No me gusta el caos (hasta que llegaste tú) (Familia Cresswell-Donovan 2) Capítulo 8. Incidente
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Capítulo 8. Incidente

Lorelai

Recogió a Fran con el corazón en un puño. Esto se estaba precipitando, iba muy deprisa y se estaba muriendo de miedo. Sobre todo, por su hijo.

—Mami, ¿todo bien?

—Tengo que contarte algo, cariño, pero no es malo del todo.

Mientras caminaban hacia casa, le contó que alguien había atacado a la familia de Mack y que él los había salvado, pero que el malo lo había herido, pero que ya se encontraba bien. Fran se asustó, aguantó las lágrimas, y asintió.

—Podremos ir a verlo si quieres. Mañana después del colegio, te recojo y vamos al hospital.

—Sí, mami… pero… ¿no se va a morir?

—No, qué va. Te aseguro que no. Lo verás con tus propios ojos.

—Vale.

—Además, su hermana va a tu cole. Se llama Sophie Donovan. No sé si la conoces.

—Sí, es una niña lista, está en la clase azul, conmigo. Esa clase para niños especiales. Está escribiendo un libro.

—Ah, me alegro de que la conozcas. Es cierto, no le dije cómo te llamabas, por eso dijo que no te conocía. Entonces, ¿te cae bien? ¿Sois amigos?

—Es que ella es mayor. Entonces, va con otras niñas, pero alguna vez hemos hablado, aunque no le gusta jugar al ajedrez, pero sí mi álbum de recortes de pájaros.

—Ah, pues ella es la hermana de Mack. Y… ¿qué te parecería verlo más a menudo? Porque igual él y yo…

—¿Sois novios?

Sophie se quedó apurada y él movió la mano sin darle importancia.

—Mamá, en el cole hay dos niños que sus padres están divorciados y se han vuelto a casar. Es normal tener novio. Y además eres muy guapa.

Ella se agachó emocionada y le dio un abrazo.

—Gracias, cariño.

—Pero… ¿va a venir a vivir aquí? ¿O tendremos que irnos? Ahora que empieza a gustarme el cole….

—Tranquilo, eso no va a pasar. Estamos empezando a conocernos, estas cosas llevan tiempo, años incluso.

El niño se quedó pensativo y asintió. Luego, se fue a su habitación y ella tomó el móvil para ver cómo estaba.

¿Vas bien?

Cansado de estar aquí. Ojalá me den de alta pronto. Mi familia está muy… insistente. Y han venido a tomarme declaración por el incidente. Puede que te citen también.

No hay problema. Si… si te dan de alta, ¿vuelves a la ciudad o dónde te quedas?

Imagino que, con mi madre, en los Hamptons. Podrías venir a verme, si te apetece, con Fran, si él quiere.

Se lo dije.

¿Y? ¿Qué dijo?

Que le parecía bien, pero temía tener que dejar el colegio. Ya le dije que esto era algo que iba despacio.

Hiciste bien. Yo no sé qué pasará todavía, Lorelai.

Lo sé, ahora a descansar. Me tengo que poner con la cena. Mañana te veo.

Soñaré contigo.

Si lo haces, tápate bien.

Sonrió al decírselo y él le envió un emoji de sonrisa con sonrojo.

Era cierto. Ella se sentía muy atraída por él, algo que empezaba a no ser racional.

Menos incluso de lo que solía ser, porque si en su vida normal era algo impulsiva, había dos cosas que tenía claro: su trabajo debía de ser impecable y no quería tener relaciones personales que implicasen cambios en su hijo, al menos hasta que él tuviera los dieciocho.

Sonrió mientras sacaba el pollo de la nevera.

La primera no la iba a incumplir, pero en cuanto a la segunda…

¿qué narices le pasaba con Mack? Era un tipo serio, casi hasta gruñón…

excepto cuando estaba con ella. Entonces, se convertía en tierno y algo salvaje, al menos en la cama.

Su hijo llegó y se sentó mirándola.

—Aún falta para la cena. ¿No tienes que estudiar para mañana?

—Ya me lo he aprendido. De verdad, mami, me gusta el doctor Mack. Es listo. Y algún día le ganaré al ajedrez.

—No lo dudo. Si quieres, podemos sacar de la biblioteca un libro sobre las jugadas más famosas.

—¡Sí! —exclamó entusiasmado. Ella sonrió y continuó cocinando mientras Fran le contaba sobre su día con su amigo.

Habían hecho una casita en el bosque con el padre y ella suspiró.

Eso le hacía falta a su hijo, tener un papá con el que hacer casitas de madera, aunque no sabía si veía a Mack haciendo eso, pero al menos era muy bueno al ajedrez.

En realidad, ambos se parecían bastante.

Fran también había sido siempre demasiado retraído.

Pero no debía hacerse ilusiones, no todavía.

Todo se había precipitado un poco, y por eso tenía que frenar.

