No me dejes cerrar los ojos Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Tomas tu celular y miras la pantalla. Por supuesto, no hay señal, pero por suerte, tienes algo de batería aún. Activas la linterna y te acercas a la chimenea, te asomas por la rejilla y aluzas.

Para tu sorpresa, Marco está intentando salir por la chimenea. Al verse descubierto, se queda paralizado y te mira fijamente.

Enseguida alcanzas a tomar uno de sus pies y le das un fuerte tirón, que lo hace caer con fuerza. Furioso, lo jalas hasta sacarlo de la chimenea y lo lanzas hacia atrás. Marco se queja de dolor.

—¿Dónde está? —preguntas con tono firme, y tomas la pesada cadena en tu mano.

Marco mira la cadena y, con los ojos de alarma, intenta calmarte.

—Tranquilo, hombre, suelta la cadena y te digo todo.

Lo golpeas con ella. Marco pone el brazo para cubrirse la cara.

Jamás habías escuchado algo semejante al sonido que hizo la cadena al impactar con el brazo de Marco, un sonido sordo y fuerte, de huesos destrozados.

Marco grita de dolor mientras se coge el brazo.

—¿Dónde está, Marco? —dices elevando el tono de voz, sin llegar a gritar.

Marco, llorando, te mira e intenta guardar silencio, pero el dolor es tanto que no puede callar los sollozos lastimeros.

Te acomodas la cadena, decidido a golpearlo de nuevo y, justo cuando levanta su otro brazo por instinto, para protegerse, grita.

—¡No!, por favor, no, espera, te diré, te diré.

Con los ojos fuera de órbita y las venas de la frente a punto de reventar, miras a Marco, listo para propinarle más golpes si es que intenta cualquier cosa.

Él, muy despacio, y sin quitarte la aterrorizada mirada de encima, con su brazo izquierdo que no está roto, toma algo de uno de sus bolsillos y lo saca: una llave.

Te acercas y la tomas.

—¿Qué es esto? —preguntas, desesperado.

—Una llave —responde Marco.

—Yo sé que es una llave, idiota, pero ¿qué abre?

Marco, temblando, apunta hacia la vieja mesa de madera que viste al entrar a la cabaña.

—¿La mesa? —preguntas, confundido.

—Debajo de ella.

Justo cuando estás a punto de girar sobre tus pasos, te detienes y tomas conciencia: sería estúpido darle la espalda a Marco, podría escapar o atacarte.

—Ponte de pie —dices aun sosteniendo la cadena.

—P… ¿Por qué?

—Quiero que me enseñes qué es lo que abre esta llave.

Marco no puede moverse. Tal es tu desesperación, que lo coges y lo obligas a levantarse. Lanza un grito de dolor y de terror al creer que le harás daño. No está equivocado; estás dispuesto a todo con tal de encontrar a Andrea.

Marco se detiene justo en frente de la mesa y la intenta mover, pero es muy pesada.

—Necesito ayuda —dice nervioso —, no puedo moverla, así como estoy.

—Pues más te vale que puedas, porque no pienso darte la espalda y si no me enseñas qué es lo que abre esta llave, te mato a golpes con esta cadena —respondes con agresividad.

Marco te mira nervioso y comienza a empujar con todas sus fuerzas, sin éxito alguno.

—N…No puedo.

—Empuja —dices levantando la cadena.

Marco al verte, emite un grito ahogado y se voltea hacia la mesa. Vuelve a intentarlo, ahora con la pierna buena mientras mantiene la espalda apoyada contra la mesa. Hace un ligero rechinido al moverse; Marco suelta un alarido de dolor.

Ves algo en el suelo, no logras distinguir qué es; aluzas con tu teléfono para descubrir una puerta en el suelo.

—¿Qué es esto? —preguntas, sabiendo que la respuesta te asustará.

Marco, sentado en el suelo, te mira llorando.

—Ella…

—Marco, ¿qué es esto?

