CAPÍTULO 14 ASHLEY
Dylan me abre la puerta del coche, fulminándome con una mirada cargada de rabia. Parece que el mal humor lo lleva en la sangre.
—No necesito ir a ninguna clínica; solo estoy un poco mareada.
—Quiero asegurarme de que los dos estéis bien.
Algo en su tono me descoloca por un momento. Es como si de verdad le importara cómo me siento. Sea genuina su preocupación o no, de pronto noto la presencia de un hombre de verdad a mi lado. Terco y complicado, sí, pero también increíblemente fuerte y atento.
—Dame unos minutos más —pido, y aparto la mirada, avergonzada.
No entiendo este cambio de humor tan repentino. Hace unos minutos estaba lista para sacarle los ojos; ahora me siento tranquila y serena.
—Vale. Te espero en el coche.
Dylan se aleja, dejándome sola en la calle desierta. Un momento después, oigo que baja la ventanilla. Me asomo y lo encuentro observándome fijamente.
Me balanceo de un pie a otro mientras la grava se me clava en las plantas, y al final decido volver al coche. Esta vez arranca despacio, conduce con suavidad y me echa un vistazo de vez en cuando.
—Ese olor me está revolviendo el estómago —digo, señalando el gracioso ambientador con forma de cactus, culpable del aroma empalagoso que inunda el coche.
Sin mediar palabra, Dylan lo arranca del retrovisor y lo tira por la ventanilla.
—¿Mejor?
—Sí, gracias —murmuro, parpadeando sorprendida.
En la clínica nos atienden enseguida. Me siento incómoda molestando al médico por algo tan trivial; debo de parecer una hipocondríaca de manual.
Tras unas cuantas preguntas y un examen —durante el cual le pido a Dylan que salga de la habitación—, nos aseguran que tanto el bebé como yo estamos perfectamente.
—Le recetaré unas vitaminas; con eso debería bastar. Hay varias opciones: marcas nacionales y...
—Recete las mejores. El precio no es problema —interrumpe Dylan.
Le fulmino con la mirada. Puede que para él no sea problema, pero yo no tengo dinero para tirar.
—Nos llevaremos las nacionales —digo con firmeza.
—Ashley —me advierte, y me corta antes de volver a dirigirse al médico.
Pregunta si podemos comprar las vitaminas en cualquier farmacia y luego dispara una docena de preguntas sobre cuándo debemos preocuparnos y cuándo hay que volver a la clínica de inmediato.
No entiendo por qué necesita toda esta información, pero memorizo cada detalle, ya que no sé absolutamente nada sobre el embarazo.
Salgo del edificio medio dormida, arrastrando las piernas a duras penas. Me sorprende descubrir que ya son casi las tres de la madrugada.
Nada más hundirme en el asiento de cuero del Jeep, se me cierran los ojos y me quedo dormida sin darme cuenta. Me despierto al notar unas manos cálidas en el hombro. Por un instante, no sé dónde estoy ni por qué todo parece tan estrecho. El corazón se me dispara y me falta el aire.
—Ya llegamos.
Doy un respingo, sobresaltada por la voz masculina justo a mi lado, y suelto el aire de golpe al ver que solo es Dylan.
—Gracias.
Abro la puerta y bajo a la calle. Solo doy unos pasos hacia el edificio cuando oigo un portazo detrás de mí.
—Te acompaño arriba —dice Dylan con voz neutra, y me alcanza sin esfuerzo.
—No hace falta. Puedo llegar al apartamento sola. No me voy a perder; no soy una cría.
Me detengo frente a la pesada puerta de hierro que da al vestíbulo y me cruzo de brazos. Lo último que necesito es que este hombre sepa exactamente en qué piso vivo.
—Es de madrugada y está claro que este edificio no tiene seguridad ni portero. Me quedaré más tranquilo si subo contigo, solo para asegurarme de que no hay ningún ladrón esperándote en la escalera.
