CAPÍTULO 27 ASHLEY
Me despierto sin saber qué hora es. Abro los ojos, veo que las persianas están cerradas, busco a tientas el móvil y, cómo no, está sin batería.
Mi mirada recorre la habitación buscando el reloj digital que recuerdo perfectamente que estaba aquí.
Pero ha desaparecido. Igual que la ropa de Dylan, que dejó tirada en el suelo anoche.
Saco las piernas de la cama, me froto los ojos medio dormida y piso algo duro.
Perfecto. Ahí está el cargador. Recojo el adaptador del suelo y me río entre dientes, recordando la historia de Natalie sobre lo diferentes que son sus hijos.
Me asomo por la puerta y aguzo el oído. Parece que estoy sola.
A la luz del día, el salón tiene peor aspecto que anoche.
Está claro que Dylan intentó ocultar las huellas de su descontrol: enderezó las estanterías, barrió los cristales y arrinconó los muebles rotos, pero no sirvió de mucho.
Sigo intrigada por la causa de su arrebato repentino.
Es poco probable que se haya peleado: no tiene ni un rasguño en la cara ni los nudillos magullados, pero desde luego no lo va a admitir.
Enciendo la tele y resulta que solo son las diez de la mañana.
Aún queda mucho hasta que llegue el servicio de limpieza, así que desayuno rápido unos sándwiches con té y decido ponerme a limpiar.
No porque quiera complacer a Dylan, sino porque necesito mantenerme ocupada.
Quedarme quieta me resulta insoportable y, además, limpiar y cocinar me relajan.
Conozco casi todos los rincones de este apartamento.
Durante mi breve romance con Theo, me quedaba aquí a menudo, y me cuesta hacerme a la idea de que el dueño es Dylan.
Un completo desconocido para mí. Y que la taza blanca con florecitas, en la que me encantaba tomar el té, no es mía.
Y que no tiene sentido ordenar las especias en el armario a mi gusto, porque está claro que no volveré a cocinar aquí.
No me atrevo a entrar en su dormitorio, mover cosas ni hurgar en sus pertenencias, así que decido empezar por la habitación donde Dylan me instaló la última vez. Entreabro la puerta, pero aparte de las sábanas arrugadas, no veo nada catastrófico. ¿Por qué no me dejó entrar aquí ayer, entonces?
Miro alrededor con escepticismo, me acerco a la cama para hacerla y me quedo paralizada, incapaz de dar un paso más. Justo al lado de la almohada veo unas bragas de encaje negro, y desde luego no son mías.
Siento que la amargura me sube por la garganta.
Mi ánimo se hace añicos al instante, las manos empiezan a temblarme y las ganas de hacer cualquier cosa se desvanecen.
No sé por qué reacciono así ante la evidencia de que hay una mujer en la vida de Dylan.
Es un hombre adulto y, lo más importante, no es mío. Pero duele horrores.
Toco el borde de la manta con asco, luego retiro la mano bruscamente, asqueada solo de pensar en lo que haya pasado aquí, y salgo disparada de la habitación.
En piloto automático, coloco libros en las estanterías y devuelvo trofeos deportivos y marcos agrietados con fotos familiares a sus sitios, sin mucho entusiasmo.
Veo a Theo en algunas de ellas, me enfado y las meto al fondo del armario para no tener que mirarle la cara.
No puedo quitarme de la cabeza las imágenes de lo que pasó detrás de esa puerta, en esas mismas sábanas donde dormía yo hace tan poco. No debería sentir nada por Dylan, no debería interesarme su vida personal, y esto no debería molestarme, pero no puedo evitarlo.
El rencor arde dentro de mí; tiro el trapo con rabia y me desplomo en el sofá. Las ganas de huir se hacen cada vez más fuertes, pero me recuerdo que le debo algo a Dylan, y que mi rencor es completamente ridículo.
Me quedo ahí sentada un rato, intentando reprimir la tormenta de emociones que llevo dentro. No me doy cuenta de cuánto tiempo pasa, y doy un salto cuando suena el timbre.
Espero ver a las de la limpieza, pero en cambio me encuentro con Karina.
Maquillaje impecable, pelo, ropa, todo como siempre.
Parece igual de sorprendida de verme aquí.
Arruga la nariz, como si le llegara un olor desagradable de mí.
O tal vez es porque llevo la ropa de Dylan, que me queda varias tallas grande, y desde luego no encajo con la imagen de una mujer de la alta sociedad.
—¿Está Dylan en casa?
Entra en el apartamento sin que la inviten. Taconea por el suelo y se detiene junto al cubo de agua y el trapo que dejé en medio del salón.
—¿Estás limpiando? —Su ceja roja perfectamente perfilada se arquea—. ¿De verdad Dylan es tan tacaño como para no contratar a una asistenta? ¿Y qué ha pasado aquí? —Señala la silla rota y la mesita de centro.
—Dylan está en el trabajo, y yo estaba aburrida, así que decidí limpiar un poco —digo con calma, ignorando deliberadamente su última pregunta mientras intento averiguar cómo deshacerme de ella lo antes posible.
Sería una hipócrita si fingiera que no me importa que esté aquí.
Todavía la veo como una rival, la que me ganó y a quien eligió el hombre que yo amaba.
