CAPÍTULO 26 DYLAN
Había sido una semana dura, tan dura como la decisión de mandarlo todo al diablo y empezar de cero. En Estados Unidos tenía un rollo fijo que estaría encantada de oficializar a mi costa.
De hecho, había decidido dar un paso importante. Incluso había organizado una reunión con James Parfenov, interesado en comprar una participación de mi discográfica, y pensaba invertir ese dinero en un nuevo proyecto.
No fue una decisión fácil. Esta discográfica es mi criatura; lo que me salvó y me distrajo de la realidad, a lo que dediqué casi una década de mi vida, y la razón por la que estuve peleado con mi familia durante un tiempo.
Y aquí estaba, a un paso de hacer realidad mis planes, pero en el último momento me rajé.
Cancelé la reunión con Parfenov alegando asuntos urgentes, me encerré en el apartamento y no salí en dos días.
Luego llamé a Stella. Siempre está dispuesta a hacerme disfrutar, pero esta vez algo falló.
No podía quitarme de la cabeza la imagen de Karina, ni a Ashley embarazada y desconcertada, ni a Theo, mis padres, los gemelos.
Todo era un caos, y después de varios intentos fallidos de relajarme con la chica, la mandé a casa.
Pagué mi frustración con los muebles, caí rendido, y apenas unos minutos después, un nombre familiar iluminó la pantalla de mi móvil. Ashley.
Estaba asustado y furioso. Asustado porque no tenía ni idea de qué había pasado, porque ella estaba quién sabe dónde en las afueras de la ciudad, sin cobertura.
Furioso porque esa idiota había vuelto a actuar de manera totalmente irresponsable.
En su estado, debería quedarse en casa sin atreverse ni a respirar, estornudar o toser de más, porque cada movimiento, pensamiento y acción suya afecta a la salud del bebé.
El niño que tanto deseo y que quizás nunca llegue a tener.
Me costó horrores no gritarle a Ashley. Sabía que solo empeoraría las cosas, así que procuré no hablarle a menos que fuera estrictamente necesario. Ya está al límite, nerviosa y asustadiza, con la mirada culpable de un perro apaleado.
La llevé a mi casa para poder dormir tranquilo, y decidí que no me mudaría a Estados Unidos el mes que viene, al menos no hasta que cierta jovencita se centre y madure.
Aunque eso suena más a una excusa infantil por mi parte.
Al fin y al cabo, ella no es en absoluto asunto mío.
Pero sus ojos llorosos, su sonrisa triste y sus palabras sobre que nadie la necesita ni a ella ni a su bebé me calaron hondo.
Despertaron en mí un impulso repentino de acogerla bajo mi ala, darle todo lo que necesita y protegerla del estrés innecesario y de tener que trabajar.
Como si fuera una vieja loca de los gatos que recoge callejeros del patio: los alimenta, los cuida hasta que se recuperan, los rodea de atenciones, porque no tiene nada más que hacer ni nadie a quien dedicar su energía y su amor. Para ahogar la soledad.
Decido no precipitarme, sopesar bien las opciones, quizá incluso poner mi nombre en la casilla de «Padre» del certificado de nacimiento.
Dios sabe por qué necesito este quebradero de cabeza adicional, pero mis padres ya saben lo de Ashley, y el niño es su nieto biológico.
No voy a impedirles tener una relación, ni voy a revelar la paternidad de Theo. Que se las apañen ellos.
Me despierto temprano, tras haber dormido solo unas horas.
Me asomo al dormitorio y me quedo unos minutos junto a la cama, donde la chica duerme plácidamente.
Contemplo su rostro sereno, los rizos rubios esparcidos sobre la almohada, sus dedos delicados y sus pechos generosos bajo la tela de mi camiseta.
La imagen me excita tanto que tengo que entretenerme un rato en la ducha, y luego, ya tarde para una reunión, me abro paso entre el tráfico denso hacia el centro de negocios.
—Dylan, me alegro de verte.
Eugene es un viejo conocido y propietario de un edificio de dos plantas en el centro que yo pensaba comprar para un nuevo estudio antes de decidir mudarme a Estados Unidos. Hoy tenía previsto cancelar el trato, contarle mis nuevos planes e ideas, pero por alguna razón, no tengo prisa por hacerlo.
Sus abogados traen el contrato para revisarlo. Pasamos un buen rato repasando los documentos, discutiendo los pormenores del acuerdo y los pagos aplazados, hasta que la conversación deriva hacia asuntos personales, cotilleos y actos sociales.
—Ah, casi se me olvida: el sábado organizo una gala benéfica.
Mi secretaria te enviará una invitación, y de verdad espero verte con acompañante esta vez, porque en ciertos círculos ya empiezan a murmurar que eres totalmente indiferente al sexo femenino —se ríe, porque es verdad que siempre aparezco solo a todas partes—.
¿O es que no encuentras a nadie? No te cortes, hermano, pídemelo y te busco una chica a tu gusto. Cara, figura, modales: lo tienen todo.
Hago una mueca ante su oferta, imaginándome perfectamente a quién me ofrecería.
—Oh, no, no me digas que los rumores son ciertos —abre los ojos de par en par, y yo pongo los ojos en blanco. Sus bromas no tienen ninguna gracia, y menos ahora, que no estoy de humor.
—Déjame en paz, ¿quieres? Tengo novia; es solo que no quiero que la prensa se meta en mi vida privada.
Pero solo por ti, la llevaré a tu dichosa «gala benéfica».
Y que sepas que eclipsará a cualquier Verónica o Annie de las tuyas —sonrío con suficiencia, mientras mentalmente me doy una bofetada por esas palabras.
Porque ahora de verdad tengo que presentarme con alguna modelo, cantante o influencer de belleza, o como quiera que las llamen.