No me dejes cerrar los ojos Capítulo 21
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Capítulo 21

Inmaculada e inevitable tragedia

Caminas en un bosque a la hora del crepúsculo, justo cuando el cielo se torna de un azul profundo y lo que te rodea se convierte en siluetas oscuras.

Las ramas y rocas crujen bajo tus pisadas.

No es claro por qué estás ahí, pero lo que sí es evidente es la desesperación que sientes, como si estuvieras nadando bajo el agua y se te estuviera acabando el aire.

Necesitas llegar a la superficie. Escuchas una voz, no sabes de quién.

No le das importancia y sigues tu camino, apresurado.

Algo buscas, no sabes qué, pero de lo que sí estás seguro es de que debes encontrarlo porque tu vida depende de ello.

La angustia es tal que hasta respirar te resulta difícil; estás cansado, muy cansado, pero tus piernas se mueven solas, como si tu instinto fuera llevarte donde debes ir.

Tu respiración es agitada y brusca. Las ásperas ramas de los arbustos rozan tus manos y, después de mover una de ellas, se despeja el camino.

Los árboles se abren en un pequeño valle y revelan una cabaña a lo lejos.

Al acercarte, escuchas un fuerte sonido, como una explosión.

De pronto, no ves nada, pero sabes que estás en el suelo.

Todo a tu alrededor se sume en oscuridad y lo único que puedes ver frente a ti es aquel tubo oxidado que gotea.

El golpeteo del agua se sincroniza con el claro sonido del paso del tiempo, que ahora pareciera provenir dentro de tu cabeza.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac…

De pronto, la inconfundible voz de Andrea susurra, o tal vez es un grito ahogado por una gran distancia.

—Por favor.

Abres los ojos de golpe y te sorprendes al encontrarte a ti mismo sentado en tu auto, en el asiento del conductor.

El carro está detenido y la brisa fresca entra por la ventana abierta.

Es un día gris; los truenos se oyen a la distancia.

Al parecer, todo ha sido un sueño. Aliviado, suspiras profundo y te frotas los ojos con las manos; te acomodas en tu asiento.

¿Cuánto tiempo has dormido? No, lo que quieres saber en realidad es cuándo llegaste aquí.

Confundido, revisas tu teléfono, pero, para tu sorpresa, no tiene batería.

A tu derecha, en el asiento de copiloto, hay una laptop negra.

Maldices en voz baja y miras a todos lados, buscas algo que te diga qué diablos haces aquí. Reconoces el lugar; estás en la parte trasera de la estación de policía. De repente, se abre una puerta del edificio; es Edgar, quien camina hacia ti sosteniendo algo.

Sin decir nada, te extiende la mano para ofrecerte lo que tiene en ella: una memoria extraíble.

La recibes confundido.

—¿Me vas a decir para qué quieres volver a ver estas grabaciones, Hueman? —pregunta Edgar con preocupación en su mirada—. ¿O siquiera quiero saberlo?

Guardas silencio y respondes negando con la cabeza, sin decir nada en absoluto.

—Bueno —dice Edgar mientras le da un golpecito a la puerta de tu auto con la mano—. Entiendo tu frustración, en serio, lo que hizo Matadamas es una estupidez, pero debes actuar con cuidado. Si Matadamas se entera de que sigues detrás de este tipo… Y de que yo te estoy ayudando.

—No se enterará —respondes con firmeza y lo miras a los ojos con gratitud—. Gracias por esto, Edgar.

Él asiente con la cabeza, se da la media vuelta y entra a la estación.

Enciendes el auto y conduces hasta llegar a tu departamento. Por la hora, asumes que Andrea está en la escuela.

El viento comienza a soplar con mayor intensidad y el cielo se oscurece aún más. Una tormenta se acerca, pero, de momento, es agradable sentir el viento pegándote en la cara y escuchar el ruido de las hojas de los árboles revolotear. No hay ni una sola alma caminando por el parque o la banqueta.

Coges la computadora y subes a tu departamento. Miras la memoria que te dio Edgar y la conectas. Hay ocho videos; ocho personas que sufrieron el mismo destino a manos de Marco.

Abres el primer video y se te revuelve el estómago al instante.

Una mujer que no reconoces está encadenada a una silla.

Intentas no prestar atención a la víctima y buscas algo que puedas reconocer del lugar, pero no hay nada que pueda servirte.

El suelo y las paredes son de cemento; todo el lugar está cubierto de manchas que oscilan entre marrón, negro y rojo, pero predominan en el suelo.

Las paredes muestran, además, marcas de humedad.

Observas que hay tuberías gruesas y oxidadas, de las que gotea agua sucia.

De vez en cuando, alguna cucaracha o alimaña atraviesa el espacio, indiferente a lo que sucede.

No puedes ver mucho más, porque la luz está enfocada solo en la víctima.

De repente, aparece una persona con guantes de látex negros que le cubren todo el antebrazo, un mandil y botas del mismo material.

Tiene una camisa blanca debajo y una máscara de plástico negro.

La voz del sujeto, distorsionada, apenas se puede oír debajo de los gritos aterrados de la mujer.

