NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO II El hombre que no perdonó #5
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CAPÍTULO II El hombre que no perdonó #5

—Lo sé.

—No lo parece.

Ella bajó la voz.

—Pues quizá hoy no necesito tanta ayuda.

Gabriel abrió la puerta de su coche.

—Los espero en Villa Belmonte.

—No —dijo Clara—. Voy contigo.

Durante un segundo, los tres quedaron inmóviles.

Leonardo la miró con una advertencia silenciosa. Gabriel no dijo nada. Clara caminó hasta el coche y se sentó en el asiento del copiloto. Gabriel cerró la puerta sin tocarla, rodeó el vehículo y subió.

Leonardo quedó junto a la bodega, inmóvil, con las gafas en la mano.

El regreso fue aún más silencioso que la ida.

Pero era un silencio distinto.

Clara miraba al frente. Sentía todavía en la piel la conversación de la bodega, la pregunta de Gabriel, la llegada de Leonardo, el modo en que el pasado y el presente acababan de encontrarse en un mismo patio.

Gabriel conducía con el rostro cerrado.

A mitad del camino, dijo:

—No sabía que estabas comprometida.

Clara giró la cabeza.

—No lo estoy.

—Él parece pensar otra cosa.

—Leonardo piensa muchas cosas con mucha seguridad.

—¿Y tú?

—Yo pienso menos desde que he vuelto.

Gabriel no sonrió.

—Tu madre lo llamó.

—Sí.

—Por supuesto.

—No sabía que vendría hoy.

—No tienes que explicarme nada.

—No lo hago por ti.

—Mejor.

—Lo hago porque no quiero más equívocos.

Gabriel soltó una risa seca.

—Llegas tarde también para eso.

Clara aceptó el golpe.

—Leonardo es amigo de la familia.

—Eso se ve.

—Y abogado.

—También.

—Me ha ayudado en Madrid.

—No dudo de que sea un hombre servicial.

—No lo conoces.

—Conozco el modo en que te ha mirado.

Clara no respondió.

Gabriel continuó:

—Y conozco el modo en que me ha mirado a mí.

—¿Y qué has visto?

—A un hombre que cree que yo soy una complicación.

—Quizá lo eres.

—No para él, si tú no quieres.

Clara sintió la exactitud de la frase.

—No estoy segura de querer nada ahora mismo.

Gabriel redujo la velocidad al aproximarse a la casa.

—Eso sí te lo creo.

El coche se detuvo ante la entrada. Leonardo llegó poco después. Elena salió a recibirlo con una expresión que intentaba mezclar sorpresa y alivio, sin conseguir del todo ninguna de las dos cosas.

—Leonardo —dijo—. No esperaba que llegaras tan pronto.

Clara observó la escena desde el coche.

—Miente mal cuando está nerviosa —dijo.

Gabriel, que ya había abierto su puerta, se detuvo.

—Tu madre no miente mal. Solo confía demasiado en que los demás prefieran no verlo.

Clara lo miró.

—¿Tú lo viste?

—Tarde.

La palabra se quedó entre ambos.

Gabriel bajó del coche y Clara hizo lo mismo. Elena se acercó con Leonardo.

—¿Todo bien? —preguntó la madre.

—Hay humedad en el muro norte —respondió Gabriel—. La cubierta necesita intervención. Enviaré un informe.

—Gracias —dijo Elena.

Leonardo puso una mano suave en la espalda de Clara.

—Deberías descansar.

Clara se apartó apenas. Lo suficiente para que Gabriel lo viera. Lo suficiente para que Leonardo también.

—Primero quiero ver a mi padre.

Elena endureció el rostro.

—Ahora no es buen momento.

—Lo será dentro de diez minutos.

—Clara...

—He esperado desde ayer. No esperaré más.

Leonardo intervino con tono conciliador.

—Quizá convenga hablar primero con el médico.

Clara lo miró.

—No eres mi médico.

—No he dicho eso.

