CAPÍTULO 11 DYLAN
Abro la puerta principal y escucho el silencio del apartamento.
No es que esperara que Ashley fuera obediente, pero confiaba en que se calmara y entendiera lo que era mejor para ella y el bebé: que mi oferta le daría una vida estable y cómoda.
Una oferta que pensaba hacerle una vez que llegaran los resultados de la prueba.
Los estantes siguen en perfecto orden; hay algunos recipientes de comida en la nevera.
Abro la puerta de su habitación y la encuentro vacía.
No es que esté molesto. No soporto tener a otros en mi casa; odio que la gente toque mis cosas.
Ni siquiera la empleada de limpieza que viene una vez a la semana puede mover nada en mi dormitorio ni en mi despacho, aunque ese «algo» sea un par de calcetines sucios.
Se acerca la noche y no dejo de repasar el día en mi cabeza.
Una parte de mí quiere contarle a Karina lo de la infidelidad de Theo ahora mismo; la otra me dice que vaya despacio y con cabeza.
He esperado años; puedo aguantar otro mes.
El timbre me saca de mis pensamientos. Por un instante, creo que es Ashley de vuelta con su maleta, pero entonces miro la pantalla del interfono y me quedo paralizado. Karina.
—Hola —dice, con una amplia sonrisa que deja ver sus dientes blanquísimos.
Por un momento me quedo embobado, contemplando sus largas piernas y el escote pronunciado de su vestido, antes de volver en mí y dejarla pasar.
—¿Qué te trae por aquí?
Karina mira a su alrededor como si buscara a alguien, y tardo un segundo en darme cuenta de que ese «alguien» es Ashley.
—Entonces, ¿dónde está tu... eh, novia?
—Prometida —la corrijo, sin perderme detalle de su reacción. ¿Habrá venido a tantear el terreno? ¿Estará celosa?
—Ah, ¿estáis comprometidos? ¿Cuándo es la boda?
Un destello de molestia cruza sus ojos. No se me ocurre otra explicación, a menos que todavía sienta algo por mí.
—Aún no lo hemos decidido, pero seguramente será una ceremonia pequeña, solo con la familia. Ashley está embarazada, ya sabes cómo va esto.
Me apoyo en la pared y cruzo los brazos.
No le quito los ojos de encima a Karina.
Su humor cambia al instante, aunque intenta disimularlo.
Quiero provocarla un poco, despertar sus celos para que sienta que otra mujer está a punto de quitármelo.
Quizás ni siquiera tenga que presionar a mi hermano con lo del divorcio.
Si los sentimientos de Karina hacia mí son suficientemente fuertes. ..
—Es extraño que nunca mencionaras nada de Ashley antes.
Se sienta en el lujoso sofá y cruza las piernas. La tela fina de su vestido se tensa y deja al descubierto aún más muslo. Trago saliva con dificultad, noto que la sangre me empieza a hervir. Mis pensamientos están muy lejos de donde deberían tratándose de la esposa de mi hermano.
—La felicidad no hace ruido —respondo con intención.
Karina se levanta de un salto del sofá y se dirige a la cocina, donde examina el orden perfecto con mirada crítica. Ella, mejor que nadie, conoce el caos habitual de platos sin lavar y cajas de comida a domicilio que suele definir mi vida.
—¿Acaso sabe cocinar? ¿Cuántos años tiene, dieciocho? ¿Veinte? ¡Has perdido la cabeza, Dylan!
Karina abre la nevera. Sonrío para mis adentros y agradezco en silencio a Ashley por haber dejado mi cocina en orden. Levanta la tapa de uno de los recipientes, la deja caer con un golpe y cierra la nevera de un portazo.
—Tu madre está muy preocupada, por cierto. ¿Por qué no contestas el teléfono? —Su tono cambia y se vuelve severo y crítico.
Respiro hondo; la verdad es que todavía no he decidido qué decirle a mi madre. Ella conoce muy bien mis problemas de salud.
—He estado en reuniones todo el día. La llamaré en un rato —digo con cansancio mientras me froto el puente de la nariz.
—¿Y dónde está...? —Karina agita la mano con vaguedad, evitando a propósito usar el nombre de Ashley.
—¿Mi futura esposa? —aclaro—. Está visitando a unos familiares. Volverá la semana que viene.
—En ese caso, podemos hablar sin oídos indiscretos.
Dylan, tus padres están angustiados. Sin querer, les oí hablar, y tu madre está muy preocupada de que esta prometida tuya —prácticamente escupe la palabra y hace una mueca— te haya tomado el pelo y de que el bebé no sea tuyo en realidad.
Siendo sincera, yo también estoy preocupada por ti.
No somos precisamente desconocidos; somos familia.
—Karina, si has venido a cotillear sobre las teorías paranoicas de mi madre, no tenemos nada de qué hablar.
—No, yo no...
Se desinfla al instante, aparta la mirada y se muerde el labio antes de cambiar de tema.
