CAPÍTULO 11 DYLAN #2
Por alguna razón, esta noticia no me produce la alegría que esperaba.
Theo va a tener un hijo fuera del matrimonio, un hijo que descartó sin más, y que puedo usar para manipularlo.
Pero lo único que de verdad quiero hacer ahora es pegarle, zarandearlo y obligarlo a asumir la responsabilidad de sus actos.
Porque yo jamás, ni en un millón de años, actuaría como él.
Con el rugido del agua, no oigo el insistente timbre de la puerta. Cuando salgo del baño, me quedo atónito al encontrarme a mi madre en la cocina. Tengo que recuperar esas llaves de repuesto que le di cuando estuve fuera.
—¿Mamá? Hola. ¿Qué haces aquí?
Da un respingo, sobresaltada, y se gira hacia mí. Noto su expresión de estupor, el brillo en sus ojos y el familiar papel en su mano. Maldita sea.
—¿Entonces es verdad? ¡Dios mío, Dylan, qué alegría!
Se acerca y me abraza. Siento que me hundo aún más en un pantano de mentiras.
—Estaba tan preocupada por ti. Pensé que nunca vería a tus hijos, y ahora... qué bendición.
—Mamá, vale, vale, ¿a qué vienen las lágrimas?
Se me revuelve el estómago. Parece tan sinceramente feliz que no puedo decirle la verdad. ¿Y qué le diría? ¿Que Theo engañó a su mujer y dejó embarazada a otra?
—Mamá, no nos adelantemos, ¿vale? —exhalo con cansancio, consciente de lo atrapado que estoy en este engaño—. Esperemos a que nazca el bebé primero.
—Deja que una vieja disfrute del momento —me da un golpecito juguetón en el brazo y retrocede—. La verdad es que vine a hacerte entrar en razón. Estaba convencida de que tu Ashley era una cazafortunas que quería atraparte con un embarazo falso. Por cierto, ¿dónde está?
—Con familiares. Volverá la semana que viene.
Eso, me doy cuenta, va a ser un problema. No tengo ni idea de dónde está la chica ni cómo encontrarla, a menos que la localice con la dirección del formulario que rellenó en la clínica.
—¿Qué tal si pasamos un tiempo juntos en familia? Para conocerla mejor. Vamos a la casa de campo el próximo fin de semana; resulta que es el aniversario de boda de Karina y Theo. Siete años ya, ¿te lo puedes creer? Dios, cómo pasa el tiempo.
Mientras mi madre sigue con su cháchara y pasea por el apartamento, me quedo en medio de la habitación con los puños apretados.
La idea y la ocasión son perfectas para fastidiar a Theo, pero no tengo ninguna gana de ver sus caras «felices».
Y lo que es peor, no tengo ni idea de cómo arrastrar a Ashley hasta allí.
Dudo que nuestra compañía sea santo de su devoción.
Cuando mi madre se va, no puedo dejar de pensar en el lío de mentiras que he creado. Y de repente, me entra una necesidad imperiosa de encontrar a Ashley. Solo ahora me doy cuenta de lo estúpido que fui al dejarla marchar.
¿Cuántos años tiene? ¿Veintidós? Es tan joven... Quién sabe adónde fue o qué podría hacer en ese estado. Aun así, recordar la ternura en sus ojos cuando miraba la foto de la ecografía me tranquiliza un poco.
Ese bebé le importa, se le notaba en la cara. Si en algún momento pensé en sugerirle que me diera al niño en caso de que lo suyo con Karina no saliera bien, ahora tengo claro que me odiaría aún más por una propuesta así.
Reviso los documentos del centro médico en busca de algún dato sobre ella, pero caigo en que puse mi propio número de teléfono. La única persona que puede ayudarme es Theo. La pregunta es: ¿lo hará?
Dejo el dedo suspendido sobre el botón de llamada varias veces, y otras tantas cuelgo, preguntándome por qué demonios me estoy metiendo en esto.
Theo debería ser quien se preocupe por ella.
Tengo los resultados que necesito para mi plan, pero entonces caigo en la cuenta: como en la columna «Presunto padre» aparece mi nombre, técnicamente no tengo ninguna prueba de la infidelidad de Theo.
Cerca de medianoche, no aguanto más. Llamo a mi hermano.
—¿Dylan? ¿Tienes idea de qué hora es? —murmura, con la voz espesa por el sueño.
A diferencia de mí, parece que Theo no tiene cargo de conciencia ni padece insomnio; duerme plácidamente junto a su esposa.
—Necesito el número de Ashley —digo con firmeza.
—Espera.
Oigo su respiración pesada al otro lado, luego algo de movimiento y el clic de un interruptor.
—¿Por qué necesitas su número? —pregunta, con la voz más despejada.
—¿A ti qué te importa?
—¿Se largó? ¿Por fin se dio cuenta de la diferencia entre nosotros? ¿O es que no lograste satisfacerla?
