No me dejes ir CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

Todo parece un cuento de hadas. El invierno nevado.

Las largas noches envuelta en los brazos de Dylan.

La niña que crece dentro de mí: estamos deseando conocerla.

Me aterroriza que haya trampa en alguna parte.

Una felicidad así no llega sin más. Tengo tanto miedo de gafarlo que me quedo callada incluso cuando amigos y familiares me preguntan cómo van las cosas.

Nos escapamos unos días a una estación de esquí en la montaña. Dylan bajaba las pistas mientras yo lo observaba desde la cafetería, acurrucada con una taza de té caliente, en completa paz.

Fue incluso mejor de lo que había imaginado, y dos meses pasaron volando. Entonces llegó el final del invierno y Dylan tuvo que irse una semana por trabajo.

Soy un desastre sin él. Me he acostumbrado a dormirme con su mano apoyada en mi vientre.

Acostumbrada a sus besos matutinos antes de que salga corriendo al trabajo.

Acostumbrada a nuestros paseos al atardecer y a las cenas en casa o en pequeños restaurantes acogedores.

Echo de menos su sonrisa tranquila y cómo está siempre pendiente de cómo me encuentro.

—¿Me echas de menos?

Unos brazos cálidos me rodean la cintura por detrás. Doy un respingo: ni siquiera oí abrirse la puerta.

—¡Se suponía que no volvías hasta pasado mañana!

Arqueo las cejas mientras me giro para mirarlo. Intento pegarme a él, pero mi barriga se interpone y su sonrisa se ensancha.

—¿No te alegras de verme? ¿O tienes escondido a ese vecino tuyo en el armario? ¿El que siempre anda merodeando?

Alza una ceja, medio en broma, medio en serio. Pongo los ojos en blanco.

Él y Max nunca llegaron a congeniar. Si Max me mira cuando Dylan no está cerca, o se me acerca en la calle, Dylan se pone en modo cavernícola posesivo, exigiendo saber qué quiere «ese tipo».

Max, por su parte, sigue convencido de que Dylan me maltrata.

Cada vez que nos cruzamos en el pasillo, me estudia la cara y su mirada se desliza hacia mis muñecas como si buscara moratones.

—Para ya. Max es buen tío. De hecho, me ayudó a subir la compra mientras estabas fuera.

—Para eso tienes chófer, Ashley —dice, tensando la mandíbula—. En fin, olvídalo. Te he echado muchísimo de menos.

—Tú empezaste —susurro, acercándome a él.

Su aroma familiar me envuelve: cedro y aire invernal. Le froto la nariz contra la barba incipiente, le rozo los labios con los míos y lo agarro de los hombros, atrayéndolo hacia mí.

El timbre suena y rompe el momento.

Dylan se aparta. Se le oscurece la mirada.

—Si es tu precioso vecino, te juro por Dios que voy a ser muy persuasivo cuando le pida que deje de rondar a mi mujer —gruñe.

—Dylan —digo con una mirada elocuente, siguiéndolo al pasillo.

Cruzo los brazos, me apoyo en la pared y sonrío mirándole la espalda. Son como dos mulas tercas. La verdad, seguro que serían grandes amigos si alguna vez lo intentaran. Ninguno de los dos tiene a nadie con quien tomarse una cerveza después del trabajo.

Dylan abre la puerta de un tirón. Me preparo para separar un enfrentamiento cargado de testosterona, pero en su lugar, un torbellino de pelo rojo irrumpe en el apartamento y se le echa al cuello, sollozando.

—Dylan, me duele tanto… Dylan —llora Karina, apretándose contra él.

La indignación me recorre entera. ¿Qué demonios hace ella aquí?

—¿Papi? —uno de los gemelos corre hacia él y se agarra a su pantalón.

—Es Dyl-an —lo corrige el otro con seriedad.

No puedo respirar. Karina. Cualquiera menos ella. Observo a Dylan atentamente, rezando para que la aparte, que la eche y la mantenga fuera de nuestra frágil burbuja. En cambio, me lanza una mirada de disculpa y desamparo y le rodea la cintura con un brazo.

La rabia estalla dentro de mí, ardiente e inmediata.

—Cálmate, Karina. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás aquí? ¿Dónde está Theo?

—¡No digas su nombre! —grita, apartándose de él como si la hubiera quemado.

Saca un paquete de toallitas húmedas del bolso y se limpia el rímel corrido. Dylan sale al rellano y arrastra dos enormes maletas al interior. Me mira, luego a los gemelos, que se han quedado paralizados en el pasillo.