—La verdad es que hoy intenté pagar con la tarjeta que me diste. Había rebajas en la tienda de ropa infantil y encontré unas chaquetas de invierno para los niños, pero me rechazaron el pago. Tampoco pude sacar dinero del cajero.
—Maldita sea, se me olvidó avisarte. Lo siento. Cambié de banco y las tarjetas antiguas están bloqueadas. La semana que viene vamos juntos y te saco una nueva con acceso a mi cuenta.
No me importa gastar dinero en mis sobrinos. Ni en Karina, ya puestos. Ahora tengo más que de sobra, pero por desgracia no tengo a nadie especial en quien gastarlo.
—Sí, claro, gracias. Ya me estaba preocupando, pensaba que había pulsado el botón equivocado o algo así.
Karina camina hacia el ventanal que va del suelo al techo, con vistas a la ciudad, y me descubro admirando su silueta.
Podría haber sido modelo perfectamente; tiene el físico para ello, aunque ya ha pasado la edad para empezar de cero.
A los treinta, las modelos suelen estar terminando sus carreras, no empezándolas.
—Me encanta tu apartamento. No tengo ni idea de cuándo podremos ahorrar lo suficiente para un sitio como este.
Un piso de dos habitaciones con niños es increíblemente pequeño.
No paro de decirle a Theo que deje de perder el tiempo con los ordenadores y se una a ti en los negocios; al fin y al cabo, sois hermanos, pero no hay manera.
Dice que le gustan los horarios flexibles y que el sueldo es bueno.
Pero ¿cómo de bueno puede ser si llevamos cuatro años atascados en el mismo piso?
—se queja mientras vuelve hacia mí contoneando las caderas—. ¿No podrías hacerle entrar en razón?
Se detiene tan cerca que percibo el aroma de su champú cítrico.
Sus dedos me rozan los hombros, y se me seca la garganta.
Me siento como un chaval inexperto que pierde la cabeza por una chica.
Karina se humedece los labios y me quedo hipnotizado, viendo cómo la punta de su lengua se desliza lentamente por el labio inferior.
—Seguro que te escucharía. Ofrécele una participación en el negocio, por ejemplo —murmura sin aliento, con esos ojos de zorro que me hipnotizan.
Exhalo bruscamente y doy un paso atrás; el hechizo se rompe al instante.
Protejo mi negocio con uñas y dientes. Nadie creyó en mí: mis padres incluso montaron un escándalo enorme, y no nos hablamos durante casi dos años después de que eligiera lanzarme de cabeza a la música en lugar de aceptar el trabajo en un bufete que mi padre había conseguido moviendo hilos.
Este estudio de grabación es la obra de mi vida, mi criatura.
No dejaré que nadie lo toque ni comparta mi éxito, y menos aún Theo.
—Me pides lo imposible, Karina. Mi negocio es mi negocio. No te metas en cosas de hombres.
Mi voz suena demasiado áspera, y me arrepiento un momento después. Su expresión cambia al instante. Coge el bolso y se dirige a la puerta.
—Tengo que irme; los gemelos están con la niñera. Llama a tu madre, que está preocupada. Ah, y casi se me olvida: ya que Ashley no está, ¿por qué no vienes al club con nosotros el sábado? Hay una fiesta por todo lo alto.
—¿No será en el «Storm», por casualidad?
—Sí.
—Me han enviado una invitación. Si vais tú y Theo, no me importaría soltarme la melena y revivir mi juventud —digo con una sonrisa burlona, mientras caigo en la cuenta de que quizás me estoy haciendo demasiado mayor para ese tipo de sitios.
—Genial, el sábado entonces.
La puerta se cierra tras ella y me quedo a solas con el silencio, mi soledad y el rastro de su perfume que se desvanece.
***
El tiempo se arrastra. La prueba de paternidad tiene parte de culpa.
Y también Ashley, desaparecida Dios sabe dónde, con Dios sabe quién.
Cada vez que pienso en ella, tengo que quitármela de la cabeza, porque no es nadie para mí.
Absolutamente nadie. Solo una desconocida con la que mi hermano tuvo un lío.
Llamo a la clínica varias veces al día y me enfado cuando los resultados aún no están listos.
Como si este simple papel pudiera resolver de golpe todos mis problemas y cambiarme la vida.
Pero espero, imaginando el momento en que le restregaré esos documentos por la cara a mi hermano y por fin lo pondré entre la espada y la pared.
El mensajero llama al timbre a las cuatro de la tarde. Rasgo el sobre allí mismo, en el umbral.
Probabilidad de paternidad: 99 %.
Leo esa línea una y otra vez, y me cuesta respirar. Es como si de verdad fuera mi hijo. Como si Ashley estuviera embarazada de mí. No puedo quitármelo de la cabeza. Obsesionado. Esa única frase me da vueltas en la mente hasta que por fin me obligo a volver a la realidad.
Cierro los ojos con fuerza para apartar los pensamientos idiotas, cierro la puerta de un portazo y tiro el papel sobre la mesa. Me voy quitando la ropa mientras camino, abro el grifo del agua fría y me meto en la ducha para calmar los nervios.