No me gusta el caos (hasta que llegaste tú) (Familia Cresswell-Donovan 2) Capítulo 10. ¿Y ya está?
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Capítulo 10. ¿Y ya está?

Lorelai

Con un terrible sentimiento de culpa, cogió los cuatro mil, más mil doscientos que pudo sacar del cajero. Eso la dejaba con la cuenta temblando. Se odiaba por haber tenido que pedirle a Mack, pero en el banco no había préstamos para quien apenas acababa el mes cubriendo gastos. Y era urgente.

Se fue a casa con Fran, sacó una pizza congelada y avisó a Vivi de que fuera a las cinco y media de la mañana. No le hizo mucha gracia madrugar, pero los horarios de un médico eran así. Le advirtió que al día siguiente tenía exámenes, y ella le dijo que se arreglaría. O eso esperaba.

Ojalá Armando no hubiera venido a buscarla, porque, aunque no tenían una relación cercana, su marido lo adoraba y ella no pensaba que fuera mala persona. Solo que había estado en el lugar y tiempo inadecuados.

Cuando Vivi llegó a la mañana siguiente, ya estaba preparada.

Llevaba todo en una bolsa de deporte. Había incluido un par de bocadillos y agua, y ropa de su esposo, por si la necesitaba e incluso su…

pasaporte… Se parecían físicamente y tal vez eso le ayudaría a cruzar.

Eso estaba mal y sin duda era ilegal. Pero Ignacio, su esposo, hubiera hecho lo mismo.

Condujo hasta la zona donde habían quedado y estuvo esperando allí. Al poco, Armando se metió en el coche, apurado.

—¿Los has traído?

—Sí. Todo, el dinero, ropa, comida e incluso el pasaporte de Ignacio, por… si acaso.

—Tengo que viajar a Washington. Sé que no puedo pedirte más, pero son cinco horas solo. ¿Podrías llevarme?

—Armando, tengo que ir a trabajar. Tengo una vida y ya me has metido en un lío.

Él sacó una pistola y ella dio un bote en el asiento.

—¿Qué carajo haces?

—Llama al hospital y diles que necesitas el día libre. ¿Tu hijo está cuidado?

—Sí. Está con la niñera. Pero esto no es lo que hablamos.

—Estoy desesperado, joder. Por favor —pidió guardándose la pistola. Ella asintió. Llamó al hospital y pidió el día libre. Luego, él le arrebató el teléfono y después de apagarlo, lo escondió debajo del banco del mirador.

—Por si acaso.

Pensó en todo lo que se jugaba, en todo lo que podía perder. Pero si se apuraban, podría volver para recoger a Fran.

Empezaron el camino hacia la capital mientras él se cambiaba de ropa y comía con hambre los bocadillos.

Pararon a echar gasolina a mitad de camino y a tomar un café rápido.

Quiso llamar a Mack aunque fuera dese una cabina, pero no debía.

Bastante lo había liado pidiéndole el dinero.

Un dinero que no sabía bien cómo podría devolvérselo.

Tal vez alquilaría una habitación. Miró de reojo a Armando que dormitaba en el asiento.

Era joven, más que su esposo, andaba sobre los treinta.

Ignacio lo había llevado recto mientras vivió, pero tenía que reconocer que no había sido fácil para él primero perder a su hermano y luego a sus padres.

Condujo ya cansada, pero al cabo de las horas entraron en la capital.

Lo llevó hasta la terminal del avión y él se guardó la dirección de uno de sus primos apuntada en un papel.

Se abrazaron y él entró por fin. Al menos, se iba de su vida.

Volvió donde estaba aparcada y una pareja con traje se acercó a ella, temblando, abrió la puerta, pero pasaron de largo.

Ella no era una delincuente. Y jamás haría algo malo.

Volvió a coger el coche. Sin teléfono para saber cómo estaban todos o decir que ella estaba bien, se sentía más que perdida. Por fin llegó al mirador, ya por la tarde, rezando para que su móvil siguiera allí. Metió la mano por debajo y lo recogió.

—Virgen de Guadalupe, muchas gracias.

Lo encendió y vio las llamadas perdidas de Alexa, de Mack y de algún número desconocido.

Vivi le había enviado un mensaje diciéndole que dejaba a Fran con Mack y, aunque se sintió fatal, sabía que él lo cuidaría.

Esto, sin duda iba a acabar con la pequeña relación de confianza que tenían.

