CAPÍTULO I La casa a la que no quería volver #4
Tal vez porque su madre no recordaba quién se la había regalado. Tal vez porque la casa conservaba algunas crueldades sin saberlo. O quizá porque quitarla habría sido reconocer que algo había existido.
Tocó el marco con los dedos.
Aquel día Gabriel había dicho:
—No compres la acuarela. Si la compras tú, será un capricho. Si te la regalo yo, será una deuda.
—¿Una deuda?
—Sí. Tendrás que volver conmigo a este puerto cada vez que la mires.
Ella había reído. Había reído de verdad, con esa ligereza que entonces todavía le parecía natural.
—Eso es chantaje.
—No. Es esperanza bien administrada.
Esperanza bien administrada.
Clara apartó la mano del marco.
Abrió la maleta y empezó a sacar ropa sin orden.
Un vestido oscuro. Dos blusas. Un neceser.
Un libro que no había conseguido leer en el tren.
Las manos se le movían con eficacia, pero su pensamiento seguía abajo, en el salón azul, en la carpeta color crema, en el nombre de Gabriel pronunciado por su madre como si fuera un dato técnico.
Se sentó al borde de la cama.
El silencio de la casa tenía capas.
Abajo, los pasos de Teresa. Más lejos, una puerta. Arriba, quizá al otro lado del pasillo, la respiración intermitente de su padre. Afuera, el zumbido del jardín al atardecer. Y debajo de todo, más hondo, una memoria que no aceptaba ser enterrada.
Clara se levantó de golpe.
No quería llorar en aquella habitación.
No todavía.
Bajó de nuevo al piso principal, pero no fue al salón. Salió por la puerta lateral que daba al jardín. Necesitaba aire. Necesitaba ver la casa desde fuera, disminuirla, comprobar que sus paredes no podían cerrarse sobre ella como antes.
El jardín estaba impecable y muerto.
Los rosales, alineados por colores. Los setos, recortados en figuras geométricas. La fuente central, limpia, con el agua cayendo en un hilo continuo. Su madre había logrado que hasta las flores pareciesen obedientes.
Clara caminó hasta el extremo de la terraza. Desde allí se veía la vega. El sol descendía hacia los montes bajos y encendía las parcelas con una luz cobriza. Distinguió el camino por el que había llegado. La franja de cipreses. La línea más oscura de la finca Alcázar.
No vio a Gabriel.
Y, sin embargo, su ausencia ocupaba todo el paisaje.
—No debería quedarse ahí con el fresco.
Clara se volvió.
Teresa estaba a unos pasos, con un chal en las manos.
—No hace frío.
—No todavía. Pero en esta casa el frío llega sin avisar.
Clara aceptó el chal, más por no rechazar el gesto que por necesidad.
—¿Tú sabías que Gabriel trabaja con mi padre?
Teresa bajó los ojos.
—Sé lo que se comenta.
—Te pregunto lo que sabes.
—En esta casa saber nunca ha servido de mucho, señorita.
—Teresa.
La mujer suspiró.
—Don Gabriel ha venido varias veces. Con papeles, planos, gente del ayuntamiento. A veces con el abogado. Nunca se queda más de lo necesario.
Clara miró hacia la vega.
—¿Ha preguntado por mí?
Teresa no respondió.
Clara cerró un momento los ojos.
—No importa.
—Sí preguntó una vez.
El corazón de Clara dio un golpe absurdo.
—¿Cuándo?
—La primera vez que vino después de que se supiera que usted quizá volvería. Su madre dijo que no estaba decidido. Él no dijo nada. Solo preguntó si usted venía sola.
Clara se abrazó con el chal.
—¿Y mi madre qué contestó?
—Que eso ya no era asunto suyo.
Clara sonrió apenas.
—Muy propio de ella.
—Él se quedó muy serio.
—Gabriel siempre se queda serio.
—No de esa manera.
Clara miró a Teresa.
