Capítulo 23
La vida es sueño
Antes de que te des cuenta, Diana avanza rápido hacia ti, empuñando el arma, y te da un fuerte golpe con ella, haciendo que sangres de la frente y caigas al suelo.
Sientes la sangre escurrir por tu rostro hasta llegar a tus labios, goteando.
De inmediato, Diana mira a Marco, le coge la cara y comienza a evaluar sus heridas.
—¡¿Qué mierda, David?! ¿Ahora eres un criminal? ¡Maldita sea! —grita Diana furiosa —. Esto no debería ser así.
Sin decir una palabra, volteas a verla.
—¿Ahora torturas niños, David? ¿Así terminaste? —Diana hace una leve pausa y voltea a ver a Marco—. ¡Mira! Esto es lo que obtuviste, preso por secuestro y tortura.
No puedes hablar, es casi como si una fuerza sobrenatural te lo impidiera; miras al suelo y ves tu sangre caer en pequeñas gotas al suelo.
Diana empieza a liberar a Marco de la cadena que lo ata a aquella columna.
—Diana —hablas mientras te pones de pie con lentitud, y ves cómo las gotas de sangre siguen cayendo al suelo—. No, por favor… la cabaña, tiene a mi niña en la cabaña.
Diana se detiene, voltea a ver un instante a Marco y luego a ti.
—¿Qué? —pregunta, sorprendida.
—Me dijo que la tiene en una cabaña dentro del bosque Whitterwood… Lo confesó, Diana.
—¿Una cabaña? —dice ella con un tinte de inseguridad en su voz—. ¿Sabes en dónde está?
—No, pero haré que me muestre.
Diana no habla y sigue desencadenando a Marco.
—¡No lo hagas! —gritas desesperado—. ¡Diana!
Logra soltar a Marco, quien se queda sentado, con el rostro ensangrentado y con hematomas multicolores; es irreconocible en este punto. Te levantas con esfuerzo para impedir lo que Diana está haciendo.
—Diana —dices acercándote a ella —. Se llevó a Andrea, entró en mi departamento y dejó la nota. Lo confesó todo, me amenazó para que dejara de investigar hasta que pasara la audiencia de Gun y así quedar libre.
Diana se voltea hacia ti, con el arma aún desenfundada, y te apunta con ella.
—David, tírate al suelo, estás bajo arresto por el secuestro de Marco y su tortura.
—Mierda, Diana, ¡escúchame! —gritas desesperado.
Diana sigue inmóvil apuntándote.
—Te di una orden, David, al suelo —dice con frialdad .
—No me vas a arrestar, Diana.
Diana suelta un disparo de advertencia al suelo.
Con el sonido del disparo, Marco se trata de levantar, pero la herida en su rodilla no le permite hacerlo muy rápido. Arrastrando una pierna, comienza a caminar hacia la salida de la habitación. Al verlo, te levantas para ir tras él, pero Diana te lo impide. Sigue apuntándote.
—¡Quédate donde estás!
—¡Va a huir! ¡Debemos ir tras él!
—Tú no vas a ir a ningún lugar —dice Diana.
En un acto de desesperación, das un manotazo haciendo que el arma de Diana caiga al suelo. Empujas a la que fuera tu compañera con fuerza y sales corriendo detrás de Marco.
—¡David, detente! —grita Diana .
Sales de la habitación y después del edificio. Al llegar a la calle, ves a Marco tratando de alejarse. Aunque se encuentra muy malherido, avanza bastante rápido en dirección al bosque.
Corres detrás de él.
Es difícil verlo en la oscuridad; sabes que, si logra entrar al bosque, lo más seguro es que lo pierdas de vista.
Escuchas la voz de Diana gritar a la distancia.
—¡David!
Como un eco distante, suena en tu cabeza, pero no le prestas atención; en este momento, tu único objetivo es alcanzar a Marco y hacer que confiese todo, rescatar a Andrea. Lo único que ves es la figura de Marco que huye delante de ti.
Piensas en todo lo que ha sucedido, en los extraños desvanecimientos que has tenido, aquel lugar oscuro y la promesa que le hiciste a Andrea de que no permitirías que nada malo le sucediera. Con todas las fibras de tu ser, debes cumplir tu palabra.
Ves que Marco cruza la barda protectora y entra al bosque Whitterwood. Poco después, entras tú.
Las ramas te lastiman el rostro con pequeñas cortadas, pero no le das importancia; atrapar a este miserable es lo único que tienes en mente en este momento.
De pronto, pierdes de vista a Marco, escuchas pisadas, pero al mismo tiempo, la voz de Diana a la distancia.
—Mierda, mierda —te susurras a ti mismo.
No puedes perderlo de nuevo, no después de todo lo que ha pasado, no puedes permitir que vuelva a escapar. La oscuridad que los rodea es absoluta. Nunca habías estado en el bosque a tan altas horas de la noche. Ni siquiera puedes ver tus propias manos.
Escuchas la voz de Diana más cerca; pareciera que está justo detrás de ti, así que decides esconderte detrás de unas rocas y un árbol. Al poco tiempo, escuchas unas pisadas apresuradas y ves los círculos de luz de una linterna.
Esperas poco tiempo hasta que ya no escuchas nada. Sales de tu escondite con la respiración agitada e intentando forzar la vista para ver algo entre tanta oscuridad. No te atreves a encender la luz de tu teléfono por miedo a que Diana te vea.