Pones atención a los detalles de la ropa del tipo y las herramientas que usa para lastimarla, pero no hay nada que pueda ayudarte. Ningún detalle que pueda incriminar a Marco.

Después de la sexta reproducción, decides que no hay algo de utilidad y pasas al siguiente video.

En todos, el tipo está vestido de la misma manera y el lugar es el mismo; todo es igual, a excepción, claro, de las mujeres que lastima.

Todas tienen alrededor de veinte años, algunas de complexión más robusta, otras más altas.

No se parecen entre sí. ¿Por qué, entonces, las elige?

Dudas que sea puro azar; este tipo tiene una metodología para seleccionarlas, solo que no puedes verla.

En cada video te resulta imposible encontrar algún detalle, por más mínimo que sea.

Con cada reproducción, los gritos, la sangre y el dolor de las víctimas se graban más en tu cabeza, matando una parte de ti, pudriéndote por dentro un poco cada segundo.

Un grito tras otro y otro, hasta que no puedes más.

Cierras la computadora de golpe. Aprietas los ojos con fuerza y te cubres el rostro con las manos.

Sales a la pequeña terraza de tu habitación y enciendes un cigarrillo.

Lo que has visto es demasiado. Miras el cielo nublado, ¿qué estás pasando por alto?

¿Por qué estás tan seguro de que hay algo en esos videos?

¿Ahora crees que la voz quiere ayudar? Escúchate, debatiendo contigo mismo sobre si una voz que oyes durante esos lapsus quiere ayudarte o no.

Si un psiquiatra te escuchara, te internaría de inmediato.

Tal vez sería más fácil seguir con la narrativa de Matadamas, aceptar que Gun sea el verdadero responsable y quitarte un peso de encima.

Claro, si tan solo fuera tan fácil. Si hicieras eso, tú sabes que no podrías dormir jamás; la culpa que cargarías sería tan grande que no podrías erguirte de nuevo.

Suspiras, fumas y tiras el cigarro a la calle antes de acabarlo; abres de nuevo la computadora y reproduces ese video una vez más: Melissa, con los mismos ojos de súplica y terror que recuerdas, mira fijamente a la cámara, como si te estuviera viendo a ti, suplicándote ayuda.

En un momento, el hombre enmascarado se acerca a Melissa para provocarle más dolor, y ella trata de morderlo; aunque no parece conseguirlo, en el forcejeo el guante del hombre se baja, dejando ver una parte de su antebrazo.

Fijas tu atención en ese punto, pausas el video y rebobinas, fotograma por fotograma, hasta tener el momento justo en que se puede ver solo ese pedazo de piel del verdugo.

Y es todo lo que necesitas, pues ahí se ve con claridad un tatuaje muy curioso.

—Chef —susurras esbozando una sonrisa incrédula—. Un puto sombrero.

Tomas una captura de pantalla y la guardas en tu computadora mientras coges tu teléfono y llamas a Diana.

—¿Qué pasa, Hueman? —contesta ella.

—Diana, ¡lo tengo! Tengo evidencia de que Marco es el verdadero culpable.

—¿Qué? ¿Cómo? —pregunta, sorprendida—. ¿Sigues investigando?

—En uno de los videos snuff que obtuvimos de Dave hay una parte en donde se puede ver la marca que Marco tiene en su antebrazo.

Diana suspira.

—David… tienes que dejar eso. Matadamas fue muy claro, no quiere que sigamos persiguiendo a Marco. Quiere que nos enfoquemos en encerrar a Gun una buena temporada, ¿no entiendes eso?

—Yo no podría dormir en las noches sabiendo que el verdadero culpable sigue libre, Diana, ¿tú sí?

—No voy a perder mi trabajo por eso, David.

—No lo perderás si hacemos lo correcto.

Surge un corto, pero profundo silencio.

—De acuerdo, Hueman —responde Diana por fin—, pero si Matadamas se llegara a enterar, le diré que me obligaste bajo amenazas.

Ríes satisfecho.

—Me parece justo.

—Maldita sea, más te vale que no me arrepienta. ¿Dónde te veo?

—No podemos ir a la estación, Matadamas se enteraría de lo que estamos haciendo.

—¿Qué tal en ese edificio abandonado? En donde arrestaste a Marco, ¿es seguro?

—Sí, es buena idea —respondes—. Te veré allí.

Conduces a través de la ciudad hacia aquel edificio con la esperanza latiendo en tu pecho. Al fin, después de todo, podrás darle un cierre real a la familia de Melissa y de las otras víctimas, después de que logren identificarlas.

Llegas al lugar y estacionas frente a lo que solía ser la entrada principal. Después de unos momentos, llega Diana en su auto y sube al tuyo.

—De acuerdo —dice—. Veamos qué encontraste.

Le muestras a Diana el video pausado en el fotograma en donde se alcanza a ver la marca en el antebrazo del verdugo.

Ella entrecierra los ojos y se acerca a la pantalla.

—Hueman, dime, por favor, que esto no es a lo que te referías por teléfono.