Capítulo 14. La implacable vida
Lorelai
—Llega una ambulancia y varios heridos por un accidente, un derrumbamiento.
Se estaba cambiando para marcharse, pero volvió a ponerse el pijama. Aunque urgencias no era tanto lo suyo, una mano vendría bien. Corrió hacia la zona donde ya entraban varias camillas. Vio a Ben, que iba de la mano de una muchacha inconsciente y con un collarín.
—Ben, ¿qué ha pasado?
—Un derrumbe, joder…
—Ven conmigo, espera en la sala, tienen que atenderla. Pasa.
Lo apartó con suavidad mientras la metían en un box.
—Por favor, Lorelai, cuídala.
—Sí, te informaré.
Salió a la entrada para recibir a los heridos. Varios coches aparcaron y él bajó de uno. Lo examinó, no parecía estar mal.
—He venido a ayudar.
—Pasa dentro, Mack. Te daré un pijama.
No hablaron, en parte, porque ella estaba conmocionada.
Lo llevó al vestuario y cogió uno de su talla.
Él se cambió rápidamente sin esperar a que ella se fuera.
Estaba delgado. Se giró y después de lavarse, salieron.
La jefa de urgencias los puso enseguida a trabajar.
Había al menos diez clientes afectados de una despedida de soltero a los que les había caído la pared encima.
Los bomberos todavía estaban rescatando a algunos. Entró una camilla con los médicos.
—Varón, treinta años. Accidente por derrumbe. Fractura abierta de tibia, sangrado activo. Consciente, orientado. Tensión en descenso, posible shock hipovolémico. Necesitará un quirófano.
—El traumatólogo está en otra operación —dijo la médica de urgencias. Lorelai miró a Mack. Él asintió.
—Haré lo que pueda, por lo menos coseré lo más importante. ¿Troy?
—De vacaciones. Y bien lejos, joder. Imposible que llegue. Llamaremos a los más cercanos.
Se fue hacia el quirófano mientras ella atendía contusiones. Había resultado que, por efecto del derrumbe, otras dos paredes se habían caído, aunque todavía no estaba claro cuántos heridos habría.
—Qué desastre —murmuró Lorelai a una enfermera mientras revisaba el estómago endurecido de una persona.
Pasaron horas. Vio a Mack entrar y salir varias veces, supuso que se encargaba de ayudar en el quirófano, haciendo lo posible. Llegaron otros médicos de la zona y al cabo de casi seis horas, urgencias se tranquilizó.
Se quitó los guantes de la última cura y se apoyó en el mostrador. Menos mal que Armando se quedaba con su hijo. Había podido enviarle un rápido mensaje.
Alguien le dio una botella de agua y se volvió para agradecérselo. Mack.
—Gracias.
—De nada —dijo él bebiendo otra de ellas. Estaba manchado y se le veía agotado, como ella.
—¿Cuántos has operado?
—Cinco. Sobre todo fracturas. Espero no haberlo hecho demasiado mal. Aunque hice algunas en la residencia, enseguida me especia… perdona, me voy a cambiar.
—¿Quieres darte una ducha?
Él dudó, pero luego aceptó.
—Ven al baño de mi consulta. La ducha es pequeña, pero al menos no la tendrás que compartir con ocho o diez tíos en los vestuarios.
—De acuerdo, gracias.
Caminaron en silencio hasta la consulta. Él recogió su ropa y le dio una toalla, por suerte, solo la había usado una vez. Salió vestido.
—Me voy a duchar yo. Me he alegrado de verte, Mack.
Él asintió y se marchó. Se le partía el corazón al verlo y tenía ganas de llorar, pero no iba a hacerlo. No, señor.
Se dio una ducha y se secó con la toalla húmeda de él. Pensar que había tocado su piel…
—Ya está bien, tontita. Se acabó.
Se vistió con la ropa de calle y trenzó su cabello húmedo. Cuando salió, él estaba allí, sentado en la silla.
—Ah, pensé que te ibas.
—Sí. Pensaste bien. Me fui. Pero he vuelto. Quería preguntarte algo y te ruego que seas sincera —dijo él levantándose—. ¿Fue real? Eso que empezamos a tener tú y yo. ¿Era de verdad? Después de todo lo que pasó…
Ella se envaró. —¿Estás insinuando que estuve contigo por algún motivo monetario? No me lo puedo creer. ¿Cómo puedes decirme eso? Doctor Cresswell, salga inmediatamente de mi consulta.
