Capítulo 3. Piel con piel
Mack
Dio varias vueltas alrededor de la cama. Había pasado una gran velada, aunque debía reconocer que la familia de Lorelai no era tan escandalosa o ruidosa como la suya. Fran era inteligente, mucho, y le había costado ganarle. Aunque no dejaba de ser un niño, su madurez intelectual le agradaba.
Pero verla interactuar, incluso comer, le estaba poniendo a cien.
La escuchó meterse a la ducha y se imaginó pasando la mano por su suave piel enjabonada.
La erección fue inmediata. Por eso estaba paseando, con el pantalón del pijama y sin saber si debería desahogarse —otra vez—, o ver qué pasaba con ella.
Total, no la iba a ver más cuando se fuera quizá mañana o pasado.
Abrió la puerta y se la encontró de frente, envuelta en una toalla y con el cabello recogido en un moño alto. Se miraron y él dio un paso hacia atrás, pero no esperaba lo que hizo ella. Entró a la habitación y cerró la puerta.
—Mack, dime si me voy ahora mismo. Dímelo y me iré.
Él no tenía palabras y ella retrocedió un paso, pero él se acercó a ella.
—No. No… te vayas. Pero esto… tu familia…
—Duermen al otro lado de la casa. Si no… gritas…
—No suelo…
—Entonces, yo tampoco lo haré —dijo ella con una sonrisa.
Mack se acercó, nervioso. Hacía tiempo que no estaba con una mujer y a esta la deseaba con una fiereza que no era propia de él.
La tomó de su rostro y la acercó para besarla.
Sabía fresco, a menta. Sus labios eran tan suaves y carnosos como había imaginado.
Se estremeció como un adolescente cuando ella lo abrazó y acarició su espalda.
Decidió profundizar en el beso y el cuerpo de Lorelai se pegó al suyo.
Su piel, porque la toalla había desaparecido y sus pechos erectos ya rozaban su torso.
En un momento, la tomó en brazos y ella jadeó. La depositó en la cama y se la quedó mirando, mientras ella alzó las manos.
—Ven a mí, Mack. Hazme el amor —susurró.
Él se bajó los pantalones y ella lo miró, con una sonrisa de anticipación.
Hacía mucho tiempo que nadie lo miraba con tanto deseo.
Se acostó a su lado y acarició su piel con suavidad, pero produjo el efecto que deseaba.
Ella se retorció de placer y pasó una de sus piernas entre las suyas, rozando su dureza.
—Si te pido algo rápido, ¿querrías?
—Mmm, seguramente no —dijo él en su cuello—. ¿Por qué precipitarnos?
Mack mordisqueó su piel y ella soltó un jadeo contenido.
Se frotó contra él y tuvo que hacer un esfuerzo por no acabar.
Pero deseaba probarla, así que bajó por su vientre hasta alcanzar su humedad.
Ella se abrió de piernas para él y aprovechó para lamerla a conciencia, recorrer sus labios y mordisquear su abultado clítoris, hasta que ella se dejó llevar y alcanzó el clímax en su boca.
No había durado mucho, pero suponía que estaba tan caliente como él.
Subió escalando sus curvas, dejando besos por todas partes y ella lo miró con picardía.
—¿Se te da bien todo?
—Hay cosas que, si la compañía es adecuada, se me dan mejor.
Ella sonrió y le instó a que se introdujera en ella.
—Estoy limpia y tomo pastillas, doctorcito. Entra en mí.
Él sonrió y lo hizo. La sensación de estar en ella le tocó muy adentro. Sentir su cuerpo bajo el de él, le puso frenético y comenzó a moverse deprisa, necesitado. Ella aguantó el gemido y él la besó, moviendo su lengua mientras arremetía más duro de lo que solía. Era como…
Ella jadeó y le susurró al oído que se iba a correr y eso hizo que él no pudiera aguantar más. Gruñó al irse y ella lo agarró con sus piernas. Cuando acabaron, ambos jadeaban agitados. Él fue a retirarse, pero ella seguía agarrándolo.
—Déjame un segundo disfrutar de tu tacto, Mack —dijo ella. Y él, aunque extrañado, aceptó.
Sus pechos todavía respiraban juntos, palpitantes y el roce de sus duros pezones sería algo que recordaría en sus sueños más calientes. Le dio un beso en el cuello y salió, porque si no, volvería a endurecerse. Se recostó junto a ella. Lorelai se giró hacia él.
—Ha sido impresionante.
—Deberías ir a tu cama por… si acaso.
