No me dejes ir CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Tardo un momento en despejar la niebla roja. Estaba tan cegado por la rabia que perdí el control en cuanto fui a por él.

Nunca habíamos tenido una pelea de verdad.

Ni siquiera cuando Karina me dejó por él.

Nunca lo culpé; nunca le guardé rencor. Fue decisión de ella, una decisión consciente.

Theo no la obligó. En aquel entonces, simplemente me hice a un lado, dejé que su relación siguiera su curso y los envidié en silencio.

¿Pero esto? ¿Verlo besando a Ashley? Perdí los estribos.

Tiene que haber algo en este mundo que sea solo mío. Una línea que mi hermano no cruce. Ashley y el bebé son lo único que me importa ahora, y al tocarla, Theo no solo cruza esa línea: la pisotea. Escupe sobre el vínculo que nos queda.

Bloqueo el puñetazo de Theo y, por el rabillo del ojo, veo a Ashley desplomarse.

Se me para el corazón. Un miedo gélido me inunda las venas y apaga el fuego al instante. Bajo la guardia, apenas registro el golpe que Theo me asesta en el estómago, y corro hacia ella.

—¿Ashley? Ash, ¿qué pasa?

Me arrodillo y le examino el rostro frenéticamente. Está pálida, le falta el aire.

—No lo sé. El bebé… algo va mal —susurra, con ambas manos en el estómago. Una lágrima solitaria le recorre la mejilla.

—Llamaré a una ambulancia —dice Theo a mi espalda. La voz le sale entrecortada. Temblorosa.

Me vuelvo hacia él.

—Yo mismo la llevo a la clínica. Tienes que irte. Ahora . Si algo le pasa a este bebé… —siseo entre dientes, pero ni siquiera puedo terminar la amenaza. Mi mirada dice suficiente.

Desde niños, he creído que los gemelos comparten un alma. Creía en esa conexión. ¿De qué otra forma se explica que el día que lo atropelló un coche se me cerró el pecho y no podía respirar? ¿O que cuando enfermé, a él le subió la fiebre aunque estábamos a cientos de kilómetros?

Lo quiero. No le deseo ningún mal. Pero ahora mismo, al mirarlo, sé una cosa con certeza: si algo le pasa a Ashley o al bebé, jamás lo perdonaré.

Y tampoco me perdonaré a mí mismo. Porque, en el fondo, sé que esto también es culpa mía.

—Dylan, mira, pase lo que pase… ese es mi hijo. Me preocupa el bebé —dice Theo.

Lo ignoro por completo. La mente me va a mil mientras meto los brazos de Ashley en una chaqueta abrigada y le pongo un gorro.

—Va a estar bien, cariño —le beso la mejilla húmeda, saboreando la sal de sus lágrimas—. Respira. Va a estar bien.

No sé a quién intento convencer, si a ella o a mí mismo. El mismo miedo que la sacude me hace temblar hasta los huesos.

—¿Puedes caminar o te llevo en brazos? —pregunto mientras marco el número de la clínica con la otra mano para avisar de que vamos de camino.

—Puedo —dice con voz ronca.

Dejo a Theo solo en el apartamento, abro la puerta de golpe y saco a Ashley.

—¿Todo bien?

Es el vecino. Aparece de la nada; mira a Ashley con preocupación y luego a mí. No hay simpatía en sus ojos. El sentimiento es mutuo.

Lo ignoro y pulso el botón del ascensor con el pulgar, una y otra vez. Atraigo a Ashley hacia mí y le susurro palabras de consuelo inútiles. Nunca he estado tan aterrado en mi vida. Cada vez que hace una mueca y se agarra el estómago, me odio un poco más por sentirme tan impotente.

—Por favor, no llores —le ruego, y la abrazo más fuerte.

Atravieso la ciudad a toda velocidad y me salto todas las normas de tráfico. Por supuesto, todos los semáforos se ponen en rojo. Cada parada de sesenta segundos es una eternidad en el infierno.

Conduzco con una mano y con la otra entrelazo mis dedos con los suyos, para mantenerla anclada. Llora en silencio, susurra algo entre dientes. Una oración, quizá. No soy hombre religioso, pero ahora mismo yo también rezo.

Entonces se le quiebra la voz.

—Creo que estoy sangrando.

Piso el acelerador a fondo.

La mente se me queda en blanco, excepto por la culpa.