—Escucha…, no quería decir eso…
—No, escucha tú. Márchate, no quiero verte más.
—No me verás. Y total, tampoco es que tuviera ninguna esperanza contigo, que seas feliz con tu nueva pareja.
Se marchó del despacho y cerró la puerta. Ella estaba más que furiosa. Paseó por el escaso espacio murmurando e insultándole cuando cayó en algo que había dicho. ¿Qué significaba eso de la nueva pareja?
Daba igual. Era un cretino, un imbécil y un cabrón. Y, sin embargo, había tenido que luchar consigo misma para no entrar en el baño cuando se estaba duchando, y dejar que, aunque no estaban juntos, le hiciera el amor. Mierda.
Él había creído que tonteó… por su dinero. Claro, madre, viuda, un sueldo normal, demasiados gastos… y él un cirujano de prestigio y rico. No se conocían y ella se abalanzó sobre él poco menos. Todavía recordaba la escena cuando se cayó de culo. Solo que… por algún motivo lo deseó con fiereza.
Se sentó en el suelo apoyando la cabeza en las rodillas dobladas. Si lo pensaba, en frío, puede que él hubiera sacado malas conclusiones. Pero no se quejó cuando lo hicieron. Ella se había sentido inmediatamente atraída sin saber nada de él. Joder, ¿acaso no lo había visto?
Con un gesto de frustración, se levantó y bajó a urgencias para ver a Ben.
Durante esas seis horas había estado atenta a la chica, la camarera de La Sirena.
Estaba en el otro quirófano porque al parecer le habían extirpado el bazo.
Buscó a Ben. Estaba de pie, con los ojos cerrados, apoyado en la pared. Había llorado.
—¿Qué pasa? ¿Está mal?
—Regular, Lorelai. Le va a costar recuperarse, pero todavía no se ha despertado. Dije a los médicos que era su marido y por eso me han dejado verla, pero está en la UCI.
—¿Y su familia?
—No tiene. Su madre murió y nunca habla de su padre. O sea, dice que es como si no lo tuviera.
—Me quedaré contigo, Ben. Voy a llamar a mi cuñado.
Se apartó mientras él siguió con los ojos cerrados.
—Armando, soy Lori. ¿Estáis bien?
—Todo bien, hemos escuchado algo en la tele. Imagino que te has quedado a ayudar.
—Sí. Una amiga resultó herida. Me quedaré, si no te importa.
—No tenía planes. Sabes que Alexa está de visita en casa de sus padres. Fran y yo estamos bien. Haré nachos al estilo de tu primo.
—Gracias, Armando. Cada día agradezco al cielo que estés con nosotros.
—Jamás podré compensártelo, Lori. Si necesitas algo, avísame.
Colgó y se acercó a Ben. Una hora más tarde, salió la jefa de urgencias y ella la interceptó.
—Stella Adams, ¿sabes cómo está?
—Mal, tiene aplastamiento de cadera. Tendrán que operarla, pero… Lorelai, no tiene seguro médico. Le pregunté a su marido y dijo que se pagaría todo.
—Y lo hará. El marido dirige una galería de arte. No te preocupes por nada.
—Puede que con el tiempo desarrolle una aplasia medular. Si no hay un donante compatible… no sé. Habrá que buscarlo.
—Se lo diré a su marido. ¿Puede pasar a verla?
—Todavía no. Que descanse. Mañana podrá verla.
Se volvió para explicarle todo a Ben, él movió la cabeza. Habían quedado alguna vez a tomar un café, ella estaba agradecida por lo que hizo e incluso le invitó a casa con Armando y Fran. Y él le confesó que estaba enamorado de Stella desde hacía muchos años. Lo abrazó.
—Vente a casa y descansamos, estamos aquí al lado. Les diré que me avisen si hay novedades.
—Está bien. Gracias, Lorelai.
Se lo llevó y caminaron hacia su casa. Armando había dejado algo de cena y se asomó cuando los escuchó.
—Vuelve a la cama. Stella se recuperará.
—Te dejaré un pijama para que duermas en el sofá.
—Gracias, Armando.
—¿Quieres algo, lo que sea?
—No. Gracias por ayudarme.
Armando le trajo ropa de la suya y se cambió. Lo vio echarse en el sofá completamente derrumbado. Ella se acostó y entonces fue cuando le tocó a ella empezar a llorar suavemente. Por Stella, por Ben, por la desconfianza de Mack y por la vida, que a veces, era una cabrona implacable.