—Ni mi marido.

El silencio fue inmediato.

Elena cerró los ojos. Gabriel no se movió. Leonardo mantuvo la compostura, pero algo en su mirada cambió.

—Por supuesto —dijo él suavemente—. No he pretendido arrogarme un lugar que no me corresponde.

La frase era impecable. También era una advertencia.

Clara sintió el cansancio del día entero concentrado en los hombros.

—Voy a subir.

Esta vez nadie la detuvo.

La habitación de su padre estaba al final del corredor principal. Clara caminó hasta allí con una lentitud que no era duda sino preparación. Teresa salió al verla y cerró la puerta tras de sí con cuidado.

—Está despierto —susurró.

—¿Puede verme?

—Sí. Pero no mucho rato.

Clara asintió.

Entró.

La habitación olía a medicina, ropa limpia y aire cerrado.

Las cortinas estaban medio corridas. Don Julián Belmonte yacía incorporado sobre almohadas, más delgado de lo que Clara había imaginado, con el rostro amarillento y la piel pegada a los huesos.

El cabello, antes abundante y orgullosamente peinado hacia atrás, parecía ahora una sombra blanca sobre el cráneo.

Pero los ojos seguían siendo los mismos.

Cansados, sí. Hundidos, sí. Pero aún capaces de mandar.

Al verla, no sonrió.

—Has venido.

Clara se acercó a la cama.

—Me llamasteis.

—Pensé que no vendrías.

—También yo.

Él la miró largo rato.

—Te pareces a tu madre cuando estás enfadada.

—Eso debe de ser duro para las dos.

Una sombra de sonrisa pasó por la boca de don Julián, pero desapareció enseguida.

—Sigues contestando.

—Aprendí tarde.

—No tan tarde.

Clara se sentó junto a la cama.

Durante unos segundos no supo qué decir. Había imaginado reproches, exigencias, quizá incluso una escena fría. No había imaginado ese cuerpo reducido que, aun así, conservaba una forma de autoridad.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Muriéndome más despacio de lo que algunos quisieran y más deprisa de lo que me conviene.

—No digas eso.

—No he llegado a viejo para pedir permiso antes de nombrar lo evidente.

—¿Es tan grave?

—Lo suficiente.

Clara sintió que algo se le cerraba en la garganta.

—Debisteis avisarme antes.

—No quería que vinieras por lástima.

—¿Y por papeles sí?

Don Julián la miró con una dureza debilitada.

—Veo que tu madre ha hablado poco y mal.

—Ha hablado como siempre.

—Entonces poco y mal.

Clara no esperaba esa lucidez.

—Papá, ¿por qué Gabriel está metido en esto?

El rostro de don Julián cambió apenas. Pero cambió.

—Porque sabe lo que hace.

—No es respuesta.

—Es la única que puedo darte ahora.

—Estoy cansada de respuestas parciales.

—Pues descansa. Te harán falta fuerzas.

—¿Para qué?

Don Julián cerró los ojos un momento.

—Para descubrir que casi nadie fue inocente.

Clara se quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

—Significa que no debí dejar que volvieras sin preparar mejor algunas cosas.

—No he vuelto para representar otra escena escrita por ti.

—No. Esta vez la escena se ha escrito sola.

La puerta se abrió suavemente. Elena apareció.

—Julián, el médico dijo que no debías cansarte.

—El médico dice muchas cosas porque cobra por decirlas.

—Clara, basta por hoy.

Clara no apartó los ojos de su padre.

—Mañana hablaremos.

Don Julián abrió los ojos.

—Si mañana sigo siendo el mismo.

—¿Qué quieres decir?

—Que la enfermedad no siempre espera a que una familia termine sus conversaciones.

Elena se acercó.

—Por favor.

Clara se levantó. Se inclinó hacia su padre, dudó un instante y le besó la frente. Él no la abrazó. Pero sus dedos buscaron, torpemente, la mano de ella.

—No firmes nada sin entenderlo —murmuró.

