No me gusta el caos (hasta que llegaste tú) (Familia Cresswell-Donovan 2) Capítulo 2. Ay, diosito
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Capítulo 2. Ay, diosito

Lorelai

Por el amor de Dios y de la Virgen de Guadalupe.

No iba a volver a entrar a su baño sin recordar sus gemidos.

Nunca se había puesto tan caliente por alguien y tan de repente, hasta mostrarse descarada.

Nadie le había interesado así y, cuando había vuelto para disculparse, había escuchado un leve gemido en el baño y tuvo que marcharse deprisa.

Fue a preparar el quirófano. La enfermera, Alexa, le preguntó si estaba bien.

—Estoy nerviosa por Tim, nada más.

—Ese cirujano es muy bueno, ¿no? He oído sobre él.

—Lo es.

Y estaba bueno. Alto, de cabellos rubios, rostro regular y por lo que había podido notar, bien… dotado.

Suspiró de nuevo y negó. Hasta mirarle se le iba a hacer difícil. Pero ella era una profesional.

Alexa se fue al banco de sangre y ella suspiró otra vez.

—Ay mi diosito…

Había pasado a ver a sus padres, que rezaban de la mano y luego se llevó al niño que estaba muy tranquilo.

—No se preocupe, doctora, que ese médico es muy bueno.

El director del hospital nos lo ha dicho.

Confío en él —dijo con una leve sonrisa que le encogió el corazón.

¿Por qué niños tan dulces estaban tan graves?

Se acordó de su marido. Tampoco se merecía morir y había estado durante meses muy mal, pero por su hijo, volvió a ser la que era, a demostrar alegría y altas vibraciones, como decía su abuelita, para que Fran no sufriera.

Se puso su gorro de flores de quirófano y entró para acompañar a Tim, que casi estaba dormido.

Él le sonrió y luego cerró los ojos. Comprobó dos veces todo el material.

Iban a grabar la intervención, por sugerencia de Troy.

Si salía bien, la publicarían. Si salía mal… No. No quería pensar que eso sucedería.

Mack entró y la saludó brevemente. Sabía por Troy que le gustaba escuchar música clásica cuando operaba, así que indicó a una de las enfermeras que la pusiera. Él la miró e hizo un gesto con la cabeza de asentimiento.

Y comenzaron.

Verlo operar, incluso aunque ella no fuera cirujana, era como ver a un director de orquesta.

Comedido, apasionado cuando era necesario, ordenado, perfeccionista, muy perfeccionista, y delicado.

Ella lo asistió cuando lo necesitó y disfrutó enormemente de ver sus manos tan grandes trabajar en algo tan pequeño.

Pero lo más importante era que cuando cerraron el pecho del niño, él dijo que las posibilidades de supervivencia eran enormes. Lo hubiera abrazado.

Salieron del quirófano después de casi cuatro horas. Troy se acercó a ellos cuando estaban lavándose.

—¿Cómo ha ido, Mack? He visto algo, aunque me llamaron por teléfono por algo urgente y tuve que atenderlo.

—Diría que bien, pero ya sabes. Nunca se puede dar un cien por cien. Sin embargo, hay muchas posibilidades de que el niño siga adelante. Tal vez cuando crezca, digamos en unos cinco años, necesite otra operación, pero aguantará.

—Le has dado cinco años que no tenía, doctor —dijo Lorelai con lágrimas en los ojos. Él la miró, confundido y asintió—. Vamos a comunicárselo a sus padres, estarán muy nerviosos.

—Está bien, pero habla tú.

—Desde luego que no. El mérito es tuyo —contestó ella tomándolo del brazo. Mack miró a Troy que les sonrió a ambos.

Salieron a la pequeña salita de espera que había delante de los quirófanos.

Puesto que Lorelai sonreía, los padres comprendieron que todo había ido bien y se echaron en brazos de ambos, llorando.

A ella le costó un buen rato calmarlos y Mack les comentó que había salido bien, pero que las primeras doce horas serían cruciales así que estaría en la UCI por si tenían que intervenir.

—Ay, doctor, ¿se quedará para vigilar a nuestro niño? No somos ricos, pero podríamos…

—Por favor. Eso no es necesario —dijo Mack incómodo—. Ya pensaba quedarme.

Dejaron a los padres y fueron al despacho de Lorelai. Él miró el baño de reojo, algo tenso, pero no dijo nada.

