No me dejes cerrar los ojos Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Sueltas el tubo y entras a la casa. El lugar es muy pequeño.

La sala y la cocina forman una sola habitación, que solo está dividida por una pequeña barra que, supones, hace las veces de comedor.

Al fondo, unas escaleras de caracol que dan hacia el segundo piso.

Subes a una habitación oscura. Enciendes la linterna de tu teléfono y recorres el lugar.

Ves la cama sucia, vieja y destendida en la esquina.

Te acercas y miras debajo, pero no hay nada.

Sales y abres la puerta de la izquierda.

Es otra habitación igual de oscura y sucia; vas a la cama y debajo de ella encuentras una pequeña caja de madera.

Tal y como dijo Gun, dentro hay un teléfono con un solo contacto.

Coges el teléfono y sales corriendo de inmediato del lugar, temeroso de que aquel hombre despierte y tenga un arma de fuego con él.

Coges tu teléfono y miras tus notas para transcribir el mensaje tal como Gun te dijo.

Mientras escribes, miras a través de la ventana del auto para asegurarte de que el hombre no salga.

En ese momento, el teléfono de Gun suena con la llegada de un mensaje.

Entendido. Te veo allí.

Enciendes el auto y arrancas a toda velocidad.

Te extraña que las calles estén vacías; no hay ni una sola persona conduciendo; agradeces que llegarás a tiempo.

Mueves las cintas amarillas de la policía y entras al edificio Longwood.

Entras en la habitación donde arrestaron a Marco.

Y ahí, sumido en la oscuridad, esperas. El paso del tiempo te parece eterno; puedes sentir cada segundo latiéndote en el cuello.

El sudor cae por tu espalda y tu respiración es entrecortada.

A altas horas de la madrugada, justo cuando piensas que la espera fue inútil, escuchas unos pasos por las escaleras. Crees que el corazón se va a detener, te levantas y te escondes detrás de la columna. Escuchas a alguien entrar a la habitación.

—¿Jon? —pregunta Marco en un tono alegre—. Maldito bastardo, ¿tienes un negocio conmigo? No esperaba que tomaras el puesto de Gun tan rápido, pero me alegra. Necesitamos seguir con el negocio.

Esperas un par de segundos para salir de tu escondite, pero Marco no te reconoce.

—¿Y bien? ¿Encontraste a una que encajara con la solicitud?

Avanzas hacia él, lento pero decidido.

—¿Jon? —pregunta Marco, nervioso, sospechando que algo anda mal.

Cuando estás muy cerca de él, abre los ojos como platos al reconocerte y se da la vuelta para huir. Pero lo embistes y choca contra la pared de enfrente.

—¡¿Dónde está, maldito?! —le preguntas mientras forcejean—. ¡¿Dónde está mi hija?!

De un cabezazo te golpea la nariz; la sangre te escurre.

—Hijo de perra —maldices mientras recoges una varilla.

Con un contundente golpe en la nuca, logras dejarlo inconsciente. Te pones de pie, miras a todas las direcciones para asegurarte de que no haya nadie. Lo coges del suéter y lo arrastras hacia la misma habitación donde encontraron el cuerpo de Melissa. Cierras la puerta detrás de ti.

El lugar está completamente oscuro; la luz nocturna se cuela por algunos de los huecos que dejan las vigas que tapan las ventanas.

Huele a humedad, a polvo y a viejo. Cada paso que das resuena con eco.

Arrastras a Marco hasta la columna en donde fue atada Melissa, donde solo queda un círculo ennegrecido sobre el suelo, en señal de lo que alguna vez estuvo ahí.

Enciendes la linterna de tu teléfono y buscas en los alrededores algo para atarlo; encuentras una gruesa y oxidada cadena en una esquina y con la varilla haces un candado improvisado.

Encadenas a Marco a la columna de la misma forma en que estaba Melissa y esperas frente a él a que recobre el conocimiento. Después de un par de minutos puedes escucharlo.

—Perro bastardo, ¿sabes qué acabas de hacer? —pregunta Marco molesto.

—¿Dónde está? —preguntas con una ferocidad que jamás habías sentido—. ¡¿Dónde está mi hija?!

Él esboza una cínica sonrisa.

—Te lo advertí, hombre, lo único que tendrías que hacer era esperar hasta la fecha de la audiencia del imbécil de Gun y la tendrías de vuelta… pero decidiste hacerte el héroe y ya no la volverás a ver.

Lo sujetas con fuerza de la camisa.

—No lo volveré a preguntar, Marco, ¿dónde la tienes?

—¿O qué, exactamente? —pregunta desafiante—. ¿Qué vas a hacer, detective? Oh, es verdad, ya no eres detective. Tendrás que dejarme ir, yo podré denunciarte —ríe con descaro—. Perdiste, acéptalo.

Mientras la risa de Marco resuena a través de la fábrica, tu mente maquila a mil por hora; sabes que no hay vuelta atrás, te está obligando a esto y no tienes oportunidad de pensar en las repercusiones. Así que giras y tomas la varilla oxidada y caminas hacia Marco.

—¿Qué harás con eso, detectiv…?

Antes de que pueda terminar su pregunta, le das un fuerte golpe con la varilla en las costillas. Marco gime de dolor.

—¡¿Qué mierda te pasa?! ¡Eres un detective, no puedes hacer esto!