—Donde grabo todo. Es mi estudio.

Se te hiela la sangre, te agachas y buscas la ranura para la llave. La encuentras en una esquina, apenas perceptible.

Insertas la llave y giras. Te sorprende lo pesada que es la puerta.

Tienes que hacer mucho esfuerzo para poder abrirla: debajo de la madera que la camufla con el piso, hay una placa de metal.

La levantas. Debajo de ella, unas escaleras iluminadas con una tenue luz amarilla y un olor a químicos, sangre y muerte.

Volteas y arrastras a Marco del brazo, haciendo que caiga por la trampilla.

—Vienes conmigo —le dices, todavía con la linterna de tu teléfono encendida.

Marco se queja del dolor.

—Ya te dije todo —suplica entre lágrimas — . Por favor, no me lastimes más.

Lo ignoras y lo obligas a seguir adelante.

El túnel es estrecho y corto, con paredes ásperas de tierra, iluminado con una hilera de focos parpadeantes que corre por el techo junto a tuberías oxidadas, de las cuales caen pequeñas gotas de agua sucia formando charcos.

Las ratas deambulan por doquier y el olor es mucho más fuerte de lo que esperabas; te provoca arcadas.

Puedes saborear la humedad en tus labios y el ambiente es pesado y asfixiante.

Al final del túnel hay una puerta de acero oxidada. Marco la abre de un jalón, a pesar de sus múltiples heridas.

Entran a una habitación con la misma iluminación titilante.

A diferencia del túnel, el piso y las paredes son de cemento, y tienen manchas rojizas y cafés.

A los lados hay tuberías oxidadas y rotas, una caldera vieja que es claro que no funciona desde hace mucho tiempo.

Cucarachas e insectos caminan a sus anchas, y quizá alguna rata.

El único sonido sale de un reloj análogo blanco colgado en la pared; resuena con cada segundo que marca.

Al fondo, logras ver un colchón corroído, sucio, viejo y roto. Y, sobre él, la figura de una niña pequeña acostada boca abajo, inmóvil.

Marco voltea y te mira, en silencio con los ojos muy abiertos. Lo empujas a un lado, tirándolo

Te acercas a la niña y le tocas el hombro. Pero no responde.

—¡Andrea! Soy yo, papá, mírame, tranquila, estás bien —dices con voz gentil—. Ahora estás bien.

No hay respuesta. Revisas su pulso y es muy tenue, pero sigue estando.

La sostienes en tus brazos y te levantas.

—¿Qué le hiciste? —preguntas con furia.

—Nada, nada —responde él aterrado alzando las manos—. Solo la he sedado, pero estará bien en unas horas.

La abrazas y suspiras de alivio al sentirla en tus brazos.

Le lanzas una mirada de desprecio a Marco, quien está tirado en una de las esquinas de la habitación.

—Vas a pagar por todo esto, maldito bastardo —le dices de manera contundente.

Marco se cubre con las manos y suplica que te alejes.

—No, por favor, tienes que entender, yo necesito el dinero, y esos tipos… ellos pagan muy bien por los videos, sobre todo si les cumples lo que piden.

—Me dirás los demás nombres. Todos y cada uno de ellos —dices amenazante.

—¡Suéltalo!

Antes de poder terminar, una voz inconfundible te interrumpe. Volteas y ves que Diana está parada justo en la puerta, apuntándote con un arma.

—David, suelta a la niña.

Abres los ojos con asombro. Te cuesta trabajo reaccionar por la sorpresa.

—Diana, arresta a este tipo, mira lo que ha hecho, esta habitación —haces una leve pausa—. ¡Mira a Andrea! ¡Está claro que es el responsable!

Diana te clava la mirada, ni siquiera voltea a ver la habitación.

—¿Qué es esto? —pregunta Diana, mientras continúa apuntándote.

Volteas a ver a Marco.

—¿Qué es esto? —le preguntas a Marco — . ¡Díselo, cabrón!