Esto es culpa mía. Todo el estrés. Todas las lágrimas.

Fui yo. Y anoche… anoche podría haber causado esto.

Intenté contenerme. Intenté ser delicado.

¿Y si me equivoqué? ¿Por qué la toqué? Debería haber consultado antes al médico. Debería haberlo sabido.

Hay una camilla esperando cuando llegamos derrapando a la entrada de urgencias. Ayudo a Ashley a salir del coche, le beso la frente y le prometo una y otra vez que va a estar bien. Es fuerte. Es terca. El bebé también.

Me golpea con más fuerza que nunca: no estoy preparado para perderlos. A ninguno de los dos. Los necesito: a Ashley y a nuestro bebé.

—¿Qué le pasa? —exijo mientras las enfermeras nos rodean.

—No lo sabremos hasta que la examinemos —dice un médico con brusquedad, y me corta el paso.

Corro junto a la camilla, aferrado a su mano. Ella mira al techo y se muerde el labio con fuerza suficiente para hacerse sangre. Cuando me mira, la desesperación de sus ojos casi me destroza.

—¡Hagan lo que tengan que hacer! —le grito al médico que se aleja—. ¡Salven a mi bebé!

Las puertas grises se cierran de golpe y me dejan fuera. Golpeo la pared con el puño.

***

Ashley sigue dormida. Me parece que lleva inconsciente demasiado tiempo, pero los médicos insisten en que es normal.

Una vía intravenosa le bombea medicación al cuerpo. Cada vez que la miro, me dan ganas de arrancar esa maldita cosa. Parece que le duele. ¿Por qué otra razón frunciría el ceño mientras duerme?

Le aprieto la mano fría. Estoy tan al límite que cuando una enfermera me ofrece algo para ayudarme a dormir, casi acepto.

Quizá me dejaría fuera de combate, haría que las horas pasaran borrosas.

Pero niego con la cabeza. No puedo arriesgarme a perderme el momento en que despierte.

Así que me quedo en la silla, hora tras hora, observando cómo su pecho sube y baja acompasadamente.

Aunque el médico prometió que ella y el bebé estarán bien con reposo en cama, la ansiedad no me suelta. Parece tan pequeña, tan frágil en esa enorme cama de hospital. Se me hace un nudo en el estómago solo de mirarla.

Me sobresalto cuando vibra el móvil. Es mamá. No quiero contestar. No quiero hablar con nadie hasta saber con certeza que Ashley está bien. Pero al último tono, descuelgo.

—¿Sí, mamá? ¿Es importante? —me sale la voz ronca. Todavía me duele la mandíbula del puñetazo de Theo.

—Hijo, ¿cómo está Ashley? ¿Cómo está el bebé? —pregunta con la voz quebrada.

Cierro los ojos, invadido por la irritación. Theo. Cómo no. No entiendo por qué se lo contó. ¿Esperaba que perdiera al bebé o qué?

—Todo está bien. No te preocupes —me recuesto en la silla sin apartar los ojos de Ashley.

—Tu papá conoce a un especialista. Puedo conseguirte su número...

—Mamá, para. Estamos en un hospital privado. El personal es excelente. Va a estar bien —trago saliva con dificultad, el nudo en la garganta me ahoga.

—Llama si necesitas algo. Y mantenme informada. Estoy hecha un manojo de nervios... estaba tan feliz por ti, y ahora esto. Todos estamos preocupados. Theo también está destrozado. ¿Qué dicen los médicos?

—Dicen que va a estar bien —respondo sin dar detalles. La mención de mi hermano me hace hervir la sangre—. Tiene que guardar reposo en cama un tiempo, solo por precaución, pero el peligro inmediato ha pasado. Eso es lo que importa.

Sorprendentemente, me siento un poco mejor después de hablar con ella. Quizá necesitaba decirlo en voz alta. Oír que todo va a salir bien y de verdad creérmelo.

Empiezan a pesarme los párpados. Estoy agotado, funcionando a base de reservas. Me acomodo en la cama junto a Ashley, con cuidado de quedarme en el borde para no molestarla. Le tomo la mano, entrelazo mis dedos con los suyos y hundo el rostro en su cabello para respirar su aroma.

Por fin me siento en casa.

Esto no puede acabar así. Va a estar bien. Me encargaré de ello. Esta vez no fallaré.