Antes de que pueda protestar, Dylan me quita las llaves de la mano y acerca el mando al lector. Abre la puerta y me hace pasar. Parece que de verdad voy a tener que mudarme después de esta noche. O quizá...
—Aquí es. Gracias por todo, y espero no volver a verte en la vida.
Me detengo en el segundo piso frente a la puerta de un desconocido, con la esperanza de protegerme de cualquier visita sorpresa de Dylan. Aunque quizá solo sea paranoia mía, y después de esta noche se olvide de que existo.
—¿Cuál es la de la cerradura? —Dylan agita el llavero delante de mi nariz y se lo arrebato de un tirón.
—Lo siento, pero no pienso invitarte a pasar. Vivo con mi tía.
Estoy tensa al límite. Estamos demasiado cerca, ninguno de los dos aparta la mirada. Yo espero a que se largue de una vez; él espera a que desaparezca tras la puerta. La puerta de un desconocido, técnicamente.
—Entonces, ¿vas a entrar o nos vamos a quedar aquí mirándonos hasta que amanezca? —bromea, y de repente me arrebata las llaves.
—¿Qué haces? —susurro furiosa mientras Dylan intenta meter una llave en la cerradura—. ¡Devuélvemelas!
Intento apartarlo de la puerta mientras araño el maldito llavero. Pero es inútil: haría falta una apisonadora para mover a un tío de este tamaño.
—Lo sabía. Has mentido —dice, y da un paso atrás—. Ahora, por favor, déjame acompañarte a la puerta de verdad.
Por su tono, me doy cuenta de que se acabaron los juegos. Mula terca. No digo ni una palabra; paso junto a él y subo al cuarto piso con los tacones repiqueteando contra los escalones. Clavo la llave en la cerradura y abro la puerta de golpe.
—¿Listo? ¿Contento ya? —mi voz resuena con fuerza en el hueco de la escalera.
Dylan se detiene en el rellano de abajo y desaparece de mi vista en cuanto cierro de un portazo.
¡Dios, me vuelve loca! ¡Es exasperante!
***
Me despierto con el sol abrasador. Anoche olvidé cerrar las persianas, y ahora me da directamente en los ojos, así que es imposible seguir durmiendo.
El apartamento está en completo silencio. El desayuno está en la mesa, y hay una nota de la tía Tatiana en la nevera en la que me desea un buen día. Sonrío por su dulce detalle, preparo un té y pego un salto cuando el estridente timbre rompe el silencio.
Siempre me ha dado miedo quedarme sola en el apartamento.
La ciudad no es como mi pueblo, donde todo el mundo se conoce y ni siquiera tienes que cerrar con llave cuando sales a comprar leche.
Aquí no puedes fiarte ni de tus vecinos, e instalar un par de cerraduras extra es prácticamente obligatorio.
Voy de puntillas hasta la puerta, miro por la mirilla y retrocedo de golpe, presa del pánico. Es como si la persona al otro lado pudiera percibir por arte de magia que lo estaba espiando.
No sé quién es: ¿Dylan o Theo? Los hermanos son casi idénticos, y con lo poco que se ve por la mirilla, es imposible distinguir cuál de los dos ha aparecido en mi puerta.
Si es Theo, que viene a ordenarme que me vaya de la ciudad y no me acerque nunca más a su familia, no lo soportaré.
Ya me ha pisoteado bastante. Y si es Dylan, seguro que me volverá loca con más ofertas y planes para utilizarnos al bebé y a mí en sus retorcidos tejemanejes, y acabaré agrediéndolo, fijo.
Es persistente. Demasiado persistente. Durante varios minutos, no deja de apretar el timbre.
Hago una mueca; el sonido es tan penetrante que me pitan los oídos.
Todo el cuerpo me empieza a temblar. No quiero verlo.
A ninguno de los dos. Solo quiero olvidar esa cara, esa sonrisa, esos labios duros y exigentes.
