CAPÍTULO 42 ASHLEY
El tiempo pasa volando. Parece que fue ayer cuando estaba en la puerta de Dylan, convencida de que era Theo, soltándole la bomba de mi embarazo.
Y ahora es Nochevieja. Llevo un anillo de compromiso con un diamante enorme en el dedo, y estoy a punto de casarme con un hombre que no es aquel con el que soñaba hace unos meses.
Dylan reservó mesa en un restaurante para celebrar lejos de su familia, por razones que entiendo perfectamente, aunque ellos se sorprendieron.
—Queremos pasar la Nochevieja a solas —le había espetado al teléfono antes, cortando a su madre, que lleva toda la semana intentando hacerle sentir culpable.
Supongo que debería alegrarme de que me haya elegido a mí, de que haya elegido mi comodidad, mi cordura. Pero lo que siento es culpa, que me carcome por dentro. Odio que siga distanciándose de su familia por mi culpa. Por culpa de Theo.
Estoy hecha un manojo de nervios. Incluso con un maquillaje perfecto y joyas caras, la ansiedad no se calma.
El restaurante estará lleno de desconocidos, y me aterroriza hacer el ridículo.
Debería haber aceptado la invitación de mis padres y haberme ido fuera de la ciudad.
A casa. Al menos así no estaría aquí, al borde de las lágrimas, porque no consigo subirme la cremallera del único vestido de noche que tengo.
—Ashley, ¿estás casi lista? Vamos con retraso.
La puerta se abre tan rápido que doy un respingo al oír la voz de Dylan. Me giro, con los ojos como platos.
Es extraño verlo así, tan distinto de su aspecto rudo de siempre. Lleva un traje negro elegante, una camisa blanca impecable con gemelos. Tiene la barba bien recortada, e incluso el pelo, que suele ir revuelto, está perfectamente peinado.
Nos quedamos mirando el uno al otro, sin apartar la vista. Siento el calor subirme por el cuerpo bajo su mirada; es como si estuviera prendiendo fuego a algo dentro de mí.
—No consigo subir la cremallera. El vestido me queda demasiado pequeño ahora —digo, dejando caer las manos con una sonrisa tensa.
—Déjame intentarlo.
Se coloca detrás de mí. Oigo cómo le cambia la respiración y me estremezco cuando sus dedos fríos me rozan la piel desnuda.
Encuentra la cremallera y la sube sin problemas unos centímetros, y entonces se detiene.
Tira de nuevo, con más fuerza esta vez, pero es inútil.
Está claro que el vestido me queda demasiado ajustado.
—Me estoy poniendo gorda —susurro, soltando por fin lo que lleva días atormentándome.
Tengo las caderas más anchas. Tengo estrías. Tengo las mejillas hinchadas, y la hinchazón matutina es brutal. Dylan está acostumbrado a tener mujeres impecables a su alrededor. No puedo evitar preguntarme si se ha echado atrás porque me estoy convirtiendo en una pelota de playa torpe y tambaleante.
—No digas tonterías —me corta Dylan, empujándome hacia el espejo.
Me rodea la cintura con los brazos y clava los ojos en los míos en el reflejo—. Eres la mujer más hermosa, femenina y deslumbrante que conozco. El embarazo te sienta de maravilla —me besa en el punto sensible del cuello y un delicioso escalofrío me recorre la columna.
—Entonces, ¿por qué ya no me deseas?
Las palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas. No quiero saber la respuesta. Ni siquiera puedo mirarlo a los ojos, así que bajo la vista y cierro los párpados.
—Cariño, ¿de qué estás hablando? —pregunta con voz ronca.
Me da la vuelta para que lo mire de frente, me agarra la barbilla con los dedos y me obliga a alzar la vista.
—Me muero por estar en la cama contigo. Nadie me ha vuelto tan loco como tú me vuelves ahora mismo.
—Entonces, ¿por qué...?
En lugar de responder, apoya su mano grande sobre mi vientre, con expresión seria.
—Acabas de salir del hospital, Ashley. No quiero hacerle daño a la bebé. Deberíamos esperar hasta después del parto.
—Pero faltan casi cuatro meses —susurro, desconcertada. No me imagino durmiendo a su lado todas las noches sin poder tocarlo. Y el miedo sigue ahí: me aterroriza que encuentre a otra. O que quizá ya lo haya hecho.
—No se lo pregunté al médico, así que mejor no nos arriesguemos —dice con frustración, apretando los labios.
—Yo sí —admito, apartando la mirada mientras noto que me arde la cara otra vez.
Dios, mi reacción ante este hombre es agotadora. ¿Por qué no puedo ser nunca atrevida o segura de mí misma con él? ¿Por qué siempre me vuelvo tímida y cuestiono cada palabra?
Dylan se limita a mirarme fijamente, con una ceja arqueada.
—¿Qué? —pongo los ojos en blanco, intentando recuperar algo de terreno—. Era importante. Y para que conste, me dio luz verde.
Los ojos de Dylan se oscurecen al instante. Su nuez sube y baja mientras me mira fijamente, y veo cómo se le tensan los músculos bajo la fina tela de la camisa.
—¿Tienes otro vestido? —su voz es baja y áspera.
—¿Qué?
—No puedes ir a un restaurante con ese aspecto —señala mi espalda desnuda en el espejo, donde la cremallera se niega a cerrarse.
—Es el único que me queda bien —digo, apretando los labios.
—Entonces tendremos que recibir el Año Nuevo en casa —dice, con los ojos entrecerrados y chispas bailándole en la mirada.
—¿Estás decepcionado?
—Ni un poco —una sonrisa oscura y posesiva se extiende por su rostro, y me atrae hacia él para darme un beso que me pone el mundo del revés.
Pronto, lo único que llevo puesto son las joyas que Dylan compró en la subasta. Las gemas están frías contra mi piel y brillan con las luces parpadeantes del árbol de Navidad.
—Ven aquí —me tiende la mano y doy un paso hacia él. Estoy ardiendo, me derrito bajo su mirada, lo anticipo todo.
Llevo tanto tiempo esperando esto. Quería volver a sentir todo lo que solo él puede hacerme sentir. Apenas puedo controlarme.
Dylan se toma su tiempo. Es tierno, cuidadoso, reverente. Es mío. Nos perdemos el uno en el otro, ahogados en besos y caricias. Incluso cuando el reloj marca la medianoche y los fuegos artificiales estallan fuera, iluminando la habitación con ráfagas de color, no nos separamos ni un segundo.