Capítulo 22
Un laberinto sin salida
—Mira, Hueman, hemos intentado revisar las cámaras de seguridad, pero el edificio no cuenta con un generador de emergencia y no hay nada grabado —te dice Edgar, sentado en el sofá de tu departamento, con el conejo entre sus manos—, pero la vamos a encontrar, no lo dudes.
Sus palabras cayeron en oídos sordos; tu atención y mente están enfocadas en recordarla y en sentirte mal por haber permitido que sucediera algo así.
—Entrevista a todas las personas que viven en este edificio, alguien debió notar algo extraño, quiero una descripción de quien sea que haya hecho esto —le dice Edgar a un policía cercano.
—Yo puedo describirlo, Edgar —dices con voz rota—. Es un masculino de veinte años, atlético, con piel ligeramente oscura y con un puto tatuaje de un sombrero de chef en el antebrazo derecho.
—¿Lo viste? —pregunta Edgar con seriedad—, es decir, ¿viste cuándo se llevó a tu niña?
Volteas con la mirada llena de furia.
—Andrea —le respondes a Edgar sosteniéndole la mirada—, se llama Andrea.
Edgar alza las cejas, sorprendido.
—No… no lo vi, pero ¿qué?, ¿no es obvio?
—preguntas levantándote del sillón—. Ese cabrón dejó esta nota, quiere que deje de investigarlo y que procesemos a Gun para salirse con la suya.
Escribió la fecha de la audiencia de Gun en la misma nota.
¡¿Qué más necesitas, cabrón?! ¿Que venga el pendejo a decirte que fue él?
—la desesperación toma el control de tus palabras—. ¿De verdad no me ayudarás?
Edgar te mira y aprieta los labios.
—Mira, David, yo entiendo esto, de verdad, lo entiendo, pero necesito más que una nota para arrestarlo, lo sabes. Matadamas nunca…
—¡Matadamas se puede ir a la mierda, Edgar! ¡Que se joda! Y tú también, yo iré por mi hija y si tengo que pasar por encima de Matadamas o de cualquier otro cabrón, así será y lo haré sin dudarlo.
—Sabes que estoy de tu lado, Hueman. Te aseguro que pondremos todo nuestro esfuerzo en encontrarla.
Sin responderle, sales de tu apartamento empujando a los vecinos chismosos que se han arremolinado a la entrada.
Furioso, enciendes tu auto y conduces con un objetivo claro: El Gato Amarillo. Si alguien te puede dar respuestas, lo más seguro es que esté allá.
Conduces a alta velocidad, llegas al Gato Amarillo, donde hay un montón de jóvenes, como esperabas.
Todos bebiendo y, uno que otro, drogándose.
Bajas del auto y caminas directo al callejón que da a la parte trasera del lugar, donde es probable que esté Jonathan.
Pero no hay nadie, solo botellas de cerveza vacías y colillas de cigarro.
Ves a una pareja de jóvenes besándose detrás del tambo de basura; ni siquiera se dan cuenta de que estás ahí.
Recorres el lugar con la mirada, pero no encuentras nada de lo que buscas.
La angustia comienza a ebullir dentro de ti; puedes sentir cada latido de tu corazón y la sangre recorrer tus venas con cada uno de ellos.
Entras a El Gato Amarillo. Con desesperación, preguntas a quien te topas sobre Marco.
Si lo reconocen o si saben algo de él. Lo único que logras es que la gente se moleste contigo y que se aleje.
Has estropeado a tal punto cualquier oportunidad de obtener información, que hasta el gerente te pide que te retires y amenaza con llamar a la policía.
Regresas a tu auto, golpeas el volante con todas tus fuerzas y sueltas un grito desgarrador, desde lo más profundo de tu alma. Sabes que solo te queda una opción, una oportunidad: Gun. Enciendes el auto y manejas a toda velocidad hacia la penitenciaría donde está ya esperando su juicio.
—Por favor, Gun, necesito tu ayuda para encontrar a Marco —suplicas.
Gun, vestido con un traje naranja y esposado, te mira sin hacer ningún gesto.
—¿Dónde está? ¿Dónde puedo encontrarlo?
—¿Sabes?, tú me dijiste que creías que yo era inocente y toda esa mierda —suelta una breve risita—.
Y mírame, vaya trato preferencial, ¿no? Hasta me regalaron este lindo traje naranja, ¿te gusta?
Me dicen que pasaré toda mi vida aquí… —Gun se reclina hacia delante, casi toca la mesa de metal con su barbilla—.
¿Por qué mierdas te ayudaría, cerdo? —regresa a recargar su espalda contra la silla.
—No, no entiendes. Soy el único aquí al que en realidad le importa atrapar a Marco.
Como te dije, todo el departamento de policía quiere cerrar el caso, y tú eres el perfecto candidato para dejar a todos satisfechos —te reclinas hacia delante, imitando el movimiento que hizo Gun hace un momento—. Podemos ayudarnos mutuamente.
—Vete a la mierda, perro —responde de manera tajante y se pone de pie.
—No, no, por favor…
Gun camina hacia la puerta y le da un golpe, como señal a los guardias para que vengan por él.
—Tiene a mi hija —dices con lágrimas en tus ojos.
Gun voltea de repente y te mira con angustia.
—¿Qué? —pregunta.
