CAPÍTULO 15 ASHLEY
—¿Cómo es que vuelves tan pronto del trabajo? —intervengo, cortando a Dylan antes de que abra la boca y diga más de la cuenta. No quiero mentirle a mi tía.
—Tuve que pasarme por el banco por un asunto del trabajo, así que decidí venir a almorzar a casa —dice mi tía, entrando en el apartamento y dejando el bolso en el suelo—.
Y tú debes de ser Theo, ¿verdad? —La curiosidad le ilumina los ojos, y me doy cuenta de que ahora el hombre no va a poder escaparse tan fácilmente.
—¿No me parezco a él? —Hay una ironía evidente en la voz de Dylan, y juraría que le molesta que lo confundan con su hermano.
—Bueno, solo te he visto un par de veces por la ventana. Pareces igual de moreno y alto. Ay, Ashley, ¿te encuentras mal?
Su mirada se detiene en la bolsa de la farmacia.
Oigo una risita de Dylan; está claro que se ha dado cuenta de que todavía no le he contado a nadie lo del embarazo.
—No, es solo que... Theo ha decidido comprarme unas vitaminas. Se acerca el otoño, hay que reforzar las defensas —recalco su nombre a propósito y luego señalo hacia la puerta con la cabeza, esperando que pille la indirecta.
—Qué detalle. Venga, pasad; vamos a tomar un té juntos. He comprado pastas.
—No, no, Theo ya se iba. Tiene cosas que hacer —digo atropelladamente, abriendo la puerta aún más.
—Tratándose de una ocasión así, puedo quedarme un rato —declara. Apenas logro contener las ganas de darle una patada. Fuerte.
Pasamos a la diminuta cocina, que ahora parece imposiblemente estrecha.
La tía Susan lo bombardea con un millón de preguntas, que él responde de forma breve y contenida.
Siento que esto está mal. Mentirles a los padres de Theo fue una cosa —me da igual cómo se las apañe Dylan con eso después—, pero ¿engañar a mi propia familia para luego tener que inventarme excusas sobre dónde ha desaparecido de repente el hombre? Eso no quiero hacerlo.
A Dylan, sin embargo, no parece importarle en absoluto que mi tía piense que es mi novio.
Remueve lentamente el té caliente mientras se acerca cada vez más a mí.
Esta merienda se está volviendo insoportable, sobre todo cuando la tía Tatiana empieza a deshacerse en elogios sobre la pareja tan bonita que hacemos.
Estoy a punto de poner fin a esto —aunque tenga que contar la verdad sobre los gemelos y el embarazo, aunque tenga que aguantar las miradas compasivas de mi tía—, pero una llamada de teléfono me salva de tener que confesar.
—Disculpad, tengo que coger esto. Es del trabajo.
Dylan sale de la cocina y suelto el aire. Ni siquiera me había dado cuenta de lo tensa que había estado todo este rato.
—Es muy guapo, aunque un poco reservado —susurra la tía Tatiana, inclinándose hacia mí—. Pero se nota enseguida: es un hombre de los que valen. A un hombre así hay que agarrarlo y no soltarlo nunca.
—Es que no lo conoces bien —digo con una sonrisa, mirando hacia la puerta.
—Ay, no hace falta conocer nada. Basta con mirarle a los ojos.
—Disculpad, me han llamado del trabajo, así que tengo que irme. Ashley, ¿me acompañas a la puerta? —dice Dylan, salvándome de la misma situación en la que me ha metido.
—Sí, claro. —Me levanto de golpe y me doy un golpe en la cadera contra la esquina de la mesa—. ¡Ay!
—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? —Dylan está a mi lado en un instante.
Una corriente eléctrica me recorre el cuerpo al sentir su mano en mi brazo.
Nuestros ojos se encuentran y, por un momento, olvido el dolor.
Me quedo ahí mirándolo, con el corazón latiéndome frenéticamente en el pecho.
Él tampoco se mueve; su mirada se desliza por mi rostro, su respiración se vuelve pesada.
—A lo mejor habría que ponerle hielo —la voz de la tía Tatiana se interpone entre nosotros como un torbellino y nos obliga a separarnos de un salto.
—No, todo bien. Voy a acompañar a Dylan... a Theo.
El hombre parece pensativo. Se detiene en la puerta y me mira como si quisiera decir algo, pero duda.
—No te olvides de tomar las vitaminas, y descansa mucho. —Señala la bolsa con la cabeza—. Y piénsate mi oferta.
—Ya sabes cuál es mi postura.
Abro la puerta de par en par, deseando que por fin se largue. Del apartamento y de mi vida. Para siempre.
—Dylan —susurro—, por favor, no vuelvas por aquí.
—Eso no puedo prometértelo. Hasta luego, Ashley.
Observo cómo su figura desaparece escaleras abajo, cierro la puerta y siento un extraño vacío por dentro.
***
Llevo toda la semana intentando encontrar trabajo.
