No me dejes ir CAPÍTULO 27 ASHLEY #2
57%

CAPÍTULO 27 ASHLEY #2

Dylan le da vueltas entre los dedos, suelta una risita, se acerca a la bolsa de basura que dejé junto a la puerta y la tira dentro con expresión impasible.

—Podrías haberla tirado sin más.

Me pierdo en especulaciones sobre qué significa todo esto. ¿Discutieron y él le cortó el acceso al dinero? ¿Karina hizo algo que no debía?

—Oh. Ya veo. —Se muerde el labio inferior y frunce el ceño, y no tengo ni la menor idea de qué quiere.

Dylan me mira, parece tomar una decisión y dice:

—Cámbiate. Vamos al banco. ¿Llevas el DNI encima?

Niego con la cabeza.

—¿El carné de conducir?

—No.

—¿Tienes cuenta en el Banco AG?

—Tenía una cuenta de estudiante con ellos.

—Bien. Ve a cambiarte.

Lo miro desconcertada, sin entender a qué vienen tantas preguntas. A regañadientes los dejo solos en la habitación y me apresuro a cambiarme: me quito la ropa de Dylan y me pongo de nuevo el vestido de verano.

Desde el pasillo oigo la risa estridente de Karina, y la rabia me hierve en las venas. Quiero que se vaya, que desaparezca junto con la estela de su caro perfume floral, que empieza a darme náuseas. Parece que hasta a mi bebé le cae mal esta mujer.

—¿Lista?

Dylan me atrae hacia él, me rodea la cintura con el brazo y me besa en la sien.

Lo hace con tanta naturalidad, como si de verdad fuéramos una pareja enamorada.

Es un actor excelente que monta un espectáculo para un público de una sola persona.

¿Quiere darle celos? ¿Demostrar que le va muy bien sin ella? ¿A qué viene este comportamiento?

—¿Y la limpieza? ¿Cancelaste la cita? —Miro con incertidumbre el cubo de agua.

—No, tienen llaves. Llevo casi un año con esta empresa, y a veces no queda más remedio que fiarse de su reputación y su honradez.

—Pero...

Quiero preguntarle por qué necesitaba entonces que yo las vigilara, pero me muerdo la lengua justo a tiempo, porque Karina nos sigue hasta el ascensor y viene justo detrás de nosotros.

Y mi antipatía hacia ella es mucho mayor que hacia él.

Por eso me subo obediente al asiento delantero del Jeep negro y no hago preguntas innecesarias en todo el camino.

—Mi coche está en el taller. —Karina da un portazo y se acomoda en el asiento trasero como una reina.

Con la espalda recta, el bolso elegantemente sujeto frente a ella, observa las calles con mirada aburrida y de vez en cuando entabla conversación con Dylan.

El ambiente está tenso: Karina no me soporta, yo no la soporto a ella, y Dylan... no sé, no parece muy contento con este viaje juntos, aunque fue él quien lo propuso.

Aparcamos junto al banco, el mismo del que Dylan me había preguntado. Me desabrocho el cinturón despacio, salgo a la calle y, tiritando bajo las frías ráfagas de viento, cambio el peso de un pie a otro sin saber qué hacer mientras Karina se baja por el otro lado del coche.

Una chaqueta de traje cae sobre mis hombros y me envuelve en su calidez y su aroma masculino.

—Está refrescando; deberías abrigarte más. —El aliento cálido de Dylan me hace cosquillas en la nuca y me provoca un escalofrío por todo el cuerpo.

Ahora, con él de pie a mi espalda sin poder verle la cara, por fin distingo la diferencia entre su voz y la de Theo. La voz de Dylan suena más grave y ronca, como la de un fumador empedernido.

—Vamos.

Me toma de la mano, entrelazando los dedos con los míos, y me guía hacia el edificio.

En el banco es donde por fin descubro el apellido del padre de mi futuro hijo.

Hasta ahora, por alguna razón, nunca se me había ocurrido preguntar ni averiguar el nombre completo de Theo.

Pero cuando la directora del banco saluda a Dylan con una sonrisa, confirmando que es el señor Vaughan, no caigo de inmediato en a quién se refiere.

La situación es de lo más ridícula. Karina y yo nos sentamos a cada lado del hombre que le anuncia a la empleada del banco que necesita dos tarjetas de crédito adicionales a su nombre, una para cada una.

Juro que casi puedo oír cómo le dan vueltas los engranajes en la cabeza a la directora.

Seguramente asume que una de nosotras es la esposa y la otra la amante.

Y que formamos una gran familia feliz y poco convencional.

Se nota en su mirada curiosa y escrutadora.

Por cómo mira el anillo de casada en el dedo de Karina, junto con el apellido de su documento de identidad, queda claro al instante quién ocupa el papel de esposa de Dylan en su cabeza. Lo único que no cuadra es que Dylan no lleva anillo.

