No me dejes cerrar los ojos Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

La voz de Jessica se vuelve ininteligible conforme camina hacia el cuarto de Andrea.

Tú estás lavando los trastes. Frotas un plato con la esponja.

El agua, que estaba tibia, de pronto se enfría.

Tu boca se llena del sabor a tierra y sangre.

Alguien te arrastra por el suelo inmundo de la cabaña.

La luz amarillenta titila sobre ti. Escuchas voces, aunque te resultan indescifrables.

Cierras los ojos con fuerza y, cuando los vuelves a abrir, estás frente al fregadero, con el agua caliente cayendo de la llave abierta.

Recorres tu apartamento con la mirada; está en silencio, tranquilo. Frente a ti, el ventanal que da a la calle deja entrar aquella luz tranquila, de los faroles. Es una noche agradable. Suspiras y te tallas los ojos con las manos.

—¿Todo bien? —pregunta Jessica.

Su voz te saca de tus cavilaciones.

—¡Ah, sí!, sí estoy bien.

—Has estado raro el día de hoy —responde ella.

—Sí, ha sido un día cansado. Bueno, pero cansado.

Ella asiente con la cabeza.

—¿Sabes? Andrea me ha dicho hoy que quiere que tú —dice mientras te toca con un dedo el pecho— le leas un cuento para dormir.

—¿Ahora? —preguntas.

—No, le dije que hoy estás cansado y necesitas dormir… pero le prometí que mañana lo harías.

Sueltas una leve risa.

—No recuerdo la última vez que leí un cuento… Mierda, ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que leí algo que no fueran reportes o carpetas de investigación.

Ella ríe.

—Entonces les hará bien a los dos.

Asientes con la cabeza mientras terminas de tallar el último de los platos sucios.

—Me daré un baño y después me iré a la cama, me siento muy cansado —dices mientras le agarras la mano a Jessica y le das un beso en la frente.

—De acuerdo —responde—. Yo veré un capítulo de mi serie y después iré también.

La coges con gentileza de las manos.

—Por favor, ven conmigo —le dices con gentileza—. Te he extrañado tanto.

Ella se sorprende al escucharte y sonríe.

—Está bien. Aunque deberías darte un baño.

Abres la regadera. El sonido del agua corriendo te reconforta.

Lo mismo que la sensación del agua tibia sobre ti.

Estiras la mano para coger el jabón, pero, en su lugar, sientes algo frío y denso escabullirse entre tus dedos.

Abres los ojos y solo ves lodo. Tierra bañada en agua.

Estás en un bosque oscuro, iluminado solo por una lámpara de gas.

No puedes levantarte, aunque lo intentas; te arrastras con la ayuda de tus brazos.

Escuchas y sientes la lluvia cayendo con fuerza.

De nuevo el sabor a tierra, a sangre, y el terror también.

Escuchas el gruñido de un hombre y sientes un golpe contundente en las costillas.

Asustado, das un paso hacia atrás. Sientes rozar los azulejos de las paredes del baño mientras intentas recuperar el aliento.

Te recargas en la pared con la respiración agitada y dejas que el agua caiga directo en tu espalda.

Sales de la regadera más cansado de lo que entraste.

Te cuesta mantener los ojos abiertos. Te secas y cambias lo más rápido que puedes.

Sales del baño y te echas en tu cama. Con cada parpadeo, la imagen del bosque oscuro, la tierra y la fría lluvia se materializan, pero desaparecen de nuevo cuando abres los ojos.

Tu respiración se agita. Con mucho esfuerzo, estiras el brazo para tomar el vaso de agua que está en tu mesa de noche, pero tus dedos se cierran sobre un negro absoluto y no tocas nada.

De nuevo, estás en el bosque, ves las estrellas que se atreven a servir como testigos de lo que sucede.

Y una luz amarillenta que se atenúa cada vez más a tu derecha, iluminando nada más algunos de los troncos de los árboles que te rodean.

Aprietas los ojos con fuerza, con la única esperanza de abrirlos y tener a Jessica y a Andrea a tu lado, despertar con el olor a panqueques por las mañanas, volver a abrazarlas y poder decirles que las amas…

Fue inútil; no importa cuántas veces lo hagas, el bosque no desaparece.

Abres los ojos; Marco se acerca sosteniendo una pala sobre su hombro, cubierto de lodo, sangre y empapado; respira con agitación.

No muy lejos escuchas a Diana sollozar. Cierras los ojos, se acercan a ti dos sombras, reconoces a ambas.

Abres los ojos… Con una última esperanza, cierras los ojos con toda tu voluntad, deseando con desesperación despertar…

aunque sabes que no va a suceder. Que has estado despierto todo este tiempo y que, en realidad, el otro lado había sido el sueño.

Un sueño en el que, de milagro, habías logrado ser el héroe que Andrea tanto necesitaba.

Donde nunca habías perdido al amor de tu vida.

En la mentira de ese sueño, habías encontrado la paz que nunca pudiste en la verdad.

Sientes que caes y golpeas el suelo. Sobre ti, el cielo oscuro, las estrellas desaparecen, hasta que a algo negro comienza a bloquearte la vista, una a una.

Escuchas el sonido de la pala a la distancia escarbando la tierra mojada.

Todo se torna oscuridad y, dentro de ella, la tenue imagen de Jessica y Andrea sonriéndote, esperándote. Estiras la mano buscando las de ellas. Tu llanto se mezcla con las gotas de la lluvia, la sangre y el lodo.

Logras tomar la mano de Jessica. Estás en tu cuarto de nuevo, ella acostada a tu lado, viéndote con amor.

Lloras sin control.

—Por favor… no me dejes cerrar los ojos.

Ella te mira sin decir nada, esboza una sonrisa empática y te sostiene la mano con fuerza mientras, sin poder evitarlo, tus ojos se cierran poco a poco.