—¿Quieres un café? Tengo que pasar consulta esta tarde, así que no puedo hacerte compañía. Te vas a quedar, ¿no?

—Sí, claro. No voy a dejar al niño, así como así. Imagino que habrá camas para los médicos de guardia.

—O puedes venir a mi casa. Vivo en esta misma calle. Estaríamos a cinco minutos.

—No sé. Creo que es mejor que me quede aquí para estar más cerca.

—Las camas de guardia son odiosas y deberías compartirlas con dos o tres médicos y enfermeros. Yo te ofrezco una cama blandita para ti solo. Es la que usa mi familia cuando viene a verme.

—No sé, Lorelai.

Troy apareció y le dio una palmada en la espalda.

—Ha venido mi marido, vamos a charlar un rato. ¿Te quedas a dormir en el hospital o te reservo una habitación? Aunque el hotel más cercano queda algo lejos.

—Por eso le ofrecí mi habitación de invitados, Troy. Estamos a cinco minutos.

—Ah, buena idea. Gracias, Lorelai. Es cierto, mejor si vas allí porque las camas de aquí dejan mucho que desear y sé que deberíamos adecentarlas, pero no es que el hospital tenga un gran presupuesto.

Se marcharon los dos hablando. Él no le había dicho si sí o si no y la verdad, tenía dudas sobre aceptarlo. Sobre todo, después del episodio del baño. Suspiró y, aunque estaba cansada, se fue a la consulta. Los niños debían ser atendidos.

Después de dos horas, antes de recoger a Fran de la guardería para el personal del hospital, buscó a Mack, pero no lo encontró, así que se acercó a ver a Tim. La enfermera que lo cuidaba le había ido informando y sabía que seguía estable.

Cuando fue hacia la UCI, lo encontró allí, de pie, mirando al niño. Los padres estaban en la salita, no podían estar constantemente allí. Ella se puso a su lado.

—¿Llevas aquí todo el tiempo?

Él pareció sobresaltarse. Se giró y asintió.

—Parece que va bien. No ha tenido ni un problema, según el monitor.

—Eres un cirujano increíble.

—Tú conseguiste un gran diagnóstico temprano. Sin él, el niño hubiera muerto.

Ella puso la mano en el brazo.

—Gracias. Deberíamos ir a descansar. La enfermera y la doctora de guardia tienen mi teléfono. Me avisarán. No es bueno que estés toda la noche despierto… si hubiera que intervenir de nuevo.

—Sí, cierto. Pero puedo quedarme aquí.

—No, de eso nada. Te prometo que no… ya sabes.

Él la miró serio.

—No ha pasado nada. Está todo olvidado. Está bien. Lo cierto es que prefiero una cama de verdad.

—Entonces vamos a recoger a mi hijo y a casa. Tengo lasaña casera, no congelada. Mi prima está pasando unos días en casa y le encanta cocinar.

—¿Pero no decías que la habitación estaba libre?

—Dormirá con Fran. No es problema, ya la llamé para que cambiara las sábanas.

—De acuerdo.

Pasaron a buscar a su hijo que se abrazó a su mami y miró con curiosidad al doctor.

—¿Te acuerdas del doctor Mack? Como vive fuera de la ciudad, vamos a dejarle la habitación de Priscilla y ella dormirá contigo.

—Vale. ¿Sabes contar historias? ¿Jugar al ajedrez?

—No y sí.

—Fran, el doctor tiene que descansar, ha operado a Tim y está recuperándose. Debemos estar atentos por si tenemos que volver al hospital.

—Ah, vale —dijo él algo triste.

—Una partida de ajedrez antes de cenar no estaría mal —comento Mack. Ella le sonrió y el niño saltó de alegría. Lorelai jugaba de vez en cuando, pero no era rival para su hijo.

Llegaron a la casa y dejó que se instalara.

Le ofreció ducharse, pero él prefirió justo antes de dormir, como parecía ser su costumbre, así que Fran comenzó a preparar el tablero.

Priscilla, que acababa de cumplir los dieciocho abrió los ojos como platos al ver al atractivo doctor y Lorelai se la llevó a la cocina.

—Escucha, primita, no molestes al doctor.

—Quieres decir que es para ti —susurró ella con una risa.

—No seas boba. Es un colega que nos ha hecho el favor de operar a un niño de gravedad. Y puesto que vivimos al lado del hospital… lo acogí. Nada más.

