No me dejes ir CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

La llamada de Theo me convence aún más de aceptar la invitación de Mark.

No puedo seguir encerrada entre estas cuatro paredes.

Quiero caminar, hablar, distraerme... lo que sea para recuperar mi paz mental.

Comprobar que todavía puedo gustarle a un hombre, que el embarazo y ser madre soltera no son una condena. Que tengo toda la vida por delante.

Por suerte, solo estoy de tres meses y no he engordado lo suficiente como para que la ropa me quede pequeña.

Elijo un vestido de lunares azules y unos tacones.

Me pinto la raya del ojo, me pongo brillo en los labios y me echo una chaqueta vaquera sobre los hombros.

Doy vueltas frente al espejo un buen rato, buscando alguna señal visible del embarazo, y en algún momento hasta me convenzo de que todo es un error.

Un fallo del sistema de mi cuerpo. Al fin y al cabo, nada ha cambiado. Ni un ápice.

Pero entonces recuerdo la foto de la ecografía de mi bebé. Una extraña ternura me invade y me llena por completo, y me llevo la mano a la barriga sin darme cuenta. El bebé que llevo dentro es todavía increíblemente pequeño, y estoy deseando saber qué es. Ni siquiera sé qué prefiero: niño o niña.

El timbre de la puerta interrumpe mis reflexiones. Mark me sonríe y lanza las llaves del coche al aire.

—¿Y bien? ¿Lista para irnos?

Su mirada me recorre y se detiene en mis labios. Me da un poco de vergüenza. Pero entonces recuerdo que es el mismo chico que me vio en pijama con elefantes y con un vestido rosa horroroso cuando éramos críos.

Le tomo del brazo y salimos del edificio charlando de cualquier cosa. Conduce un sedán blanco con interior de cuero y, por suerte, sin esos ambientadores que te marean. Respiro hondo y me abrocho el cinturón.

—Entonces, ¿adónde vamos? ¿Voy bien vestida? —Espero de verdad que no me esté llevando a un club esta vez. No quiero un sitio abarrotado. Quiero tranquilidad y una conversación agradable.

—Es un secreto. Ten un poco de paciencia y lo descubrirás. Pero primero, paremos a comprar algo para picar —responde Mark con aire misterioso.

Empiezo a soltar hipótesis sobre adónde puede estar llevándome. Niega con la cabeza a todas, jurándome que no lo adivinaré ni en un millón de años.

Paramos en una pastelería. Compramos un trozo de tarta de chocolate, una de queso, varios pasteles y dos tés calientes de frutos rojos.

Volvemos al coche y retomamos la marcha.

Mark guarda un silencio misterioso ante mis preguntas, luego cambia de tema y me pregunta por mis planes de futuro. Se me cae el alma a los pies.

—Todavía estoy buscando trabajo. No quiero volver a casa de mis padres, pero si no encuentro nada, no me quedará otra.

Me vuelvo hacia la ventana porque odio mentir. Y me muero por compartir mis preocupaciones con alguien, contarle lo que me está pasando, pedirle consejo y recibir aunque sea un poco de apoyo.

—Preguntaré por ahí; a lo mejor surge algo.

—Gracias —sonrío con educación, sin atreverme todavía a abrirme con él.

Llegamos a un parque en las afueras de la ciudad, y la verdad es que no entiendo qué se nos ha perdido aquí a estas horas.

Ya ha oscurecido y el aire otoñal es frío: no es precisamente el mejor sitio para pasear o hacer un picnic.

Observo sorprendida cómo Mark se adentra en el parque por un camino estrecho, luego se detiene en una caseta y le entrega algo a un guardia de seguridad. Miro alrededor y por fin lo veo.

—¿Un autocine? ¿En serio? ¿Hay uno aquí? —sonrío asombrada, sin apartar la vista de la enorme pantalla blanca donde ya están proyectando algo.

Le toco la mano para apartarla, pero Mark interpreta mi gesto de otra forma: entrelaza sus dedos con los míos, me lanza una mirada traviesa y de repente se sale de la carretera. Se detiene a la sombra de unos árboles frente a un pequeño parque, se gira y me atrae hacia él.

—¿Qué haces? —pregunto nerviosa, mordiéndome el labio inferior.

