CAPÍTULO 34 ASHLEY
Estoy muy nerviosa al entrar a ver a la doctora; me encojo un poco ante su mirada escrutadora.
—Reprogramaste la cita dos veces; menos mal que por fin te has presentado a la tercera. ¿Por qué te cuesta tanto? —suspira la mujer, negando con la cabeza. Clavo los dedos en la correa del bolso.
—Surgieron cosas.
Aparto la mirada, sintiéndome realmente irresponsable.
—¿Y dónde está tu...? —levanta una ceja con gesto insinuante.
Quiero que me trague la tierra. Seguro que recuerda la escena que Dylan montó aquí la última vez.
—En un viaje de negocios.
—Bueno, espero que vuelva pronto. Todos tus análisis están bien; te pediré algunos nuevos. La próxima vez, trae al padre; él también tiene que dar sangre.
—¿Es necesario? O sea, el padre del niño...
—Dylan insistió en que te hicieran todos los análisis posibles. Incluso quería que te examinaran cada semana; el médico jefe apenas logró convencerlo de que no hace falta venir a la clínica tan a menudo en los dos primeros trimestres. Así que dile que la próxima vez tiene que venir sí o sí.
—De acuerdo —asiento, confundida.
Me pregunto cómo se las arregló Dylan para hablar con medio personal de la clínica y, a juzgar por el tono irritado de la mujer, sacarlos de quicio a todos.
—Bueno, ahora cuéntame cómo te encuentras. ¿Alguna sensación rara? ¿Se te han pasado las náuseas matutinas?
—Creo que sí.
Intento recordar la última vez que sentí náuseas al ver comida y me doy cuenta de que fue hace cosa de una semana. Ahora me ha vuelto el apetito con ganas, y quiero comerme todo lo que veo.
La doctora me hace unas cuantas preguntas más, me da el volante para los análisis, me programa la siguiente cita y me recuerda otra vez que tengo que venir con el padre del bebé.
Me despido confundida y salgo de la consulta, completamente perdida. No es que pueda pedirle a Theo que se pase por la clínica a dar sangre, ¿no? ¿Podemos prescindir de eso? Las madres solteras no van llamando a sus ex para exigirles un tubo de sangre, ¿o sí?
—¿Cómo te fue ?
El móvil me vibra y el corazón se me acelera.
Solo ha pasado medio día desde que Dylan se fue, pero ya me siento sola. No sé qué hacer sin él. Se acabaron los desayunos juntos, las cenas.
—Todo bien. ¿Qué tal tú? ¿Ya has aterrizado?
Contengo la respiración, esperando respuesta. ¿Dirá algo sobre lo de anoche? ¿Mencionará el beso? ¿Debería sacarlo yo a colación? ¿Disculparme? ¿O hacer como si no hubiera pasado nada?
—Ojalá. Escala. Esperando el enlace. Llegaré tarde, así que te llamo mañana. Te dejé algo de dinero en la mesita de la entrada, y no te olvides de la tarjeta de crédito.
—Vale. Pues compraré algo de fruta.
—Cariño, no tienes que darme cuenta de cada compra. Si lo gastas, es que lo necesitas. Me tengo que ir, están embarcando. No te aburras. Date algún capricho.
Se me escapa una sonrisa. La verdad es que con él todo resulta increíblemente fácil, aunque Dylan sea el hombre más desconcertante que he conocido. No paro de pensar en lo de anoche, y me rozo los labios con los dedos.
Cierro los ojos con aire soñador y me recuesto en el suave asiento de cuero.
Dylan me dejó el coche, junto con un conductor, para que no tuviera que ir dando tumbos por la ciudad en transporte público o en taxis.
Sus atenciones me hacen un nudo en la garganta, sobre todo después de todo lo que he pasado estos últimos meses.
En casa, lo primero que hago es coger un boli y papel, y luego me pongo a buscar en internet dietas para el embarazo.
Acabo enganchada el resto del día. Leo sobre cada semana del embarazo, empezando desde el principio, cuando ni siquiera sabía que estaba embarazada.
Miro lo que me espera más adelante y me sorprende descubrir que el bebé ya puede oír mi voz y percibir mis emociones.
—Hola, pequeñín —me pongo la mano en la tripa y me concentro, esperando notar alguna respuesta, aunque sé perfectamente que es demasiado pronto para sentir movimiento.
Decido cambiar por completo mi estilo de vida. Desayunos saludables, eso es innegociable. Paseos matutinos al aire libre. Abrigarme bien. Nada de refrescos ni fritos. Más fruta y lácteos. Pensar en positivo. Pasar más tiempo con la familia.
Me arrepiento de no haberle contado antes a mi madre lo del embarazo. Está muy preocupada; llama varias veces al día preguntando por Dylan. Aunque, siendo sincera, no estoy segura de que hubiera reaccionado tan bien a la noticia si no hubiera un yerno rico de por medio.
