No me dejes ir CAPÍTULO 18 ASHLEY
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CAPÍTULO 18 ASHLEY

Dylan me lleva a una habitación espaciosa y luminosa en el segundo piso. Las ventanas dan al patio trasero, y un bosque de pinos empieza a pocos metros de la casa. La vista es sencillamente increíble.

—¿Te gusta?

No me di cuenta de que se había acercado por detrás. Su aliento cálido me hace cosquillas en el cuello y me provoca un escalofrío que me recorre la espalda.

—Sí, es precioso.

Bajo la vista y veo a Theo. Desde esta altura, distingo fácilmente su expresión pensativa. Y ahí está de nuevo, esa sensación indescriptible de tener dos versiones de la misma persona tan cerca: una frente a mí, otra a mi espalda.

Es un momento en el que los límites se difuminan hasta el punto de no poder distinguir quién es quién. Mis ojos recorren los rasgos de uno mientras mi cuerpo siente el contacto del otro. El corazón me duele por uno y a la vez se me acelera por el otro. Aunque el odio arde por los dos. Por igual.

—Hay ropa en las bolsas. Elige lo que te guste; espero que sea tu talla.

—¿Es para ella? —pregunto señalando la gran cama doble, junto a la que están las bolsas de compras que iban esparcidas por el coche con la bolsa de deporte.

—¿Para quién?

—Ya sabes quién. ¿Intentas conquistarla con regalos?

—No digas tonterías. Siempre traigo algo de mis viajes de negocios para mis padres, y para mi hermano y su esposa.

—Sí, claro. Te creo.

—Me da igual lo que te hayas montado en la cabeza. La cena es a las siete; vendré a buscarte. Puedes darte un baño, pero no pongas el agua demasiado caliente. En tu estado, no es seguro.

—Gracias por la preocupación —murmuro entre dientes.

En cuanto Dylan cierra la puerta, saco el móvil y llamo al servicio de taxis. Tras un tono interminable, salta una voz automatizada que me da ganas de gritar de frustración:

—Lo sentimos, no hay vehículos disponibles en su zona. Para cancelar, pulse uno. Para hablar con un operador, pulse dos. Para aumentar su oferta y conseguir un servicio más rápido, pulse tres.

¿Aumentar la oferta? ¿Cuánto más? El precio ya es astronómico.

Cancelo la solicitud y llamo a otros servicios, pero nadie quiere ir tan lejos de la ciudad. Por el doble de la tarifa, sin problema. A la tarifa normal: «por favor, espere, puede que haya un coche disponible».

En un arrebato de frustración, lanzo el móvil sobre la mesita de noche y me dejo caer en la cama. Me quedo mirando fijamente el techo blanco inmaculado y caigo en la cuenta de que ahora no tengo otra opción.

Dios, ¡no quiero enfrentarme a Theo!

Una cosa es verlo desde la distancia, observarlo a través de un cristal.

Otra muy distinta es sentarme a la misma mesa y fingir que no me afecta en absoluto que el hombre al que amo, el padre de mi hijo, le sonría a otra mujer, la bese y la admire, mientras a mí me lanza miradas de disgusto, casi de desprecio.

Miro las bolsas de ropa y una sonrisa se dibuja lentamente en mi cara.

Claro, podría decir que me encuentro mal y esconderme en esta habitación hasta que llegue el padre de Dylan.

O... podría ponerme el mejor vestido de aquí e intentar estar absolutamente deslumbrante.

Demostrarles que la traición de Theo no me afectó lo más mínimo.

Como mínimo, podría fastidiar a Karina robándole parte de la atención que recibe de los dos hermanos.

Primero saco un precioso vestido blanco con falda acampanada, pero me queda ridículo.

No tengo las piernas largas de Karina, y casi ninguna prenda es de mi talla.

Lo único que me sienta bien es un vestido azul ligeramente holgado que me llega justo por encima de la rodilla.

Doy una vuelta frente al espejo y decido darme un baño y arreglarme el pelo.

Entre el montón de ropa encuentro una bata de seda y, sin el menor reparo, decido quedármela prestada también.

El agua me relaja y casi me quedo dormida, pero al final me obligo a salir de la bañera y piso las baldosas frías con los pies mojados.

Me seco con una toalla suave, encuentro un secador en uno de los estantes y empiezo a secarme el pelo.

Me ato el cinturón de la bata a la cintura, abro la puerta y me quedo paralizada.