Clara lo miró con sorpresa.

—¿Ni siquiera si lo pides tú?

Don Julián cerró los ojos.

—Sobre todo si lo pido yo.

Elena se tensó.

—Julián.

—Llévatela —dijo él—. Antes de que diga más de lo prudente.

Clara salió de la habitación con el corazón golpeándole en el pecho.

En el pasillo, Elena intentó hablar, pero Clara levantó una mano.

—Ahora no.

Bajó la escalera casi sin ver los peldaños.

En el vestíbulo, Gabriel hablaba con Santos junto a la mesa.

Leonardo estaba cerca de la ventana, aparentemente distraído, pero atento a todo.

Al verla, ambos hombres se volvieron. Clara comprendió, con un cansancio hondo, que su vida acababa de convertirse en una habitación donde todos esperaban una señal de su rostro.

—¿Estás bien? —preguntó Leonardo.

—No.

La respuesta fue tan simple que nadie supo qué hacer con ella.

Gabriel bajó la mirada.

Santos recogió su cartera.

—Creo que por hoy es suficiente. Prepararé un resumen y se lo enviaré a todos.

—A todos —repitió Clara.

—A ti, a tu madre, a don Julián si está en condiciones, y al señor Alcázar en lo técnico.

—Perfecto.

Gabriel tomó su carpeta.

—Me marcho.

Leonardo sonrió con cortesía.

—Ha sido útil su aportación.

Gabriel lo miró.

—La utilidad suele depender de quién la mida.

—Sin duda.

Elena intervino.

—Gabriel, gracias por venir.

—Enviaré el informe mañana.

Sus ojos se cruzaron con los de Clara. No hubo despedida íntima. No podía haberla. Pero tampoco hubo indiferencia.

—Clara —dijo él.

—Gabriel.

Él salió.

Clara escuchó la puerta cerrarse.

No fue un portazo. Fue peor. Fue el sonido exacto de un hombre que sabía marcharse sin pedir nada.

Leonardo esperó a que Santos y Elena se retiraran hacia el despacho para acercarse.

—Necesitas descansar.

—Ya me lo has dicho.

—Porque es evidente.

—Leonardo, no estoy de humor para ser protegida.

—No se trata de humor.

—¿De qué se trata?

Él bajó la voz.

—De inteligencia.

Clara lo miró.

—Ten cuidado.

—Eso mismo intento pedirte.

—No me hables como si yo fuera una imprudencia caminando.

—Clara, Gabriel Alcázar no está aquí por casualidad.

—Nadie parece estar aquí por casualidad.

—Él puede influir en decisiones importantes.

—Es técnico.

—Y propietario colindante. Y hombre herido. Mala combinación.

—No lo conoces.

—Conozco a los hombres cuando se les ha tocado el orgullo.

—No reduzcas a Gabriel a eso.

Leonardo la observó con una calma fría.

—Entonces reconoces que aún te importa.

Clara no respondió.

—Era una pregunta sencilla.

—No hay preguntas sencillas en esta casa.

—La mía sí. ¿Te importa?

—No voy a contestarte.

—Eso también contesta.

Clara caminó hacia la ventana. Necesitaba espacio. Leonardo la siguió, pero mantuvo una distancia medida.

—He venido porque tu madre está preocupada y porque la situación jurídica es más frágil de lo que parece.

—Mi madre te llama cuando quiere reforzar una decisión.

—Tu madre me llama cuando necesita ayuda.

—Qué generoso.

—No seas injusta conmigo. He estado a tu lado en Madrid cuando no querías saber nada de esta casa. He leído documentos, he atendido llamadas, he evitado que ciertos asuntos te alcanzaran antes de tiempo.

Clara se volvió lentamente.

—¿Qué asuntos?

Leonardo sostuvo su mirada.

—Los que no estabas preparada para afrontar.

—Esa frase empieza a cansarme mucho.

—Pues quizá deberías preguntarte por qué todos la usamos.