—No me provoques. Dame el maldito número.
—Odio decepcionarte, pero no lo tengo —su voz destila burla, lo que solo me enfurece más.
—Theo —gruño entre dientes, a punto de estallar.
—Dylan, no guardo los números de mis examantes. La llamaba desde un teléfono desechable, y antes de que preguntes: no, no sé dónde vive. Siempre quedábamos en tu apartamento.
—¿Por qué no te creo?
—Es tu problema.
—Mencionó a un familiar aquí en la ciudad. ¿Sabes algo? —insisto, sin dar mi brazo a torcer.
—No. No le pregunté por su familia. Teníamos mejores cosas que hacer que charlar.
Quiero creerle, pero no puedo. Es de locos. ¿Cómo puedes pasar un mes con alguien y no saber nada de nada sobre esa persona? Aunque... ¿cuánto sabía yo de mis propios líos, aparte del límite de sus tarjetas de crédito y sus joyerías favoritas?
—Entonces, ¿Ashley aceptó deshacerse del bebé? —pregunta mi hermano, rompiendo el silencio con un deje de esperanza.
—No hagas que te odie más de lo que ya te odio. Si recuerdas algo, llámame. No entiendo cómo puedes estar tan tranquilo sabiendo que hay una chica por ahí embarazada de ti.
—No soy como tú, hermano. A mí la fontanería me funciona de maravilla, así que no tengo que ir detrás de cada amante que se queda preñada solo para asegurar mi descendencia.
—Vete al infierno. Y no olvides contarle a Karina lo del divorcio.
—¿Me estás sugiriendo que lo haga en nuestro aniversario? ¿Quieres destrozarla? ¿Romperle el corazón?
—Quiero salvarla de un marido infiel —digo con frialdad, y cuelgo primero.
Estampo el puño contra la pared con todas mis fuerzas. Los nudillos me palpitan y la piel se me desgarra, pero apenas lo siento. Tengo un huracán rugiendo por dentro, y no sé si estoy más furioso por mi propia impotencia o por la arrogante indiferencia de Theo ante todo lo que pasa a su alrededor.
Me siento como un psicópata inestable. Un adicto.
La imagen de Karina me persigue como un ideal inalcanzable, y sigo sin entender por qué estoy tan obsesionado con ella.
Debería haberme quitado esta estupidez de la cabeza hace mucho, pero no puedo.
Dios sabe que lo he intentado. Siempre estoy dispuesto a dejarlo todo y salir corriendo hacia ella en cuanto me necesite, ya sea por un grifo que gotea o porque los gemelos se ponen malos mientras Theo está de viaje.
Abro la galería del móvil y paso las fotos hasta encontrar una de ella. Acaricio la pantalla con el pulgar, prometiéndome que muy pronto será mía. Se acabó hacer de «buen tipo comprensivo» que se queda al margen. Ya tiene dos hijos, y yo podría darle una vida feliz.
Sigo sin entenderlo: ¿es que está ciega?
¿Cómo puede no darse cuenta de que su marido la engaña?
¿Ningún rastro de perfume ajeno, ninguna marca de pintalabios?
¿Dónde queda esa famosa «intuición femenina»?
Entonces recuerdo que estaba de vacaciones con los niños —pagadas por mí, naturalmente— y todo encaja.
No podía haberse dado cuenta de nada porque Theo estaba a miles de kilómetros.
Aparto los pensamientos agobiantes e intento dormir.
De vez en cuando, mi mirada se posa en el papel arrugado de la mesita de noche, medio oculto en la penumbra.
No aguanto más; me levanto y voy a la habitación de invitados.
Quizá Ashley dejó algo que me ayude a localizarla.
Un recibo, tal vez. Una confirmación de compra online.
Arqueo las cejas sorprendido al ver que la habitación está impecable.
¿Cuándo tuvo tiempo de limpiar todo esto?
Los estantes están vacíos, la mesita de noche también, pero en la cómoda encuentro unas bragas de encaje negro olvidadas.
Cierro el cajón de golpe. Lo último que necesito es que mis pensamientos se vayan por esos derroteros.
De pronto caigo en que hace unas dos semanas que no estoy con una mujer, y decido que ir a la fiesta no es tan mala idea después de todo.
Entre tantas chicas, seguro que encuentro alguna pelirroja alta que se parezca lo bastante a Karina como para ayudarme a pasar unas cuantas noches.
Me obligo a olvidar que Ashley existe. Al menos por ahora.
Ya la encontraré. Puede que tenga que contratar a un detective privado; al fin y al cabo, tengo su nombre completo, su edad y los datos de su pasaporte.
Me refugio en el trabajo —siempre ha sido lo único capaz de acallar el torrente de pensamientos que me invade— y llego a casa de madrugada, repitiendo el ciclo. Hasta el sábado.