mucho a esta familia.

—Eso no lo convierte en dueño de mi futuro.

—Nadie ha dicho eso.

—Todavía no. Pero mañana quizá aparezca también en alguna carpeta.

Elena dejó la copa sobre el aparador.

—Leonardo vendrá dentro de unos días.

Clara se quedó quieta.

—¿Quién lo ha invitado?

—Yo.

—¿Por qué?

—Porque conoce los aspectos legales de algunas operaciones.

—Tenemos abogado.

—Leonardo tiene nuestra confianza.

—Tu confianza.

—Y la de tu padre.

—Naturalmente.

La puerta del comedor se abrió. Teresa entró para retirar los platos. Notó el ambiente, bajó la vista y se movió en silencio.

—Déjalo, Teresa —dijo Clara—. No he terminado.

Teresa dudó.

Elena hizo un gesto de aprobación. La mujer salió.

—Escúchame bien —dijo Clara cuando quedaron solas—.

No vine para casarme con Leonardo, ni para pedir permiso a Gabriel para respirar, ni para salvar una casa que me expulsó sin echarme.

Vine porque mi padre está enfermo y porque, pese a todo, no he aprendido a ser indiferente.

Pero si mañana descubro que detrás de esta llamada hay otra maniobra para encerrarme en una decisión tomada de antemano, volveré a Madrid antes de que podáis preparar la siguiente mentira.

—No te irás.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Por qué?

Elena la miró con cansancio.

—Porque has visto a Gabriel.

Clara sintió que la frase le tocaba donde no tenía defensa.

—Eso no me retiene.

—No. Te desordena. Y tú nunca te marchas de un desorden sin intentar comprenderlo.

—Me marché una vez.

—Porque creíste comprender.

Clara permaneció en silencio.

Elena se dio cuenta de lo que había dicho. Demasiado tarde.

—¿Qué significa eso? —preguntó Clara.

—Nada.

—No. Significa algo.

—He hablado de forma imprecisa.

—Tú no eres imprecisa. Eres calculadora.

—Clara.

—¿Qué creí comprender aquella noche?

Elena se sentó de nuevo, de repente agotada.

—No sigas.

—¿Qué me hicisteis creer?

—No sigas.

—¿Qué me dijisteis sobre Gabriel?

—¡Basta!

El grito no fue alto, pero sí inesperado. La casa pareció absorberlo de inmediato.

Clara no se movió.

Elena se llevó una mano al pecho. No era teatro. Estaba pálida.

—Hay cosas —dijo con voz más baja— que no pueden deshacerse por hablarlas.

—No. Pero pueden dejar de repetirse.

—A veces una madre elige el daño menor.

—Eso dicen todas las madres que no preguntaron a sus hijas qué daño podían soportar.

Elena la miró con una mezcla de dolor y resentimiento.

—No sabes lo que era tu padre entonces.

—Sé lo que era conmigo.

—No lo sabes todo.

—Por eso pregunto.

—Y por eso no puedo contestar todavía.

—¿Todavía?

—Mañana. Después de hablar con Santos.

—No necesito autorización de un abogado para escuchar a mi madre.

—Pero yo quizá sí la necesite para no destruir lo poco que queda.

Clara notó por primera vez una grieta real. No una estrategia. No una evasiva. Una grieta. Elena estaba asustada. No solo por la enfermedad de su marido ni por las deudas ni por la presencia de Gabriel. Estaba asustada por algo que llevaba años sosteniendo con ambas manos.

—¿Qué queda, madre?

Elena no respondió.

—¿La casa? ¿El apellido? ¿La fortuna? ¿O la versión oficial de nuestras vidas?

La madre la miró.

—Todo.

Clara entendió entonces que aquella noche no obtendría más. No porque no pudiera presionar, sino porque lo que había delante era un muro construido durante demasiado tiempo. Tirarlo exigiría algo más que una discusión.

