Capítulo 11. A veces hay buenas noticias
Mack
Tenía que irse. Lejos de ahí. Se cerró en sus pensamientos más oscuros y solo se preocupaba de tomar las constantes de Richard. En cuanto pudo conducir, se fue a la ciudad.
Todavía se quedó un par de días en su espacioso y ordenado apartamento. Y solitario.
Se sentó en el sofá mientras apretaba los canales del mando sin realmente mirar nada.
Había hecho compra online para llenar la nevera y, aunque pensaba ir a trabajar al día siguiente —primero, sin quirófano, para no sobrecargar la pierna—,seguro que encontraría algo que hacer.
Algo que le hiciera olvidar. ¿Cómo había sido tan estúpido?
Decía su madre que debía abrirse al amor.
No eran más que tonterías. Sexo, como mucho.
Aunque lo que había sentido con Lorelai había sido lo más parecido a un enamoramiento.
Pero al final, todo se había estropeado.
Y no le dolía que le hubiera pedido dinero, no era nada con lo que tenía en el banco.
Lo que más le había hecho daño es que ella no hubiera sido capaz de confiar en él, de contarle qué le estaba pasando.
Quizá no podía moverse mucho, pero al menos la habría ayudado de alguna forma.
Y una relación sin confianza, no era de verdad.
Sonó el timbre y se levantó, cojeando ligeramente. Esperaba la compra online, pero se encontró a su hermana y a Jacob. Sin pedirle permiso, entraron. Bella delante, Jacob con un encogimiento de hombros, como diciendo, ella es así.
—Pasad, no os cortéis.
Al final del pasillo llegaba el encargado de la compra y dejó todo en cajas. Jacob se acercó y las llevó a su ordenada cocina.
—Hablad vosotros, te guardo todo.
O sea, habían venido para darle la charla. Bella ya se había sentado en su sofá. Debía de venir de trabajar porque llevaba su elegante traje de chaqueta. Puso la mano para que se sentase junto a él. Incluso siendo más joven, su hermana había tenido siempre onzas de personalidad.
—Lo primero, cómo estás. Veo que cojeas.
—Poco. Mañana me incorporo a labores de despacho.
—Mal hecho. Tienes que descansar. Aunque claro, para estar solo en esta casa tan grande…. ¿por qué no te quedaste en los Hamptons? ¿Por si la veías?
—Bella, ¿me meto yo en tu vida? Porque creo que no.
—A ver, ella te pidió dinero, sí, pero prometió devolvértelo. Y lo tuvo difícil, diría que te ha molestado que no te dijera nada.
—Y qué más da. Tampoco es que fuésemos precisamente compatibles. Yo tengo trabajo aquí y ella allí. Fin de la cuestión. Joder, si solo echamos un polvo, no es que le prometiera casarme —protestó, más que molesto. Ella alzó una ceja, igual que su madre.
—¿Entonces por qué estás hecho una mierda? No te has duchado hoy y no solo por tu aspecto, hueles. El Doctor No jamás haría eso.
Se escuchó una risa desde la cocina y ella sonrió hacia allá. Luego se volvió hacia él.
—Precisamente, soy el Doctor No me voy a comprometer con alguien a la que apenas conozco. No me voy a liar a distancia y No voy a aguantar que mi hermana pequeña me lea la lección de comunicarme, cuando ella no fue capaz de decirme nada acerca del capullo de su prometido.
—Ahí tiene razón —dijo Jacob desde la cocina. Ella frunció el ceño.
—Querido Mack —dijo con voz suave y él se esperó cualquier cosa.
Hasta de pequeña daba miedo cuando ponía esa voz—, eres un capullo integral.
Para una vez que encuentras a una mujer que merece la pena y que es todo lo que necesitas y te encanta, vas y te marchas.
Júrame por tu vida que no te gusta, o que no…
estás enamorado, porque yo nunca te he visto así.
—Puede que pensara que me empezaba a gustar, pero estoy aquí. Y fin del asunto, Bella Cresswell. Se acabó. Soy tu hermano mayor.
—Entonces eres muy tonto por perder a una mujer tan estupenda.
Jacob salió y se puso al lado de su hermana, abrazándola. —Bella, Mack es mayorcito para tomar sus propias decisiones y estoy seguro de que ha hecho una lista de pros y contras.
Acabó aguantando la risa mientras Bella sonreía de lado. —¿La tienes?
—No tengo una lista. ¿Habéis venido a tocarme las pelotas o a visitarme?
El rostro de su hermana se suavizó. Le tomó de la mano.
—Hermano, eres un tipo estupendo, tan inteligente que asusta, pero en cuanto a inteligencia emocional, vas más que justito. A ella le gustabas de verdad, hubo momentos, como cuando se tiró en plancha sobre el tipo que te había pinchado…
—O cuando estuvo contigo sin dejar de cogerte la mano…—continuó él.
—O cuando te salvó la vida —terminó ella—. Si eso no es amor, ya no sé qué es. Y recuerda, no te dijo nada para protegerte. Ella es como una pantera. Una pantera dulce, amorosa y sexy, pero pantera, al fin y al cabo.
—Todo lo que dices ya lo sé —contestó él secamente—, pero sigue habiendo una distancia y dos trabajos que son muy exigentes. En dos años podría ser jefe de departamento. Eso es mucho dinero, por ejemplo.
—Dinero que te vas a gastar en… —empezó Jacob.