¿Quién querría a alguien con tantos problemas como ella?

Decidió pasar por casa un momento antes de ir a por Fran y, cuando llegaba, vio que había alguien en el dormitorio: una silueta de hombre. Aparcó debajo de unos árboles y salió del coche, preocupada. ¿Quién estaba en su casa?

Alguien la cogió por detrás y le tapó la boca, ella pataleó y le dio en la espinilla. El hombre soltó un juramento.

—Quieta, joder, me envía Mack.

Ella se calmó y el hombre la fue soltando despacio.

—No entres, tienes gente mala en tu casa. Soy Ben, amigo de Jacob, el hermanastro de Mack.

Ella se colocó frente a él, dudando. Era un hombre rubio, con una coleta y bastante atlético. Le sonaba.

—Te vi el día que hirieron a Mack. Escucha, tienes que llamar a la policía y decir que están robando en tu casa. Pero no entrar, como pretendías.

—Sí… voy.

Él tecleó en el móvil algo y ella llamó al 911. Enseguida mandaron dos coches patrulla, uno de ellos, el sheriff.

Ella se acercó, lo conocía y le dijo que gracias a un amigo se habían dado cuenta de que estaban robando en su casa.

El tal Ben le mostró su placa de policía y comenzó el asalto.

Ben la puso detrás de los coches mientras los cuatro policías entraban por delante y por detrás.

Lorelai les había dado la llave de la principal para que no le reventasen la puerta.

Al poco rato, escucharon tiros y Ben hizo que se agachara tras el coche.

Uno de los policías parecía herido en el hombro y escucharon la ambulancia.

Ella hizo que el policía se colocara con ellos y examinó la herida.

Enseguida puso las manos para taponar la herida.

Luego, los tres restantes salieron con un tipo detenido.

Lo metieron en el coche y el sheriff se acercó a ella.

—El otro ha caído. Este decía que eran del FBI, pero las placas eran falsas. ¿Te has metido en algún lío, Lorelai?

La conocía porque había atendido a su hijo. Ella negó.

—Buscaban al hermano de mi marido, pero nunca estuvo en mi casa. No sé en qué se habrá metido, la verdad.

—Deberías pasar la noche en otro sitio, es un escenario de un crimen y no han retirado el cuerpo. Lo siento. Ven a la comisaría mañana.

—Yo la llevo a algún sitio, Sheriff.

Ella se apoyó contra su coche, temblando. Ben la abrazó.

—Tranquila, estas cosas ponen nerviosa. He avisado a Mack y quiere que vayas a su casa. Seguro que te ofrecen quedarte a dormir.

—He abusado demasiado de su… amistad. Recogeré a Fran y nos iremos a un hotel o a casa de una amiga. Gracias por venir. Si no hubieras estado, habría entrado y…

—Ya ha pasado. Vamos, sígueme en el coche.

Ella lo siguió, todavía temblando por haberse encontrado en medio de un tiroteo. Aunque cuando era residente de urgencias había visto heridas de bala, estar ahí, a poca distancia de donde se disparaban, era demasiado.

Llegaron a los Hamptons. La verdad es que la casa de la familia era inmensa y elegante. Se notaba que tenían mucho dinero. Otro motivo para no acercarse a él. Podrían pensar en algún momento que ella se quería aprovechar, ya lo había demostrado con el préstamo, que, desde luego, pensaba devolver.

Entraron y al escuchar saludar a su madre, Fran salió corriendo y la abrazó, medio llorando. Ella lo cogió en brazos y se unió a él.

—Gracias —susurró a su madre. Ella la tomó de los hombros.

—Pasa, Lorelai, estábamos muy preocupados. Gracias por traerla, Ben.

—De nada —dijo el hombre con una suave sonrisa.

—Te quedarás a cenar y no es una pregunta.

—Encantada, sus guisos son de lo mejor de la zona.

Ella sonrió y pasaron al salón. Mack estaba recostado en el sofá e intentó levantarse, pero su hermana lo paró. Allí estaban casi todos, mirándola con preocupación. Y tenían razón. Los había traicionado.

—Siento mucho haberlos metido en este lío y estoy muy agradecida porque hayan cuidado de Fran. Nos iremos a casa de una amiga.

—De eso nada —dijo la madre de Mack—, os quedáis a cenar y a dormir si hace falta.

—No, es demasiado.