—Ven aquí, cariño, no tengas miedo.

Sus dedos se enredan en mi pelo, en la nuca, sujetándome, y abro los ojos de par en par cuando nuestros labios se tocan. Me besa despacio, con cuidado; de la confusión se me olvida respirar y, durante un instante, me quedo paralizada en sus brazos como una muñeca obediente.

—Mark —exhalo, intentando apartarme.

—Shh, no digas nada —dice con suavidad, ralentizando el beso.

De verdad que quiero confiar en él; cierro los ojos e intento sentir algo, pero su contacto me deja fría. No hay fuego por dentro, ni torbellino de emociones, ni zumbido en los oídos ni chispas que bailen tras mis párpados. Solo una incomodidad persistente y la sensación de que esto está mal.

La verdad es que quiero darle una oportunidad a Mark.

Le gusto, eso salta a la vista, y él a mí me gusta bastante.

Dicen que un clavo saca otro clavo, ¿no?

Así que me relajo y entreabro los labios para responder tímidamente al beso.

Me agarro a sus hombros y hundo los dedos en su pelo corto.

Quiero relajarme con él, pero no puedo. Tengo demasiados pensamientos dándome vueltas en la cabeza.

—Mark, espera —le agarro la mano cuando sus avances se vuelven demasiado atrevidos y pasan de los besos. No estoy preparada para esto, desde luego no ahora ni aquí.

—Me gustas, Ashley. No puedo evitarlo. Si quieres, podemos ir a un hotel, pero no sé si aguantaré tanto.

Su respiración es pesada y entrecortada. Me quema en el cuello. Aún tiene las manos en mis caderas, y trago el nudo que me sube por la garganta mientras me decido por fin a contarle la verdad.

—Mark, estoy embarazada. Es de mi ex, pero ya no hay nada entre nosotros —las palabras me salen de la boca con tanta facilidad que acabo tan sorprendida como él.

Mark se aparta de golpe, frunce el ceño y me mira con los ojos entrecerrados. Su expresión es indescifrable; imposible saber qué está pensando. Intento calmar la respiración y controlar el pánico. Con el corazón en un puño, espero su reacción.

—¿Esto es una broma? —se ríe nervioso, y todo el encanto de la velada se desvanece en segundos, se hace polvo.

Niego con la cabeza y me aprieto aún más contra el asiento.

—Y... ¿qué piensas hacer? —pregunta con los dientes apretados.

Me encojo de hombros sin saber qué decir, porque lo único que he hecho últimamente es dejarme llevar por la corriente, con la esperanza de que me arrastre en la dirección correcta. De momento, no ha sido así.

—Tengo una amiga; puedo pedirte cita con ella. Es médica —Mark tamborilea nervioso en el salpicadero y mira pensativo la oscuridad tras el parabrisas.

—Gracias, pero ya he ido al médico.

—No lo entiendo: ¿piensas quedarte con el bebé o qué? —Se vuelve bruscamente hacia mí, y me siento incómoda bajo su mirada.

—¿Y qué quieres que haga? —pregunto, atónita—. Espera, ¿me estás ofreciendo un aborto?

—Te ofrecí una opción sensata. Piénsalo: el ex, por lo que sé, no va a ayudar, y a ningún tío le va a hacer gracia cargar con el hijo de otro. Estás tirando tu futuro por la borda.

—Cállate, Mark, por favor, deja de hablar —digo mientras me aparto de él, cada vez más presa del pánico.

La decepción me inunda, seguida del miedo.

El miedo de que tenga razón: de que nadie me querrá a mí ni a mi bebé.

De que solo soy un lastre para cualquier hombre.

Las lágrimas me escuecen en los ojos sin que pueda evitarlo, y apenas logro contenerlas.

Quiero taparme los oídos y no escucharlo.

Dejar de sentir cómo cada palabra de Mark me golpea como un latigazo.

—Te estoy diciendo la verdad, Ashley. Eres una chica preciosa, pero solo de pensar que llevas dentro al hijo de otro tío, se me quitan las ganas hasta de besarte, no digamos ya de nada más. Soluciona tu problema, y entonces podremos volver a vernos y hablar de nuestro futuro y de una relación.

