No me gusta el caos (hasta que llegaste tú) (Familia Cresswell-Donovan 2) Capítulo 16. Complot
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Capítulo 16. Complot

Lorelai

Se echó en cuanto pudo, aunque tenía consulta de nuevo sobre la una.

No durmió casi nada, y cuando se levantó, le dolía todo el cuerpo.

Fran ya estaba en el colegio y Ben se había marchado también, supuso que al hospital; Armando al trabajo.

Bien, todo parecía funcionar correctamente; todo menos su humor.

Desayunó un café rápido y se llevó una tostada para el camino. Casi era la hora de almorzar, pero estaba agotada. Esa mañana, antes de irse a casa, había podido cambiar alguna cita. Llegó a su consulta, ordenó el despacho y vio los casos con tranquilidad, sorbiendo el café.

—Doctora, ha venido un caso de urgencia, no sé si será apendicitis. Una niña de diez años.

—Ahora mismo voy.

Terminó el café de un trago y se puso la bata, recogiéndose el cabello. Lo que le faltaba. Esperaba que hubiera entrado en el turno el equipo nuevo por si había que operar rápido.

Entró en el box donde estaba la niña. Enseguida la vio.

—¿Sophie? ¿Qué te pasa, cariño?

—Me duele mucho el costado, Lorelai —dijo ella con sufrimiento en la cara. La cortina se abrió y entró Mack. Ella frunció el ceño.

—La he traído yo, todavía… estaba aquí.

—Da igual. Sal. Tengo que examinarla.

Frunció el ceño para él, pero para la niña le mostró una agradable sonrisa. Estaba sudorosa y pálida. Examinó el costado y las constantes. Luego, paró.

—¿Seguro que te dolía? No parece haber inflamación.

—Sí, aunque se me está pasando. Deben de ser tus manos. Oye, mi hermano está fatal. Le escuché decir que estaba trastor… trastor… y que te dijo algo feo. Y que estaba celoso. ¿Sales con alguien? Fran me ha dicho que no.

—Oh, pequeña niña malvada —dijo con una sonrisa que no pudo evitar—. No te duele nada, ¿verdad?

—No —contestó ella y la tomó del brazo—. Me puse maquillaje de payaso para parecer pálida y también me mojé la cara. Le gustas mucho a Mack. Lo dicen todos, aunque piensan que no me entero. Dicen que nunca se había enamorado. ¿Tú lo quieres?

—Es un asunto entre tu hermano y yo, pequeñaja.

—Fran y yo pensamos que hacéis buena pareja. Escuché que iba a trasladarse, pero que salías con alguien. Yo lo escucho todo en casa.

—No me lo puedo creer —suspiró ella aguantando la risa—. Primero, no salgo con nadie, aunque es verdad que el tío de Fran vive en casa.

—Ya lo sé. Y sale con Alexa.

Se echó a reír sin poderlo evitar. —¿Y qué más sabéis?

—Que mi hermano no sale con nadie y que está mustio como las plantas del jardín cuando no las riegan. Creo que sí le gustas mucho. Y entonces él no viene a casa porque se pone más mustio todavía.

La carcajada sonó por toda la planta. Mack se asomó a verlas.

—¿Qué pasa?

—Tú no sabías nada, ¿no?

—¿Nada de qué? —preguntó sin comprender. Ella se mordió el labio y se acercó a él, tocándole la cara.

—Un poco mustio sí está, Sophie.

—¿Qué narices…? ¿Tiene apendicitis?

—Calla, tonto —dijo ella pasando los brazos por su nuca. Él la tomó de la cintura sin comprender, pero se le notaba feliz—. Mini Villana ha actuado de nuevo.

Se acercó a él y le dio un suave beso en los labios. Él la miró y luego a Sophie que aplaudía entusiasmada.

—No comprendo nada, pero… me alegro de que me hayas perdonado.

—Tú y yo hablaremos más tarde. Anda, llévate a esta farsante al colegio.

—¿Puedo decirle a Fran que el plan ha funcionado?

Lorelai sonrió. Vaya par de liantes. —Dile que más o menos… sí, pero tengo que hablar seriamente con tu hermano.

—¿Pero qué pasa…? —preguntó Mack confuso, sin quitar su mano de la cintura de la doctora.

—¿Tienes que volver hoy a la ciudad?

—No, mañana, me tomé el día libre. ¿Me vais a explicar algo?

—Vuelve después de dejar a tu hermana en el colegio. Encontraré unos minutos para explicarte.

—Tú y yo tenemos que hablar. Menudo susto le habrás dado a mamá.

Sophie se echó a reír. —¿Crees que nuestra madre no habría venido al hospital si supiera que estaba enferma de verdad? Ellos lo saben todo, Mack —dijo moviendo la cabeza—, es que no te enteras de nada.

—Oh, por la Virgen de Guadalupe —exclamó Lorelai—. Venga, largo, que tengo trabajo.

Mack bajó a Sophie de la camilla y se quedó mirando a la doctora. Ella asintió.

—Pásate luego y tomamos un café.

