CAPÍTULO 40
Me despierto ardiendo. Los párpados me pesan como el plomo. Los abro a la fuerza, pero manchas negras bailan ante mis ojos y un pitido agudo me llena los oídos. Tengo la cabeza embotada, como rellena de algodón.
Un aliento cálido me hace cosquillas en el cuello. Giro la cabeza. Se me escapa una leve sonrisa al ver a Dylan dormido a mi lado.
Entonces caigo en la cuenta. La sonrisa se desvanece. El corazón me golpea en el pecho mientras asimilo las paredes blancas y estériles. El hospital.
Un fino temblor me recorre. Intento conectar con mi cuerpo, pero me aterroriza tocarme el vientre. ¿Y si he perdido al bebé? ¿Cómo sobreviviría a eso?
Cierro los ojos y deslizo la mano bajo la sábana. El alivio me inunda: la pequeña curva redondeada sigue ahí. Pero no es suficiente. No quiero despertar a Dylan, pero necesito saberlo con certeza.
—Dylan. Dylan —susurro.
—¿Eh? ¿Qué? —se despierta de golpe—. ¿Ashley? ¿Llamo al médico? ¿Estás bien?
Parpadea ante la luz intensa, con cara de pánico antes siquiera de estar del todo despierto.
—Estoy... estoy bien —esbozo una sonrisa débil, todavía demasiado asustada para hacer la única pregunta que importa.
Dylan suelta un largo suspiro tembloroso y se deja caer en la almohada.
—Ven aquí —me atrae hacia él y me besa la frente, luego la mejilla; su barba incipiente me roza la piel. Después coloca la mano grande sobre la mía, justo en el vientre—. El pequeñín nos ha dado un buen susto.
El peso en el pecho se alivia. Por fin puedo respirar.
—¿Qué dijo el médico? —pregunto, tensándome de nuevo.
Me siento increíblemente cerca de él en este momento; su preocupación me llega en oleadas.
Dylan hace una pausa y elige las palabras con cuidado.
—Tienes que quedarte aquí un tiempo. Dos semanas, quizá tres.
La verdad, un mes sería más seguro. Sin estrés.
Sin movimientos bruscos. No levantes ni un dedo.
Solo descansa y tómate las vitaminas. Si sientes algún dolor, lo que sea, y no estoy aquí, pulsa este botón inmediatamente —señala el botón de llamada junto al cabecero—. Eso es todo.
—Genial. Ahora voy a preocuparme aún más, porque sé que me estás ocultando algo.
—Lo único que tienes que hacer ahora es mantener la calma. El bebé te necesita tranquila. Mira, ¿qué te parece si te traigo unos catálogos? Puedes elegir un diseño para la habitación del bebé. Pediremos los muebles y yo me encargo de pintar mientras estás aquí encerrada.
—Todavía no sabemos qué vamos a tener —digo en voz baja. No quiero gafarlo.
—Podemos ver opciones para los dos. ¿Qué te parece?
—Me parece bien.
—Vale. Ahora avisemos al médico. Tiene que saber que estás despierta.
—No, quédate. Por favor. Quedémonos así unos minutos —digo, aferrándome a su mano.
Me aterroriza que si sale de la habitación, no vuelva.
Estar cerca de él es lo único que me mantiene entera.
Me siento segura. Me siento bien. Theo estaba equivocado.
Lo que sea que esté pasando entre Dylan y yo no es un juego. Es real.
—Vale, cariño —suspira.
Me acurruco más contra él, todavía débil, pero el calor de su cuerpo y el latido constante de su corazón me mantienen anclada.
—Me has dado un susto de muerte, Ash. No me lo vuelvas a hacer.
—No lo haré.
Quiero besarlo, pero dudo. Solo hemos tenido una noche y dos besos.
Eso no es precisamente un historial. En lugar de eso, apoyo la cabeza en su pecho, acompaso mi respiración a la suya y me dejo envolver por la cercanía.
Sus dedos se deslizan entre mi pelo y me masajean el cuero cabelludo.
Un escalofrío me recorre y casi ronroneo.
Hasta la pesadez de las extremidades empieza a aliviarse.
—¿Ash?
—¿Mmm? —levanto la vista y me encuentro con su mirada seria.
—Casémonos.
—¿Qué? —el corazón se me para.
—No ahora mismo, cuando te den el alta. Haremos una ceremonia pequeña. Solo nosotros, nuestros padres, quizá un par de amigos si quieres.
Ni una palabra sobre Theo. Nada sobre Karina. Su propuesta me pilla desprevenida, y una sensación inquietante se me instala en el pecho: está ocultando algo.
—Yo... no lo sé. ¿Por qué tanta prisa? —quiero decir que sí con todas mis fuerzas, pero las palabras de su hermano todavía me corroen. No sé si aún siente algo por Karina, y me niego a ser el segundo plato.
—Quiero que este bebé nazca en una familia de verdad.
Quiero asegurarme de que nadie pueda apartaros de mi lado.
No te estoy presionando, es tu decisión, pero piénsalo.
Estamos bien juntos —dice, y me besa en los labios antes de apartarse—.
Vamos a tener un bebé —otro beso—. Y nuestros padres ya esperan una boda. Así que ¿por qué esperar?
—Lo pensaré.
Aparto la mirada para ocultar que quiero echarme a reír de pura felicidad. Me conformo con una pequeña sonrisa y le beso en el hueco del cuello.
Nos quedamos ahí en silencio, envueltos en los brazos del otro.
Es tan natural. Como si siempre hubiera tenido que ser así.
Por un segundo, lamento haber conocido a Theo primero, pero enseguida me freno.
Si no lo hubiera hecho, no habría bebé. Y no habría razón para que Dylan y yo nos encontráramos.
