CAPÍTULO 17 ASHLEY
Lanzo a Dylan una mirada fulminante, esperando que capte la indirecta, pero él y su madre parecen haberse aliado: ignoran por completo mis protestas e insisten en hacer las cosas a su manera.
—Ashley, entremos. Ya veremos qué hacer después de cenar —dice, y me toma de la mano para arrastrarme hacia el lugar donde me espera la única persona a la que desprecio más que a nadie.
Clavo las uñas con fuerza en la palma de Dylan.
Quiero hacerle daño, expresar mi protesta de alguna manera, obligarlo, aunque sea una sola vez en su vida, a hacer lo que le pido.
Pero es más terco que una mula. Parece ser de esas personas a las que no les importan los sentimientos de nadie con tal de conseguir lo que quieren; simplemente arrasan con todo y esperan que los demás bailen a su son.
—Te das cuenta de que puedo destruir la imagen perfecta de tu familia con solo unas palabras, ¿verdad? —susurro, aflojando el paso.
—Adelante. Te doy luz verde. Quizá sea exactamente lo que busco. Cuéntales a todos la verdad y no volveremos a vernos —sonríe con suficiencia.
Tiene que estar mintiendo. Si quisiera, habría aireado hace tiempo los trapos sucios de su hermano. Entonces, ¿qué quiere de mí?
Para mi sorpresa, empieza a acariciarme suavemente el dorso de la mano con la yema del pulgar. El gesto es demasiado íntimo. Es como si intentara calmarme. La piel me arde con su contacto, y durante unos segundos me pierdo, dejándome llevar por la sensación.
Dylan me deja con su madre y se dirige al patio trasero, donde se queda rondando cerca de la parrilla con Theo. Los observo a través de la gran puerta corredera de cristal, intentando distinguir las diferencias entre los hermanos.
A simple vista son indistinguibles, salvo que Theo siempre va perfectamente afeitado.
Pero sus gestos los delatan. Dylan mantiene las manos en los bolsillos; su postura es erguida, sus movimientos medidos.
Sonríe con moderación y parece más relajado.
Theo es pura energía; no puede estarse quieto.
Un momento está echando leña al fuego, al siguiente cuenta una historia gesticulando con las manos.
En algún momento, la tensión estalla entre ellos. Está claro que discuten, porque de repente alzan la voz y luego se callan en seco, fulminándose con la mirada. No es difícil adivinar qué causó la ruptura entre ellos. O quién .
De repente, Theo me lanza una mirada fría y aparto la vista bruscamente.
Me alejo de la puerta y cojo un cuchillo para picar verduras.
Me tiemblan ligeramente las manos, tengo la piel helada.
Miro con impaciencia el móvil en el borde de la encimera, esperando la confirmación del taxi.
Lo siento, Dylan, pero estoy hasta las narices de estos intentos de manipularnos a mí y a mi bebé.
Natalie me bombardea con otra ronda de preguntas: que cuándo Dylan y yo pensamos formalizar lo nuestro, que de cuánto estoy, que cuándo sabremos el sexo del bebé.
Respondo de mala gana y no le hago ni una sola pregunta.
No quiero acercarme a ella ni encariñarme.
No quiero que me caiga bien, aunque parece una mujer agradable.
—Por fin he conseguido acostar a los gemelos —Karina aparece en la cocina, y el espacio de repente se me antoja demasiado pequeño para las tres.
La esperaba, pero aun así había albergado la esperanza de evitar el encuentro. Su mirada rezuma superioridad, y a juzgar por sus labios apretados y cómo arruga la nariz, no es difícil adivinar que mi llegada no le hace ninguna gracia.
—Hola, qué bien verte. Tu llegada ha sido una agradable sorpresa; Dylan dijo hace unos días que vendría solo.
Sus labios escarlata se curvan en una sonrisa que deja ver una hilera perfecta de dientes blancos como perlas, pero no hay ni una gota de sinceridad en ella. Todo es falso. Está claro que Karina no se alegra de verme, y me odiaría aún más si supiera lo de mi aventura con Theo.
