CAPÍTULO 16 ASHLEY
No puedo creer que Dylan haya hecho esto. Me trajo a rastras a la finca familiar después de negarme en redondo a venir. Y pensar que casi llegué a creer que era un tío decente.
De la impresión, las bolsas se me resbalan de las manos, y toda su familia se vuelve a mirarme.
—Tengo que hacer una llamada.
Salgo disparada, empujando la puerta con tanta fuerza que golpea contra el revestimiento. El aire me llena los pulmones, pero sigo sintiéndome asfixiada. ¿Va a ser así cada vez que vea a Theo? ¿Por qué no se puede dejar de querer a alguien chasqueando los dedos?
Me abrazo el cuerpo y me apresuro a alejarme de este lugar.
A escapar. Se me escapan unas lágrimas de todos modos, pero estoy decidida a contenerlas.
Ni hablar. Esta vez no, y desde luego no por culpa de Dylan.
De repente me doy cuenta de que lo que más me dolió no fue ver a Theo con su guapa esposa, sino la sucia jugada de su hermano.
Unos minutos después, justo cuando empiezo a relajarme pensando que nadie me sigue, oigo pasos pesados a mi espalda. Casi echo a correr; no quiero ver a nadie.
—Ashley, espera —la voz de Dylan suena menos segura ahora.
Incluso habría pensado que había un deje de culpa en su tono si no supiera ya que le importa un bledo todo menos él mismo.
Se pone a mi altura. Necesito dar dos pasos por cada una de sus largas zancadas.
Veo una piedra grande al borde del camino y me pregunto si acabaría en la cárcel por partirle la cabeza con ella ahora mismo.
Estoy furiosa con él. Más que furiosa. Y conmigo misma, por ser tan estúpida, tan ingenua y tan confiada que no sospeché nada.
—¿Adónde vas?
—Me largo de este paraíso —digo con frialdad, contenta de haber conseguido controlar mis emociones tan rápido.
—Aquí no hay transporte público.
—Vaya déjà vu. Ya hemos pasado por esto, ¿no? ¡Ah, espera, es verdad! La última vez me mentiste exactamente igual y me llevaste a casa de tus padres. Esta vez llamaré a un taxi, no te preocupes.
—Estamos a doscientos cuarenta kilómetros de la ciudad —insiste Dylan. ¿Qué espera? ¿Que decida quedarme bajo el mismo techo que gente a la que no soporto?
—Haré autostop.
—Mira, espera un momento —me agarra del brazo y tira de mí hacia él, lo que desata una tormenta de emociones en mi interior.
—¡Suéltame! ¡Ahora!
Me aparto de un tirón y por fin lo miro. Parece inquieto; no hay rastro de sonrisa ni de su arrogancia habitual.
—Vale, vale, lo admito. Ha sido un poco rastrero.
—¿Un poco? —arqueo una ceja.
—De verdad que quería ayudar. No me mires así. Te entiendo mejor que nadie, lo creas o no.
—¿A ti también te mintió un tío y te dejó embarazada? ¿Y luego apareció un hermano gemelo malvado que...?
—No me refiero a eso —me interrumpe Dylan bruscamente—.
Me refiero a que todavía sientes algo por él; cualquiera puede verlo.
Te traje aquí para que vieras cómo es en realidad.
Para que pudieras pasar página, ver su verdadera cara.
Para que dejaras de aferrarte a ilusiones sobre Theo y siguieras adelante.
—¿Como tú? Me fijé en cómo miras a Karina. ¿Conseguiste olvidarla? ¿Destrozaste tus propias fantasías?
—Eso es diferente —hace una mueca, claramente sin querer hablar del tema.
—¿Y en qué es diferente? Vamos, dímelo —lo presiono. Me doy cuenta de que voy por buen camino. He encontrado su punto débil, y ahora puedo darle donde más le duele.
—No nos acostamos, no pasó nada entre nosotros salvo unas cuantas citas. Ella tomó su decisión y se ha mantenido firme durante diez años. Pero él te mintió, te utilizó. Son cosas diferentes.
