No me dejes cerrar los ojos Capítulo 24
96%

Capítulo 24

Y los sueños… sueños son

Conduces a la escuela de tu hija. Cantan las canciones de la artista de moda; no son en realidad de tu agrado, pero a Andrea le gustan mucho, así que no te importa iniciar el día con esa música.

—Gracias, papi —dice abriendo la puerta.

—Oye —le llamas justo cuando se baja del auto—. Ejem… ¿cómo… ¿Cómo van las cosas con Tommy?

Ella se encoge de hombros.

—Terminamos —responde tajante—. Resulta que los hombres no saben lo que quieren.

Y sin decir otra palabra, se retira y cierra la puerta con gentileza. Atónito, miras cómo camina hacia la maestra que está recibiendo a los niños en la entrada. Se da media vuelta y hace un gesto con la mano para despedirse de ti a la distancia.

Sonríes, incrédulo.

Llegas a la estación y ves que la recepción está decorada con globos y una banda larga que dice “El mejor detective”. Un par de oficiales truenan unos tubos de confeti, cubriéndote de papelitos recortados por todos lados.

—¡Gran trabajo, Hueman! —afirma un policía al lado de ti dándote unas palmadas en la espalda.

—Increíble —añade otro.

—¡Felicidades! —dice uno más.

No logras reconocer a todas las personas que te felicitan.

Edgar se acerca poco después y te estrecha la mano.

—¡Qué trabajo tan increíble, Hueman! —dice Edgar con admiración—. ¿Quién lo hubiera pensado? Straut. Justo debajo de nuestras narices. Te hace pensar, ¿no? Es una lástima.

Diana. Marco. Gun. Al parecer tuviste otro lapsus; no debe haber pasado mucho tiempo, pues todo el mundo te está celebrando y Edgar actúa como si recién se hubiera enterado de la traición de Diana.

Revisas tu teléfono y te das cuenta de que es veinticuatro de septiembre.

El juicio contra Gun debió haber sido ayer.

—¿Qué sucedió con Gun? ¿Con Marco y Diana? ¿Matadamas y el alcalde? ¿Dónde están? —preguntas con urgencia.

Edgar frunce el ceño, extrañado por tu pregunta.

—¿Qué preguntas son esas? ¿Cómo es posible que no sepas?

En cuanto expusiste esa red de… degeneración, Matadamas tomó su arma y terminó con todo en su oficina.

Ritchman se dio a la fuga, la búsqueda se ha extendido a nivel federal, y Marco, bueno, ¿dónde más podría estar ese bastardo?

, en prisión, junto con su enferma madre.

—¿Y Gun?

—Le dieron una sentencia reducida gracias a la garantía que firmaste y que lograste detener a Marco.

A los otros dos les dieron cadena perpetua.

El padrastro de Melissa será puesto tras las rejas por lo menos cinco años; después tendrá que acudir a un centro psiquiátrico a tratarse su asquerosa mente.

¿Por qué la pregunta? Actúas como si no hubieras estado ahí.

Alzas las cejas y encoges los hombros.

—Bueno, te deben haber dado muy duro en la cabeza, ¿eh? —dice Edgar dándote una palmada amistosa en la espalda—.

Suspiras y te frotas las sienes con los dedos.

—Estoy feliz de que esto haya terminado —dices con una sonrisa satisfecha en el rostro—. Perdí el sueño —sueltas una risotada—. Incluso empecé a tener visiones o lapsus muy extraños. Me era difícil saber en dónde estaba.

Edgar fija su mirada en ti y pone su mano sobre tu hombro, sonriendo.

—¿Y sabes dónde estás ahora?

Algo dentro de esa pregunta te resulta extraño.

Frunces el ceño. Alguien trae un pastel blanco con la frase “Bienvenido de regreso” escrita con betún rojo encima y, antes de que puedas preguntarle más a Edgar, alguien te abraza muy entusiasmado y te pierdes en el momento.

Miras a tu alrededor y decides contagiarte del ambiente festivo.

Después de que termina el festejo, sales de la estación y recibes una llamada de Jessica.

—¿Qué tal, amor? —respondes.

—Hola, ¿cómo te va? ¿Te recibieron contentos en la estación?

—Sí, me hicieron una pequeña celebración con globos, pastel y todo… Fue algo muy inesperado.

Ella ríe un poco.

—¿Inesperado? Pero si eres el héroe de la ciudad, era claro que te harían una fiesta.

—Sí, supongo que sí… Oye, ¿sabías que Andrea terminó con Tommy?

—Sí… desde hace tres días.

—¿Qué? ¿Lo hizo hace tres días y no me lo había dicho? —preguntas indignado.

—Recuerda que es una niña y tú eres su papi que la rescató de las garras de ese maleante. Debe de ser lo último en su cabeza en estos momentos.

—Sí, tienes razón… ¿Sabes qué me dijo? Me dijo que los hombres no saben lo que quieren. ¿De dónde sacó esa idea? ¡Tiene seis años!

Jessica ríe fuerte.

—Equivocada no está.

No puedes evitar sonreír.

—Sí, supongo que es verdad, pero eso no significa que deba saberlo a sus seis años.

—No te preocupes, tú le darás el ejemplo de cómo se debe comportar un hombre. Sabrá elegir uno bueno. No te quiero quitar mucho tiempo, señor detective, sé que estás ocupado, ¿crees que podrías traer papas cuando regreses a la casa?

—¿Papas? Sí, claro, yo las llevo.