—Consiguió convencerme de cambiar mis planes. A veces Dylan puede ser muy persuasivo —digo con tono soñador y lanzo una mirada ostentosa hacia el patio trasero, donde los hombres están de espaldas a nosotras.
Decido poner a prueba una teoría: ¿está Karina celosa de verdad? ¿Hay algo entre ella y Dylan, aunque se quede con Theo por alguna razón?
Su presencia me pone increíblemente tensa. Observo sus movimientos, cómo se mueve por la cocina como si fuera la dueña, inspeccionando con ojo crítico el trabajo que hemos hecho Natalie y yo.
La madre de Theo y Dylan es completamente ajena a la escaramuza silenciosa entre Karina y yo. Incluso cuando Karina me regaña por picar las verduras demasiado gruesas y luego me pregunta si he traído algo decente que ponerme, porque:
—Hoy todo tiene que ser perfecto. Al fin y al cabo, es nuestro aniversario de boda.
No puedo resistir un momento de regodeo mental. Sí, claro, todo será tan «perfecto» como tu matrimonio. Corto otro pepino en trozos irregulares y me estremezco cuando unas manos calientes se posan en mi cintura.
—Bueno, ¿cómo van las cosas por aquí? —Dylan me atrae hacia su pecho y hunde la nariz en mi pelo. Me quedo paralizada, incapaz de moverme; quiero apartarlo y acercarlo a la vez, solo para fastidiar a Karina.
—Hijo, ya que te has metido en la cocina, a lo mejor puedes limpiar el pescado. Me temo que nos vamos a estropear la manicura —se ríe Natalie, que enseguida le encuentra también una tarea.
Saca una trucha enorme del frigorífico, y solo de verla me invade una oleada de náuseas.
Dylan coge el cuchillo y abre en canal el vientre del pescado. En ese mismo instante, salgo disparada de la cocina, agradecida de no haber comido nada todavía.
Salgo al porche, me apoyo en la pared de la casa y respiro hondo varias veces.
La mirada se me va hacia ese maldito coche, que ahora odio con todas mis fuerzas, y me acaricio el vientre, aún sin poder creer que hay una pequeña vida creciendo dentro de mí.
Un coche pasa a toda velocidad por delante de la casa, y de repente recuerdo que me he dejado el móvil en la cocina. ¡El taxi! ¡He pedido un taxi!
Estoy a punto de volver a entrar cuando se abre la puerta y aparece Dylan en la terraza.
—¿Estás bien? —parece preocupado, me recorre con la mirada y se detiene a un paso de distancia.
—Sí. Es el pescado... —hago una mueca al recordar la visión espantosa.
—Hoy nos saltamos el pescado.
—¿Qué?
—Lo he tirado. Karina ha montado un escándalo, claro; la trucha rellena iba a ser el plato principal, pero a mí me parece que con la barbacoa nos apañamos de sobra —dice con un deje divertido.
—Nunca te lo perdonará. Un punto menos para tu reputación. Se supone que esta cena tiene que ser perfecta.
—Bueno, pues entonces tendrá que rebuscar en la basura. Así que si aparece pescado en la mesa, te aviso: no lo comas —me guiña un ojo y por un momento me quedo paralizada.
De repente, una sonrisa preciosa le ilumina el rostro; sus ojos brillan con picardía. Ahora mismo es el vivo retrato de Theo. O Theo es el vivo retrato de él...
Nos quedamos frente a frente, cambiando el peso de un pie a otro con incomodidad, sin que ninguno de los dos sepa qué más decir.
Quiero darme una bofetada por pensar que me siento más segura en esta casa cuando estoy al lado de Dylan, porque, hablando en plata, él es quien me ha arrastrado hasta aquí.
—No tienes que ayudar en la cocina. ¿Por qué no te tumbas y descansas un rato? Ha sido un día agotador.
—Sí, creo que lo haré. Todavía no consigo acostumbrarme a reaccionar de forma tan rara a la comida normal. Solo necesito coger el móvil —digo con toda la naturalidad que puedo, esperando que Dylan no sospeche que estoy planeando mi huida.