—Tranquilízate, David —dice Diana desde la puerta y vuelve a apuntarte.

Respiras para calmar tu ira. Te rehúsas a bajar a Andrea.

—Suelta a la niña, Hueman —te ordena Diana sin desviar su arma.

Diana se acerca a Marco, lo toma del brazo y le da un jalón para traerlo hacia ella.

—Diana —dices en voz alta, con la respiración agitada — . Matadamas, Ritchman, todos ellos están coludidos. Esto es una red de negocio rojo. Él me lo confesó. Podemos detenerlo y asegurarnos de que nunca vuelva a suceder algo así.

Un denso silencio se hace presente en la habitación; Diana mira a Marco y le suelta el brazo.

—¿Diana? —preguntas, confundido — . ¿Qué pasa? ¿Por qué lo sueltas? Arréstalo.

Te ignora y comienza a analizar con suavidad las heridas del rostro de Marco. Con una mirada cargada de tristeza, se voltea hacia ti y, de nuevo, te apunta con el arma.

—Mierda, Diana, ¿qué haces? —dices y te giras el torso para proteger a Andrea con tu cuerpo.

—Perdóname, David —dice Diana en lágrimas — . Esto no tenía por qué acabar así.

—¿De… de qué hablas?

—Yo solo quiero protegerlo —solloza—. No es su culpa, nació así —dice casi en una súplica.

Tu corazón se acelera.

—Diana, ¿de qué mierda estás hablando?

—No tenías por qué involucrarte en esto. Después de encarcelar a Gun, todo debió quedar en orden. Esta nunca fue la idea, tienes que creerme, por favor, todo esto es tu culpa. ¡Maldición, David! ¡Si tan solo hubieras dejado esto en paz!

Tu respiración comienza a agitarse.

—Te lo advertí, David. Maldita sea, te lo advertí. Tenías que ser el puto héroe. No podías callarte la puta boca —dice Diana llorando — . ¡Todo esto es tu culpa!

Las piernas te flaquean cuando entiendes que Diana no está aquí para ayudarte.

—Deberías entenderme —dice mirando a Andrea—. Tú harías lo mismo por tu hija, ¿no? Rompiste la ley y fuiste más allá de lo que tenías permitido por ella; yo entiendo eso, por favor, entiéndeme tú.

—¿Marco es tu hijo? —preguntas, con casi susurros — . ¿Tu hijo es… un asesino?

—¡No le digas así! —grita Diana.

—Por eso sabía que íbamos a ir por él al edificio abandonado. Le advertiste y se deshizo de toda la evidencia. Él sabía qué responder y cómo actuar cuando lo interrogué… porque tú le dijiste.

—Ya te he dicho que no es culpa suya, necesitamos el dinero que viene de esos videos, David.

—¿Te estás escuchando? —preguntas, furioso — . ¡¿Estás escuchándote?! ¿Dices que no es su culpa? Bueno, ¿qué culpa tenía Melissa?, ¿eh? ¡¿Qué culpa tiene Andrea?! —gritas, desesperado—. Tienes la oportunidad de detener esto, Diana.

—¡Ninguna! —grita Diana — . Nadie tiene la culpa, aquí todos somos víctimas, David, ¿no lo ves? Incluyéndote…

—Mierda, Diana, mierda —susurras — . No, no, no, no —repites aferrándote a Andrea con tus manos.

—Esto es culpa solo tuya.

—No, Diana, la culpa es tuya y de esa rata asesina que llamas hijo.

—No debía terminar así, David, lo juro —hace una pausa para intentar dejar de llorar, sin éxito — . Por favor, créeme. Nunca quise hacerte daño.

—Por favor, no le hagan daño a Andrea… hagan lo que quieran conmigo, pero déjenla ir, por favor —suplicas desesperado.

Diana te mira en silencio; su semblante te dice que no hay nada que la haga cambiar de opinión.

