Capítulo 21 #2
—¿De qué hablas? —preguntas sorprendido—. Es la misma marca que tiene Marco en su antebrazo. Solo tenemos que cotejar la fotografía del archivo de cuando lo ingresamos a la estación de policía y verás que es la misma.
—Maldita sea, David, no se alcanza a ver nada aquí.
—Por favor, Diana —dices quitándole la computadora y miras la imagen—. Claro que se alcanza a percibir, y aunque no fuera así, es una marca en el mismo lugar exacto donde la tiene Marco; lo mínimo que conseguiremos con esto será levantar las dudas de Matadamas.
Ella voltea con los ojos abiertos como platos.
—¿Tienes pensado llevarle esto a Matadamas?
—¿Qué? Claro que no, es solo una idea en el hipotético caso de que todo se vaya a la mierda y Matadamas se entere de lo que estamos haciendo —miras a Diana y vuelves a girar la pantalla hacia ella—.
Dime que esto no es algo que debamos seguir, Diana.
Dime que con esto no tenemos con qué arrestar al bastardo.
Los genios del departamento de tecnología podrán ampliar este fotograma para que podamos analizarlo.
Diana te mira pensativa.
—Es un comienzo sólido… aún podemos evitar que un inocente pague mientras el verdadero responsable se sale con la suya —afirmas.
—¿Y cuál es tu plan? —pregunta Diana.
Miras la pantalla, meditabundo, pero determinado a terminar con esto.
—Primero, tendré que conseguir algo más, lo que sea, mierda, incluso una infracción de tránsito si fuera necesario.
Una vez que esté bajo nuestro control, le diré de este pequeño error, que descubrimos quién era en uno de los videos, y caerá por sus propios nervios. No lo verá venir, se va a equivocar.
—Mierda, Hueman, tu plan en serio es una mierda, ni siquiera sabes cómo harás para cuestionar a Marco —responde Diana en un tono burlón.
—¿Tienes una mejor idea?
Ella te mira un momento.
—¿Recuerdas a ese drogadicto, amigo de Gun, que interrogamos al iniciar con esta investigación? —pregunta Diana—. Deberías hablar con él, ver qué puedes conseguir para inculpar a Marco.
Asientes con la cabeza.
—Mierda —susurras sonriendo—. Ahora debo admitir que tuviste una mejor idea que yo; debe ser un gran día para ti, ¿eh?
Diana se ríe.
—Al fin te diste cuenta de que soy mejor detective, ¿no? —dice en tono de burla—. Sé que eso te picará durante un tiempo.
Lleno de expectativas, listo para continuar con la cacería de Marco, te decides a bajar del auto para buscar a Jonathan, el amigo de Gun, pero la última inhalación parece haber durado una eternidad.
Cuando parpadeas, todo se oscurece por mucho más tiempo del que debería.
De repente, te das cuenta de que estás dentro de tu auto; no ves el de Diana.
El cielo sigue nublado. Las llaves aún puestas en el cilindro de ignición.
Desconcertado, miras a tu alrededor, tratas de identificar en dónde estás. Pero el lugar es el mismo, aunque todo está un poco más oscuro sin llegar a ser de noche; no parece que te hayas movido en lo absoluto.
Un sudor frío te resbala por la sien. ¿Qué demonios acababa de pasar?
El silencio en el auto era abrumador, interrumpido solo por el latido desbocado de tu propio corazón.
Diana… ¿Se había esfumado? ¿Habías alucinado toda la conversación?
Te llevas las manos a la cara y te frotas los ojos con la esperanza de borrar la pesadilla, de que, al abrirlos, todo regresará a la normalidad, pero no, la misma calle, el mismo cielo plomizo.
La urgencia por atrapar a Marco choca de frente con esta nueva y aterradora incógnita.
Tu mente, entrenada para buscar patrones, para resolver lo inexplicable, se siente ahora como un nudo apretado.
Miras la hora en tu teléfono, son las siete y media de la tarde, cinco horas después de haber hablado con Diana.
Lo mejor será ir a casa y ver cómo está Andrea.
No has hablado con la señora Nervis, pero estás seguro de que está con ella; siempre ha sido así.
Marcas, pero manda a buzón. Algo está mal, lo sientes en tus huesos. Con urgencia, enciendes el auto.
Llegas a tu edificio. El cielo, teñido de azul marino, anuncia el inicio del anochecer, pero las nubes plomizas lo oscurecen un poco más, dándole un aire que te hace sentir extraño.
El viento sopla con fuerza, con advertencia de tormenta, los árboles se agitan con brusquedad y el eco del rugido de los truenos suena a la distancia.
Al sentir el aire frío en tu cara, piensas que momentos como estos siempre presagian algo malo.
Adviertes que, además de los sonidos provocados por la naturaleza, no percibes ningún otro; no hay personas caminando ni autos en la calle, solo el viento y los truenos.
Alzas la mirada hacia el frente y ves, a la distancia, una luz de un poste de alumbrado que titila.
Se te eriza la piel y vuelves a sentirte ese niño pequeño que se agazapa en su cama durante la noche, acechado por un monstruo, de esos que le juras a tu hija que no existen, pero que sabes de primera mano que son reales.
El corazón se te acelera y apresuras el paso hasta llegar al edificio.
Atraviesas la recepción, te extraña encontrarla vacía y con las luces apagadas.
Intentas subir al elevador, pero no funciona, así que tomas las escaleras hasta llegar al piso de tu apartamento y caminas deprisa a través del oscuro y largo pasillo.
Quizá sea la atmósfera que crean las nubes de la tormenta, con los ocasionales relámpagos que rompen el cielo en un grito e iluminan todo por un instante, pero el pasillo tiene un ambiente que te eriza los pelos.
Llegas a tu departamento, tocas la manija, pero, para tu sorpresa, no fue necesario girarla: la puerta está abierta.
El alma se te cae al suelo, los latidos de tu corazón se aceleran a cada segundo y la respiración se entrecorta.
Entras y notas que el departamento está ordenado y limpio; no hay nada fuera de su lugar, a excepción de un conejo de peluche que le pertenece a Andrea, colocado justo frente a la puerta, como si estuviera vigilándola.
—¡Andrea! —gritas, intentando disimular tu nerviosismo.
No hay respuesta.
—¡Andrea! —vuelves a gritar, ahora con el pánico en tu voz, pero aún con la intención de controlarte.
Corres hacia su habitación, abres la puerta e intentas encender las luces; es inútil, no encienden.
No hay nadie. Quitas la sábana de la cama, mueves las cortinas y buscas detrás del juguetero de madera, aunque no haya espacio en realidad para que estuviera allí.
Sales del cuarto y vas al tuyo, tampoco está ahí.
Buscas en el baño y por todos lados; no hay nadie.
—¡Andrea! —gritas de nuevo, ahora con desesperación, terror y pánico.
Tus gritos llaman la atención de algunos vecinos, que se acercan a la puerta de tu apartamento para ver qué está sucediendo.
Te quedas de pie mirando al conejo de peluche y lo tomas con tus manos. Al agarrarlo, notas una pequeña nota de papel prendida con lo que parece ser un alfiler. “Déjalo”, lee la nota, seguido de la fecha: veintitrés de septiembre de dos mil veinticinco, una semana después del día de hoy.