CAPÍTULO 23
Me cruzo con Mark justo al lado de los contenedores de basura.
Un sitio de lo más romántico, sobre todo para pedirle a alguien una cita.
Sigo enfadada con él por lo del cóctel, así que me subo la cremallera de la sudadera hasta la barbilla, mantengo la vista al frente y paso de largo.
Ni siquiera me importa ir hecha un desastre esta mañana.
—Eh, Ashley, ¿qué pasa? —Me alcanza y me quita la bolsa de basura de la mano.
No digo nada. Sigo caminando con obstinación, intentando no mirar a Mark. Aunque en realidad me muero por hacerlo.
—¿He hecho algo que te haya cabreado? —pregunta desconcertado, y todo el mal humor que llevo días intentando contener me estalla de golpe.
—No, qué va. Solo me echaste alcohol en el zumo, pero aparte de eso, todo perfecto. ¡Genial!
—Venga, lo siento. Estabas demasiado tensa; solo quería ayudarte a relajarte.
—Genial idea, sobre todo después de tomarme la medicación. Te lo dije, Mark, ¿recuerdas?
—Ash, no te pongas así —me rodea la cintura con el brazo libre y me atrae hacia él—. Vamos al centro esta noche, ¿vale? Conozco un sitio genial; te va a encantar. Si alguien te hubiera dicho hace cinco años que te iba a pedir salir, ¿te lo habrías creído?
—No —le suelto, pero enseguida me ablando. Pagarla con Mark no es justo; él no tiene la culpa de que mi vida se esté desmoronando.
—Entonces, ¿tenemos un trato?
—No sé, no creo, Mark —murmuro, resistiéndome.
—Llegué demasiado tarde otra vez, ¿verdad? Ese tío del club no era tu hermano, ¿no?
—No, no es por ese tío, es solo que... no estoy preparada para una nueva relación —digo en voz baja, mirándolo por fin.
Está guapo, como siempre, pero por algún motivo, verlo ya no me produce esas mariposas en el estómago como hace seis meses.
—Vale, entonces quedamos solo como amigos. No te voy a presionar. Pasaremos un buen rato, nos conoceremos mejor, recordaremos los viejos tiempos y luego ya veremos qué pasa.
—No, Mark, nada de relaciones por ahora. Pero iría contigo a algún sitio como amiga. ¿Al parque, quizás? —pregunto esperanzada, porque necesito distraerme de todo lo que está pasando en mi vida.
Todavía no he encontrado trabajo, y esta mañana las náuseas del embarazo me han dado fuerte otra vez.
He tenido que mentirle a la tía Tatiana y decirle que tenía una intoxicación alimentaria.
Tampoco he reunido el valor para admitir ante ella, o ante mis padres, que pronto voy a ser madre.
Soy adulta, pero sigo teniendo miedo de las miradas de reproche de mi familia.
Todo esto me pesa muchísimo. Solo quiero distraerme de mis problemas, olvidarme de todo, volver al pasado y ser una estudiante despreocupada otra vez.
—¿Ahora mismo? —se ríe Mark, señalando sus pantalones de chándal desgastados y mi pantalón de pijama.
—Podríamos sentarnos en los columpios sin más —sugiero, mirando el parque infantil donde solía pasar tanto tiempo.
—Venga, vamos.
Se detiene y me obliga a mirarlo a los ojos. Verdes con motas doradas. Preciosos, con chispas de picardía bailando en ellos, pero mucho más serios que hace cinco años.
—Tengo que terminar unas cosillas ahora, pero paso a recogerte esta tarde. Así que prepárate para nuestra «no-cita».
—Si me encuentro con ánimos, Mark. Y si no, prométeme que no vas a insistir, ¿vale?
—Trato hecho —sonríe satisfecho.
—Y nada de alcohol.
—Pareces mi abuela. Por cierto, por fin me mudo en un mes. Me he comprado un piso, las reformas están casi terminadas, así que estás invitada a la inauguración.
—¿En serio? ¿Y cuándo te ha dado tiempo?
—El año pasado, en realidad. Es que la reforma se alargó.
—Enhorabuena.
Volvemos a la entrada en silencio. Mark mantiene el brazo alrededor de mi cintura, sin dejarme apartarme, como si ya fuéramos pareja.
