No me gusta el caos (hasta que llegaste tú) (Familia Cresswell-Donovan 2)
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Capítulo 1. Y pensaba que todo era imposible
Mack
Dejó a su familia en los Hamptons porque había surgido una urgencia de su especialidad, la cirugía cardíaca pediátrica. Se fue preocupado, pero intentaría llegar a la boda de su hermana Bella.
Un amigo suyo y compañero de prácticas, cirujano cardiaco, pero de adultos, trabajaba en el hospital cercano y lo había llamado sabiendo que estaba por la zona de vacaciones.
Cuando aparcó, fue directo a su despacho.
Él lo recibió con un abrazo. Siempre habían sido buenos amigos y, aunque se habían distanciado algo, se alegraron de verse.
—Troy —dijo extendiendo la mano, pero su amigo lo abrazó con afecto.
—Mack, gracias por venir. El chico está grave. Cuando supe que estabas aquí cerca, vi la luz.
—¿De qué se trata?
Le mostró el informe y tras examinar las pruebas, se dio cuenta de que era importante.
—¿Quién tenéis de pediatra? ¿Quién lo ha tratado hasta ahora? Ha hecho un buen trabajo encontrando la lesión.
—Sí, el niño todavía vive gracias a ella. Es la doctora Lorelai Whitacker. Te la presento, ella ha estado muy acertada con el diagnóstico y el pretratamiento, pero ahora mismo hay que operar. No queda otra.
—De acuerdo, vamos.
Caminaron hacia el ala infantil. El hospital era pequeño, pero gracias a los fondos de la gente que vivía en las casas vacacionales, muy funcional.
Cuando entraron en el lugar, solo vio niños sentados en el suelo, buscando algo y un estupendo culo vestido de verde a cuatro patas y estirando el brazo debajo de un armario.
—Doctora Whitacker —llamó su colega, incómodo.
Ese culo dio lugar a un cuerpo lleno de curvas que le cortó el aliento.
La melena oscura, ligeramente cobriza estaba sujeta en un moño con un lápiz.
Ella se levantó ágilmente y se volvió con una sonrisa llena de dientes blancos.
Su rostro era ligeramente tostado, armónico y sus ojos enormes y alegres.
Dio un paso hacia ellos y lo miró curiosa.
—El prestigioso doctor Cresswell. ¿Se ha perdido por la zona o tiene una de esas lujosas casas de vacaciones?
—Lorelai… —riñó suavemente su colega.
—Soy Mack —dijo él extendiendo la mano a pesar de todo. Si iban a trabajar juntos, un mínimo de cortesía debería haber.
Ella lo miró y le dio la mano. Era suave y firme. Mack la sostuvo un poco más porque se había perdido en su mirada. Ella sonrió.
—¿Me la devuelves, doctor?
La soltó deprisa y entonces un niño de unos seis o siete años, con una camiseta de Superman, se acercó a él y lo miró con curiosidad.
Se ajustó las gafas, nervioso. Sí, hizo la especialidad de cirugía pediátrica, pero eso no significaba que se sintiese cómodo al tratar con niños.
A la única que soportaba era a su hermanita.
—¿Quién es este señor?
—Es un doctor, Fran. Ve a jugar.
—Vale, mami.
—¿Vamos a mi despacho para hablar del caso? —dijo ella y se dirigió hacia el pasillo.
—Te dejo con la doctora, Mack. Luego te invito a comer.
Mack siguió a esas caderas que se bamboleaban sin ninguna intención, o eso creía, hasta que decidió dar un paso y ponerse a su altura. Ella le llegaba un poco más arriba del hombro, pero caminaba con una presencia increíble.
—Le agradezco que haya suspendido sus vacaciones y dejado a su familia o amigos, doctor.
—Solo Mack. He venido para la boda de mi hermana, pero será en unos días.
—¡Qué bonito! Una boda siempre es alegría. La mía fue preciosa, alegre, con muchos bailes y dulces.