—¿Ya me echas? —dijo ella molesta. Él puso la mano sobre su brazo.
—No, pero no quiero que Fran se sienta confuso.
—Ahora me iré —contestó ella desperezándose. Él no pudo evitar acariciarla de nuevo. Le fascinaba la suavidad de su piel—. Eres un buen hombre, además de ser muy atractivo, pero sé lo que hay. No te preocupes.
Él le dio un beso en el hombro, y ella se levantó y se fue.
Se echó boca arriba, pensando que había sido una de las mejores experiencias sexuales de su vida.
O podría ser que hacía mucho tiempo que no lo hacía.
Sí. Sería eso. Sin duda. Cerró los ojos, relajado, solo tapándose con la sábana, y se quedó dormido cuando alguien lo despertó bruscamente.
Abrió los ojos. Era ella.
—Vístete, me han llamado del hospital.
—Voy.
Se levantó deprisa y miró el reloj. Las cuatro de la mañana. Salieron rápido, caminando, llegaban antes.
—¿Qué ha pasado?
—Una arritmia, pero la doctora de guardia ha dicho que mejor si lo veías. ¿Estás bien?
—Sí.
Ambos permanecieron callados mientras caminaban hacia el hospital.
Fueron directamente a la UCI, se cambiaron y entraron a ver al niño.
Respiraba agitado. Mack lo examinó y pidió un ecógrafo.
Pudieron ver que el corazón latía bien, pero muy deprisa.
Estuvieron hasta las siete revisándolo, ajustando la medicación hasta que, por fin, se estabilizó. Respiraron aliviados al salir.
Troy se acercó a ellos para invitarles a un café. Los tres caminaron hacia allá.
—Formáis un equipo estupendo —dijo él y Mack desvió la vista. No se imaginaba qué bien encajaban.
—El niño saldrá adelante —contestó Lorelai más por convencimiento y fe que por hechos médicos, pero Mack estaba de acuerdo.
—La primera noche es complicada, pero la ha pasado y es un logro.
—Oye, Mack, ¿es posible que puedas quedarte un día más? —pidió Troy. Puedo buscarte un hotel si quieres.
—Está bien en mi casa —dijo ella enseguida. Mack la miró, con duda, pero asintió.
—De todas formas, no me moveré de la UCI en todo el día. No tengo otra cosa que hacer.
—Comer y descansar —protestó Lorelai—, un cirujano cansado no es preciso.
Troy los miró a ambos. —Lorelai tiene razón. No digo que no vigiles al chico, pero tómate un descanso de vez en cuando.
—Está bien.
—Y aprovechándonos de tu presencia, me gustaría consultarte un par de casos, si no te parece mal. ¿Vienes a mi despacho?
—No ha desayunado, Troy. Y yo tampoco. Después te lo mando.
El director sonrió y se levantó para marcharse.
—Eres bastante…
—¿Mandona? Sí. Pero me da que te ibas a pasar el día entre Tim y el director y ni siquiera comerías. ¿Qué te gusta desayunar, dulce o salado?
—Prefiero salado.
—Pues quédate aquí que te lo traigo.
Lo hizo. Puede que la dejara solo por observarla caminar hacia la barra del bar, o verla sonreír y hablar con el personal.
O porque hacía tiempo que no sentía algo así, que alguien le prestaba ese tipo de atención.
Ella volvió al poco con una bandeja llena de comida.
Huevos revueltos, beicon y dos cafés solos.
—Estoy hambrienta. De verdad que sí. Mucho ejercicio nocturno.
Él se atragantó con el café y ella soltó una carcajada.
—¿En serio?
—Ay, doctorcito, no seas tan formal. Creo que te gustó hacer ejercicio, tanto como a mí. No hay nada de malo en eso. Ambos somos adultos.
—Ya, pero no voy comentándolo —protestó él.
—¿Y quién nos escucha? —preguntó mirando alrededor. Estaban lejos de todos—. Nadie. Si… si te quedas esta noche, quizá quieras conocer mi cama esta vez.
—Lorelai… esto es…
—Si no quieres, no pasa nada. De verdad.
—Claro que sí —dijo él deprisa. Ella sonrió.
—Come y coge fuerzas, hombre. Yo tengo consulta.
Se llevó un bollo y el café y lo dejó comiendo. Sí, era cierto, estaba hambriento de verdad. Lo acabó todo y después, se fue al despacho del director con ganas de quitarse su piel de la cabeza. Su piel. Su tacto. Su sabor. Por Dios, estaba demasiado afectado.