NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO I La casa a la que no quería volver #3
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CAPÍTULO I La casa a la que no quería volver #3

—No pretenderás que te haya estado esperando como en una novela barata.

La frase habría debido ofenderla. En cambio, la hirió por la pequeña posibilidad que destruía.

Clara no quería que Gabriel la hubiese esperado.

No tenía derecho a quererlo. Pero tampoco estaba preparada para imaginarlo feliz con otra mujer, sentado en otra mesa, riendo con otra voz, entregando a otra lo que ella había perdido sin poder explicarlo.

—No pretendo nada —dijo—. Esa es la diferencia entre nosotras. Yo ya no pretendo ordenar los sentimientos ajenos.

Elena se acercó de nuevo a la mesa.

—Tienes que ser prudente.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La palabra real de esta casa. Prudencia. Siempre prudencia. Prudencia para no preguntar. Prudencia para no llorar. Prudencia para no decir que una está rota. Prudencia para dejar que otros decidan y después agradecerlo.

—La prudencia evita desgracias.

—No. La prudencia mal usada las conserva.

Elena se llevó una mano a la frente. Por primera vez pareció mayor.

—No he dormido bien en semanas.

Clara no respondió. Había aprendido que el sufrimiento de su madre solía aparecer justo cuando alguien se acercaba demasiado a una verdad incómoda.

—Tu padre pregunta por ti —añadió Elena—. A ratos. Luego se cansa. Tiene días de lucidez y días confusos.

—Quiero verlo.

—Ahora no.

—He venido para eso.

—El médico ha dicho que no debe recibir impresiones fuertes.

—Soy su hija, no un terremoto.

—Para tu padre, ciertas emociones son peligrosas.

—¿Qué emociones? ¿La culpa?

Elena la miró con dureza.

—No sabes lo que dices.

—Eso me habéis dicho siempre que estaba a punto de acertar.

—Si subes ahora, lo alterarás.

—Entonces subiré cuando despierte.

—Primero hay que preparar algunas cosas.

—¿Qué cosas?

—Hablar con el abogado. Revisar documentos. Entender la situación.

—No voy a firmar nada sin leerlo.

—Nadie te ha pedido eso.

—Todavía.

Elena guardó silencio. Esa pausa confirmó más que una confesión.

Clara caminó hasta la ventana opuesta. Desde allí se veía la parte posterior del jardín y, más allá, el camino que descendía hacia la vega.

En algún punto invisible de aquella extensión estaba Gabriel.

El hombre que la había mirado sin acercarse.

El hombre que, durante años, había sido una ausencia más real que muchas presencias.

—¿Él sabía que yo venía? —preguntó Clara sin volverse.

—¿Quién?

—No juegues conmigo.

Elena tardó demasiado.

—No lo sé.

—Madre.

—Es posible que lo supiera.

Clara cerró los ojos.

—¿Por qué?

—Porque su trabajo tiene relación con los terrenos que deben revisarse.

—¿Qué terrenos?

—Ya te lo he dicho.

—No. Me has dado una lista para no decirme el punto exacto.

Elena caminó hasta un escritorio pequeño situado junto a la pared. Abrió un cajón, sacó una carpeta color crema y la dejó sobre la mesa. No la abrió.

—Hay una segregación pendiente.

—¿De qué parte?

—La finca del molino y la franja de riego que comunica con la vega baja.

—Eso linda con los Alcázar.

—Entre otras propiedades.

—No entre otras. Con los Alcázar.

—Sí.

Clara se volvió.

—¿Y Gabriel interviene?

—Como técnico.

—¿Técnico de quién?

—De la operación.

—Eso no significa nada.

—Significa que conoce el terreno mejor que nadie.

—¿Lo ha nombrado papá?

—En parte.

—¿En parte?

—Clara, por favor.

—No. Basta de “en parte”, de “conviene”, de “delicado”, de “ya hablaremos”, de “no exactamente”. ¿Gabriel Alcázar va a tener que tratar conmigo algún asunto de la familia?

Elena sostuvo su mirada.

—Sí.

El silencio que siguió no fue como el del camino. Aquel había sido un silencio de Gabriel. Este era un silencio de la casa. Más antiguo. Más viscoso. Más lleno de manos invisibles.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Clara.

—Desde hace meses.

—¿Y no se te ocurrió decírmelo antes de hacerme venir?

—Si te lo hubiera dicho, quizá no habrías venido.

Clara sonrió con amargura.

—Al fin una frase honrada.

—He hecho lo necesario para que vinieras.

—No. Has ocultado lo necesario para que yo no pudiera decidir.

—Tu padre te necesita.

—Mi padre necesita mi firma.

—También.

—Gracias por confirmarlo.

Elena se acercó a ella con un gesto casi maternal, pero Clara no se movió.

—Hija, escúchame. Lo que está en juego no es solo dinero.

Es la casa, el nombre, la estabilidad de muchas personas que dependen todavía de esta familia.

Hay trabajadores, compromisos, propiedades que no pueden abandonarse.

Tu padre se equivocó en algunas inversiones.

Confió en quien no debía. Se dejó arrastrar por operaciones que parecían seguras.

Ahora hay que ordenar todo antes de que sea tarde.

—¿Tarde para quién?

—Para todos.

—No. Esa palabra también la usáis mal. Cuando dices todos, casi siempre quieres decir vosotros.

—Eres injusta.

—Quizá. Pero estoy intentando ser exacta.

Elena bajó la voz.

—No puedes llegar después de siete años y juzgarlo todo.

Clara se volvió lentamente.

—¿Después de siete años? ¿De verdad quieres hablar de esos siete años como si hubieran sido unas vacaciones?