—¿Os vais de vacaciones? —pregunta con ligereza, pero Karina todavía no consigue recomponerse.

—No, yo… necesito quedarme contigo. Solo yo y los gemelos. Hasta que encuentre otro sitio, ¿vale? —dice entre sollozos.

Semejante descaro me hace hervir la sangre.

—Dime qué ha pasado —dice Dylan, más suave ahora.

—Te lo cuento, solo dame un segundo para respirar. Dios, soy idiota —se cubre la cara con las manos y vuelve a deshacerse en lágrimas.

Toda la escena me saca de quicio, especialmente la lástima en los ojos de Dylan cuando la mira. Mis inseguridades vuelven de golpe como una ola gigante. Intento leerle la expresión, captar algo, lo que sea, pero nada. Ni una pista de lo que siente. Sobre ella. Sobre nosotros.

—Ben, Sam, id a jugar al salón. Poned unos dibujos —les dice Dylan a los gemelos.

Luego ayuda a Karina a quitarse el abrigo de piel y lo cuelga en el armario.

—Vamos a la cocina. Puedes contarme qué ha pasado. No se ha muerto nadie, ¿verdad? —pregunta, con un deje de preocupación en la voz.

—Ojalá —murmura Karina.

Por fin se gira y parece reparar en mi presencia por primera vez.

—Ah, hola. Perdona. Todavía no me acostumbro a que Dylan no viva solo.

Por cómo lo dice, parece que soy la asistenta, alguien que está aquí para fregar los suelos y mantener todo ordenado, en lugar de la señora de la casa.

Me quedo de espaldas a la habitación, preparando el té, con todo el cuerpo en tensión como la cuerda de una guitarra. Escucho cada palabra. Cada respiración.

Todo en esta mujer me crispa los nervios: cada suspiro teatral, cada lágrima forzada. Hasta sus hijos me parecen demasiado ruidosos. Dylan les hace carantoñas, sonriendo como si fueran de su propia sangre. Por estúpido y mezquino que suene, estoy celosa de unos críos.

Karina ha asaltado mi fortaleza, ha invadido mi espacio, y estoy convencida de que viene a robarme a mi hombre.

—Entonces, cuéntame qué pasó —dice Dylan con voz cansada, deslizando una taza de café cargado sobre la mesa.

—Theo... —Un sollozo le corta la voz—. Él... —Se cubre el rostro con las manos, cada vez más histérica—. ¡Me engañó! —aúlla.

La taza se me escurre de los dedos entumecidos, cae al suelo y se hace añicos.

Dylan está a mi lado en un instante.

—¿Te has cortado? ¿Estás bien? —Me examina en busca de heridas, con el ceño fruncido—. Quizá deberías acostarte. Esto es demasiado estrés para ti.

Está claro que Karina no sabe con quién la engañó Theo. Si lo supiera, ya me habría arrancado los ojos. Seguro.

Trago saliva con dificultad. Sé por qué Dylan intenta alejarme: para protegerme de las consecuencias, pero no pienso dejarlos solos. Esta vez no.

—Estoy bien.

Fuerzo una sonrisa y retrocedo hasta la encimera. Observo a Dylan agacharse para recoger los fragmentos. La bebé debe notar el subidón de adrenalina porque empieza a dar patadas sin parar. Me acaricio el vientre, intentando calmarla.

Karina sorbe por la nariz y se abanica la cara para salvar lo que queda de su rímel. Se queda callada, esperando que Dylan le preste toda su atención.

—¿Qué te hace pensar que mi hermano te engaña? —vuelve a preguntar Dylan, con la voz tensa mientras tira la porcelana a la basura.

Me lanza una mirada envenenada, dejando claro que soy la intrusa en este momento familiar. Dylan la ignora. Se limita a observarla, esperando.

Karina suspira. Da un sorbo de café con mano temblorosa, le cuesta tragarlo, y luego grazna:

—La vi.

—¿A quién?

—A su... a esa... ¡a esa zorra! Se plantó en nuestra casa. ¿Te lo puedes creer? ¡Menudo morro! ¿Cómo consiguió nuestra dirección? —espeta.

Se me abren los ojos como platos.

Espera. ¿Theo tenía otra mujer además de a mí?

Dios mío, ¿a cuántas mujeres tiene enganchadas? Está claro que con esta calculó mal: no fue tan ingenua como para quedarse escondida. Fue directa a por la esposa.