—Hecho —dijo él sonriendo.

Se marcharon, la niña saltando de la mano de su hermano.

Qué conspiradora y a la vez… qué adorable.

Si él estaba tan mal, si incluso había pensado pedir el traslado…

tal vez era porque de verdad estaba enamorado.

Y si… él había pensado que Armando era su pareja, oh…

aunque no le sentó bien lo que dijo, lo perdonaría, tras…

tras un periodo de redención. Ella también era malvada cuando quería, desde luego.

Sonrió animada y estuvo con un par de pacientes. Pasó a ver también a Stella, según el informe, iba mejor. Ben paseaba nervioso por la habitación. Cuando entró ella sonrió y lo señaló.

—¿Pues no te crees que este se ha hecho pasar por mi marido?

—Y no me parece mal, Stella. Te está cuidando. ¿Qué tal te encuentras?

—Bien. Mejor, me duele todo, pero es pasable. ¿Le puedes decir que se vaya?

—No me voy a ir, Stella. Si me echas de la habitación, me quedaré fuera.

—Déjalo. No te hace ningún daño, mujer —insistió Lorelai. Ella se enfurruñó.

—Lo que quiero es irme a casa.

—Tienes una recuperación larga. ¿Quién te va a cuidar? Yo puedo, joder, te lo he dicho mil veces.

—No quiero compasión de un niño rico.

—¡Joder! —exclamó él exasperado—. Voy a por un café. A ver si puedes hacerle entrar en razón.

Salió de la habitación y Stella se recostó en la almohada, casi con lágrimas en los ojos. Lorelai le tomó la mano.

—Cariño, ¿qué te pasa?

—Es que… qué triste. Estoy fatal y no tengo familia… solo este cabezota que quiere cuidarme.

—Puedes venir a mi casa, si quieres. Pero no podré impedir que él venga a verte. Está enamorado.

—Eso no puede ser. Lo trato mal. No le hago ni caso.

—Creo que te salvó la vida una vez. Y ahora… te cuida. ¿Por qué no lo aceptas? Entiendo que si no te gusta…

—Me gusta.

Lorelai alzó las cejas. —¿Entonces?

—Son cosas mías. Si… si tienes sitio en tu casa, aceptaría estar acompañada, una semana o así. Me dan el alta en un par de días.

—Claro que sí, Stella. Serás bienvenida. Y está Armando que nos ayuda mucho.

—¿Tienes sitio de verdad? —preguntó casi con una lágrima.

—Y si no lo hay, me lo inventaré. Eres una persona estupenda, algo gruñona, pero buena gente. Y Ben también lo es.

—Supongo que no podré evitar verlo. Además, ha pagado mis facturas. No sé cómo voy a poder devolvérselo.

—¿Acaso crees que lo hace porque le debas un favor?

—No estoy acostumbrada a que la gente se porte bien. Supongo.

—Ya. Entiendo que piensas que los ricos no lloran, pero lo hacen —dijo echándose a reír—. A veces, no entienden que todo no se cura con el dinero, pero hay que reconocer que ayuda mucho. No seas orgullosa y déjate cuidar. Y te lo digo por pura experiencia.

—¿Mack?

—Así es. No sé en qué acabará, pero me gusta de verdad.

—Pues suerte, según sé, es bastante introspectivo. O sea, que no suele hablar como los otros. Pero es educado y amable.

—Lo sé. Ya veremos. Antes de irme pasaré a verte. Y no seas tan gruñona con ese hombre que besa los pies por donde pisas.

Ella sonrió y Lorelai le dio un beso. Se dirigió a su despacho, pensando en si él vendría o no. Cuando entró, la cogió de la cintura y le dio un beso profundo, sentido. Necesitado. Ella se apartó.

—¿Quién es? Ah, eres tú.

—¿Qué?

Lorelai se echó a reír y él sonrió, sin dejarla de abrazar. —Como me puteáis. Entre Mini Villana y tú, me vais a hacer salir más canas de las que tengo.

Ella le revolvió el cabello.

—No tienes canas. Hablemos, Mack.

—Prefiero besarte, pero sí, hablemos.

Ella lo tomó de la mano y se sentaron en unos cojines cerca de la ventana. Siendo como era, no le importó.

—Me cabreó que insinuaras que estaba contigo por tu dinero.

—Fui bastante idiota, lo siento. Estaba agotado y pensé que… salías con alguien. Sophie me lo ha explicado todo cuando la llevaba al colegio.

—Esos malentendidos pasan por no hablar, Mack. Eres un tío que no cuenta las cosas.

—Lo sé. Siempre he sido así.

—No quiero cambiarte, pero si vamos a estar juntos, me gustaría pensar que, si te molesta algo, me lo dirás.

—¿Estaremos juntos?

—Claro, no voy besando a cualquiera.

Él sonrió. —Acabo de comprar una casa en esta calle. Tiene cinco habitaciones. Sitio para todos.

—¡Mack! ¿Tú te oyes? Una pareja funciona a la vez. Deciden las cosas juntos. Además, ¿qué pasa con tu trabajo?

