NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO I La casa a la que no quería volver #2
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CAPÍTULO I La casa a la que no quería volver #2

Elena apretó apenas los labios.

—Veo que Madrid no te ha suavizado.

—No me fui a Madrid para suavizarme.

—No. Te fuiste para no volver.

Clara dejó el bolso sobre una butaca. El salón olía a flores blancas y a muebles encerados. Había una bandeja con café, dos tazas finísimas y unas pastas que nadie tocaría. Su madre había preparado una escena de conversación civilizada, no una bienvenida.

—Y sin embargo aquí estoy.

—Porque tu padre está enfermo.

—Eso dijiste en la carta.

—Y es verdad.

—Tú nunca escribes solo una verdad, madre. Siempre la acompañas de algo que la dirige.

Elena caminó hasta la mesa y sirvió café. Su pulso era firme.

—Siéntate. Vienes cansada.

—Prefiero estar de pie.

—No conviertas cada gesto en una declaración.

—No soy yo quien convirtió esta casa en un tribunal.

Elena levantó la vista.

—Esta casa es tu casa.

Clara miró alrededor. Los cuadros, las cortinas, la porcelana, los libros que nadie leía, el piano cerrado desde hacía años, las fotografías cuidadosamente escogidas.

Había una de ella a los dieciséis, con vestido blanco y una expresión dócil que no reconocía.

Había otra de sus padres en una recepción.

No había ninguna de su boda fallida. Naturalmente.

En Villa Belmonte lo que dolía desaparecía de las paredes, pero no de los pasillos.

—No —dijo Clara—. Esta casa es el lugar donde aprendí a callar.

Elena dejó la cafetera con un golpe suave.

—No he mandado llamarte para discutir el pasado.

—Entonces empecemos por el presente. ¿Qué le pasa a papá?

—Está delicado.

—Eso no significa nada.

—Ha tenido una recaída.

—¿De qué?

—Del corazón, principalmente. Y de otras cosas.

—¿Qué otras cosas?

—Clara, no soy médico.

—Pero eres su mujer.

—Precisamente por eso sé que no conviene alarmarse.

Clara soltó una risa seca, sin alegría.

—Me escribes tres cartas. Me pides que deje mi trabajo. Me dices que mi presencia es indispensable. El abogado de la familia me llama para sugerirme que venga cuanto antes. Y ahora dices que no conviene alarmarse.

—No tergiverses.

—No tergiverso. Ordeno.

Elena tomó una taza, pero no bebió.

—Tu padre quiere verte.

—¿Por cariño o por necesidad?

La pregunta hizo que algo se tensara en el rostro de Elena. No fue dolor. Fue fastidio por la precisión.

—No deberías hablar así de un hombre enfermo.

—No hablo de un hombre enfermo. Hablo de mi padre.

—Es lo mismo.

—No siempre.

Elena se sentó por fin. Lo hizo con esa lentitud de quien se concede autoridad incluso al descansar.

—Tu padre ha cometido errores.

—Esa frase en tu boca significa que ha hecho algo grave.

—Significa que la vida no es tan simple como tú decidiste creer cuando te marchaste.

Clara miró a su madre fijamente.

—Yo no me marché porque la vida fuera simple.

Elena apartó la vista.

Fue un gesto mínimo. Pero Clara lo vio. Había aprendido a leer a su madre en los movimientos pequeños, en las pausas, en los cambios de respiración. Elena podía mentir con palabras durante horas, pero sus silencios eran menos disciplinados.

—No vamos a hablar de aquella noche —dijo Elena.

—¿Qué noche?

—No empieces.

—Dime cuál. En esta casa hubo muchas noches que nadie quiso nombrar.

—La noche en que decidiste destruir tu vida.

Clara permaneció inmóvil.

Durante años había imaginado esa frase. No exactamente con esas palabras, pero sí con esa intención.

Su madre nunca había dicho “la noche en que rompiste tu boda”, ni “la noche en que abandonaste a Gabriel”, ni “la noche en que te fuiste”.

Había dicho “destruir tu vida”. Como si la vida de Clara hubiera sido una pieza familiar colocada en un tablero y ella, al moverla sin permiso, hubiera arruinado la composición.

—Curioso —dijo Clara despacio—. Yo siempre creí que aquella noche solo intenté salvar lo poco que podía salvarse.

Elena la miró con rapidez.

—¿Salvar?

—Déjalo.

—No. Has sido tú quien ha usado esa palabra.

Clara respiró hondo. Había llegado demasiado pronto, sí. Pero también demasiado tarde para seguir hablando como si las palabras no importasen.

—He venido por papá. No por Gabriel. No por lo que ocurrió. No por lo que tú todavía prefieres fingir que ocurrió. Así que dime la verdad mínima que necesito saber para no sentirme otra vez una niña encerrada en un cuarto mientras los mayores deciden su destino.

Elena se puso en pie.

—Siempre fuiste injusta conmigo.

—No. Fui obediente contigo. Durante demasiado tiempo.

—Te protegí.

—Esa es la palabra favorita de quienes hacen daño sin mancharse las manos.

—No te permito que me hables así.

—¿No me lo permites?

Clara avanzó un paso. No alzó la voz. No lo necesitaba.

—Tengo treinta y dos años. Vivo de mi trabajo. Pago mis cuentas. No dependo de tu aprobación ni de tus silencios. He vuelto porque me llamasteis, no porque necesitara permiso para existir. Así que si queréis algo de mí, por primera vez vais a tener que decirlo sin envolverlo en encaje.

Elena la observó durante unos segundos. Luego volvió a sentarse, pero ya no con majestad. Con cansancio.

—Tu padre quiere reorganizar algunas propiedades.