—¿De qué manera?
La mujer tardó en contestar.
—Como quien recibe una respuesta que no quería, pero que esperaba.
Clara volvió a mirar el camino.
—Hoy me vio.
—Lo sé.
—No se acercó.
—También lo sé.
—¿Todo se sabe en esta casa?
—Lo que duele, sí. Lo que importa, no siempre.
Clara respiró hondo.
—Teresa, ¿por qué me han llamado de verdad?
La mujer palideció.
—Eso debe preguntárselo a su madre.
—Ya lo he hecho.
—Entonces sabrá que no basta.
—Por eso te lo pregunto a ti.
Teresa apretó las manos.
—Yo he servido muchos años aquí.
—No te estoy pidiendo que traiciones a nadie.
—A veces decir la verdad es la única traición que se castiga.
Clara sintió que la frase no pertenecía solo al presente. Venía de lejos.
—¿Qué pasó aquella noche, Teresa?
La mujer dio un paso atrás.
—Señorita Clara...
—Tú estabas en la casa.
—No vi todo.
—Pero viste algo.
Teresa miró hacia las ventanas, como si Elena pudiera oír a través de los muros.
—Vi a su madre bajar al despacho después de medianoche. Vi luz hasta muy tarde. Vi a don Julián salir al jardín con una carta en la mano. Y vi el coche esperando junto a la puerta lateral.
Clara se quedó inmóvil.
—¿Qué carta?
Teresa negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Era mía?
—No lo sé.
—Teresa.
—No lo sé, niña. Se lo juro por lo más sagrado. Yo no leí nada. Solo vi papeles, voces bajas, puertas cerradas. Y por la mañana usted ya no estaba.
Clara sintió que el aire se volvía más pesado.
—Yo dejé una carta.
La mujer cerró los ojos.
—No me diga eso.
—La dejé.
—No me diga eso si no quiere que me pese más lo que no hice.
—¿La viste?
—No.
—¿Seguro?
—Segura.
Clara se cubrió los hombros con el chal.
—Entonces no llegó.
Teresa no preguntó a quién. No hacía falta.
—A veces las cartas no se pierden solas —dijo con voz muy baja.
En ese momento, una ventana se abrió en el piso superior. Elena apareció asomada.
—Teresa.
La mujer se sobresaltó.
—Sí, señora.
—Necesito que subas un momento.
—Ahora mismo.
Elena miró después a Clara.
—La cena será a las nueve.
—No tengo hambre.
—La cena será a las nueve —repitió Elena, y cerró la ventana.
Teresa bajó la cabeza.
—Perdone.
—No tienes que pedirme perdón.
—En esta casa todos acabamos pidiéndolo por lo que hacen otros.
Clara la vio alejarse por el sendero de grava.
Quedó sola hasta que el sol empezó a desaparecer.
A las nueve, bajó al comedor.
La mesa estaba puesta para dos. Mantel blanco, vajilla de porcelana, cubiertos de plata, copas finas, servilletas bordadas. El lugar de su padre permanecía vacío, pero no retirado. La silla seguía en la cabecera, como si la autoridad pudiera cenar aunque el hombre estuviera postrado.
Elena ya estaba sentada.
—Has cambiado de vestido —dijo.
Clara se miró un instante. Se había puesto un vestido azul oscuro, sencillo, sin adornos.
—El viaje lo pedía.
—Te favorece.
—Gracias.
La conversación podía haber sido la de cualquier madre y cualquier hija educadas. El vestido, el viaje, la cena, el tiempo. Una superficie amable. Clara comprendió que esa era precisamente la trampa. La normalidad, en Villa Belmonte, no sanaba nada; solo impedía que las heridas fueran vistas.
Sirvieron sopa, pescado y una ensalada que Clara apenas tocó.
Elena comió poco, pero con corrección. Durante los primeros minutos hablaron de asuntos mínimos.
La temperatura en Madrid. La reforma de una plaza del pueblo.