No contestó. Claro, una mujer así estaría casada. No es que le interesase, desde luego, pero tenía algo. Abrió la puerta de un atestado despacho lleno de dibujos de niños en papel. En su mesa, había como seis o siete libros médicos y carpetas revueltas.
—Estaba buscando soluciones. Es un niño de cinco años, con una cardiopatía muy extraña. Te enseño las pruebas médicas, aunque imagino que Troy te habrá mostrado el informe preliminar.
Ella ordenó ligeramente la mesa y él miró alrededor, buscando un lugar donde colocarse.
Su despacho en el hospital estaba organizado hasta el milímetro.
Este lugar comenzaba a darle algo de ansiedad.
Acabó por apoyarse en la pared mientras ella buscaba el expediente y le señalaba una silla donde había una bolsa que quitó con rapidez.
Mack se sentó y durante un buen rato, estuvo leyendo concentrado los detalles. Su voz le sacó de la lectura.
—¿Un café?
—Mmm, sí, por favor —contestó sin mirar.
Al poco, una taza de colores apareció debajo de su nariz y la tomó sin mirar. Las pruebas eran concluyentes y todo el informe estaba muy bien planteado. Tomó un sorbo y casi le dieron ganas de escupir el café. Levantó la vista, molesto. Ella lo miró, medio sonriendo.
—¿Lleva azúcar? —preguntó escandalizado.
—Sí, como me gusta a mí. No me dijiste si querías o no, a pesar de que te pregunté.
—Estaba leyendo —contestó dándole la taza. Ella se encogió de hombros y se bebió el café. De su taza. La miró asombrado. Sus labios gruesos le ponían nervioso. Volvió al expediente—. ¿Quién lo hizo? Es muy completo.
—Yo lo hice. Y gracias. Entonces, ¿ves factible la operación?
—Del todo. Esta misma tarde, si el niño está preparado.
—Tenía la esperanza de que pudiera ser, así que sí. A las cinco puedes operar.
Se levantó y dejó el expediente y antes de que pudiera apartarla, ella lo abrazó. Sus pechos se clavaron en el suyo y comprobó alarmado que tenía una ligera erección. Se apartó más brusco de lo que debía, porque no deseaba que notase nada.
—Disculpa. No debía, eso ha estado mal. Es que llevamos mucho tiempo tratando al niño e intentando que algún cirujano especializado en este tipo de dolencia se desplazase hasta aquí.
—No pasa nada —contestó nervioso.
—Vamos, te mostraré el lugar y luego vamos a ver a Tim.
Caminó junto a ella, todavía molesto y extrañado consigo mismo.
Sí, había salido con otras mujeres. La última, Sadie, una doctora de su hospital, especializada en cirugía bariátrica.
Compartieron cama y muchas charlas, casi todas temáticas sobre su profesión.
A los cinco meses, ella se fue a Los Ángeles y él se quedó.
Fue algo rápido e indoloro. Supuso que no la quería.
—Entonces, ¿de boda?
—Ah, sí, mi hermana se casa en unos días. Hacía mucho que no tomaba vacaciones y fue una buena excusa.
Ella se paró de repente y lo tomó de los brazos. ¿Por qué lo tocaba tanto?
—¡Cuánto lo siento! ¡He interrumpido tus vacaciones!
—No te preocupes. Estar en mi casa con mis hermanos es una locura.
—Así que de familia numerosa. Yo tengo dos hermanos varones y viven en Alabama.
—Estás lejos entonces.
—Cuando me casé nos mudamos aquí por su trabajo. Yo justo había acabado mi residencia y no me importó. Luego nació mi hijo, después murió mi marido y ya me quedé. Es un lugar bonito y tranquilo para vivir.
—Lo siento. ¿Hace mucho…?
—Tres años. Fran no lo recuerda demasiado, pero suelo ponerle vídeos. ¿Estás casado?
—No, supongo que no he encontrado a la mujer adecuada.
—Me da que tus exigencias son altas —dijo sonriendo. Él también.
—Es posible.