Con el corazón golpeando tu pecho y el aliento entrecortado, sientes que te has topado con un muro. No sabes el rumbo, estás perdido en un bosque; tus opciones, si alguna vez las tuviste, han desaparecido por completo.
Lleno de pánico, miras para todos lados, pero no logras discernir hacia dónde debes ir. La desesperación te ahoga.
Cierras los ojos y, para tu sorpresa, escuchas una voz que pareciera llamarte como si fuera un susurro que lleva el viento, ininteligible.
—Ven.
Volteas, confundido y asustado. Crees que se trata de Diana o de algún otro policía, pero no hay nadie o, por lo menos, no logras ver a nadie.
No recuerdas haber escuchado pasos acercándose.
—Por aquí.
De nuevo la voz. Un eco distante que, por algún motivo, identificas de dónde viene.
Por instinto o por mera desesperación, decides caminar hacia allá, a ciegas, guiándote por el golpeteo de las ramas contra tus brazos y piernas.
Aunque te tropiezas un par de veces, tu determinación te ayuda a levantarte de manera inmediata, casi en automático.
—Ven.
Paso a paso, sigues el sonido de la voz, sin estar seguro de a dónde vas.
Es como si estuvieras hipnotizado. Después de un rato, llegas a lo que asumes es un gran árbol.
Te quedas estático, ya no escuchas nada; respiras hondo y te concentras en el sonido de la brisa agitando los árboles. Sientes mucha paz.
De pronto, vuelves a oír un susurro en el viento.
—Cierra los ojos.
Lo haces; aparece la imagen de Andrea sonriéndote. Un mar de emociones te toma desprevenido.
Lloras.
—¿Andrea? Perdóname, no tengo idea de dónde encontrarte.
Ella se acerca, te toma la cara con gentileza y, al contemplarla, notas su inmaculada sonrisa y su mirada que te dice que no tienes de qué preocuparte, que todo está bien, que puedes dejarte ir.
—No entiendo, Andrea, dime, ¿en dónde estás? Déjame encontrarte.
La mirada de Andrea se torna de confusión, pero sigue sin decir una sola palabra.
—Te prometo que te encontraré y no dejaré que te haga daño este tipo.
—Sigues sin tener idea, papi, ¿verdad?
Una voz inconfundible suena detrás de ti; sabes que es la voz que siempre has escuchado en tus lapsus. Enseguida, volteas, pero no logras ver nada; la imagen de Andrea también ha desaparecido.
—¿Qué? —preguntas, aterrado—. ¿Qué es esto?
—No te preocupes, estás a punto de entenderlo todo, amigo mío —dice la voz con un tono triste, como si tuviera lástima de ti—. ¿Lograste tu cometido?
—¿Mi cometido? Ni siquiera sé cuál es mi cometido, nunca me ayudaste, ni me dijiste cuál era la razón de todo esto, ¿recuerdas? En este momento, necesito encontrar a mi hija.
—Es curioso, todo este tiempo has creído tener libre voluntad sobre las cosas que haces o que no haces, pero todo está predestinado.
No tenías otra opción más que estar aquí en este momento, y no pudiste ver más allá, no prestaste la suficiente atención —la voz suspira — . Hubiera sido todo mucho más fácil.
—¿Qué hubiera sido más fácil?
—Tu hora de la verdad, el momento cuando, al fin, debas abrir los ojos y reconocer la verdad que ha estado frente a ti todo este tiempo, pero te has rehusado a aceptar y reconocer.
—No entiendo.
—Claro que no entiendes, pero lo harás.
—¿Quién eres? ¿Por qué está pasando todo esto? ¿Dónde está Andrea?
La voz ríe.
—Esas… son buenas preguntas, debo decir, aunque incorrectas en este momento.
—¿Incorrectas?
—Sí, de hecho, no deberíamos estar conversando, tienes el tiempo contado, ¿recuerdas? Hazlo valer.
—Maldita sea, dime, ¿dónde está Andrea?
—Está justo frente a ti, ¿no lo ves?
Confundido, miras hacia todos lados, pero todo es oscuridad; no logras ver nada.
—Abre los ojos —dice la voz, resonando con un extraño eco que no tenía antes.
De pronto, abres los ojos, como si alguien te estuviera forzando a hacerlo.
La realidad de tu entorno te golpea. Confundido, caminas despacio hacia delante, moviendo las ramas con tus manos, hasta que, de pronto, la luz de la luna logra iluminar un poco el frondoso bosque y, frente a ti, una cabaña en medio. Ha de estar vacía, porque no tiene ninguna luz encendida.
Sientes que los nervios se encrespan y tu corazón late hasta en las puntas de los dedos.
Quieres echar a correr, pero aún debes tener cuidado; es probable que Diana siga por ahí o, incluso, Marco. Caminas cauteloso.
En medio de un torbellino de desesperanza, rodeas la cabaña buscando una entrada. El miedo late en tu garganta, como si tu corazón amenazara con salir por ahí.
Las ventanas están tapadas por dentro con periódico. En uno de los costados hay una puerta entreabierta. La empujas con cuidado y notas que la cabaña es antigua; está amueblada solo con un par de sillas y una mesa. La chimenea no tiene leña y todo está cubierto de polvo; pareciera abandonada.
Caminas un poco hasta que tus pies tropiezan con algo que hace un ruido metálico; es una larga cadena oxidada. La tomas con tus manos y notas que es de hierro sólido, pesada y muy resistente.
Un ruido que proviene de la chimenea te saca de tus cavilaciones.