Voy a entrevistas, relleno solicitudes y subo mi currículum a páginas de empleo, pero no ha servido de nada.
Dylan tenía razón: no puedo trabajar turnos de doce horas repartiendo paquetes en correos, no aguantaría turnos nocturnos en un almacén mayorista, estar detrás del mostrador de una panadería sería imposible por el calor sofocante, y el olor de la sección de carnicería del supermercado seguro que me daría náuseas.
Estoy desesperada. Claro que todavía no ha pasado el tiempo suficiente como para que cunda el pánico, pero dado mi embarazo, muchas ofertas que no requieren experiencia ni habilidades especiales quedan automáticamente descartadas.
También tuve que contarles a mis padres que me habían despedido, aguantar un sermón y explicarles mis planes: quedarme en la ciudad. A mamá, por lo visto, no le importa en absoluto; al contrario, se alegró de que por fin pudiera tener la oportunidad de asentarme aquí.
Me tomo las vitaminas dos veces al día, y cada vez que lo hago, pienso en Dylan. No ha vuelto a molestarme, aunque a menudo miro el teléfono con recelo cuando suena. Es como si ese hombre hubiera sido solo un sueño extraño y breve.
Vuelvo a casa después de otra entrevista fallida cuando empiezan a acumularse nubes de tormenta y las primeras gotas de lluvia comienzan a tamborilear en los tejados.
Acelero el paso y luego echo a correr. Por suerte, solo estoy a unos metros del edificio, y me refugio bajo el toldo, protegiéndome de los goterones fríos.
Busco las llaves de casa en el bolso y me doy cuenta de que probablemente las dejé en la mochila. Tía Tatiana, por supuesto, está en el trabajo. Marco el primer número de apartamento que veo en el portero automático y solo oigo interferencias. Comunicando. Nadie contesta.
Bien.
Busco a Mark en mis contactos, pero tampoco contesta; es como si todos se hubieran puesto de acuerdo para dejar el edificio vacío.
Me quedo en la puerta unos minutos, planteándome si llamar a las ventanas del primer piso, cuando un Jeep que me resulta familiar se detiene al otro lado de la calle.
Me quedo paralizada, viendo como a cámara lenta cómo baja la ventanilla tintada, y cierro los ojos, negándome a ver al hombre que está al volante.
—¡Sube al coche! —grita para hacerse oír sobre la lluvia. Me estremezco con un trueno repentino—. ¡Ashley, no te quedes ahí fuera! —vuelve a gritar.
Niego con la cabeza y pulso los malditos números del portero con manos temblorosas. Vamos, que alguien conteste y abra esta puerta.
La paciencia de Dylan dura solo unos minutos. Sale del coche y abre un gran paraguas negro. Parece cansado, sin afeitar, con ropa algo arrugada y una chaqueta vaquera encima. En definitiva, raro. No como Theo.
Se acerca a mí con paso rápido y seguro. Abro la boca para decir que no pienso ir a ninguna parte con él, pero sin mediar palabra, me rodea la cintura con el brazo, me aprieta contra él para que quepamos los dos bajo el paraguas y me arrastra hacia el coche.
—¡Dylan, suéltame! ¿Qué haces? —forcejeo para apartarme de él.
—Cálmate. Hace un frío que pela aquí fuera, llevas un vestido de tirantes y parece que no puedes entrar en tu edificio. Sube al coche y entra en calor —. Su voz suena seca, inexpresiva. Como siempre.
La verdad es que tengo la firme impresión de que Dylan es un témpano de hielo, siempre imperturbable en cualquier situación. Bueno, casi cualquiera. De pronto recuerdo lo nervioso que se puso cuando me encontré mal en el coche la otra noche; entonces sí que perdió la compostura.
Abre la puerta del copiloto y me empuja hacia el asiento. Miro alrededor con la esperanza de que algún vecino esté volviendo a casa, pero solo veo relámpagos brillantes y dentados partiendo el cielo en dos. Justo encima de nosotros. Chillo de terror y me meto en el coche sin pensármelo dos veces.
El interior huele a cítricos. Hay papeles y bolsas esparcidos por el asiento de atrás. En algo al menos puedo darle la razón a Dylan: vive en un desorden asqueroso.
—¿Te has olvidado las llaves? —pregunta mientras se abrocha el cinturón, con un tono que sugiere que somos viejos amigos.
—Sí. ¿Puedes acercarme a donde trabaja mi tía? Está a dos manzanas de aquí.
Me sorprende lo tranquila y segura que sueno estando con él. Y hay una parte de mí, una parte traidora, que en el fondo se alegra de que Dylan no se haya olvidado de mí. De nosotros.
—Por supuesto. Pero antes tenemos que hacer un par de paradas.
Dylan arranca y sale despacio a la carretera.
La lluvia es tan fuerte que los limpiaparabrisas no dan abasto con el diluvio que se estrella contra el parabrisas.
Estoy nerviosa, tanto por la poca visibilidad como por el hombre que tengo al lado.
Nunca sale nada bueno cuando él aparece.