Dylan y yo cruzamos la mirada. El silencio se extiende entre nosotros, cargado de todo lo que no podemos decir.

—¿Y así, sin más... le creíste? Quizá esté loca. Quizá esté obsesionada con él e intente destrozar vuestro matrimonio —Dylan intenta sonar escéptico, incluso despreocupado, pero ya lo conozco demasiado bien. Noto la tensión en su voz.

Karina, está claro, está demasiado angustiada para darse cuenta.

—Tenía fotos, Dylan. Fotos de ellos en la cama. Con fecha y hora. Ubicaciones. Y yo, como una idiota, me tragué todas las excusas de que estaba agobiado en el trabajo o liado con la nueva fusión —Se le quiebra la voz—. Volvía a casa conmigo... me besaba... y luego...

Vuelve a cubrirse el rostro con las manos.

El silencio en la cocina se vuelve sofocante. Dylan parece atrapado. Es un campo de minas: consolar a la esposa de su hermano mientras está a centímetros de su prometida embarazada, que también fue una de las víctimas de Theo.

Estoy demasiado atónita para hablar. ¿Cómo pude ser tan ciega? No puedo evitar preguntarme: ¿fui la única? ¿Hubo otras? ¿Se quedaron con los bebés, o Theo les pagó para hacer desaparecer el problema?

—¿Has hablado con él? —pregunta Dylan, sentándose a su lado, con el ceño fruncido.

—Le mandé un mensaje. Es más de lo que se merece —espeta mientras se alisa el cabello rojo fuego con mano temblorosa—. Y ni se te ocurra decirle dónde estoy.

—Vale. Entonces, ¿cuál es el plan? —pregunta Dylan con suavidad—. Estás sola con dos niños, sin trabajo. ¿Adónde vas a ir?

—No lo sé —Se le escapa otro sollozo—. No pienso volver con mis padres. No puedo vivir en ese pueblo otra vez: llevo demasiado tiempo en la ciudad. ¿Qué van a hacer los niños allí? ¿Aprender a ordeñar vacas? Y tampoco puedo ir a casa de tus padres, por razones obvias...

Da un golpe con la taza en la mesa. El chasquido seco me hace dar un respingo.

—Voy a pedir el divorcio. Lucharé por el piso. Custodia completa. Todo. Me las va a pagar —Respira hondo, temblorosa, y luego mira a Dylan con las pestañas cargadas de lágrimas—. ¿Podemos quedarnos aquí esta noche? Solo hasta que aclare las cosas.

Dylan no responde de inmediato.

Me mira.

Está esperando.

Mantengo el rostro inexpresivo, paralizada.

Esto es justo lo que siempre quiso, ¿no? Ser el héroe. Tener a Karina y a los gemelos bajo su techo.

¿Me necesitará siquiera? ¿Romperá nuestro compromiso, se olvidará de nuestra bebé y acogerá a la mujer que lleva años amando?

El aire en la cocina es tan denso que cuesta respirar. El tiempo se estira, se ralentiza hasta volverse agónico. Todos estamos al límite: Karina esperando, yo temiendo, y Dylan calculando.

Dylan agarra la taza hasta que se le ponen los nudillos blancos. Mira fijamente el líquido oscuro, en silencio, apretando la mandíbula como si intentara resolver una ecuación compleja en su cabeza.

El corazón me golpea contra las costillas, un ritmo frenético que amenaza con dejarme magullada por dentro.

—Convertimos el cuarto de invitados en habitación infantil —dice Dylan por fin, con la voz ronca—. Así que no puedo meteros ahí. Tú y los gemelos tendréis que usar el sofá cama del salón esta noche.

Hace una pausa y alza la vista hacia ella.

—Mañana le diré a mi asistente que te busque un apartamento con servicios, algo con espacio suficiente para los niños.

Suelto el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.

El alivio me invade, frío y cortante. No es lo ideal, pero sé que Dylan no echaría a una madre y dos niños a la nieve en mitad de la noche. Aunque tampoco la invitó a quedarse indefinidamente.

Aun así, una punzada de resentimiento se cuela. Mi paranoia vuelve a dispararse mientras la observo.

—Gracias, Dylan —susurra Karina, esbozando una sonrisa llorosa y trágica.

Alarga la mano por encima de la mesa y toma las de él, apretándolas con las suyas. Es demasiado íntimo. Demasiado familiar.

Todos mis instintos me gritan que la aparte de él. Que la empuje. Porque este hombre es mío. Mío, y de nadie más.