Aunque… puede que en ese momento se deslizara cuesta abajo y sin frenos.

A la mañana siguiente, llevó a su hijo al colegio. Sophie llegó corriendo, con su madre. Los niños entraron juntos mientras parloteaban sin parar. La madre de Mack se echó a reír.

—Sophie no ha dejado de hablar de tu hijo. Mack le dijo el nombre y comentó que era muy inteligente, enhorabuena por eso.

Lorelai sonrió. —Puesto que tu hijo me da la sensación de que fue parecido, sabes que tener un niño como él es un reto también.

—Y estando sola, más todavía. Eres una persona admirable, Lorelai, y me alegro de que os hayáis encontrado.

Caminaron hacia sus respectivos coches.

—Yo no sé qué va a pasar, quiero ser sincera. Acabamos de conocernos, es pronto para pensar en nada.

—Lo entiendo. Nadie te va a presionar… a menos de que mis hijos se confabulen, ni imaginas cómo son.

—Algo me contó Mack —respondió con una sonrisa—, no te preocupes, tengo dos hermanos mayores.

—Voy a buscar a mi esposo e iremos a ver a Mack. Te veremos, imagino.

—Seguro.

La madre de Mack le dio un abrazo y ella se dejó.

Mack había comentado que era una gran directiva y que se iba a retirar para cuidar a su esposo, enfermo de cáncer.

Lo respetaba. Al final, cuando tienes que elegir entre dos opciones que son incompatibles, la familia era prioridad. O al menos, para ella.

Se montó en el coche y llegó al hospital. Alexa le estaba esperando, preocupada.

—¿Pasa algo?

—Después de que pases la ronda, la policía está esperándote.

—Será por el jaleo del bar.

—No lo sé. ¿Dónde están?

—En la cafetería.

—Está bien, vamos a ver a Tim primero y luego seguiremos.

—Mack está bien, me he informado.

—Gracias —contestó con una sonrisa. Su amiga también era de las que le insistía en que encontrase una pareja.

Se cambió y comenzó la visita. Tim estaba recuperando el color y la fuerza y sus padres también habían dejado de tener esas ojeras profundas.

—Si sigues así, en una semana te irás a casa.

El niño aplaudió y se marchó con una sonrisa. Luego, pasó por otros cinco niños hospitalizados menos graves y llegó a la consulta para ver lo que tenía en ese día. Quería pasar a ver a Mack, lo intentaría más tarde. Alexa se asomó.

—He cambiado la primera cita a dentro de media hora, por si puedes atender a los dos policías. Pero no son de aquí.

—Claro, que pasen.

Dos tipos con traje de chaqueta entraron al despacho. Se extrañó. Le mostraron sus placas del FBI y buscaron dónde sentarse, así que ella retiró las cosas de dos sillas y se las ofreció.

—Disculpen, hemos tenido bastante jaleo. ¿Qué ocurre?

—Señora Whitaker, queremos hacerle unas preguntas, si así lo desea, puede esperar a su abogado o representante.

—Me están preocupando. ¿Qué es?

Se puso nerviosa, no tenía ni idea.

—¿Conoce a Armando Whitacker?

—Si es el Armando de la familia de mi marido, claro. Es… era mi cuñado. Mi esposo murió y lo cierto es que hemos tenido poco contacto. Sus padres también murieron hace un año, por lo que solo quedaba él de la familia. Y no teníamos una relación cercana, la verdad.

—Entonces, ¿no sabe dónde está?

—Pues no. Desde el entierro de mis suegros, que murieron en un accidente, no lo he vuelto a ver. ¿Está bien?

—No exactamente.

—Entonces, ¿se ha metido en un lío?

—El FBI lo busca, pero como testigo. No es un delincuente o, al menos, no uno importante. Por eso es imprescindible que, si le llama o se pone en contacto con usted, nos lo haga saber. Le dejaremos nuestras tarjetas.

—Dudo mucho que lo haga, no es que nos llevásemos bien, nos tolerábamos, pero sí, claro. Si él se pone en contacto les llamaré.

—Señora Whitacker, es muy importante, sobre todo por la integridad del hermano de su marido.

—Está bien. Así lo haré.

Se levantaron y con un saludo leve salieron de su consulta. Alexa entró con un interrogante.

—Buscaban a Armando.

—¿El hermano de tu marido?

—Sí, pero ni idea de para qué. Espero que no se haya metido en ningún lío. Hace mucho que no sé nada de él y… siempre fue algo alocado, pero no para ser un delincuente, eso lo dudo mucho.

—Habla con el sheriff. Igual te dice algo.

—Él no sabrá nada. Pasa al primer niño, anda.

La mañana se le escurrió entre los dedos y ya eran las doce cuando se fue a por un café y a visitarlo. Entró en la habitación. Estaba leyendo tranquilamente y solo.

—Toc, toc —dijo ella en el marco. Él levantó la vista y sonrió.