.. pero ¿cómo voy a hacerlo, si ahora son dos?
El timbre se detiene de golpe y exhalo aliviada.
Aguzo el oído por si hay algún sonido en el pasillo, pero no oigo pasos alejándose.
Miro por la mirilla de nuevo y retrocedo asustada, dándome un golpe en la frente contra la puerta, porque mi teléfono empieza a sonar a todo volumen en el bolsillo de la bata.
Maldigo entre dientes y lo silencio. Es un número desconocido, pero como acabo de ver al hombre con un teléfono en la mano, no es difícil adivinar quién llama.
¿Es Dylan o en realidad es Theo? Si es Dylan, lo más probable es que haya fisgoneado en mi teléfono mientras dormía en su coche. Solo pensarlo me hiela la sangre, porque mi viejo teléfono todavía está lleno de fotos y vídeos de Theo y de mí.
Vuelvo de puntillas a la puerta, con miedo hasta de respirar.
¡Vete ya de una vez!
—Ashley, sé que estás ahí. Abre, o echo abajo esta maldita puerta.
El hombre golpea la puerta con el puño, y el tono gruñón y furioso de su voz me confirma que no es Theo. Miro a mi alrededor confundida, sin saber qué hacer. ¿Lo dejo entrar? ¿No le abro?
Sigo esperando que Dylan se vaya —solo tengo que aguantar—, pero no es de los que se rinden fácilmente.
Durante varios minutos, permanece en silencio ante la puerta. Luego da un paso atrás, suelta un suspiro hondo y se frota la barba incipiente.
Me descubro mirando su rostro, distorsionado por la lente de la mirilla, y por un momento pierdo la noción de la realidad.
Parece tan cálido, tan familiar, que mi estúpido corazón me empuja a abrir la puerta e ir hacia él.
Mi corazón todavía recuerda los susurros ardientes de otro hombre y se niega a creer que todo fue solo un juego.
—Ashley, sé que estás ahí. Te he traído las vitaminas. Deja de comportarte como una niña; todo el edificio ya sabe lo experta que eres en mandar a paseo a los tíos.
Parece que le hace gracia. ¿Está intentando atraerme haciéndose el simpático?
—Joven, ¿cuánto tiempo va a durar esto? —la Sra. Gable, la vecina más cotilla del edificio, asoma la cabeza por la puerta de al lado—. ¿Qué pasa?
—Bueno, he venido a ver a mi chica, quería disculparme, pero no me deja entrar.
—¿A ver a quién? ¿A Ashley? Oh, espera, espera, no llevo las gafas puestas. Theo, ¿eres tú?
Me estremezco al oír el nombre. El hombre también parece pillado por sorpresa. Se queda en silencio, mirando a la vecina, hasta que finalmente suelta:
—Sí, soy yo.
—¿Habéis tenido una pelea? ¿Ya? Si Ashley solo lleva unos días viviendo con su tía.
Decido que es más seguro dejar entrar a Dylan que alimentar cotilleos innecesarios. O tal vez solo me estoy inventando excusas estúpidas otra vez, porque un momento después, mis manos temblorosas forcejean con las cerraduras y entreabro la puerta para encontrarme con la oscura mirada del hombre.
—Pasa —murmuro, haciéndole un gesto—. Hola, Sra. Gable.
—Hola, hola. Tu tía está en el trabajo, ¿verdad?
—Ajá —respondo, imaginando ya las conclusiones que está sacando.
Dylan pasa junto a mí hacia el apartamento y su brazo roza el mío, lo que me provoca escalofríos por todo el cuerpo. Se detiene en medio del estrecho pasillo; su amplia figura llena todo el espacio.
Cierro la puerta y apoyo la espalda contra ella. Me tiemblan las piernas. Me ciño más la bata descolorida sobre el pecho; de repente desearía tener mucho mejor aspecto.
Al instante me viene a la mente la imagen de Karina: su sofisticación, los rizos brillantes, el maquillaje perfecto, la ropa elegante.