Karina intenta demostrar con cada gesto cuál de las dos tiene más influencia: que si puede pedir una tarjeta con foto de los niños, que si puede cambiar el programa de fidelización, el paquete de servicios, subir el tipo de interés.

Yo me limito a quedarme sentada en silencio, completamente ajena a todo.

—¿Desea establecer un límite mensual en las tarjetas? —pregunta la mujer con voz monótona.

—¿Qué? —Dylan parpadea, ausente, y mira a la directora con desconcierto mientras ella repite la pregunta—.

Ah, claro. Sin límite en la tarjeta de Ashley.

Y para Karina... Se rasca la espesa barba, pensativo, echa un vistazo a su cuñada, paralizada a la espera del veredicto, y se vuelve hacia la directora.

—Seis mil euros. Debería bastar para juguetes y caprichos para los gemelos, ¿no? —dice, esto último dirigido a Karina.

—Bueno, antes nunca llevaba la cuenta de lo que gastaba —dice ella arrastrando las palabras.

Karina me fulmina con la mirada, como si yo tuviera la culpa de que ella y Dylan se hayan peleado y haya perdido su gallina de los huevos de oro.

—Desde luego que es suficiente para juguetes, y todo lo demás es cosa de mi hermano —se ríe y, de pronto, me cubre la mano con la suya, entrelazando los dedos, dejándole claro que ahora tiene a otra persona de quien ocuparse.

Sé que es solo un juego por su parte, un intento de dar celos a Karina, sin una pizca de sinceridad.

Aun así, el corazón me da un vuelco y las palmas me empiezan a sudar de los nervios.

Desconecto de la conversación entre Dylan y la mujer; es como si me hubieran metido en una burbuja.

Todas mis sensaciones se concentran en el punto donde se roza nuestra piel.

Tiene la mano fría; me acaricia el dorso con la yema del pulgar, como si intentara calmarme, pero consigue justo lo contrario.

Estoy tan nerviosa que cuando me pasan la tableta para firmar en el recuadro blanco, me quedo en blanco y no entiendo qué quieren de mí.

Después, el dedo índice me tiembla tanto que me sale un garabato extraño, y pido repetir la firma. Dos veces seguidas.

Salimos del banco en silencio. Karina está que echa humo; está claro que el límite mensual que Dylan ha puesto no ha estado a la altura de sus expectativas. Yo lo sigo dócilmente, sin saber qué hacer con la tarjeta de plástico que aprieto en la mano.

El silencio en el coche es asfixiante hasta que la dejamos en un edificio alto. En cuanto la puerta se cierra tras ella, por fin respiro.

—Toma, quédatela.

Le tiendo la tarjeta de platino, algo por lo que muchas mujeres matarían, pero no siento nada salvo un extraño resentimiento que no se va.

Dylan me ha usado. Otra vez.

Claro, no tenía por qué seguirle el juego; nadie me obligó. Pero mis ganas de fastidiar a la esposa de Theo me impidieron negarme.

—Es tuya —dice con sequedad, echándome un vistazo antes de volver a concentrarse en la carretera.

—Karina ya se ha ido, por si no te has dado cuenta —le espeto.

—¿Y qué tiene que ver ella con esto?

Su indiferencia me saca de quicio; a su lado, parezco una histérica.

—Todo esto ha sido solo teatro, ¿verdad? ¿Querías cabrearla dándome las llaves del reino? Por cierto, ¿cuál es el límite? ¿Diez, veinte mil euros?

—Mira, yo no hago nada que no quiera hacer. Esa tarjeta es para ti. Compra lo que necesites —dice Dylan entre dientes, con los nudillos blancos de apretar el volante.

—No. No necesito tu dinero.

Voy a abrir la guantera para guardar el estúpido trozo de plástico, pero él me agarra la muñeca.

—Ashley, no seas boba. No tienes trabajo. Si pasa algo, ¿de dónde vas a sacar el dinero? No tienes que usarla, pero al menos llévala encima. Me quedaré más tranquilo.

—¿Me das acceso a tu cuenta así, sin más? ¿No te da miedo que resulte ser una estafadora y te deje sin blanca?

Me clava una mirada que deja claro que no le hace gracia mi sentido del humor. Suelta un bufido y pregunta:

—¿Dónde te dejo? ¿En tu casa, en mi piso, o paramos a comer algo?

—A casa. Mi tía seguro que está preocupada, aunque le mandé un mensaje antes de que se me muriera el móvil diciéndole que igual me quedaba en casa de una amiga.

Dylan asiente y pone rumbo a casa de mi tía sin rechistar.

Me alivia que no insista en que me quede en su piso, pero a la vez, la idea de que quizá no volvamos a vernos me provoca una opresión desagradable en el pecho.

Lo miro de reojo y me digo que estos sentimientos confusos solo afloran por lo que aún siento por Theo.

Tiene que ser eso.