NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE
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CAPÍTULO I La casa a la que no quería volver
Clara Belmonte supo que había llegado demasiado pronto cuando el taxi se detuvo ante el camino estrecho que descendía hacia la vega.
No porque el reloj marcara una hora inconveniente.
No porque el sol de la tarde cayese todavía con esa claridad oblicua, casi dorada, que volvía más quietas las fachadas blancas del pueblo.
No porque su madre la esperase quizá con una de aquellas sonrisas medidas, exactas, aprendidas en años de visitas, pésames, recepciones y silencios.
Había llegado demasiado pronto porque, en cuanto vio la línea oscura de los cipreses y, más allá, la verja antigua de la finca de los Alcázar, comprendió que siete años no eran suficientes para volver.
El conductor, un hombre grueso, de manos grandes y voz paciente, bajó la ventanilla para mirar el camino.
—La carretera de arriba sigue cortada, señorita. Bueno, señora.
Clara no corrigió el tratamiento. Desde que había cumplido treinta años, la gente parecía dudar antes de llamarla de algún modo, como si su edad estuviera en una zona intermedia entre las muchachas que esperan algo y las mujeres que ya han dejado de esperarlo.
—¿Cortada?
—Desde las lluvias de marzo. Cayó media ladera. Para llegar a Villa Belmonte hay que cruzar por aquí. Es el camino viejo.
Clara miró hacia la derecha. El camino viejo. Naturalmente. La vida tenía esas formas de crueldad discreta: no cerraba las puertas de golpe, no gritaba, no levantaba la mano. Simplemente obligaba a pasar por el único sitio por el que una no quería pasar.
—¿No hay otro acceso?
El taxista se encogió de hombros.
—Si quiere damos la vuelta por la nacional y subimos por el camino de San Mauro, pero tardaremos casi una hora más. Y tampoco le aseguro que esté bien. Los camiones de la cantera lo han dejado fatal. Por aquí llegamos en diez minutos.
Clara no respondió inmediatamente.
Había vuelto para no tener que seguir huyendo.
Se lo había repetido durante todo el viaje, primero en el tren, después en la estación pequeña donde nadie fue a recogerla, y finalmente en aquel taxi que olía a cuero viejo, ambientador de pino y gasolina caliente.
Había vuelto porque su padre estaba enfermo.
Había vuelto porque su madre había escrito tres cartas cada vez menos elegantes y más urgentes.
Había vuelto porque el abogado de la familia la había llamado con una voz cuidadosamente neutra para decirle que sería conveniente su presencia.
Conveniente.
En su familia, las cosas nunca eran necesarias, jamás eran dolorosas, rara vez eran verdaderas. Eran convenientes, inoportunas, delicadas, impropias, prudentes. Las palabras no nombraban los hechos: los cubrían.
—Siga —dijo al fin.
El taxi avanzó despacio por el camino de tierra.
A ambos lados se extendían los viñedos, ordenados en hileras bajas, de un verde contenido, casi severo.
Clara recordó aquellas tierras en verano, cuando el polvo se pegaba a los tobillos y las cigarras parecían cantar desde dentro de las piedras.
Recordó la primera vez que Gabriel le explicó la diferencia entre una cepa vieja y una joven, con esa seriedad suya, como si hablar de raíces fuera hablar de destino.
Recordó sus manos manchadas de tierra, el modo en que se inclinaba para tocar las hojas, la forma en que se levantaba después y la miraba sin pedir permiso.
Cerró los ojos.
No.
No había vuelto para eso.
Había vuelto por su padre.
Por la casa.
Por una firma, quizá.
Por algún asunto de herencia que nadie se atrevía a explicarle por teléfono.
No por Gabriel Alcázar.
El taxi tomó una curva lenta. Entonces lo vio.
Estaba de pie junto a una acequia, con una carpeta bajo el brazo y un perro negro sentado a su lado.
Llevaba camisa blanca, las mangas remangadas hasta los codos, pantalón oscuro y botas de campo.
No parecía un hombre sorprendido. No pareció siquiera un hombre al que la aparición de un taxi desconocido alterase la tarde.
Pero Clara lo reconoció antes de que el conductor redujera la velocidad, antes de que el perro levantara la cabeza, antes de que él girase el rostro hacia el coche.
Gabriel.
El nombre no sonó en su pensamiento. Se abrió.
Como una herida que no había terminado de cerrar.
Él miró el taxi. Miró después a Clara a través del cristal.
No hizo ningún gesto.
Ni de saludo.
Ni de desprecio.
Ni de asombro.
Nada.
Y aquella nada fue mucho peor que cualquier palabra.
Clara sintió que la garganta se le secaba.
Por un instante, tuvo la absurda tentación de bajar la ventanilla, de decir su nombre, de explicar algo que no podía explicarse en medio de un camino, delante de un taxista y con siete años de silencio entre los dos.
Pero Gabriel ya había apartado la vista.
Se inclinó hacia la carpeta que llevaba, señaló algo al hombre que estaba junto a la acequia —Clara no lo había visto hasta entonces— y siguió hablando, como si aquel taxi no llevara dentro a la mujer que una vez había prometido casarse con él.
El coche continuó.
Clara no volvió la cabeza.