Ella te agradece y cuelgan. De camino a tu auto, pasas por el pequeño callejón que separa a la estación de policía del estacionamiento.

Algo te hace voltear: una tubería oxidada que sobresale de la pared.

Un escalofrío te hiela la sangre al recordar aquellas visiones o lapsus que tenías.

Respiras hondo y agradeces que todo eso haya terminado.

Llegas a tu auto, lo enciendes y vas a la penitenciaría.

—¿Qué? —pregunta Gun algo molesto al verte desde el otro lado del cristal que los separa.

—Yo… No te di las gracias por tu ayuda, Gun. Sin ti no hubiera podido atrapar a ese tipo y recuperar a mi hija.

Su mirada se suaviza.

—¿Ella está bien?

—En perfecto estado.

—Bueno, no podía dejar que ese animal la lastimara. Pero mírame —dice alzando las manos para mostrarte las esposas—. Esta es mi recompensa.

—Si tienes buena conducta, podrás salir en poco tiempo. Tal vez no lo puedas ver ahora, pero tu acción te ayudó a esquivar una vida en prisión.

—Sabes, nunca imaginé que su madre fuera policía, perro —dice Gun riendo.

Asientes con la cabeza.

—Menudo detective. Estuvo justo a tu lado todo este tiempo y no lo pudiste ver, y tampoco pudiste atrapar a Marco por tu cuenta; tuviste que recurrir a mí para hacerlo —Gun sonríe y se recarga en su silla en un ademán triunfalista—. Tal vez deberías cambiar de profesión, perro.

—¿Cómo qué recomendarías, Gun? ¿Editar y después vender videos ilegales? Digo, eso funcionaría hasta acabar preso como tú, ¿no crees?

La sonrisa confiada de Gun se esfuma.

—Entonces, tu jefe y el alcalde eran parte de todo, ¿eh? —pregunta Gun—. Esos eran sus amigos importantes.

—Matadamas está muerto. El alcalde Ritchman se dio a la fuga, pero con los federales buscándolo, no le doy más de una semana. Al final, no eran tan poderosos, ¿no crees?

Se remueve en su silla, recargando la cabeza en el respaldo.

—Mira —continúas—. Solo vine para agradecerte lo que hiciste. Fuiste de gran ayuda para resolver todo esto.

Él ríe.

—Mierda, debería hacerme detective, ¿no crees?

—Si lo dices en serio, puedes unirte al cuerpo de policía. Yo te podría enseñar algunas cosas. Es trabajo duro.

Él hace una mueca.

—Nah, suena a pura mierda.

Sonríes y sales de la habitación.

Llegas a tu edificio con una bolsa de plástico en la mano que contiene las papas que Jessica te pidió.

El sol del atardecer entra por los ventanales del vestíbulo; la persona encargada de recepción te saluda con un “buenas tardes” y se lo devuelves.

Recuerdas cómo se veía este lugar sumido en la oscuridad y vacío.

Tomas el elevador y entras al apartamento.

—¡Sorpresa!

Te sobresalta ese grito con el que te reciben varias personas. Hay globos, confeti y una pancarta que dice: “El mejor detective y papá del mundo”.

—¿Qué es esto? —preguntas, sonriente.

Jessica se acerca con un pastel que dice “Felicidades”.

—¿Creías que solo tus compañeros de trabajo querían celebrar tu victoria? —pregunta ella.

La besas mientras Andrea llega y te abraza una pierna.

Miras a tu alrededor; hay muchas personas familiares y otras no tanto, tu hija y tu esposa cerca de ti. El aroma que proviene de la cocina te hace salivar y te abre el apetito; lasaña, quizá. Cierras los ojos y piensas en lo perfecto que es este momento.

De un instante a otro, dejas de oler la comida y de escuchar las conversaciones de quienes están en tu apartamento.

Frente a ti aparece la misma pared manchada y corroída del sótano de aquella terrible cabaña.

Ves a Diana con lágrimas en los ojos, y a Marco detrás de ella, sosteniéndose de la pared.

Confundido, intentas correr, pero algo te detiene.

Sientes un frío descomunal que recorre tu cuerpo entero y no puedes evitar abrir tu mano y soltar lo que sostienes en ella.

—¿David? ¿David? —escuchas una voz llamarte.

Abres los ojos; Jessica te mira inquieta. Miras hacia abajo y ves las papas que trajiste dispersas en el suelo. Sientes sus cálidas manos sobre tu brazo.

—¿Está todo bien? —pregunta ella.

—Sí… sí, es solo que… necesito ir al baño.

Sentir el agua fría en la cara es agradable. Te miras en el espejo al secarte. “Todo está bien”. Después de todo, un incidente como ese no queda sin factura. Estaría bien recibir ayuda psicológica del departamento, no solo para tu pequeña.

Respiras profundo y sales del baño.

Ves a todos reunidos y conversando muy a gusto. Andrea corre con un par de niñas más a su habitación, emocionadas.

Caminas hasta encontrarte con Jessica, quien te recibe con un plato de lasaña y una gran sonrisa.

Tomas el plato y le regresas la sonrisa, agradeciéndole.

Las horas transcurren, el sol se oculta y los invitados abandonan el apartamento poco a poco, hasta que solo quedan Jessica, Andrea y tú.

—A lavarse los dientes, señorita —le dice Jessica a Andrea—. Ya ha pasado tu hora de dormir.

—¡Pero, mamá! Mañana es sábado, déjame quedarme aquí otro rato más.

—No, mañana hay que ir temprano a…