Entrecierro los ojos para ver el semáforo, aterrada ante la idea de saltarnos un rojo y tener un accidente.
—¿Y si paramos y esperamos a que amaine? —sugiero con timidez.
Dylan se limita a lanzarme una mirada cansada.
—¿Tienes frío? ¿Pongo la calefacción?
—No, es solo por la lluvia.
—Vale. ¿Qué tal todo? ¿Has encontrado trabajo ya?
Es como si supiera exactamente qué preguntar. O mejor dicho, qué no preguntar, pero lo hace igualmente.
—En ello —respondo con evasivas, apartando la vista para dejar de mirarlo.
—¿Y hay suerte?
—Tengo varias ofertas.
—¿Tan buenas como la mía?
—Mejores. Porque tú no vienes incluido.
Volvemos a quedarnos en silencio. Esta vez dura un buen rato.
Me recuesto en el asiento, consciente de lo familiar que me resulta este coche.
Recuerdos que no he pedido me inundan la mente: Theo y yo atravesando la ciudad de noche a toda velocidad, cantando los éxitos del momento.
Me obligo a no pensar en él. A olvidar, por difícil que sea. Sobre todo ahora.
Dylan conduce muy concentrado, ignorando incluso las llamadas del móvil. Solo consigo orientarme cuando llegamos a las afueras de la ciudad, donde la lluvia no es tan intensa.
—Dylan, ¿adónde me llevas? —me tenso y recorro con la mirada los solares vacíos que vamos dejando atrás.
—Ya te lo he dicho, solo vamos a hacer una parada. Relájate, nadie piensa secuestrarte ni matarte.
—Llévame de vuelta.
—No.
—¡Dylan! —alzo la voz y saco el móvil del bolso para mirar el GPS.
—Ashley, relájate. No voy a hacerte daño. Duerme un poco si quieres; nos queda una hora todavía.
—Si no das la vuelta ahora mismo y me llevas a casa, me tiro del coche.
—Las puertas están bloqueadas —es lo único que dice, y acelera mientras la lluvia intensa se convierte en una fina neblina que se posa en el cristal.
No puedo quedarme quieta, y mucho menos dormir. Un mal presentimiento me mantiene en alerta, y la paranoia no hace más que empeorar las cosas. No conozco a este hombre de nada. Es como haberme subido al coche de un completo desconocido.
Miro a Dylan de reojo, intentando averiguar si tiene pinta de psicópata capaz de secuestrar a una chica.
Pero cuando entramos en una urbanización privada y veo gente paseando por la calle, me tranquilizo un poco.
Quizás de verdad ha venido por trabajo y solo me ha traído para convencerme de que me vaya a vivir con él.
Recorremos una calle ancha flanqueada por casas lujosas a ambos lados. Contemplo las mansiones boquiabierta, sin saber qué hacer cuando por fin aparcamos frente a una de ellas.
—Hemos llegado —exhala Dylan, sin soltar el volante.
Nos quedamos sentados en el coche, sin movernos. Teclea algo en el móvil con nerviosismo y luego vuelve a mirarme.
—¿Me ayudas con las bolsas mientras saco el resto del maletero?
—Sí, claro. ¿Tardaremos mucho? ¿Volveremos a la ciudad esta noche? —pregunto nerviosa, con la esperanza de no haber sido una idiota por confiar en él.
—Ya veremos —responde con evasivas, y sale del coche primero.
Respiro hondo varias veces, intentando calmar los nervios, y cojo las bolsas de la compra del asiento trasero. No puedo resistir la tentación de mirar dentro, y mis ojos se posan en una tela azul. Parece ropa de mujer, y a juzgar por las marcas, no es barata.
Salgo con cautela, conteniendo a duras penas el impulso de hacer algunas fotos del lugar. Intimida solo imaginar quién más vive en este barrio.
—¿Esta es tu casa? —le pregunto a Dylan.
—Es la finca familiar, pero casi nunca estoy aquí. Aunque, últimamente, casi ni piso el país.
Me pregunto a qué se dedicará para poder permitirse todo esto.
Dylan cierra el maletero de golpe y se carga de bolsas pesadas.
—No estarás planeando retenerme aquí hasta que dé a luz, ¿verdad? —pregunto con cierto recelo, porque la cantidad de comida que ha traído daría para meses.
—No seas ridícula. Volveremos pronto.
Sigo a Dylan hacia la casa. Tiene las manos ocupadas, así que le abro la puerta. Ni me paro a pensar en que esté sin cerrar. Entro, y mi mirada va directa a una gran chimenea contra la pared. Doy un respingo al oír la voz de una mujer.
—Dylan, hijo, no te esperábamos hasta mañana por la noche.
—Llegué un día antes.
—Vaya sorpresas que nos das, hermano —dice Theo, que aparece en la habitación justo detrás de su madre, seguido de su esposa.
Las bolsas se me resbalan de las manos. Un espasmo me aprieta la garganta y no puedo respirar.