—Troy me ofreció un puesto. Vendré aquí. Ya no voy a dejar pasar el tren. Te quiero con toda mi alma, Lorelai —dijo acariciando su rostro. Ella lo apoyó en su mano. Cerró los ojos. ¿Era posible?

Mack le dio un suave beso que le hizo abrirlos. —Yo también te quiero, doctorcito. Pero no va a ser rápido. Tengo un hijo. —chasqueó la lengua—, un hijo mal influenciado por tu hermana.

Él soltó una risa. —No quiero ni pensar lo que harán los dos cuando nos juntemos toda la familia.

Ella se estremeció y él la tomó en brazos y la sentó sobre su regazo.

—Me da un poco de miedo, Mack. Siempre hemos estado Fran y yo, se unió mi cuñado, y…

—Mi familia es demasiado, lo sé. Pero no es necesario que estemos allí todo el día metidos. Aunque en unos días se casan Jacob y Bella. Querría que vinieras conmigo. Los dos.

—¿En qué lío me estás metiendo?

—Solo en el que tú quieras, amor. Esto… ¿tienes más pacientes ahora?

—Tengo libre para ir a comer. ¿Quieres que vayamos a la cafetería?

Él la dejó en el suelo, se levantó y cerró la puerta con el pestillo. Ella comprendió.

—Esos cojines parecen cómodos.

Lorelai se echó a reír y empezó a desabrocharse el pijama.

Él se sentó a su lado, besándola ahora más salvaje.

Recorrió su cuello con ansia, mordisqueando suavemente la piel, mientras ella se arqueaba.

Cuántas ganas le tenía. Él desabrochó el sujetador con habilidad y sus labios atraparon el pecho ya erguido.

La mano de Mack descendió para meterse por el pantalón.

Ella ya estaba húmeda y era tan rápido que apenas podía tocarlo, aunque notaba su erección en su muslo.

—Déjame tocarte, déjame desnudarte —protestó ella. Él gruñó en su pecho mientras movía sus dedos en su humedad, haciendo que ella se estremeciera—. Joder, me vas a hacer correr.

Nada más lo había dicho, su orgasmo la arrasó. Él la besó y después sacó sus dedos y los lamió con gula.

—Ah, qué malvado eres.

—Me encanta llevarte hasta el final.

Ella empezó a desabrochar su pantalón, pero Mack le retiró la mano.

—Ya habrá tiempo. Tienes que comer.

—No es justo para ti.

—No importa. Ya habrá tiempo, tenemos toda la vida para que te haga el amor.

Se levantó colocándose los pantalones y ella lo miró traviesa. Se acercó a él, todavía sentada.

—De eso nada. Quid pro quo, Mack o no salimos de aquí.

Desabrochó el botón y sacó su dureza. Él protestó, pero ella le dio un palmetazo en la mano. Estaba muy excitado y sin dudarlo, le dio un lametazo en la suave punta. Él se estremeció.

—Estás necesitado, quiero que te corras en mi boca.

—Joder, pues no tardaré mucho si me dices eso.

Ella lamió toda la largura de su miembro, y Mack tuvo que sujetarse a la pared. Se la metió entera y él gimió. Sus labios la recorrían, notando que se iba hinchando cada vez más.

—Joder, ya no aguanto más —siseó él.

Ella aumentó la velocidad, ayudándose de la mano y él quiso apartarse, pero no lo dejó. Acabó corriéndose en su boca, con un gemido que le encantó. O sí, quería más de esos.

Cuando terminó, se apartó con los ojos brillantes. La ayudó a levantarse y la besó, sintiendo su sabor.

—Me vas a matar, Lorelai.

—Pero a polvos, Mack. Que tenemos algo de retraso con ellos. Vamos a arreglarnos un poco y a comer.

Entraron al baño y él se puso detrás de ella, susurrando en su cuello.

—Algún día te follaré aquí contra el lavabo, ahora que vamos a trabajar en el mismo hospital, encontraremos un momento.

Ella gimió volviéndose a excitar. Sí, eso iba a ser divertido.

—No pensaba que eras tan salvaje, doctorcito —dijo volviéndose.

Él se apretó a ella. —Tú me haces sentir cosas que jamás había sospechado que existían. Me gustaría que pudiéramos vivir juntos, ca… casarnos, Lorelai. Cuando sea. Preferiblemente, pronto.

Ella tragó saliva.

—No corras. Iremos hablando. Paso a paso.

—Está bien, pero que sepas que eso está en mi mente. Solo esperaré a que tú quieras.

—Creo que… deberíamos ir a comer.

—Sí, porque si no es así, puede que lo del lavabo pase ya.

Se echó a reír y caminaron hasta la cafetería. Gracias, gracias, gracias, pensó mientras él sonreía sentado frente a ella, las piernas enlazadas con las suyas. Los ojos sin perderla de vista, como ella a él. Y el corazón, lleno de amor. Ah, sí, a esos dos niños, habría que hacerles una fiesta.