Nos comparo mentalmente y la diferencia es abismal.
Ella seguro que parece una reina incluso a primera hora de la mañana.
Yo soy bastante guapa, claro, pero me falta el pulido.
El brillo... dinero, en una palabra. Necesitaría dinero para mantener ese tipo de belleza y brillar como una piedra preciosa.
Desde luego, la jardinería y fregar platos todos los días no ayudan.
Pero no me estoy quejando. Es solo una comparación involuntaria entre dos mujeres enamoradas del mismo hombre, un intento de entender por qué la eligió a ella.
—He comprado lo que recetó el médico. Toma. —Dylan me tiende una bolsa de papel.
No puedo apartar los ojos de sus largos dedos, y no hago ademán de moverme. Mantiene la mano extendida unos momentos, luego se da cuenta de que no voy a cogerla y deja las vitaminas en el zapatero. Se mete las manos en los bolsillos y me recorre con la mirada, inquisitivo.
Me estremezco, encogiendo los dedos de los pies nerviosa, y carraspeo para aclararme la garganta, que se me ha secado de golpe.
—Bueno, si has venido a traerme las vitaminas, gracias. Ahora me gustaría descansar y…
—He venido a ofrecerte un trabajo —me interrumpe bruscamente. Abro los ojos de par en par—. Necesito una asistenta. Viste el desastre que es mi piso, ¿no? Cinco días a la semana y te doy una habitación. ¿Qué te parece?
—¿Me estás tomando el pelo? ¿No se te ha ocurrido nada mejor? Si eso es todo, déjame en paz.
Me hierve la sangre al instante. Qué estúpida fui al dejarlo entrar.
—¿De verdad quieres trabajar turnos de doce horas como cajera de supermercado? Estás embarazada, Ashley. Es hora de que espabiles y aceptes la ayuda que te ofrecen —dice con voz áspera, los labios apretados, la irritación ardiendo en su mirada.
Toda su fingida amabilidad se desvanece al instante y vuelve a mostrar su verdadera naturaleza.
—Vete, Dylan. Esto no es asunto tuyo. Sabes perfectamente cuál es la situación: quería a tu hermano, él me dejó, me hizo daño, y no quiero saber nada de tu familia. Y menos de ti.
La ira y la frustración se me pasan enseguida, y solo queda un cansancio inmenso. No quiero pelear con él. Solo quiero que lo entienda y deje de venir. ¿Tan difícil es?
—Yo no soy mi hermano —dice con voz hueca y da un paso hacia mí—. No puedo dormir ni trabajar sin saber si estás bien. Hay cosas que solo valoramos cuando las perdemos. Sea como sea, ahora eres parte de la familia.
—Un poco melodramático, ¿no crees?
Suelto un bufido y aparto la mirada hacia los intrincados dibujos del papel pintado. Siento la tensión entre nosotros en cada célula del cuerpo. El aire está cargado, se arremolina a nuestro alrededor, a punto de estallar si perdemos el control.
—Esto no es una declaración de amor, ni siquiera de simpatía. Sigues sacándome de quicio. Pero quiero ayudarte, de verdad.
—No te creo. Vete. Por favor.
—Tú te lo pierdes —exhala.
Me quedo inmóvil, conteniendo la respiración mientras su mano se acerca a mí.
—¿Te vas a apartar? Empieza a parecer que en realidad no quieres que me vaya.
Vuelvo en mí y me doy cuenta de que no pretendía tocarme. Dylan solo ha agarrado el pomo de la puerta con fuerza.
—Claro, por supuesto.
Me aparto con torpeza. Me clava una mirada intensa, se demora un instante más y entonces, como si acabara de caer en algo importante, abre la puerta y se queda paralizado en el umbral.
—Oh, hola, joven. Tú debes de ser Theo, ¿verdad?
Oh, no, ¡cualquiera menos mi tía!