Le mostró el quirófano, la sala de recuperación y finalmente fueron a ver a Tim, el paciente. Era un niño delgado y pálido que abultaba muy poco en la cama. Sus padres estaban junto a él. El padre le leía un cuento y cuando entraron, se levantaron rápido.
—Señores Jhonston, el doctor Cresswell. Es una eminencia en cirugía cardíaca infantil y hemos tenido muchísima suerte de que estuviera de vacaciones cerca.
La madre se echó en sus brazos y el padre lo abrazó. Se sintió un poco incómodo y la doctora debió de notarlo, porque los apartó con suavidad.
—Vamos, el doctor debe examinar a Tim. Salid un momento, por favor.
Ellos asintieron y Lorelai le dio su estetoscopio. Abrió el pijama del niño y él lo miró preocupado.
—Hola, Tim. Vamos a mirarte, ¿de acuerdo? —dijo ella y el niño aceptó, bajándose la sábana. La monitorización había dejado alguna suave marca en la delicada piel. El niño lo miró.
—Señor doctor, si me muero no pasa nada, porque iré al cielo, pero mi mamá lloraría mucho.
Mack tragó saliva y asintió. —Haré lo posible entonces para que tu mamá no llore.
Él sonrió y se dejó hacer. Estaba monitorizado y con oxígeno.
Escuchó la anomalía cardiaca. Le bastaba ese sonido para saber que algo iba muy mal y que era necesaria la operación o, sin duda, su madre lloraría amargamente.
Miró a la doctora y asintió. Con eso y con las pruebas tenía suficiente.
Ella mandó preparar todo y se despidieron de la familia hasta la tarde.
Mack pensó que volverían al despacho, pero ella lo llevó a la cafetería.
—Al menos te invito a un café sin azúcar. ¿Quieres algo de comer? Hay dulce y salado.
—No suelo comer mucho antes de una operación, pero acepto el café.
Le indicó una mesa y se sentó. El ambiente era el de un hospital pequeño, más tranquilo y agradable. Regresó con dos cafés y una sonrisa y aceptó el suyo. Esta vez sí sabía a café.
—¿No eres muy joven para ser un cirujano con tanta experiencia?
—Empecé pronto —dijo encogiéndome de hombros. Ella asintió.
—Cierto. Troy me dijo que siempre habías sido un caso excepcional. Un superdotado.
—No es para tanto. Solo estudié más que otros.
—Dotado o no, me alegro de que estuvieras por aquí.
Le contó detalles sobre el hospital y sin poderlo evitar, se quedó fascinado escuchándola. Su energía era enorme, tanto que pasó el rato sin darse cuenta. A ratos, se concentraba en sus labios moviéndose y tenía que desviar la vista porque se los imaginaba en los suyos y eso… eso estaba muy mal.
Troy apareció para invitarlo a comer y se despidió de la doctora hasta la tarde. Acudieron a un restaurante cercano, pero incluso aunque la carta era apetitosa, él pidió una ensalada.
—¿Y eso?
—No suelo comer mucho antes de una operación.
—Ah, sí, cierto. Este es un lugar agradable para vivir, pero ya lo conoces, llevas viniendo todos los veranos de tu vida.
—¿Estás queriéndome decir algo?
—Bueno, solo que, si algún día quieres trasladarte a un sitio más tranquilo, te haríamos sitio al instante. El director es mi marido, ya lo sabes, pero no solo por eso, sino porque eres el mejor. Claro que, entiendo que no quieras venir a un hospital pequeño.
—No me he planteado dejar mi departamento, la verdad.
—Claro, normal.
Se pusieron al día y Mack se preguntó por qué habían dejado la relación de amistad.
Troy era algo mayor que él, rozaba los cuarenta, pero siempre se habían llevado muy bien.
Era ordenado, trabajador y sincero. Miraron la hora y lo acompañó al despacho de la doctora.
Su amigo tenía consulta. Llamó a la puerta, pero nadie contestó.
Quería comprobar un dato del análisis, así que supuso que ella no estaba.