—Se llevó a mi hija. Solo tiene seis años, por favor, necesito encontrarla lo más pronto posible; tú sabes qué hace ese animal, Gun, y sé que eran cercanos o socios, pero también sé que no eres un sádico como él.
Gun te sigue mirando y, después de un momento, regresa a sentarse.
—Mierda —dice él—. Siempre habló de… —alza las cejas, dándose cuenta de que no debería decirte eso.
—¿De qué?, ¿de qué habló?
Gun hace algunas muecas, deliberando si decirte o no lo que iba a decir.
—Él… hablaba sobre una… solicitud que le había hecho un cliente importante, pero que era muy arriesgado de hacer. Mierda… algo impensable. No puedo creer que lo vaya a hacer…
—¿Qué cosa, Gun?
—Él pidió específicamente una… niña.
—¿De qué mierda hablas?
—Ya, no pidió una niña en sí, lo que pidió fue… uno de esos videos con una niña, ¿sabes?
Tu respiración se agita, sientes el aire pesado en tus pulmones.
—Mira, no sé dónde está, pero…
—¿Dónde? —preguntas con urgencia.
Gun se limita a mirarte en completo silencio. Después de un par de segundos así, responde.
—¿Qué gano yo de todo esto?
Tragas saliva.
—Buscaré la forma de hacerte quedar libre.
Él ríe.
—¿Por qué habría de creerte, cerdo? Ya me has visto la cara de imbécil antes.
—Te daré una garantía. Un documento que especificará cómo me has ayudado para atrapar al responsable.
—¿Y también mencionará que me perdonarán todo?
Asientes.
—Sí, pero es importante que tu información nos permita dar con Marco y encerrarlo.
Sonríe, satisfecho.
—Este cabrón… sé que tiene una cabaña en el bosque, ahí es… donde comienza. No sé dónde está, pero seguro que mantendrá a tu hija ahí por unos días, por lo menos, hasta que pueda concretar su… negocio.
—Dame información concreta, Gun, ¿dónde lo puedo encontrar?
Gun se queda pensativo un momento.
—Como dije, no sé dónde está la cabaña… pero sé cómo podrías encontrarla.
Deberás ir a mi casa y entrar a mi recámara.
Vivo a las afueras de la ciudad, cerca de las vías del tren, donde me arrestaste, perro.
La calle es Sigma y el número 32; es una casa de mierda.
Debajo de mi cama tengo una caja de madera; ahí encontrarás un teléfono de prepago.
Tiene un solo contacto guardado bajo “Plomero”; envíale un mensaje que diga…
y pon atención, cabrón, que esto es importante.
El mensaje debe decir: “Tengo los repuestos de la cañería. Te espero en el área de trabajos a la hora de siempre”.
Debes firmar con las letras JS, Jonathan Smith…
¿Me entendiste? Es crucial que el mensaje diga tal cual lo que te acabo de decir.
—¿Creí que vivías en el edificio abandonado cerca de los rieles viejos?
Él niega con la cabeza.
—No, perro. Ahí es donde paso el rato.
Asientes con la cabeza mientras terminas de anotar lo que te dijo Gun en tu libreta de notas.
—Lo tengo. ¿Pero qué significa?
—Significa que deberás ir al edificio Longwood, ese donde dejó a Melissa.
—¿Cuándo?
—En ese mismo momento, perro. Envías el mensaje y te vas para allá de inmediato.
—Bien…
—Otra cosa —te interrumpe Gun—, mi padre… Haz lo que necesites para pasarlo. Es la única forma.
Asientes y te levantas deprisa. Llegas a tu auto, lo enciendes y pisas el acelerador a fondo.
Poco tiempo después llegas a las afueras de la ciudad y encuentras la casa de Gun.
Como bien dijo, el lugar es una mierda. Una casa con agujeros y grietas por todos lados.
El césped largo y desatendido, con muchísima basura dentro y alrededor.
Los perros callejeros ladran cuando pasas a su lado.
Si no te hubiera dicho Gun que era su casa, hubieras pensado que estaba abandonada.
Eso y la luz del televisor que se filtra a través de la ventana y por la puerta principal.
Te acercas a la ventana, pero es imposible ver algo.
Llamas a la puerta, pero nadie contesta, así que vuelves a tocar.
Un hombre corpulento y a todas luces ebrio abre la puerta con agresividad.
—¿Qué carajos quieres? ¡¿No puedes esperar putos cinco minutos, cabrón?!
—Soy David, amigo de Gun. Me pidió entrar a su habitación a recoger unas cosas.
El hombre te mira con sospecha.
—¿Amigo de Gun? Ese pendejo no tiene amigos.
Te encoges de hombros e intentas entrar a la casa, pero el hombre te da un golpe en el estómago.
—¡Perro desgraciado! Vuelve a intentar algo así y te mato, ¿escuchaste? ¡¿Quieres robarme?! ¿Es eso? Te voy a matar, hijo de perra.
El hombre te da la espalda para entrar a su casa; no sabes si lo que dice es una amenaza vacía; sin embargo, no te puedes dar el lujo de averiguarlo.
Tomas un pedazo de tubo viejo que hay en el suelo y te abalanzas sobre él; le das un golpe en la nuca con todas tus fuerzas.
Cae al suelo, quejándose del dolor, pero al ver que no ha quedado inconsciente, le propinas otro tubazo. Lo noqueas.