—No veo la diferencia. Y sinceramente, me da igual. Ahora mismo solo quiero estar en casa y no verlo ni a él, ni a ti, ni a tu preciosa Karina —siseo mientras me suelto de su agarre.
De repente empiezo a odiar a esa mujer todavía más. Todo gira en torno a ella, todos la quieren, la adoran, mientras que yo solo soy un rollo de unas cuantas noches que encima se quedó embarazada por accidente y ahora solo estorba.
—Y no intentes venderme el cuento de las buenas intenciones. Sé perfectamente por qué me trajiste aquí. Quieres usar esto para recuperar a Karina. Soy tu baza contra Theo, pero yo también soy una persona, ¡y tengo sentimientos!
No dice nada. Solo me mira en silencio mientras me aprieta el brazo con más fuerza. Es como si Dylan se hubiera desconectado de la realidad y se hubiera perdido en el caos de su propia cabeza.
—Suéltame, me estás haciendo daño —me aparto de un tirón y él cede. Me froto las marcas rojas que me han dejado sus dedos, pero por alguna razón no tengo prisa por salir corriendo.
—Lo siento. Te llevo de vuelta. Vamos —dice con voz apagada.
No me creo que sea tan fácil, así que cuando se dirige hacia la casa, me quedo quieta mirándole la espalda. Luego miro alrededor, no hay ni un solo coche a la vista, y sigo a Dylan de todos modos. Lo alcanzo junto al coche. Parece abatido, agachado junto al parachoques.
—La rueda está pinchada y no hay repuesto. Tendremos que esperar a que vuelva mi padre.
—¿Estás de broma? —pregunto, levantando la voz—. La pinchaste tú, ¿verdad? Dios, no me lo puedo creer.
—No digas tonterías. ¿Por qué iba a hacer eso?
—¿Para conseguir a Karina, quizá? Hace cinco minutos estaba perfectamente.
—Estás demasiado obsesionada con ella. Los celos te están nublando el juicio.
—Mira quién fue a hablar —me burlo mientras rodeo el coche para confirmar que, efectivamente, el neumático está pinchado—. Abre el maletero.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Quiero asegurarme de que no estás mintiendo.
—Perfecto. Bien. Mira.
Dylan abre el maletero con una sonrisa estúpida en la cara, dejando a la vista una bolsa de deporte, varias bolsas de la compra, botellas de agua y algún aparato electrónico, además de la llamativa ausencia de la rueda de repuesto que tendría que estar ahí para salvarme de la presencia no deseada de ambos hermanos.
Suspiro frustrada al darme cuenta de que solo tengo una opción.
—Llámame un taxi. Y lo pagas tú. Tú me trajiste aquí, así que ten la decencia de buscarme la forma de volver. Al fin y al cabo, prometiste que estaría en casa antes de que anocheciera.
—Esperemos a papá y te llevaré de vuelta en el coche de Theo —insiste.
—No. Ahora, Dylan. Llama a un taxi ahora.
—Me encantaría, pero mi móvil se ha quedado sin batería.
—¿Me estás tomando el pelo?
No me da tiempo a soltar un comentario mordaz, porque su madre sale de la casa y nos llama:
—¿Va todo bien ahí fuera? Ashley, entra y ayúdanos con la cena a Karina y a mí. Deja a este hombre aburrido a solas con su querido montón de chatarra.
Mientras intento recordar el nombre de la mujer, ella ya está justo a nuestro lado, sonriendo con dulzura y sin apartar los ojos de mi barriga. Incluso empiezo a sentirme un poco incómoda bajo una mirada tan intensa.
—Mamá, lleva a Ashley dentro. De repente ha decidido que necesita volver a la ciudad inmediatamente.
—¿Volver a la ciudad? ¿Para qué? Ni siquiera hemos tenido ocasión de conocernos bien todavía. Además, el aire aquí es maravilloso y el bosque está aquí al lado: es justo lo que necesita una futura madre. Vamos, que como me descuide Karina me quema la mitad de los platos.