Me quedo boquiabierta, pero no puedo articular palabra. Boqueando como un pez fuera del agua, intento concentrarme en cualquier cosa menos en sus palabras.

—Si a un hombre le importa una mujer, le da igual que tenga un hijo, un montón de familiares enfermos o deudas. La querrá con todo lo que venga con ella —replico con brusquedad, apretando los puños hasta clavarme las uñas en las palmas.

—Eso es de ilusa —se burla—. No estoy preparado para un hijo mío, y mucho menos para el de otro. Gracias por decírmelo antes de... —Hace una mueca que me provoca un escalofrío.

—¿Antes de qué? —pregunto desafiante, mientras Mark va perdiendo todo su atractivo ante mis ojos.

—Antes de abrirte de piernas en el asiento trasero del coche.

Es como si me hubieran echado un cubo de agua helada encima. No puedo creer que Mark esté diciendo esto. El chico que tanto me gustaba. El que siempre fue tan dulce conmigo, que venía a verme a menudo y me contaba historias divertidas de su vida.

Creo que he llegado a mi límite. Por hoy, y por los próximos meses. Se acabó conocer gente, se acabaron las citas.

Con la mano temblorosa, agarro el tirador de la puerta, decidida a poner fin a esta conversación, a esta velada y a cualquier relación con este tipo. Aunque sea huyendo como una cobarde.

—¿Adónde vas? —Me agarra del brazo, y nuestras miradas se cruzan.

—A dar un paseo. No vaya a ser que me vomites encima del coche. Ya que estoy embarazada de otro y eso —no puedo evitar el sarcasmo.

—No seas estúpida. Te llevo a casa.

Me suelto de su agarre, le digo cuatro cosas bien dichas y salgo del coche de un salto.

—¡Pues vete al infierno! —me grita Mark, y aprieto el paso abrazándome a mí misma.

A mi espalda, oigo el rugido del motor; los neumáticos chirrían cuando el coche arranca y desaparece.

Me quedo sola en medio de un pequeño parque.

De noche. Hace frío y hay humedad, y mi chaqueta vaquera sigue en el coche, junto con el bolso.

Entonces caigo en la cuenta, y el primer sollozo se me escapa.

¿Tendrá razón? ¿Nadie me querrá nunca? ¿Son todos los hombres como Theo y Mark? Me tapo la boca con la mano, intentando contener los sollozos, pero al final me derrumbo en el banco más cercano y dejo correr las lágrimas.

Cuando por fin dejo de llorar, me recompongo un poco y caigo en que no tengo dinero para un taxi ni llaves del piso. Y para colmo, no tengo ni idea de dónde estoy.

Estoy furiosa conmigo misma por sentirme tan indefensa, y furiosa con Mark por su reacción. No fue capaz de mostrar ni una pizca de decencia ni de ofrecerse a seguir siendo amigos; en cambio, me trató como basura, como si estuviéramos en el siglo dieciocho y yo fuera una mujer caída.

Para colmo, la batería del móvil parpadea en rojo, y me doy cuenta de que no aguantará lo suficiente como para esperar a que la app del taxi encuentre un conductor.

Agarro el teléfono con fuerza, dudo solo unos instantes y hago algo que jamás haría en circunstancias normales.

Marco el número de la persona que menos quiero ver en este momento.

El corazón me late con fuerza. Cuento los tonos, rezando para que el teléfono no se apague antes de que conteste.

Ocho largos tonos, seguidos de un ansioso:

—¿Diga?

Me quedo en silencio. No puedo articular palabra. Cierro los ojos, escuchando su respiración agitada y el eco de su voz.

—¿Ashley? ¿Hola? ¿Ha pasado algo?

—Dylan, siento molestarte a estas horas, pero... ¿podrías venir a recogerme? No tengo las llaves de casa, el móvil está a punto de apagarse y no tengo la cartera —balbuceo atropelladamente, sin dejarle meter baza, esforzándome por que no me tiemble la voz.

—¿Cuál es la dirección? —pregunta con frialdad.

—No lo sé. Es un parque, no sé cuál. No había estado aquí nunca.

—Vale, escucha: abre el mapa del móvil y mándame la ubicación. Si se te apaga el teléfono, no te muevas de ahí. Voy para allá.

—Vale —susurro, y hago exactamente lo que me ha dicho.