Abrazas y besas a Andrea, para luego lanzar una mirada suplicante a Diana.

Aprietas los ojos, lleno de impotencia y miedo, esperando lo peor…

pero nada sucede; de hecho, dejas de escuchar ruido alguno, y el olor a humedad y sangre también desaparece.

No hay eco. Temeroso, abres los ojos poco a poco, aprietas con tus brazos a Andrea, o lo que creías que era ella, pues al abrir los ojos te das cuenta de que estás estrujando una almohada.

—¿Qué? —susurras confundido y te incorporas con rapidez en tu cama.

La familiar vista del abanico de techo girando sobre ti es reconfortante.

La luz cálida del mediodía entra por la ventana y la brisa ondea con suavidad las cortinas.

De repente, notas con extrañeza que en la almohada del otro lado de la cama hay cabellos oscuros y largos.

Te quedas perplejo, nadie ha dormido en esta cama desde hace…

Bueno, ni siquiera sabes con exactitud cuánto tiempo ha pasado, pero es mucho.

Percibes un olor a panqueques que proviene del otro lado de la puerta de tu habitación.

Buscas tu arma en tu mesa de noche, pero no la encuentras.

Te levantas, te pones una camisa y abres la puerta con cautela; buscas con la mirada algo inusual, pero todo se ve en orden. Incluso, parece verse mejor: pulcro y recogido.

Te exaltas con un estruendo del otro lado del apartamento. Respiras profundo, tratando de prepararte para lo que sea que pueda estar sucediendo, y sales deprisa a la sala del apartamento para averiguar qué diablos pasa.

Ves a Andrea de pie sobre un banquito Montessori, usando un delantal que le queda enorme, cubriéndole los pies, sonriente mientras bate con energía el tazón frente a ella con un batidor de aluminio en la mano.

—¡Papi! —grita al verte y te regala una amplia sonrisa.

—¿Andrea? —preguntas consternado y confundido, pero consciente de la ola de alivio que te inunda—. Tú… ¿cómo… —la emoción no te deja hablar y un nudo se forma en tu garganta. Sonríes y una lágrima, sin tu consentimiento, se asoma en tus ojos.

—¿Qué pasa, papi? —su semblante cambia por la preocupación.

—Debe haber tenido una pesadilla —una voz de mujer desde atrás de Andrea. Está en la cocina, pero por su posición, no puedes verla; sin embargo, sabes quién es.

—¿Jessica? —preguntas en un susurro ahogado y te apresuras hacia la cocina.

Una mujer está lavando platos. El cabello negro y ese olor a jazmín que jamás podrías olvidar.

—Jessica… —dices atónito—. Yo… —suspiras y la tomas por detrás, en un abrazo desesperado y tembloroso, como si al aferrarte con tal fuerza pudieras impedir que se volviera a ir.

—¿Oh? —dice sorprendida y alegre sin dejar de lavar los platos—. Alguien se despertó amoroso, ¿eh? —se da la media vuelta con las manos mojadas y te da un beso.

Reconoces esos ojos pardos grandes, sus facciones delicadas y su sonrisa tan… sincera.

—¡Yo quiero un abrazo! —grita Andrea feliz.

—Ah, ¿sí? —preguntas risueño volteándote hacia ella—. ¿Y qué te parece un… ¡abrazo de monstruo!? —la cargas y das vueltas con ella.

Andrea ríe a carcajadas. La abrazas, le das un beso y la dejas en el banquito para que pueda seguir con los panqueques.

—¿Por qué estás triste, papá? —pregunta Andrea sin dejar de batir la mezcla en el tazón.

—Tuve… una pesadilla, es todo, pero ahora estoy bien.

—Nada que unos panqueques no solucionen —dice Jessica caminando hacia donde está Andrea para coger el tazón.

Miras a tus chicas frente a ti, felices, y sientes una plenitud enorme. El día es hermoso y el cielo despejado con un tinte azul claro perfecto; es la cereza sobre el pastel.