Millones de pensamientos se arremolinan en mi cabeza, y uno de ellos es: ¿y si ese objeto olvidado en la cama es suyo?
¿Tuvieron algo Dylan y ella, o él simplemente lleva todo este tiempo amándola en la distancia?
Esto último parece una tontería, porque cualquier hombre adulto necesita que el amor vaya acompañado de sexo; de lo contrario, se aburrirá del papel de «reina de hielo» bastante rápido y buscará a otra.
—¿Necesitabas algo? Puedo pasarle un mensaje a Dylan cuando vuelva. —Cruzo los brazos sobre el pecho y miro fijamente a la mujer, deseando deshacerme de ella cuanto antes.
—Lo esperaré; es una conversación personal —dice Karina, recalcando las últimas palabras.
Una sonrisa se dibuja en su cara, pero no hay ni un atisbo de sinceridad en ella. Examina con escepticismo los platos sucios del fregadero y se asoma a la nevera como si fuera la dueña del lugar.
—Dios. Parece que te queda mucho por madurar antes de convertirte en una verdadera ama de casa. A los hombres les gusta la casa limpia y la comida caliente. ¿Cuántos años tienes? ¿Veinte?
—Solo llegué a casa tarde anoche —suspiro con cansancio, sin picar el anzuelo—. Dylan es un desastre cuando está solo. Menos mal que por fin nos hemos mudado juntos; a su casa le faltaba el toque de una mujer, y está claro que tengo mucho trabajo por delante.
Observo con satisfacción cómo se le descompone la cara al oír mis palabras.
Karina aprieta los labios, pasea por el salón, empuja con la punta del zapato un libro que se me pasó cerca de la cortina oscura y vuelve a centrar su atención en mí.
—Entonces, ¿cuánto tiempo lleváis juntos?
Es que Dylan no dijo nada de ti. Todos pensábamos que tardaría mucho en comprometerse en una relación seria.
Dylan es... voluble, inconstante. Nunca ha durado mucho con la misma chica, así que todos estamos sorprendidos de que de repente haya tomado una decisión tan seria.
Y un bebé, además. —Su mirada se desplaza a mi vientre, y yo instintivamente me lo cubro con la mano, como si Karina pudiera hacerle daño al bebé de alguna manera.
¿Son celos? Pero ¿y su querido marido y sus hijos? ¿Por qué se casó con Theo y no con su hermano? Está claro que con su actitud y cada palabra que dice intenta encontrar mi punto débil, sembrar la duda sobre las intenciones de Dylan y hacerme daño donde más me duele.
Mientras me quedo boquiabierta, intentando pensar en una réplica, la puerta detrás de mí se abre y Dylan aparece en el umbral. Sonríe al ver mi aspecto, pero entonces repara en Karina y la sonrisa se le borra del rostro.
***
—¿Karina? —Dylan parece realmente sorprendido de verla, y al comprender que no fue él quien la invitó, por fin respiro aliviada.
Observo su reacción de cerca: cómo se le oscurece la mirada y cierra los puños. Se tensa al instante, como si tuviera delante una bomba de relojería y no a una mujer indefensa.
Es increíble que durante tantos años ni Theo ni sus padres se dieran cuenta de lo que sentía por la esposa de su hermano. ¿O quizá sí lo notaron y nunca dijeron nada?
—Hola, Dylan —sonríe ella mientras se alisa los rizos pelirrojos.
De pronto, su escote me parece demasiado profundo y revelador, y su vestido, indecentemente corto.
—¿Qué te trae por aquí? —Su voz suena indiferente, pero sé cuánto esconde ese tono.
Seguramente ya se arrepiente de haberme pedido que me quedara.
Si yo no estuviera aquí, podría disfrutar de la compañía de Karina a sus anchas.
Vuelvo a preguntarme si esas bragas en la cama eran de ella, y caigo en que no quiero saberlo.
Porque si lo fueran, dejaría de entender nada de esta situación.
—Bueno —titubea ella, y desvía la mirada hacia mí—. Quería hablar contigo. ¿Podemos hablar en privado?
—Dilo delante de Ashley. No creo que tengas información confidencial para mí. ¿Tiene que ver con los gemelos? ¿Con tu marido?
—Yo... eh, quería invitarte a su cumpleaños. Theo y yo aún no hemos decidido exactamente dónde lo celebraremos, pero espero que no estés de viaje ese día. Al fin y al cabo, los niños te adoran y siempre están deseando verte. Últimamente les has prestado muy poca atención.
—Podrías haber arreglado esto por teléfono; además, todavía falta un mes entero. Pero no te preocupes: Ashley y yo estaremos allí sin falta. Los dos.
Casi se me escapa la risa al oír ese «los dos», mientras el rostro de Karina se tensa con un leve gesto de fastidio.
—Podría haberlo hecho, claro, pero estaba por el barrio y pensé en pasarme a traerte la tarjeta de crédito —dice con naturalidad.
—¿Qué? ¿Qué tarjeta?
—La tarjeta del banco. La bloqueaste y no sé muy bien qué hacer con ella. ¿Tengo que devolverla al banco o algo?
Rebusca nerviosa en el bolso, saca una tarjeta dorada de la cartera y se la entrega.