Lo miró confundido. Él carraspeó—. De pequeño, cuando mi padre se iba de viaje a rodar, a veces nos quedábamos sin pasta, pero no le decíamos nada.
Ni te imaginas la de cosas que Leo y yo llegamos a hacer para conseguir algo.
Desde trabajar en tiendas hasta cantar en la calle.
Y sobrevivimos. O sea, el dinero no es lo más importante, siempre que tengas para comer cada día.
Y por lo que me dijo mi hermano cuando sacó la pasta de tu cuenta, estás forrado.
—¿Y qué me quieres decir? ¿Debo renunciar a mi carrera?
—Puedes cambiar de objetivo —dijo su hermana—, de prioridades. Aprende de mamá. Tienes que pensar qué es lo que realmente quieres, pero no tardes mucho, que es una mujer preciosa y en cuanto alguien se acerque a ella, te la birlará. ¿Qué prefieres, Mack, ser rico o ser feliz?
—Se puede ser las dos cosas, tú lo eres.
—Ag, eres imposible, Mack. Ya que eres tan cerebrito, piénsalo bien. Nos vamos.
—Llámame para lo que sea, Mack —dijo Jacob al despedirse.
Se marcharon por fin y lo dejaron tranquilo. Estaba más molesto que otra cosa, así que fue a la cocina para revisar que todo estuviera en su sitio. Sorprendentemente, solo tuvo que cambiar un par de cosas.
Llamó a su jefe para decirle que se incorporaría despacio desde el día siguiente. Caminó hacia la cama, cojeando y se tiró. Luego olisqueó su camiseta y se levantó para ducharse. Su hermana tenía razón. Olía a demonios.
Al día siguiente condujo hasta el hospital. Su jefe lo esperaba en su despacho y lo vio entrar cojeando. Frunció el ceño.
—¿Por qué te has incorporado si no estás bien del todo? Nadie es imprescindible, Mack.
—Dame casos para investigar. Me moría de asco en casa —confesó. Él alzó una ceja, sorprendido, pero asintió.
Y pasaron los días. La cojera mejoraba, pero notaba cierto dolor interno que un compañero le miró con una ecografía. Le había quedado una cicatriz que tardaría en disolverse, así que debía tener paciencia.
Los días pasaban e incluso comenzó a operar. Centrado en su trabajo estaba de maravilla. Richard estaba tolerando bien la quimio por lo que le iba informando su madre y parecía aguantar.
Le llegó un aviso del banco, Lorelai le había enviado los cuatro mil dólares que le había prestado.
Se le revolvió el estómago. Hacía un mes y una semana que no aparecía por los Hamptons, a pesar de que su madre insistía cada día.
Puede que fuera la hora de volver, no por la devolución, sino porque se estaba sintiendo miserable y esta vez, se daba cuenta.
Envío un mensaje a su madre y ella le contestó con un audio muy alegre. Desde que se había retirado, sus hermanos y los gemelos decían que se había dejado la personalidad de jefa en el despacho y que Bella la había recogido.
—Pobre Jacob —dijo con media sonrisa. Todavía no se creía que estuvieran juntos y que él ni se hubiera dado cuenta.
Hizo la bolsa y avisó al hospital que no iba a estar disponible para urgencias y se montó en el coche. Hacía bastante calor y, en lugar de ponerse el aire acondicionado, abrió la ventanilla y condujo despacio, disfrutando del camino.
¿Y si se había equivocado? ¿Y si tenía una oportunidad con Lorelai y la había desaprovechado?
Tal vez, como le había ofrecido Troy un puesto, podría considerar el tema, pero…
debería comprarse una casa allí. O alquilarla, o vivir con su madre y Richard…
y cualquiera que llegase. Chasqueó la lengua.
Eso ya no le gustaba tanto. Amaba a sus hermanos, pero…
¿tanto jaleo? Eran demasiado caóticos y él prefería sentarse en su sofá, leer un libro tranquilamente, tener la cocina ordenada y, sobre todo, no tanto ruido.
Vivir con su familia estaba totalmente descartado.
Conducía despacio, y decidió acercarse a casa de Lorelai.
Tal vez una conversación con ella aclarase las cosas.
Si no tenía guardia, estaría en casa. Cuando aparcó enfrente, se quedó quieto en el coche.
Parecía haber algún tipo de fiesta en su patio.
Miró hacia el patio y vio salir corriendo a Fran para buscar un globo que se había volado.
Un hombre bien parecido fue tras él y lo cogió en brazos entre risas.
Luego, Lorelai se asomó. Él la tomó de los hombros y juntos, volvieron a entrar en la casa.
Se quedó quieto, enmudecido. Claro, ella ya… había pasado página. Dio un puñetazo al volante, respirando agitado. ¿Qué se había imaginado? Había que ser imbécil total para pensar que ella…
Estuvo a punto de volver a la ciudad, pero su familia lo esperaba, así que, taciturno, condujo hasta los Hamptons. Estaba claro que no eran compatibles, que ella no sentía nada por él y tal vez tampoco lo hubiera sentido y que era mejor vivir su vida trabajando y sin complicaciones.
Respiró hondo antes de entrar en la casa. Ellos tampoco se merecían verlo así, así que ensayó una sonrisa leve. De todas formas, ya no se tenía que plantear un cambio de trabajo o de domicilio. No escuchó a su corazón que se quejaba.