No me dejes ir CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Me despierto sin saber dónde estoy. La habitación está en penumbra; las cortinas, bien cerradas, apenas dejan pasar una rendija de luz.

Busco el teléfono en la mesita de noche, pero no está.

Lo último que recuerdo es haberme subido al coche de Dylan.

Sola. Debí de quedarme dormida. ¿Cómo he acabado en la cama?

Me incorporo sobre los codos y examino la habitación. Me siento sorprendentemente descansada y alerta, como si toda la ansiedad y el agotamiento se hubieran quedado atrás ayer. Me quedo inmóvil cuando distingo una figura en el sillón. ¿Dylan?

Parece dormido. Tiene la cabeza inclinada, ligeramente ladeada, el cuerpo relajado, los ojos cerrados.

Durante unos momentos lo admiro; el corazón me da un vuelco y luego se acelera.

Después, impulsada por algo que no puedo explicar, salgo de la cama y me acerco.

Estudio sus rasgos, que ya me sé de memoria.

Respiro hondo, entrecortadamente; extiendo la mano para tocarle la cara, pero en el último momento me contengo y la retiro de golpe.

¿Debería despertarlo?

Mientras ordeno mis pensamientos, de pie tan cerca que percibo las notas amaderadas de su colonia impregnadas en su ropa y su piel, abre los ojos de repente y clava la mirada en mí.

Doy un respingo y retrocedo asustada. Me quedo en silencio.

Lo veo frotarse los ojos, somnoliento, bostezar, y luego decir con voz baja y ronca:

—Vístete. Te llevo a casa.

Me recorre con la mirada, se levanta despacio del sillón y sale, dejándome desconcertada.

Me quedo en medio de la habitación, sin saber qué hacer primero, incapaz de identificar lo que siento: ¿alegría por sus palabras o decepción? Luego me recompongo, me quito el vestido con el que dormí, encuentro mi ropa en el armario y me cambio lo más rápido que puedo.

Antes de salir, me miro en el espejo y retrocedo horrorizada. Dios, ¿así me ha visto? ¿Con ojos de mapache por el delineador corrido, el pelo revuelto y la marca de la almohada en la mejilla?

Corro al baño y me quito el maquillaje corrido con furia.

No entiendo por qué me importa tanto la opinión de Dylan, y me enfado aún más conmigo misma cuando me pillo poniéndome maquillaje nuevo.

Después encuentro el teléfono sin batería en la cómoda, cojo el bolso y salgo de la habitación con timidez.

Oigo voces de niños abajo y me quedo inmóvil en los escalones un momento.

Dylan está jugando con los niños: los levanta en el aire uno por uno y hace como que es un avión.

No me ve, pero yo no puedo quitarle los ojos de encima.

Me imagino a Theo en su lugar con nuestro hijo, pero entonces mi imaginación da un giro extraño y, en lugar de Theo, aparece su hermano.

Silencioso, irritable, pero responsable y de fiar.

Me llevo la mano al estómago, cierro los ojos un instante y decido interrumpir su diversión.

Me detengo a unos pasos de Dylan, nerviosa, con las asas del bolso bien agarradas, y lo miro expectante. Él me lanza una mirada y deja a uno de los gemelos en el suelo.

—Muy bien, chicos, hasta luego. Portaos bien. ¡Karina, me voy, ven a buscar a los niños! —grita hacia la cocina, y los niños se echan a llorar, sin querer dejar marchar a Dylan.

Me siento culpable, aunque en realidad la parte perjudicada soy yo. Observo a los niños e intento adivinar cómo será mi bebé. Seguro que se parecerán en algo; al fin y al cabo, el padre es el mismo.

—Venga, ya está bien. Volveré con vosotros. Solo voy a llevar a esta encantadora señorita a casa y luego vuelvo. Nada de lágrimas, ¿vale?

Por fin consigue calmar a los niños y salimos de la casa.

—Papá trajo una de repuesto —dice, en respuesta a mi pregunta silenciosa sobre la rueda—. Sube.

Me abre la puerta y subo torpemente al todoterreno. Me abrocho el cinturón enseguida y miro a cualquier parte menos a Dylan.

Conduce con seguridad mientras yo intento averiguar qué pasó cuando dormía. Dudo mucho que tuviera pensado volver corriendo a la ciudad por mí a primera hora de la mañana.

Dylan parece pensativo, serio, con el ceño fruncido; es el mismo de siempre, pero juraría que algo en él ha cambiado.

Algo intangible, invisible a primera vista.

Emana tensión, y su mirada se desvía hacia mí de vez en cuando, pero no me atrevo a preguntarle si está bien.

Recuerdo la cena de anoche, a Karina y a Theo, y adivino fácilmente la razón del mal humor de Dylan. Porque compartimos el mismo motivo.

La carretera está vacía, sin aguacero esta vez, así que llegamos rápido a la ciudad. Ni me entero del trayecto hasta que el coche se detiene en mi aparcamiento, justo delante de la puerta de mi edificio.

—Ha sido un placer conocerte. Cuídate —dice Dylan de repente, como si se despidiera de mí para siempre.

Oigo el clic que indica que la puerta está desbloqueada. Me tiemblan las manos, forcejeo con el cinturón y no consigo desabrocharlo a la primera. Le lanzo una mirada confusa y busco la manilla.

—Ashley —me llama, y sus dedos se cierran en torno a mi muñeca.

Un escalofrío apenas perceptible me recorre la espalda con el contacto.

—No me guardes rencor. Me equivoqué en algunas cosas, pero de verdad quería lo mejor. He pagado tu paquete de atención prenatal en la clínica; llámalos y pide cita.

—Gracias —digo tras una larga pausa, con la voz a punto de quebrárseme.

Le lanzo una última mirada y salgo del coche. Me alejo unos pasos y me quedo en la calle un buen rato. Incluso cuando el coche de Dylan desaparece a la vuelta de la esquina, sigo mirando en esa dirección.