No porque no quisiera. Porque sabía que, si lo hacía, perdería una parte de la escasa dignidad con la que había conseguido llegar.
—Ese es don Gabriel Alcázar —comentó el taxista, sin saber que acababa de pronunciar una sentencia.
Clara mantuvo los ojos fijos en el camino.
—Ya.
—Lleva ahora muchas tierras por aquí. Sabe de eso. De aguas, lindes, permisos. Es hombre serio.
Hombre serio.
Clara estuvo a punto de sonreír. No de alegría. De cansancio.
—Lo recuerdo.
El taxista la miró por el retrovisor. Quizá advirtió algo en su voz, porque no dijo más.
Cuando dejaron atrás la finca de los Alcázar, la casa de los Belmonte apareció al fondo, sobre una ligera elevación.
Villa Belmonte no era exactamente hermosa, pero sí imponente.
Tenía dos plantas, fachada color marfil, contraventanas verdes, balcones de hierro negro y una escalinata central que subía hasta la puerta principal.
A un lado se extendía el jardín geométrico que su madre había cuidado siempre como si el orden de los setos pudiera compensar el desorden de los afectos.
Al otro, la terraza desde la que se veía, en días claros, una franja de mar.
Clara la había visto en sueños muchas veces. Siempre desde fuera. Siempre cerrada.
El taxi se detuvo ante la escalinata.
Nadie salió a recibirla.
Durante unos segundos permaneció sentada, con las manos sobre el bolso.
El conductor bajó para sacar la maleta del maletero.
Ella miró la puerta de madera oscura, los dos faroles de hierro, el llamador de bronce con forma de mano.
Todo seguía igual. Y, precisamente por eso, todo resultaba insoportable.
Cuando al fin bajó, el aire le trajo un olor familiar: jazmín, tierra regada, cera antigua y algo más, algo difícil de nombrar, quizá humedad, quizá encierro, quizá memoria.
Pagó el taxi, rechazó ayuda para subir la maleta y esperó a que el coche se alejase antes de dar el primer paso.
La puerta se abrió cuando ella estaba a mitad de la escalinata.
No fue su madre quien apareció, sino Teresa, la mujer que llevaba en la casa desde que Clara era niña. Estaba más delgada, más encorvada, pero conservaba los mismos ojos vivos y tristes.
—Señorita Clara.
Aquel tratamiento sí la atravesó.
—Teresa.
La mujer bajó dos escalones, pero se detuvo, como si no supiera si tenía derecho a abrazarla. Clara resolvió la duda acercándose a ella. El abrazo fue breve, torpe, cargado de años que ninguna de las dos quiso contar.
—Está usted igual —mintió Teresa.
—Tú no sabes mentir.
—En esta casa aprendemos todos, aunque algunas aprendemos tarde.
Clara la miró. Teresa bajó los ojos enseguida.
—Su madre está en el salón azul. La espera desde hace una hora.
—Entonces no me esperaba. Me vigilaba.
Teresa no sonrió. Tomó la maleta.
—Déjemela.
—Puedo llevarla yo.
—Ya ha llevado bastante, niña.
La frase quedó entre las dos como algo que no debía haber sido dicho. Clara respiró hondo.
—¿Mi padre?
—En su habitación. El médico ha venido esta mañana. Está descansando.
—¿Tan grave es?
Teresa miró hacia el interior de la casa antes de responder.
—En esta casa lo grave nunca es solo la enfermedad.
Clara quiso preguntarle más, pero Teresa ya había tomado la maleta y entrado. Clara la siguió.
El vestíbulo conservaba el mismo suelo de mármol blanco y negro, la misma consola con un espejo dorado, el mismo ramo de flores frescas que su madre ordenaba cambiar cada dos días.
Sobre la pared principal seguía colgado el retrato de su abuelo, don Anselmo Belmonte, con la mirada dura de los hombres que fundaron fortunas y confundieron respeto con miedo.
Clara dejó los guantes sobre la consola, aunque no llevaba guantes. El gesto le vino de otra época. De otra mujer. De la muchacha que había aprendido a moverse en aquella casa con una obediencia silenciosa.
El salón azul estaba abierto.
Su madre se hallaba junto a la ventana, de espaldas.
Vestía un traje de lino gris perla y llevaba el cabello recogido con esa perfección que parecía negar cualquier desorden interior.
Elena Belmonte no se volvió de inmediato.
Esperó unos segundos, los suficientes para que Clara entendiera que incluso el reencuentro debía someterse a una coreografía.
—Has tardado —dijo.
Clara entró despacio.
—La carretera de arriba está cortada.
—Lo sé.
—Entonces sabías que tendría que pasar por la finca de los Alcázar.
Elena se volvió.
No había envejecido tanto como Clara esperaba. O quizá había envejecido de un modo más refinado: la piel más fina, los ojos más cansados, la boca más rígida. Seguía siendo una mujer hermosa, pero su hermosura tenía algo de vitrina cerrada.
—No sabía qué camino tomaría el taxista.
—Pero sabías que existía esa posibilidad.
Elena observó a su hija con una mezcla de evaluación y reproche.
—Acabas de llegar, Clara. No empecemos por lo que no tiene remedio.
—En esta casa siempre se empieza así.
—¿Así cómo?
—Llamando inevitable a lo que alguien preparó antes.