—Qué ganas de verte. ¿Mucho jaleo?

—Demasiado —contestó ella sentándose a su lado.

—Qué rico café… —dijo él mirando su vaso.

—¿Te traigo uno?

—O me lo das a probar en ti. Ese sabrá mejor.

Ella sonrió y se acercó a él. Mack pasó la lengua por sus labios y ella se estremeció.

—Eres realmente malvado. ¿Qué tal estás?

—Bien. Deberé hacer reposo para que no se abra la herida, pero igual mañana me mandan a casa. Iré a los Hamptons, como te comenté. Estaremos cerca… aunque me temo que tendrás que desplazarte… cuando puedas venir a verme.

—Claro. Iré a verte.

Ella apuró el café, bastante seria, y él la tomó de la mano.

—Estás preocupada. ¿Por… lo nuestro?

—Sí y no. Me da miedo, Mack, porque no sé si acabará o cómo o si me quedaré fatal cuando te vuelvas a la ciudad.

—Lo sé. Me pasa igual —suspiró él.

—Además, han venido dos agentes del FBI.

—¿Por la pelea?

—No, qué va. Buscaban al hermano de mi marido, Armando. No sé si se ha metido en algún lío. Pero hace más de un año que no lo veo. Me he quedado preocupada.

—¿No tiene más familia?

—No. Mi marido… ya sabes, y sus padres murieron hace un año. A ver, tiene primos, pero nosotros no teníamos mucha relación. Puede que desde mi boda no los haya visto.

—Entonces, tranquila. Y si te hace falta algún abogado, puedo recomendarte a conocidos.

—No lo creo. No he hecho nada delictivo… excepto meterle mano a un enfermo —dijo pasando la mano por el pecho de Mack, él respiró agitado. Pero ya no quería hablar, solo besarlo.

Se acercó y le dio uno suave, él subió por su cadera hasta meter la mano debajo del pijama y rozar su piel. Alguien carraspeó en la puerta y se separaron con apuro.

—Doctor Cresswell, ¿qué haces metiéndole mano a mi personal? —preguntó Troy y se echó a reír—. Me gusta veros juntos. Y siento interrumpir. ¿Qué tal estás?

—Bien, la cicatriz va despacio, pero probablemente me vaya mañana.

—Y luego haces reposo, nada de ejercicio que suponga mover la pierna.

Mack bufó y Troy se echó a reír.

—En realidad venía a consultarte alguna cosa, pero puedo volver más tarde.

—Tranquilo, solo me he escapado un momento. Tengo dos pacientes más.

Se levantó y los saludó.

—Te veo luego.

—Te espero aquí mismo.

Sonrió cuando salió de la habitación y se fue hacia el baño para refrescarse. Se estaba lavando las manos cuando escuchó un ruido detrás de la puerta, alguien salió y le tapó la boca.

—Soy yo, Lori, Armando. No grites.

La soltó y se volvió hacia él. Tenía mal aspecto.

—¿Qué te pasa? Vinieron dos policías. ¿Te has metido en algún lío?

—Sí, hermanita, y solo me quedas tú. Pero si han venido a buscarme, tampoco es seguro.

—Cuéntame, por favor.

—Yo no he hecho nada malo, eso lo primero.

Sabes que trabajo repartiendo comida para las máquinas que colocan en los comedores de las empresas.

Una noche estaba reponiendo y vi una cosa que no debería haber visto.

Desde entonces, me persiguen. Ya no sé dónde ir.

Había pensado pasar a México, tú tienes familia allí.

—Joder, Armando. Me pones en un lío. Podrías buscar a esos policías y decirles.

—Los vi entrar y no son polis. Por favor, Lori, hazlo por mi hermano.

—No tienes por qué decir eso. ¿Qué necesitas?

—Dinero. Al menos cinco mil dólares y el nombre y dirección de alguien de tu familia que sea de confianza. Del resto me ocupo yo.

—Armando, no tengo ese dinero, si voy justa. Podría darte mil o mil quinientos…

—Me van a matar si me cogen. ¿No podrías pedirle a alguien?

Ella se quedó pensativa. Sabía que Mack los tendría… pero no era justo. Solo que él podría morir.

—¿Dónde te quedas?

—Mejor no te lo digo. Por tu seguridad.

—De acuerdo, intento conseguírtelos. Mañana al amanecer, acude a un mirador que hay al final de esta calle. A las seis. Haré lo que pueda, pero pienso que mejor sería avisar a la policía.

—No, hermanita. Me voy. Gracias.

Le dio un beso en la frente y se marchó del baño. No entendía nada. Pero necesitaba al menos cuatro mil dólares y le parecía demasiado pedírselos a Mack. Claro que, que ella supiera, nadie tenía ese dinero. Quizá Troy, pero le podría costar que la despidiera.

—Maldita sea —murmuró cuando se iba a la consulta.