***
Paso cinco semanas en la clínica. Eso es lo que tardo en convencer a Dylan de que estoy bien de verdad y lista para volver a casa.
Siendo sincera, las primeras tres semanas ni siquiera discutí; sabía lo cerca que habíamos estado de perderlo todo.
Pero en cuanto los médicos confirmaron que el peligro había pasado, me moría por volver. A nuestra vida. A él .
Dylan se ausentaba unos días de vez en cuando: viajes de negocios urgentes, emergencias, y un resfriado persistente que lo mantuvo alejado por completo porque se negaba a arriesgarse a contagiarme.
Lo eché de menos. Echaba de menos cómo me abrazaba, sus besos y esas promesas susurradas que me hacían sonrojar.
Ni siquiera las llamadas constantes conseguían calmarme.
Cuando venía a verme, pasábamos el día entero enredados en mi estrecha cama, viendo películas y dejándonos llevar por el simple placer de estar juntos.
A finales de diciembre, a las veinte semanas, los médicos nos dicen que por fin podemos saber el sexo. Estoy hecha un manojo de nervios todo el día: aterrorizada de que la ecografía revele algo malo, pero desesperada por saber de una vez quién crece dentro de mí.
Me he acostumbrado a la idea de «nosotros».
Dylan se ha convertido, sin saber cómo, en el centro de mi mundo.
Todavía no le he dado una respuesta sobre el matrimonio, y él no lo ha vuelto a mencionar, con cuidado de no presionarme.
Pero cada día estoy más convencida de que es hora de decir que sí.
De dejar atrás el miedo y la duda y lanzarme a esta felicidad inesperada, aunque solo dure un instante.
—Muy bien, ¿estamos listos? —pregunta la doctora con una cálida sonrisa.
Respiro hondo y contengo el aliento. Dylan está sentado en la silla junto a la camilla, con la mirada clavada en el monitor y los dedos entrelazados con fuerza con los míos.
El gel está frío sobre mi piel. Cuando mueve el transductor por mi vientre, dejo escapar un suave jadeo. Ahí, en la pantalla, hay un pequeño ser humano perfecto.
—Dejadme buscar un mejor ángulo... y ahí está. Enhorabuena, vais a tener una niña.
En cuanto las palabras salen de su boca, rompo a sollozar. Lágrimas puras, de felicidad. Miro a Dylan y lo encuentro aturdido, completamente abrumado. Una tenue sonrisa maravillada le asoma a los labios mientras se inclina para besarme.
—Estoy deseando conocerla. Eres increíble —susurra, con la voz cargada de emoción.
—Todo tiene un aspecto perfecto para las veinte semanas. Sin anomalías...
Dejo de escuchar.
Por primera vez, me detengo de verdad a considerar el peso de la infertilidad de Dylan.
Debe de ser una tortura silenciosa: ver a esa pequeña en la pantalla y saber que nunca tendrá en brazos a un hijo biológico.
Da igual lo que diga, da igual cuánto la quiera, es de Theo.
No suya. Eso no se puede borrar sin más. No se puede fingir que no duele.
Me doy cuenta entonces de lo increíble que es este hombre. Nunca me lo ha echado en cara. Nunca se ha quejado de no ser el padre, ni de que lleve en mi vientre al bebé de su hermano. Nos protege. Nos cuida como si fuéramos de su propia sangre.
Las lágrimas no dejan de caer.
Tomo una decisión en ese mismo instante. Tengo que hablar con él. Encontraré el momento adecuado y le preguntaré por todo: su diagnóstico, su tratamiento. Porque ahora mismo, más que nada, quiero otro bebé. Para él. Con él.
—¿Lista para ir a casa? —pregunta mientras coge mi bolso.
—Sí. —Sigo aferrada a la foto de la ecografía, con la mirada fija en mi hija. Una hija. No puedo creerlo.
Dylan conduce desesperantemente despacio, algo totalmente inusual en él. Me había preparado para una carrera a toda velocidad, con el cinturón bien apretado y los nudillos blancos, pero el coche se desliza suavemente entre el tráfico. Conduce como si yo fuera de cristal.
Nada más cruzar la puerta, el aroma familiar del apartamento me envuelve. Es como si hubiera estado fuera toda una vida. No me había dado cuenta de cuánto echaba de menos este lugar.
—Esto está limpio de verdad —observo mientras echo un vistazo rápido al salón.
—Lo intenté. —Dylan se apoya en la pared, con los brazos cruzados, sin perder detalle de mis movimientos. Una sonrisa orgullosa y satisfecha le asoma en la comisura de los labios.
—¿Lo intentaste? ¿O llamaste a alguien? —levanto una ceja con picardía mientras me acerco a él. Necesito estar entre sus brazos.
—Me has pillado. —Me rodea la cintura con las manos y me atrae hacia él.
Me besa: ardiente, intenso, lleno de promesas. Un suave gemido se me escapa mientras el aroma de su piel me envuelve. Mi hombre. Me aferro a sus hombros y lo empujo hacia el sofá mientras mis dedos se cuelan bajo el dobladillo de su jersey.
Entonces, de golpe, Dylan se aparta.
Rompe el beso, con los ojos nublados y la respiración agitada. Me suelta, y el calor de sus manos se desvanece.
—Te he echado de menos. —Pasea la mirada por la habitación, evitando mis ojos—. ¿Tienes hambre? He pedido comida para alimentar a un regimiento. No quiero que te acerques a los fogones —añade, intentando mantener un tono ligero.
Pero su voz suena demasiado tensa. Demasiado forzada. No logro entender qué le pasa. ¿Ya no me desea? ¿Ha encontrado a otra mientras yo estaba encerrada en esa habitación de hospital? No, eso no puede ser. La chispa entre nosotros sigue ahí. Sigue siendo eléctrica.