—¿Qué propiedades?

—Las de la vega. Parte de los viñedos. La casa del molino. Unos terrenos junto al río.

—¿Y para eso me necesita?

—Eres heredera.

—Lo era también hace siete años.

—Hace siete años no era urgente.

—¿Por qué lo es ahora?

Elena no contestó.

Clara se acercó a la mesa. La taza de café seguía intacta. La tomó sin beberla, solo para ocupar las manos.

—Madre.

—Hay deudas.

La palabra cayó limpia, sin adorno.

Clara no se sorprendió tanto como hubiera debido.

En Villa Belmonte la riqueza siempre había tenido un brillo demasiado rígido, como las joyas antiguas que se guardan no por valor sino por apariencia.

Había habido recepciones, donativos, cenas, trajes, viajes, cuadros restaurados y coches discretamente caros.

Pero también había habido llamadas que se interrumpían al entrar ella, papeles que se guardaban con demasiada prisa, discusiones apagadas detrás del despacho de su padre.

—¿Qué clase de deudas?

—No estás preparada para entenderlo todo hoy.

—No he venido para que me dosifiques la verdad.

—Tu padre está muy débil. No soportaría una escena.

—Mi padre ha soportado siempre muy bien las escenas cuando las provocaba él.

—Clara.

—¿Cuánto?

Elena guardó silencio.

—¿Cuánto? —repitió Clara.

—No lo sé con exactitud.

—No mientas.

—No te estoy mintiendo.

—Entonces estás haciendo algo peor: eliges la parte de la verdad que menos te compromete.

Elena apretó los dedos alrededor de la taza.

—Hay obligaciones bancarias, atrasos fiscales, avales antiguos y una operación de venta que no pudo cerrarse.

—¿Venta de qué?

—De una parte de la finca.

—¿A quién?

Elena no contestó.

Clara sintió un frío lento.

—¿A los Alcázar?

—No exactamente.

—¿Qué significa no exactamente?

—Significa que hay sociedades, intermediarios, condiciones técnicas. No todo es personal, aunque tú tengas la costumbre de reducirlo todo a sentimientos.

Clara dejó la taza sobre la mesa con cuidado.

—He pasado por su finca.

—Ya lo has dicho.

—He visto a Gabriel.

Elena cerró los ojos un instante. Un instante solamente.

—Era posible.

—No parecía sorprendido.

—Gabriel trabaja por la zona.

—¿Trabaja?

—Tiene responsabilidades sobre algunos terrenos.

—¿Qué responsabilidades?

—Asesoramiento técnico. Agua. Lindes. Producción. Cosas de campo.

—No hables como si no supieras distinguir un geranio de una escritura notarial.

—No seas vulgar.

—No soy vulgar. Estoy cansada.

Elena se levantó y fue hasta la ventana. Afuera, el jardín permanecía impecable. Dos jardineros cortaban los setos con una precisión casi absurda. Nada en aquel paisaje reconocía el temblor de la conversación.

—Gabriel Alcázar es un hombre competente —dijo Elena—. Eso nadie lo discute.

Clara sintió que el nombre, dicho por su madre, desordenaba la habitación.

—No he preguntado si es competente.

—Pues deberías. La competencia importa mucho más que ciertas fantasías juveniles.

—¿Fantasías?

—Tenías veinticinco años.

—Y él veintinueve.

—Erais jóvenes.

—Íbamos a casarnos.

—Precisamente.

Clara se acercó a su madre. No demasiado. Lo suficiente.

—Dilo.

—¿Qué quieres que diga?

—Lo que llevas siete años diciendo sin decirlo. Que Gabriel no era conveniente. Que yo estaba equivocada. Que aquella boda habría sido un error. Que mi marcha fue, en el fondo, una solución.

Elena se volvió.

—¿Y no lo fue?

La pregunta no fue cruel en el tono. Fue peor: fue sincera.

Clara retrocedió como si la hubieran tocado.

—Gracias —dijo.

—No tergiverses otra vez.

—No. Esta vez has sido clara.

—Clara, escúchame.

—No. Ahora escucha tú. No sé cuánto tiempo voy a quedarme en esta casa.

No sé qué papeles tendré que firmar ni qué enfermedad tiene realmente papá ni qué ruina habéis envuelto en buenas maneras.

Pero hay algo que no vas a hacer. No vas a convertir mi dolor en una decisión administrativa acertada.

No vas a decirme que fue mejor así. No vas a hablar de Gabriel como si hubiera sido una imprudencia sentimental de muchacha rica.

Y no vas a fingir que aquella noche yo actué sola.

Elena palideció.

—Tú actuaste sola.

Clara la miró con fijeza.

—No.

La palabra fue breve, pero cambió el aire del salón.

—Tú te fuiste —dijo Elena—. Nadie te obligó a subir a aquel coche.

—No con una pistola en la mano.

—Nadie te obligó.

—Hay muchas formas de obligar a una persona.

—Te marchaste sin despedirte de él.

Clara tragó saliva.

—Eso creéis todos.

Elena tardó un segundo en responder.

—Eso ocurrió.

—No. Eso fue lo que quedó a la vista.

Elena la miró como si quisiera medir hasta dónde sabía, hasta dónde recordaba, hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Clara comprendió entonces que su madre no solo ocultaba cosas. Las administraba.

—No conviene remover aquello —dijo Elena al fin.

—Claro.

—Han pasado siete años.

—Para ti, tal vez.

—Para todos.

—No. Para algunos han pasado. Para otros se han quedado dentro.

Elena respiró hondo.

—Gabriel no es asunto tuyo ya.

Clara sintió una punzada de orgullo.

—Eso debería decidirlo yo.

—Él hizo su vida.

—¿La hizo?