Abrió la puerta y la vio. Estaba cambiándose y todavía llevaba su ropa interior.
Su cuerpo lleno de apetitosas curvas asaltó sus sentidos.
Ella lo miró, sorprendida. Mack dio un paso atrás, tropezó con algo en el suelo y se cayó de culo, golpeándose la cabeza con la puerta.
Ella fue corriendo a ayudarlo, y él solo pudo mirar esos pechos redondos de color caramelo justo en sus narices.
—Ay, Dios santo —exclamó, y colocó una rodilla entre sus piernas para examinarle la nuca, con lo que sus pechos quedaron cerca de su boca. Claro, su erección se disparó y ¡joder!, ahí estaba su muslo.
Ella se dio cuenta del movimiento. Lo miró. Mack a ella también. Sonrió y se sentó en su muslo. Sintió su trasero cálido y todavía se endureció más. Respiró agitado, sin saber qué hacer. Se sentía como un adolescente pillado in fraganti.
—Lo siento, Mack. Al menos no sangras —dijo mordiéndose el labio. Seguía sentada en su muslo y el calor traspasaba sus pantalones. Y eso, sin mover la rodilla de su entrepierna que se movía libre. Carraspeó.
—Deberías… levantarte.
—Es que… la verdad. Me gusta estar aquí.
Se inclinó para cerrar la puerta de un manotazo y sus pechos rozaron su cara.
—Lorelai, no… no…
—¿No me deseas? Diría que sí —dijo moviendo su rodilla contra su erección.
—No está bien. Eres una mujer muy deseable, de eso no cabe duda, pero no está bien —repitió más para él que para ella—. Estamos en el hospital, vamos a operar juntos. Acabamos de conocernos.
Se le acababan las razones. Ella se acercó a él y notó su delicioso olor a fresas. Su nariz recorrió su rostro y le dio un suave beso en los labios.
—Es una lástima, doctor. No creas que me echo encima de cualquier hombre, pero hace meses que no… y ganas no me faltan. Pero lo entiendo. Seguramente no soy tu tipo.
Mack pasó la mano por la suave piel de su cintura, acariciando su espalda y ella jadeó.
—No estaría tan excitado si no fueras mi tipo, Lorelai, pero no es correcto. Levanta, por favor.
Ella lo hizo, muy despacio y se vistió, seria. Consiguió levantarse y recolocar su erección como pudo. Ella parecía avergonzada cuando lo miró.
—Lo siento. He sido muy… demasiado directa. Yo no suelo hacer esto con cualquiera, ¿sabes?
—Puedes hacer y ser lo que quieras. Solo que no lo veo adecuado aquí.
—Claro. Tienes razón.
Terminó de vestirse y se marchó —supuso— para preparar todo .
Mack seguía con una erección tremenda y su olor metido en la piel.
Lo malo, que no conseguía que se bajase.
Ella le había enseñado su baño pequeño y decidió entrar.
Cerró la puerta y se puso frente al lavabo.
O lo hacía o iba a estar distraído toda la operación. Eso sí que no lo iba a tolerar.
Sacó su erección y la movió deprisa. Su mano acariciaba la dureza, pensando en sus pechos, en sus gruesos labios que podrían estar rodeándola, chupándosela y se dejó ir enseguida, jadeando.
No estaba molesto porque ella hubiera querido sexo con él, sino por su excesiva reacción.
Limpió todo y se lavó las manos. Cuando salió, la puerta del despacho seguía abierta, pero se sentó en la silla y volvió al expediente. Sería lo mejor.
Al poco, ella volvió a buscarlo. Le dio un pijama de cirujano y sin mirarlo, caminaron hacia el quirófano.
El niño ya estaba preparado. Saludó a todos los miembros del equipo, desde el anestesista hasta las enfermeras y otros doctores y doctoras que asistirían para aprender.
Iba a ser una operación larga y complicada, pero al menos, su mente ya estaba fría.
Las constantes eran correctas y él solo pensó en lo más importante. Salvar a ese niño. Salvar a Tim.
Comenzaron.