¿Crees que me fui de aquí y empecé otra vida como quien cambia de vestido?

¿Crees que no he despertado noches enteras oyendo una puerta que no se cerró, una voz que no pude despedir, un nombre que no me permití pronunciar?

¿Crees que no sé lo que hice? ¿O lo que creí que tenía que hacer?

Elena pareció inquietarse con esa última frase.

—Nadie te pidió tanto.

—¿No?

—No.

Clara la miró. Había en sus ojos una serenidad dura, nacida no de la calma sino del agotamiento.

—Entonces alguien mintió mejor de lo que yo pensaba.

Elena abrió la boca, pero no dijo nada.

En ese momento se oyó un golpe seco en el piso superior. Después, una tos larga, profunda, de hombre enfermo. Clara levantó la cabeza. Su madre también.

—Es él —dijo Clara.

—Teresa está arriba.

—Voy a subir.

—No.

La firmeza de Elena fue tan rápida que Clara se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque no estás serena.

—¿Y él sí?

—No hagas esto.

—¿Qué temes que me diga?

—Temo que lo canses.

—No. Temes que hable.

Elena no respondió.

Clara salió del salón.

Su madre la siguió hasta el vestíbulo.

—Clara, te he dicho que no.

La escalera principal ascendía en dos tramos, con barandilla de madera oscura y alfombra roja.

Clara puso la mano en el pasamanos. Durante un instante volvió a sentirse joven, casi una intrusa en su propia casa, subiendo hacia un despacho donde su padre iba a dictar una decisión que todos llamarían consejo.

Pero ya no tenía veinticinco años.

Subió tres escalones.

—Clara.

La voz de Elena había cambiado. Ya no era orden. Era súplica.

Clara se detuvo.

No por obediencia. Por algo más viejo, más difícil de vencer: la costumbre de no atravesar hasta el final el dolor de su madre.

—Hoy no —dijo Elena—. Te lo pido por una vez. Hoy no.

Clara cerró los ojos.

Arriba se oyó la voz de Teresa, baja, tranquilizadora. Después otra tos. Luego silencio.

—Mañana —dijo Clara sin volverse—. Mañana lo veré. Y si intentas impedirlo otra vez, subiré aunque tenga que apartarte.

Bajó despacio los tres escalones.

Elena no dijo nada.

Durante unos segundos quedaron frente a frente en el vestíbulo. Madre e hija. Dos mujeres educadas para no gritar, pero no para decirse la verdad.

—Tu habitación está preparada —dijo Elena al fin.

—No hacía falta.

—No he cambiado nada.

Clara sintió un estremecimiento.

—Eso sí hacía falta.

—Pensé que preferirías encontrarla como estaba.

—¿Como estaba cuándo? ¿Antes de marcharme? ¿Antes de la boda? ¿Antes de que todos decidierais que era mejor no hablar?

—No todos.

—¿No?

Elena apartó la mirada hacia el retrato del abuelo.

—A veces una familia sobrevive porque cada uno acepta guardar una parte.

—Eso no es sobrevivir. Es pudrirse con buenos modales.

—Hablas como si la verdad arreglara algo.

—No siempre arregla. Pero al menos deja de envenenar.

Elena tomó la carpeta color crema de la mesa y la sostuvo contra el pecho.

—Mañana vendrá el abogado.

—¿Cómo se llama?

—Santos. Andrés Santos. Ya lo conoces.

—El abogado de papá.

—El abogado de la familia.

—No es lo mismo.

—Mañana también vendrá Gabriel.

Clara no se movió.

La frase quedó suspendida, perfecta en su violencia.

—¿A esta casa?

—Probablemente.

—¿Por qué?

—Hay planos que revisar. Accesos. Servidumbres de paso. Riego. No quiero equivocarme en los términos.

—Qué prudente.

—Clara.

—No. Sigue. Me interesa mucho esta nueva delicadeza técnica con la que vais a obligarme a sentarme frente al hombre al que preferisteis convertir en enemigo antes que reconocer lo que hicisteis.

Elena endureció el rostro.

—Gabriel no es tu enemigo.

—No gracias a vosotros.

—Él aceptó intervenir.

—¿Sabiendo que yo vendría?

—Supongo que sí.

La respuesta la golpeó más de lo esperado.

Gabriel sabía que ella volvería. Gabriel sabía que habría papeles, reuniones, quizá miradas inevitables. Y aun así, en el camino, no había hecho un gesto. No porque la aparición lo hubiera sorprendido, sino porque ya había tenido tiempo de prepararse para no saludarla.

—Entiendo —dijo Clara.

Pero no entendía nada.

O tal vez empezaba a entender demasiado.

Teresa apareció al fondo del pasillo con la maleta.

—Señorita Clara, he dejado sus cosas arriba. La habitación está abierta.

—Gracias.

La mujer miró a Elena, luego a Clara. Parecía querer decir algo, pero volvió a callar. En Villa Belmonte todos sabían callar. Quizá por eso la casa seguía en pie.

Clara subió a su habitación sin mirar otra vez a su madre.

El cuarto estaba igual.

Esa fue la peor bienvenida.

Las cortinas color marfil. La colcha bordada.

El escritorio junto a la ventana. La estantería con novelas antiguas, libros de texto, cuadernos de música, álbumes de fotografías.

El espejo ovalado. La cómoda donde todavía había un pequeño frasco vacío de perfume.

Sobre la pared, una acuarela del puerto que Gabriel le había regalado una tarde de mayo, comprada a un pintor callejero porque ella se había detenido a mirarla más de lo razonable.

Clara se acercó a la acuarela.

Seguía allí.

No la habían quitado.