El corazón me da un vuelco ante lo que veo.

Dylan se quita la camiseta de un solo movimiento y la lanza hacia la cama.

Su cuerpo es puro músculo, pero son los tatuajes de su espalda los que me llaman la atención.

No se da cuenta de mi presencia enseguida, así que carraspeo a propósito justo cuando sus manos van a desabrocharse el cinturón.

—Solo voy a darme una ducha rápida; la mesa ya está puesta. Esa bata te queda bien —me recorre con una mirada apreciativa y creo que me sonrojo.

De repente, la bata de seda con encaje me parece terriblemente reveladora, provocativa y demasiado corta.

Me la quito rápidamente y me pongo el vestido, temiendo que Dylan vuelva en cualquier momento; luego encuentro el neceser en el bolso y me pongo un poco de rímel y pintalabios.

Intento darle algo de volumen al pelo, y la verdad es que queda bastante bien.

Camino hacia la ventana, mi mirada se posa en Theo y toda esa valentía se desinfla en un instante. No, no estoy lista. Hoy no.

Camino de un lado a otro de la habitación, temblando de los nervios, y la idea de mentir diciendo que me encuentro mal ya no me parece tan mala.

Cuando la puerta del baño se abre y el hombre aparece con solo una toalla enrollada en las caderas, estoy dispuesta a esconderme debajo de la cama con tal de que me dejen tranquila.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunta de repente, y me doy cuenta de que llevo demasiado rato mirándolo fijamente.

—Es lo mismo que el de tu hermano, así que no me sorprendes con nada —me burlo mientras aparto la mirada de las gotas de agua que le resbalan por el pecho musculoso—. No me encuentro muy bien. ¿Cuándo llega tu padre?

—Ya ha salido de la ciudad; estará aquí en una hora. Deja de temblar. Estás muy guapa. Créeme, hasta mi hermano quedará impresionado y se dará cuenta de que eres mucho mejor que Karina.

Dylan se da cuenta de que ha metido la pata cuando mi rostro se queda sin expresión. Para mí, sus palabras suenan a burla. Como si una chica como yo no pudiera gustarle a Theo. Como si no pudiera entender cómo su hermano pudo siquiera fijarse en mí.

—Creo que simplemente esperaré aquí a tu padre.

—Broma estúpida, lo admito. Lo siento.

Levanta las manos en señal de paz y luego saca una camisa y unos vaqueros negros de su bolsa. Sin una pizca de vergüenza, se quita la toalla, y yo me giro bruscamente dándole la espalda. Abro los ojos horrorizada. Dios, este hombre no conoce los límites.

—¿Podrías cambiarte en el baño? ¿O al menos avisarme antes de decidir desfilar en cueros? —espeto, mientras la vergüenza vuelve a arderme por dentro.

—Tú misma lo dijiste: visto uno, vistos todos, ¿no? —bromea. Escucho el roce de la ropa detrás de mí—. Vale, ya estoy decente. Ya puedes llenarme de piropos.

—Ja, ni lo sueñes.

Le echo un vistazo cauteloso para asegurarme de que su desnudez no volverá a cegarme, y luego intento encontrar al menos una excusa para no bajar.

—No tengo los zapatos adecuados para este vestido. Es un crimen llevarlo con chanclas.

—No pasa nada; no estás en una alfombra roja.

—Y todavía no me encuentro bien. Las náuseas del embarazo podrían arruinar toda la celebración.

—Hay arbustos cerca, no te preocupes. Incluso te sujetaré el pelo.

—Y además, quiero dormir —insisto, sin dar mi brazo a torcer.

—Es demasiado pronto. Lo único que conseguirás es despertarte en mitad de la noche y quedarte en vela hasta la mañana. Ponte los zapatos; seguro que llevan siglos esperándonos. Ah, casi me olvido del regalo.

Dylan se pone a rebuscar entre las bolsas, luego en la bolsa de deporte, y concluyo que realmente necesita una mujer en su vida. O una asistenta. Lleva cinco minutos en la habitación y ya ha montado un caos total.

—¡Lo encontré! —exclama, con una pequeña caja negra en la mano—. Vamos, Ashley, no seas gallina. Finge que somos la pareja más feliz del mundo.

—Lo mejor que puedo hacer es intentar no abalanzarme sobre Theo y destrozarle esa carita bonita con las uñas. Y me muero de ganas de hacerte lo mismo a ti, así que no bajes la guardia, mi querido «novio».