Me dio miedo visitar a mi tía, y más miedo aún mirarla a los ojos sabiendo que había descubierto mi mentira. Pero ella guarda un silencio discreto, preguntándome solo si hay algo que quiera contarle. Le digo que quizá, algún día, lo haga.
—Ahora todo está bien, y eso es lo que importa —sonrío, conteniendo la ansiedad que siento por dentro.
Dylan lleva ya una semana fuera. La última vez que me escribió fue hace dos días; me dijo que se retrasaría otra semana o dos. Y ya está. Silencio.
Llevo el móvil a todas partes, obsesionada, dando un brinco cada vez que suena con la esperanza de que sea él.
Por las noches, cierro la puerta con llave y saco la caja de terciopelo.
Todavía no me atrevo a probarme el collar ni los pendientes.
Me limito a admirar su belleza y luego los vuelvo a esconder.
Después me escabullo al cuarto de Dylan, como si alguien en el piso vacío me estuviera observando, y me acurruco en su cama.
Allí me siento más segura. Su olor me envuelve y me quedo dormida enseguida.
Día a día me voy enamorando de él, olvidando por completo que su hermano siquiera existe.
Noviembre llega sin avisar. Hace demasiado frío y llueve demasiado para dar paseos largos, así que paso el tiempo con libros y películas, esperando. Dijo que volvería en «unos días». Pero «unos días» ya han pasado de sobra.
Así que limpio, cocino platos elaborados y miro el móvil cada dos por tres, sin saber qué hacer. Entonces decido hacer una tarta de manzana. Bajo corriendo al súper, dándome prisa por si vuelve y no estoy.
—Oh, no —las asas de la bolsa de plástico se rompen justo en el patio y las manzanas salen rodando por el suelo.
—Déjame ayudarte —me sobresalta una voz profunda. Alzo la mirada y me encuentro con unos ojos azules impactantes.
Es alto y de hombros anchos, con el pelo negro azabache. Sus ojos son tan claros que parecen casi irreales contra la barba oscura. Una barba espesa le oculta casi todo el rostro. A primera vista parece peligroso, pero un destello de amabilidad en su mirada suaviza la impresión.
—Gracias —digo carraspeando mientras él se agacha a ayudarme a recoger la fruta.
—¿En qué edificio vives? A no ser que lleves una bolsa de repuesto en el bolsillo —bromea mientras recoge la última manzana.
—El cuatro —digo vacilante. Probablemente no debería aceptar ayuda de desconocidos, con los antecedentes que tengo.
—Qué suerte la tuya. Yo también voy para allá; me mudé ayer.
Sostiene las manzanas con un brazo y con el otro saca una llave electrónica del bolsillo. La pasa por el lector y la puerta se abre con un pitido. Me relajo: de verdad vive aquí.
—Séptimo piso. ¿Y tú?
—Yo también —lo miro sorprendida.
—El mundo es un pañuelo —sonríe—. Por cierto, soy Max.
—Ashley —entro en el ascensor.
Subimos en silencio. Cuando le pregunto en qué apartamento vive, resulta que es el de al lado.
—Así que somos vecinos. Bien saberlo, por si algún día me apetecen unas manzanas —me guiña un ojo y le devuelvo la sonrisa justo cuando se abren las puertas del ascensor.
Dylan está justo ahí.
El corazón me da un vuelco. Se me encienden las mejillas mientras doy un paso hacia él, pero me quedo helada al encontrarme con la frialdad de sus ojos. Tiene la expresión de piedra.
¿Qué pasa?
Sigo su mirada. Está clavada en el hombre que tengo al lado. Un escalofrío me recorre la espalda y un mal presentimiento se me asienta en el estómago.
—Hola —digo con timidez—. Se me ha roto la bolsa... ¿ves? —le muestro las manzanas que llevo apretadas contra el pecho.
—Soy Max, tu nuevo vecino —Max le tiende la mano.
Dylan la ignora.
—Gracias por la ayuda. Yo me encargo a partir de aquí.
El aire entre ellos crepita de tensión. Dylan se muestra hostil, rezumando desaprobación. No entiendo por qué actúa así. Me siento mortificada delante del vecino, pero estoy demasiado aturdida para articular palabra.
Max retira la mano, asiente y se dirige a su puerta. Dylan no se mueve. Lo observa como un halcón y solo relaja la postura cuando oye cerrarse la puerta de Max.
—No lo había visto nunca —dice volviéndose hacia mí, con la mandíbula apretada.
—Dice que se mudó ayer —me encojo de hombros, todavía clavada en el mismo sitio.
—Ya veo —Dylan pasa por mi lado y abre la puerta de nuestro apartamento.
Se me forma un nudo amargo en la garganta. Me invade una oleada de decepción. Lo esperé con tanta impaciencia, contando los días, y él... actúa como si yo ni siquiera existiera.