—Me voy a dormir —dijo.

—Aún no has tomado nada.

—He tomado suficiente.

Salió del comedor sin esperar respuesta.

En el vestíbulo, la lámpara central derramaba una luz amarilla sobre el mármol. Clara se detuvo ante la consola. Allí estaba la carpeta color crema. Su madre la habría dejado por descuido o por cálculo. En cualquier caso, estaba allí.

Miró hacia el comedor. Elena no salía.

Clara abrió la carpeta.

Había planos, copias de escrituras, notas manuscritas, un informe de valoración, varios anexos técnicos y una hoja con membrete de una consultoría agraria. Pasó las páginas deprisa hasta encontrar lo que parecía un contrato de servicios.

Leyó primero sin comprender.

Luego volvió al encabezamiento.

“Contrato de administración técnica, supervisión de lindes, aprovechamiento hídrico y reorganización de servidumbres sobre las fincas La Vega Alta, El Molino y Franja del Río.”

Más abajo, en la identificación del responsable técnico, apareció el nombre.

Gabriel Alcázar Medina.

Clara siguió leyendo.

Sus funciones no eran menores. No se trataba de una opinión ocasional ni de una visita de cortesía.

Gabriel tenía atribuciones para revisar planos, proponer accesos, emitir informes sobre riego, valorar la viabilidad de segregaciones y participar en las reuniones de coordinación con la propiedad y sus representantes.

La propiedad.

Ella.

O lo que quedaba de ella dentro de aquella familia.

Elena apareció en la puerta del comedor.

No pareció sorprendida al verla con la carpeta abierta.

—Deberías haber esperado a mañana.

Clara levantó la vista.

—¿Cuánto tiempo lleva firmado esto?

—Unas semanas.

—¿Por papá?

—Sí.

—¿Gabriel sabía mi nombre dentro de la operación?

—Imagino que sí.

—No imagines. Dime.

Elena avanzó lentamente.

—Sí.

Clara cerró la carpeta.

—Por eso no se acercó en el camino.

—No puedo saber por qué hizo o dejó de hacer Gabriel.

—Pero sí sabías que tendría que verlo.

—Sí.

—¿Muchas veces?

—Las necesarias.

Clara sintió que el cansancio le pesaba en los hombros, pero no bajó la cabeza.

—Qué curioso.

—¿Qué?

—Hace siete años hicisteis todo lo posible para separarme de Gabriel. Ahora necesitáis que me siente con él a hablar de tierras, de aguas y de lindes.

Elena no dijo nada.

Clara dejó la carpeta sobre la consola.

—Tal vez esa sea la verdadera herencia de esta casa.

—¿Cuál?

—Que todo lo que se entierra mal acaba volviendo por el camino más humillante.

Subió la escalera sin esperar respuesta.

Al llegar al primer rellano, se detuvo. Desde allí se veía la puerta principal, la consola, el retrato del abuelo, la figura inmóvil de su madre bajo la lámpara.

Por un instante, Clara tuvo la sensación de que nada en Villa Belmonte pertenecía al presente.

Todo era repetición. Todo era mandato. Todo era una conversación aplazada.

Entró en su cuarto y cerró la puerta.

No encendió la luz.

Caminó hasta la ventana. La noche había caído sobre la vega. A lo lejos, en algún punto de las tierras de los Alcázar, brillaba una luz aislada. Clara no sabía si pertenecía a una casa, a un cobertizo, a un coche detenido junto al camino. Pero la miró como si pudiera responderle.

Gabriel estaba allí.

No como recuerdo.

No como promesa.

No como amor recuperado.

Como obligación.

Como herida.

Como hombre vivo, próximo, inaccesible.

Clara apoyó la frente en el cristal frío.

Había vuelto a la casa a la que no quería volver.

Y acababa de descubrir que la casa no pensaba dejarla marchar sin obligarla antes a cruzar, una vez más, el territorio exacto de su pérdida.