Todavía no sé qué siento por él, pero estoy desesperada por recibir apoyo masculino, afecto y un hombro fuerte en el que apoyarme.
¿Y si Mark puede darme todo eso? ¿Me aceptaría a mí y al bebé?
Siempre fue un tío serio y responsable. En aquel entonces.
Y no creo que eso haya cambiado con los años.
—Nos vemos esta noche, Ashley.
Nos detenemos en mi puerta, mirándonos a los ojos, y asiento, apartando la mirada primero.
Entro en el piso y paso el resto del día preguntándome si las cosas podrían funcionar entre Mark y yo.
¿Podría aceptar al hijo de otro hombre y criarlo como propio?
Mi imaginación, alimentada por la ingenuidad y las ilusiones, se desboca tanto que en mi mente ya somos los padres felices de dos hijos, viviendo en ese mismo piso que mencionó hoy.
Cuando suena el teléfono unas horas más tarde, doy por hecho que es Mark y me entra el pánico porque ni siquiera he empezado a arreglarme.
Pero un número desconocido parpadea en la pantalla, y deslizo para contestar con los dedos temblorosos.
Seguramente sea por un trabajo. He ido a varias entrevistas y he enviado mi currículum a varias empresas.
La ansiedad se me dispara. Apago el hervidor para que no haga ruido, contengo la respiración y me llevo el teléfono a la oreja, soltando un débil:
—¿Diga?
—¿Ashley? Hola.
Por un momento, el corazón me da un vuelco.
Siento un dolor agudo, como una aguja fina atravesándolo, y me llevo la mano al pecho para calmarme.
Es Theo. Por supuesto, podría haberlo confundido fácilmente con Dylan, pero no esta vez.
Respira con dificultad en el auricular, como si estuviera ordenando sus pensamientos, nervioso, intentando armarse de valor para hablar.
—¿Qué quieres? —interrumpo el largo silencio.
Aunque sé que no debería, aguzo el oído para captar cualquier sonido al otro lado de la línea, temiendo perderme una sola palabra. ¿Por qué llama? ¿Por qué se ha acordado de mí de repente?
—Tenemos que hablar. No por teléfono. ¿Podemos vernos?
—No. Déjame en paz, ¿vale? —susurro furiosa, aunque mi corazón desea justo lo contrario.
—Soy Theo, no Dylan —exhala con cansancio.
—¿Crees que no te reconocí? —replico bruscamente—.
Mira, no quería ir a tu casa, no necesito el drama familiar con tu hermano, y no tengo la menor intención de verte.
No después de todo lo que hiciste. Así que hazme un favor y déjame en paz.
Déjanos en paz. Haz lo que hacías antes: olvida que existo. Para siempre.
—Maldita sea, Ashley, lamento que haya salido así.
Me gustabas, pero estoy casado y no pienso dejar a mi familia.
Pero he pensado mucho en todo y estoy dispuesto a asumir la responsabilidad del bebé.
Te apoyaré económicamente. Quiero hablar de esto contigo en persona.
Dime cuándo te viene bien y voy. Venga, cielo.
—No me llames así —replico, notando cómo me hierve la sangre al recordar nuestra breve aventura.
¿A cuántas otras chicas habrá llamado «cielo»? ¿Fui su única amante o hubo otras?
—No quiero verte. Nunca. Ni a ti, ni a tu hermano, ni a nadie de tu familia. Si te preocupa que le cuente a Karina tus aventurillas, tranquilo; es lo que menos me importa.
Estoy orgullosa de mí misma. Orgullosa de haber mostrado algo de carácter y no haberme deshecho delante de Theo después de su oferta de ayuda.
No me puse a fantasear con que tiene sentimientos por mí, pensando que si me esforzaba un poco más, sería mío.
Que seríamos una familia. Una de verdad.
La imagen de Theo y Karina besándose me viene a la cabeza de golpe.
Sí, claro, ¡como si alguna vez fuera a enamorarse de mí!
—He cumplido con mi parte al ofrecerte ayuda. Si algo cambia, ya sabes cómo encontrarme —dice con voz fría y cuelga sin siquiera despedirse, dejándome un sabor amargo en la boca y reabriendo heridas que apenas habían empezado a sanar.