—Mírame. Tienes razón…

Marco te mira con los ojos llenos de sorpresa.

—Tienes razón en que ya no soy detective.

Le das otro golpe más en un brazo; esta vez, podrías jurar que sentiste un hueso romperse. Marco grita de dolor. Te acercas y le das un puñetazo en la cara y después otro y otro. La sangre le brota de la nariz y la boca; te mira con miedo.

—¿Dónde está, Marco? —preguntas mientras recuperas un poco el aire—. ¿Dónde está Andrea?

—Vas a ir preso por esto, te quedarás encerrado toda tu vida, maldito anim…

Antes de que termine, de nuevo, coges la varilla y le das una lluvia tremenda de golpes con ella. Por supuesto, evitas la cabeza; necesitas su información y no puedes arriesgarte a dejarlo de nuevo inconsciente.

—¡Ya!, ¡para, por favor! —suplica Marco.

—¿Dónde está mi hija? —preguntas mientras le echas la cabeza hacia atrás jalándole el cabello.

—Está… está en una cabaña, en el corazón del bosque Whitterwood —dice casi en un susurro.

La furia dentro de ti sigue gritando violencia, así que le das un par de golpes más en el estómago.

—¿Dónde está eso, imbécil? —le preguntas.

Marco necesita un par de segundos para volver a recuperar el aire y poder hablar.

—¿Cómo mierda quieres que te diga dónde está, imbécil? No es como que tenga una dirección.

—Me vas a llevar a ella.

Él te mira con un ojo entrecerrado, por la hinchazón a raíz de los brutales golpes que le has dado.

—Sí, sí, claro, yo te llevo, solo desátame.

Frunces el ceño, tomas la varilla y le das un fuerte golpe en una de sus rodillas; se oye un crujido y Marco aúlla de dolor.

—¿Qué mierda? —pregunta Marco en agonía.

—Si te desato, intentarás correr. Con la rodilla rota, no podrás ir muy rápido. Es mi forma de asegurarme de que no te volverás a escapar, bastardo.

Te mira jadeando, como si estuvieras loco.

—Esa cabaña, ¿ahí fue donde tuviste a Melissa también?

Él asiente.

—¿Por qué ella? ¿Cómo eliges a tus víctimas?

Gira la cabeza de lado a lado, negando.

—Yo no las elijo… los clientes lo hacen.

—¿Cómo las eligen? ¿Quiénes son tus clientes?

—Yo no sé quiénes son. No es como que vengan conmigo y muestren su identificación. Todo es en línea.

—Hey —le das una cachetada suave para ganar su atención de nuevo—. ¿Cómo las eligen?

—Ellos me dan una descripción, después Gun busca a alguna que encaje con ella. Yo me encargo después de… llevarla.

—Melissa fue la única de las víctimas que ha sido encontrada, ¿por qué? ¿Dónde están las demás?

Marco recarga su cabeza en la columna, somnoliento.

—Hombre, necesito agua…

Antes de que pueda seguir hablando, le propinas un puñetazo. Él escupe sangre.

—Responde.

—Dave, hombre. Me dijeron que planeaba ir con la policía. Dio la casualidad de que su hija encajaba con una solicitud, así que… le mandamos un mensaje.

—¿Cómo sabías que la encontrarían ahí?

—Tuve… información de que el municipio compraría ese lugar. Le dije a Gun que ahí encontraría el cadáver. Lo usé de chivo expiatorio. Fue una buena idea la de ese perro.

—¿De quién? ¿Hay más gente involucrada?

Marco sonríe.

—Estás jodido. No tienes ni…

Le golpeas las costillas con la varilla y lo vuelves a agarrar del cabello.

—¡¿Quién más está involucrado?!

—¡Todos! —responde él con un grito—. La idea fue de un policía con un nombre gracioso, Matadamas. Él sabía sobre Gun y sus antecedentes. Era perfecto para cubrirnos y mandar el mensaje al mismo tiempo.

Abres los ojos, sorprendido.

—¿Matadamas? ¿Cómo…? No es posible.

—Sí, tu querido jefe es nuestro socio.

—¿Quién más está involucrado?

—El alcalde Ritchman, él mencionó el edificio. Dijo que sería el lugar perfecto para dejarla. Se aseguró de enviar al equipo del municipio a hacer las revisiones del lugar justo cuando Gun se encontraba ahí. Los demás pensaron que era la mejor idea.

—¿Quiénes son los demás?

—Otros políticos, empresarios, algunos de fuera del país. Gente en verdad poderosa.

Antes de que puedas decir algo más, escuchan un auto que se frena, casi derrapando. Después, silencio.

—¡Ayuda! ¡Me tiene aquí! —comienza a gritar Marco con desesperación.

Ante este grito, le propinas un brutal golpe en la cara. Marco escupe sangre y queda inconsciente, con un hilo de sangre chorreando.

—¡Quietos! —se escucha una voz inconfundible detrás de ti.

Ves a Diana de pie, justo debajo ​​del marco de la puerta de la habitación con el arma desenfundada y apuntando hacia ustedes.

—¿Diana? —preguntas, incrédulo — . ¿Cómo… ¿Cómo nos encontraste?

No te responde; aún tiene el arma apuntándoles.

—¡Hueman! ¡Al suelo! —grita Diana clavándote la mirada.