—Está bien. Pero es una lástima, está buenísimo.

Lorelai alzo una ceja y ella levantó las manos al cielo, impaciente.

—Prepara una ensalada, niña.

Se fue al salón donde ambos ya estaban concentrados en la partida. Fran unía sus labios pensativo y Mack parecía también estar buscando jugadas. Le puso una cerveza en la mano. Él dio un trago.

—Tiene alcohol. No suelo beber.

—Ay, disculpa. Es verdad, me la llevaré y te traeré otra.

La tomó de su mano y rozó la suya. Un escalofrío la recorrió y él la miró a los ojos. Qué raro e incómodo iba a ser esto. Él soltó la botella y le trajo una cero alcohol. La dejó sobre la mesa.

La cena fue acaparada por el intenso parloteo de su hijo. Estaba emocionado porque casi había ganado a Mack y normalmente ganaba a todo el mundo. Quería la revancha e incluso sacó alguna sonrisa al doctor.

—¿Cuándo aprendiste a jugar así? —preguntó Lorelai.

—De pequeño, con mi padre. Le encantaba y a ninguno de mis hermanos le gustaba, así que yo solía jugar con él. Mi hermana Bella también es una buena rival, pero acabaron gustándole otras cosas.

—Ya, muñecas, ¿no? —dijo Fran. Él negó.

—La verdad es que no. Ella solo quería ir a la empresa de mi madre para aprender desde muy pequeña. Como una versión mini de mi madre, la ejecutiva de la casa.

Lorelai se echó a reír y él sonrió. Se notaba que quería mucho a su familia.

—Mis hermanos también son tremendos. El mayor tiene un rancho de caballos y es de los que se pone a dormir al aire libre sin problemas. El segundo es artista. Aunque lamentablemente no puede vivir de sus cuadros.

—Mi hermanastro Jacob también es pintor, aunque ahora trabaja en una galería de arte. Tal vez pueda enviarle alguna fotografía. Le gusta descubrir autores nuevos.

—Eso sería maravilloso, Mack. Le enviaré un mensaje. Gracias.

Se retiraron después de cenar. Notó al doctor cansado y como sabía que se quería duchar, llamó a la puerta para darle una toalla.

Llevaba solo el pantalón y se le hizo la boca agua al ver su torso.

Era atlético, sin exagerar, de hombros anchos y, aunque no tenía los músculos tan marcados como los de la gente del gimnasio, se le revolvió el cuerpo al verlo.

—Te… he traído unas toallas limpias, Mack. Disculpa.

—No, está bien. Gracias.

Las dejó encima de la cama y se fue corriendo de la habitación, agitada. ¿Por qué ese hombre le estaba afectando tanto?

Escuchó la ducha y pensó que le encantaría meterse con él. Sofocada, fue a la cocina a por agua. Su prima estaba también buscando un vaso de agua.

—Fran está dormido. ¿Estás bien? ¿Tienes fiebre?

—No. Todo bien. Es que… diosito, entré en la habitación para darle una toalla y no tenía puesta la camiseta.

Priscilla se echó a reír.

—Nuestra habitación está al otro lado de la casa. No escucharemos nada si le haces una visita nocturna.

—Ay, no debo, cariño. Él…

—Él se irá y, sin embargo, habrás pasado un buen rato. ¿O está casado?

—No, no lo está. Soltero.

—¿Entonces?

—Es un colega, Prisci.

—Y te mira con ganas, Lori. Prueba y pásalo bien, prima. Que ya te lo mereces.

—No sé. Me voy a la cama.

Su prima se echó a dormir y puesto que el baño estaba libre, se fue a la ducha y aprovecharía para depilarse. Podría… intentarlo, quizá, aunque no debiera. Igual él pensaría que era una acosadora. Pero sus dormitorios estaban al lado y es cierto, su hijo no se iba a enterar. Tenía ganas y… ¡mierda!

Salió de la ducha y rodeó su cuerpo con la toalla.

Hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre excepto algún polvo rápido que no le llenaba.

Necesitaba que alguien le hiciera el amor, despacio, durante un buen rato.

Gimió al pensar en ello. Sin vestirse, salió del baño con la toalla.

Mack abrió la puerta solo con el pantalón de pijama y al verla, dio un paso atrás.

Ella se decidió. Entró en su habitación.

Si él no quería, se iría, pero tenía la sensación de que sí la deseaba. Esperaba no equivocarse.