—Lorelai. Hablemos —dijo Mack.

Entonces todos empezaron a desaparecer del salón, incluso Fran, que acabó en brazos de Margot y se lo llevó. Ella, agotada, se sentó en una silla frente a él.

—Lo siento, Mack, te juro que te devolveré cada centavo. Armando necesitaba salir del país.

—El dinero me importa poco. Pero me hubiera gustado que me contases algo. Ya sé que no somos nada, que no… somos nada todavía. Pero podría haberte ayudado.

—No quería meterte en líos, por si venían a preguntarte, aunque esos dos que se vinieron a preguntarme no eran del FBI.

—Estuvieron aquí.

Lorelai se llevó las manos a la cara, aterrorizada. —¿Ves? Soy tóxica para ti, Mack. Te has metido en un lío por mi culpa.

Tenía ganas de llorar amargamente, pero apretó la mandíbula y se quedó callada.

—Aprecio mucho vuestra ayuda, pero nos iremos. Gracias por estos días y, sobre todo, por salvar a Tim.

—Entonces, ¿ya está?

—Sí. De todas formas… era demasiado complicado. Y lo sabes.

—Está bien —dijo él sin mirarla. Ella se levantó con el corazón encogido, pero era lo mejor. Fue a buscar a Fran, que miraba con Sophie un libro.

—De verdad, cariño, tenemos que irnos.

—Nos encantaría que os quedaseis —dijo Margot y ella negó.

—Mil gracias por todo. Nos… vamos. Cuídense.

Tomó a Fran de la mano y se fueron con el coche a una hamburguesería de la ciudad. Mientras el niño hablaba de los libros de Sophie, envió un mensaje a Alexa y ella los acogió para esa noche. Los Donovan-Cresswell habían sido muy amables, pero ellos vivían en otra galaxia.

Fran lo miró con curiosidad.

—¿Estás bien, mami?

—Que entren a robar en casa es un disgusto, cariño, pero la policía los detuvo a tiempo y no creo que se hayan llevado muchas cosas. Por eso vamos a dormir a casa de Alexa. Mañana ya volveremos a casa.

—Me di un susto cuando no estabas en el hospital. ¿Es por el tío Armando? Escuché algo.

—Ya se ha acabado todo, cariño. Olvidémonos de este jaleo. Y si quieres, el fin de semana podemos ir de excursión. ¿Dónde te gustaría?

—¡A la playa! Quiero recoger piedras para hacerme una colección. Sophie tiene un bote lleno de piedras blancas. Yo cogeré negras y así nos las intercambiamos en el cole.

—Es genial. Bueno, vamos a la casa de Alexa que hay que dormir. Estoy muy cansada.

Durmieron abrazados en el sofá cama y al día siguiente, después de dejar a Fran en el colegio se pasó por la comisaría.

Le tomaron declaración sin nombrar a Armando y luego se acercó a su casa.

Le dijeron que ya estaba despejada. Tenía un paciente a las doce, así que aprovechó para limpiar.

Había sangre de ese tipo en el suelo de la cocina y cuando empezó a frotarla, le entró la llorera.

Se sentó en el suelo mientras miraba el charco rojizo.

No podía parar, incluso con convulsiones.

¿Qué habría sido de Fran si ella hubiera estado allí?

O peor, ¿y si Vivi se hubiera quedado en la casa con el niño?

Temblaba y sollozaba con rabia y dolor, hasta que, poco a poco, se fue calmando. No había nadie que la consolara o que la abrazase y no importaba. Ella podría con todo.

Terminó de limpiar la casa, se duchó, se cambió y se fue al hospital. Sus pacientes no tenían la culpa de nada y merecían ser atendidos. No envió ningún mensaje a Mack. ¿Para qué? Lo mejor era que terminasen algo que apenas había empezado.

Pasó un mes. El niño había recuperado su alegría. Ella sabía que Armando estaba con sus primos y eso le alivió. Seguía convencida de que era un buen tipo. Y que Mack había vuelto a su casa. Sin más.

Esa noche, la noche de pizzas, pidieron dos enormes. Tenían una película de Disney para ver y cerveza sin alcohol para ella.

Llamaron a la puerta y tuvo un escalofrío. Primero, miedo por su hijo. Tenía un bate de béisbol en la entrada y se asomó. Luego, abrió de golpe y sonrió aliviada.

—¡Has vuelto!