La muerte de una vecina a la que Clara recordaba vagamente.
El médico de su padre. Nada que importase. Todo lo que preparaba lo importante.
Al fin, Clara dejó la cuchara.
—¿Cuándo vendrá Andrés Santos?
—A las once.
—¿Y Gabriel?
Elena bebió un sorbo de agua.
—A mediodía.
—Perfecto. Primero el abogado. Después el técnico. Todo muy ordenado.
—No empieces otra vez.
—No he empezado. Estoy enumerando.
—Mañana debes comportarte con serenidad.
Clara la miró despacio.
—¿Temes que haga una escena delante de Gabriel?
—Temo que confundas asuntos personales con asuntos patrimoniales.
—Fueron otros quienes los mezclaron.
—Lo que hubiera entre Gabriel y tú terminó hace siete años.
—¿Lo que hubiera?
—No voy a discutir matices sentimentales.
—No, claro. Los sentimientos son matices. Las propiedades, en cambio, son sustancia.
—No seas injusta.
—Deja de pedirme justicia cuando todavía no me has ofrecido verdad.
Elena dejó los cubiertos.
—Muy bien. Hablemos claro.
Clara esperó.
—Tu padre necesita cerrar una reestructuración de bienes. Para eso hacen falta tu presencia, tu consentimiento en algunos puntos y tu firma en otros. No se trata de despojarte de nada. Al contrario. Se intenta proteger lo que algún día será tuyo.
—No quiero que protejáis lo mío sin explicarme de quién lo protegéis.
—De acreedores.
—¿Cuántos?
—Varios.
—¿Bancos?
—Sí.
—¿Particulares?
Elena no respondió.
—¿Gabriel?
—No.
La respuesta fue rápida.
Demasiado rápida.
—¿Su familia?
—No directamente.
Clara apoyó la espalda en la silla.
—Otra vez.
—La familia Alcázar tuvo vínculos económicos con la nuestra hace años.
—¿Qué clase de vínculos?
—Préstamos, avales, acuerdos de explotación. Eran otros tiempos.
—¿Antes de mi boda?
—Sí.
—¿Durante mi boda?
Elena guardó silencio.
Clara sintió que algo muy antiguo empezaba a moverse bajo sus pies.
—Madre.
—No mezcles.
—Contesta.
—Algunos asuntos estaban pendientes entonces.
—¿Gabriel lo sabía?
—No lo sé.
—¿Su padre?
—Probablemente.
—¿Y yo?
Elena apartó el plato.
—Tú estabas enamorada. No escuchabas.
—No se puede escuchar lo que nadie dice.
—Había señales.
—Las señales son la forma cobarde de llamar a las verdades no dichas.
Elena se levantó.
—No voy a permitir que conviertas cada frase en una acusación.
Clara también se puso de pie.
—Entonces dame una explicación que no parezca culpable.
Durante unos segundos ninguna habló.
El comedor, con sus lámparas antiguas y sus retratos familiares, parecía asistir a una escena repetida por generaciones: una hija preguntando, una madre conteniendo, un apellido pesando más que la felicidad.
Elena fue hasta el aparador y sirvió dos copas de vino. Ofreció una a Clara. Ella no la tomó.
—No necesito vino.
—Quizá yo sí.
Elena bebió apenas.
—Tu padre creyó que podía manejarlo todo.
—¿Qué cosa?
—La deuda, la boda, las tierras, la relación con los Alcázar. Todo.
—Mi vida incluida.
—Tu vida estaba dentro de esta familia.
—Ese fue el error.
—No. Esa era la realidad.
—No para mí.
—Para todos.
Clara observó a su madre. Había rabia en ella, sí, pero también miedo. Un miedo antiguo, endurecido por la costumbre de mandar para no ser descubierta temblando.
—¿Por qué no queríais que me casara con Gabriel?
Elena cerró los ojos.
—No era tan sencillo.